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Temporal /idades

¿Cuánto tiempo podré cerrar la puerta para que no entre la arena de la desesperanza para taparlo todo?
¿Cuánto costará en dos horas la pala con que sacar las ramas para que venga la lluvia y las moje?
¿Cuántos días seguirán los pájaros cantando hasta que se den cuenta de que no hay ni una miga para tanta alegría melodiosa?
¿Cuántas veces diremos que no era posible lo que está creciendo como una serpiente que pone huevos en cada mediodía?
¿Cuál será la mañana en que piense que no tenemos remedio y hunda el futuro con una cerbatana?
¿Cuándo cerraré los postigos y dejaré la casa, definitiva como una madrugada que despunta?
No hay modo de pasar el invierno que asoma porque hace tiempo que naufragó la primavera suave que teníamos y seguimos andando con la rutina de pies despellejados y ojos apagados.
Todavía.

Hay una sombra larga

Hay una larga sombra en medio de la tarde.
Los árboles desnudos se doblan con el viento
y el monstruo que me habita pega gritos.
Miro por los cristales empañados.
Ya no llueve.
Debo matarlo o ignorar su alarido.
A veces hay solo dos caminos.
Los dos tienen su cuota de tristeza.
He quedado desnuda y sus garras me raspan la garganta.
Cuando vomite, él abrirá la boca para tragar mi alma.
El sol se oculta y me quedo pensando.
He doblado la ropa.
He lavado los platos.
He llorado mi cuota vespertina.
Debo matarlo o ignorar su alarido.
Y me encuentro desnuda y detenida en una celda.
Sola y mirando sus ojos desmedidos.
Hay una larga sombra en medio de mi tarde.
Ahora.
El viento.
El monstruo que me habita y sus disfraces.
La hora de la mesa.
Y el silencio vencido en que me muero en cada atardecer que no termina.
Y sigue hasta clavar su astilla en mi cuerpo que tiembla.
No quiero hablar.
Y no hago otra cosa que enredar las palabras cada vez más ceñido, cada vez más profundo.
Hay una sombra larg…

La historia de cartón

Era invierno.
Subimos al colectivo y nos fuimos al asiento de atrás. Allí estaba: detrás del último individual, para que alguien la viera.
Y nosotros la vimos.
No solo, nos bajamos a la parada siguiente con ella y nos fuimos a un bar.
Atardecía con un cielo violeta glacial.
Estaba repleta de fotos: todas con un rostro (quisimos pensar que siempre era el mismo) cortado, postales de Italia sin fechar, unos recortes de las noticias sociales de un periódico de un pueblo de provincia y páginas de un cuaderno cuadriculado escritas con una caligrafía regular en tinta que se había corrido con la humedad. Los meses siguientes se nos fueron en desparramar todo sobre la mesa donde preparábamos Gramática española I  y en tejer una sintaxis desenfrenada en la que, un día, una mujer despechada asesinaba a un italiano que la había traicionado casándose con otra; y, al otro, un hombre nunca regresaba a buscar a su esposa porque había elegido quedarse en la Argentina. La maleta nos ocupó muchos meses…

La mujer incorrecta

Yo no soy la adecuada.
Miro a los ojos mientras digo.
No soy fina ni delicada ni hablo susurrando.
Es cierto: a veces grito/ parece que reto siempre/ tengo impiedades sucesivas (si cabe, simultáneas).
Llevo tatuadas cicatrices amargas y cuando caen los rayos cierro todas las puertas para aullar en silencio.
Tengo una piedra en el alma y puesta al sol hay que hacer un esfuerzo para ver cómo brilla.
En ciertas circunstancias soy Casandra; en otras, una Medea en ciernes.
He intentado ser Penélope, pero para los pretendientes.
Soy un graznido y lloro muchos días...
la mujer incorrecta,
¡qué duda cabe!
Pero hay un sitio de mi cuerpo en que guardo una tibieza azul, hecha de muchos cristalitos y de algunos jilgueros; un campo de lavandas, un aroma de panes, una palabra suave, un abrazo extendido...la incorrección correcta que lava las heridas como el agua.
En ese lugar soy como el sol que no hace preguntas, un día claro con todos sus perdones, un mantel que se seca en el viento, una lengua q…

Lo que no tiene

En la esquina hay una pila de ramas que alguien sacó de su jardín. El sábado ardió y algún vecino la apagó con agua. Como se apaga el fuego cuando prende. Después quedan tan solo las cenizas de lo que antes fueron ramas y más antes aún un árbol frondoso de verano, alguna vez retoño y semilla en su origen.
Así el amor: eso que es dar lo que no se tiene.
Si el árbol quemado en cenizas me hubiera dado pájaros con que alumbrar mis miedos, estaríamos ahora diciendo que dio lo que no tenía porque los árboles no traen pájaros en su ADN vegetal; y, sin embargo, se hacen nido para ofrecer aquello que no tienen.
Así el amor.
Pero el árbol ahora es ceniza.
En la esquina.
Su fuego fue apagado con agua que limpia todas las heridas. Menos en este caso, en que el agua -que ha apagado el fuego y la historia del árbol- ha dado lo que es.
Y no fue amor.
Fue agua dando agua sobre el fuego.
Fue fuego dando fuego sobre el árbol.
Fue árbol ya sin pájaros, ni viento, ni lluvia.
Así el amor

Mi familia/ Pespuntes azules

Mi familia está atravesada por pespuntes: hilos azules que, a veces, quedan ondeando como llamas desprotegidas frente al viento. Entonces, el mundo es una zarpa violenta que nos araña sin que podamos entender por qué nos suceden las cosas innombrables. Otras familias tienen el hígado maltrecho o corazones que revientan de aletazos: nosotros tenemos esos pespuntes que, de pronto, se sueltan; que, de pronto, se quedan estupefactos sin reconocer la tela en que venían cosiendo. Es simple: nosotros  lo sabemos y tenemos protocolos para conducirnos cuando la aguja queda pendulando en el tiempo. Claro que el saberlo no evita el sobresalto y la urgencia por anudar los hilos para que todo siga como si nada hubiera sucedido. No se confundan: escribí "como si" porque tenemos clara conciencia de que cada pespunte suelto es una herida que, tal vez, se quede abierta para siempre e invisible para los ojos de todos los mortales y los dioses incluso. Quizá sea por eso que, vaya donde vaya, a…

Hoy

Sin ir más lejos, hoy. Partirse la cabeza con un fierro hasta que sangre. Mucho. Es dulce y herrumbroso el gusto de la sangre cuando toca los labios. Total está la vida en choque esperando que yo escriba de una buena vez la tristeza que tiene la forma de este hartazgo. Una mancha de tinta demás entre los dedos y vuelve a empezar todo. Cuatro años oyendo las mismas frases idiotas que se acumulan por toneladas sobre todo en los impares. No hay traducción, apenas un cultivo del dolor en cuentagotas y el deseo de huir a un sitio donde cada uno estrene su lengua antes de desayunar. Incluso yo. Desastre y maravilla y desastre y maravilla y unos sutiles toques de destrucción. ¿A ver cuando pelamos la furia antes de que nos llegue la muerte definitiva y nos coma junto con los gusanos que supimos criar? Pero no, che, hoy parece que se trata de durar, de hacer hábito la mansedumbre y quejarse otra vez hasta del fósforo apagado en el pecho de un pájaro al que se le dio por volar. La página hoy …