jueves, 20 de noviembre de 2014

Mis deudos

A veces pienso en la muerte -la mía- y en los hilos que quedarán sueltos, flotando. Pienso en los que tendrán que lidiar con mi recuerdo, hacer los compilados y olvidarme. Querría que no sufran demasiado y que aprendan a convivir con la que fui para ellos. A veces pienso en eso y lloro porque no podré hacerlo cuando suceda.

martes, 18 de noviembre de 2014

Toros

Los toros de la madrugada mugen mudos en los corrales de la sombra.
En el barro hunden las patas de su luz amarilla
y bufan en el aire traslúcido de la que aún es noche.
La furia sin yugo de la mañana les pisa las pezuñas
y extrañas rosas llueven sobre su lomo de cansancio
donde titila la oscuridad que ya se duerme entre las copas de los álamos.
Los toros -casi piedra- tienen ojos y engaños
y un pelaje rosado para cubrir  la vaca que espera masticando la  dicha en su estómago de pasos infinitos.
Hunden el hocico en las horas que vienen
y de un salto trepan las vallas de las estrellas para arrastrar el sol con que amanece.
Y del corral abierto brota luz.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Un viaje/ Día -41

Hay un hotel a cinco cuadras de Acrópolis dorada que me está esperando. Entraré en ese cuarto y veré la ciudad como era hace siglos, envuelta en mirtos y olivos bajo una luz azafranada y pura. Mi corazón aletea de gozo prematuro porque otra vez seré Casandra e Ifigenia, y diré esas palabras que volaron hasta clavarse en los techos de una Atenas perfumada y profunda; porque se llenará mi cuerpo de recuerdos que me fueron prestados en páginas de griego traducidas.  Yo soy siempre la misma y ahora atravieso la puerta de cuerno de los sueños.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Un viaje/ Día -45

Había pensado en no viajar. Tiempos que no cerraban, piedras que lastimaban, un zapato que, de pronto, era pequeño y apretaba. Pero si no he podido tapar el sol con la mano, qué haría quedándome acá. Además la vida tiene opciones: una lanza una barca al agua, si zozobra hay dos caminos: seguir andando con la confianza de que no naufragará o abandonar la travesía. Yo elijo la primera, con los ojos y el corazón abiertos. Y busco en las tinieblas de la información de qué carecen mis playas y poseen las otras: aguas más turbulentas, cierto poder para hacer doler, un abismo oscurísimo. Pero yo soy esta, la que soy, la que no puedo dejar de ser, la que no desea intercambiarse con ningún otro ser vivo de este planeta.
Y estoy a 45 días de cruzar el océano con una pequeña maleta para abrazar a muchos que me quieren y a los que quiero con la alegría de mi sangre mejor.
He comenzado la cuenta regresiva.
Allá voy.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Confianza

A veces cae una lluvia mansa -como un jolgorio de gotas que cantan con boca colorida- y se ve bien detrás de los cristales, en el regazo de la casa que ampara. Pasan las horas como bandadas de aves repentinas entre los tilos mojados y las hierbas. La oscuridad se abre en la íntima luz con las palabras y llueve, así, sobre las sábanas dormidas bajo el agua. Pero a veces el aire se llena de violencia y rasga en torbellinos la mañana. Enfurecida lluvia con cuchillos de plata, bocanadas eléctricas de sombra, encapotada lluvia que cae, hiere, anega, mata. El corazón pelea con los fantasmas de tantos animales enjaulados y llueve con dolor, con rabia, sin mañana. Quedan sin luz los lirios y las manos se ajan. Acribillan las gotas la línea de la espalda y tallan tremebundos agujeros por donde se desliza, desnuda, la confianza.  Pero -entonces-, indefectiblemente, regresa la mañana y sale el sol. Los seres vivos hacen sus abluciones, cantan. Vuelve el amor a rescatar la risa y coserla en el alma. Los murmullos se enredan en el borde del cuello. Siempre vuelve la vida. No puede detenerse: aunque llueva mil días y otros mil. Si no, más valdría perderse para siempre. Es de esto que se trata, digo; y abro las ventanas.

sábado, 8 de noviembre de 2014

La orfandad

Escarbo mis recuerdos en busca de la piedra luminosa que permita elaborar la pérdida que he procurado acallar, teniendo en cuenta la ausencia del dolor. ¿Quién podría llorar por carecer ahora de lo nunca estuvo? Es un absurdo, me digo. Y pienso en aquel julio, a los dos años, en que me enviaron a San Juan a festejar mi nacimiento en la casa de Dominga, la mujer que ayudaba en la limpieza. Hay una foto donde estoy detrás de un banco con una torta y un rancho con la cordillera atrás. Mis padres, en Capital, ¿qué pensarían ese día 23?  Alguno de los dos, ¿me recordaría en esa jornada con amor y se diría " es su cumpleaños y es tan pequeña y yo la he enviado tan lejos, con gente desconocida y ahora la deseo abrazar."  Yo habría cambiado cada libro, habría querido ser analfabeta a cambio de dormir una noche de niña en cama de mi madre y que ella me leyera, como una maga, los libros que tenía; aunque no entendiera ninguna de esas palabras para dormirme en el arrullo de su voz espaciosa. Yo habría olvidado cada coma, cada verbo; solo porque sus manos rozaran mis cabellos y me acunaran en esas noches de espanto en que soñaban que todos habían muerto y me quedaba, sin memoria, perdida en una plaza y no sabía hablar. Escarbo en mis recuerdos para dar con la luz; y solo hallo un trozo de carne viva saturado de púas, una sanguinolienta médula que no deja de replicar la soledad como una radio que alguien se olvidó de apagar. Escarbo, escarbo y no puedo detenerme. Hace ya treinta días que cavo en mi memoria y,  desde arriba, hay quienes tiran piedras sobre mi carne en duelo. A veces digo no necesitar nada, solo para que sepan que bebo el agua de los gestos menudos como si fueran mensajes de socorro en mis botellas para no naufragar. El silencio es una espuerta que solo carga soledad. En la arena los toros rozan sus pezuñas en la sangre y los banderilleros los azuzan sin que nada los enfurezca. Hay que mirar la ira callada de sus ojos de piedra, su pelaje mezclado de barro y de sudor y abrir los portones de la arena para que salgan, para que corran, para que sean libres y hallen la piedra luminosa que ellos también desean poseer.

Las familias y los vidrios

Las familias se reúnen a festejar cumpleaños. Comen pasteles, brindan y se desean felices navidades, años nuevos, buenas vidas. Se regalan paquetes con cintas lustrosas o pequeños besos, dulces como la miel. En las noches, las familias se cuentan cuentos o miran fotografías para hallar parecidos y recuerdos mientras beben té. Las familias son espejos, brillantes mediodías de verano junto al mar: esa cena, ese domingo, la lluvia en ese toldo, o esos platos de color azul.
Yo miro detrás de una vidriera a las familias murmurar sus secretos de figurita imposible, veo a las madres que pasan las manos delicadas sobre el cabello de los niños que leen y a los padres que las miran hacer. De este lado del vidrio vivo con mi silencio como un lazo de fuego, y no tengo recuerdos ni parecidos ni un brazo que me acune en la tormenta ni siquiera la memoria de un pastel. De este lado del vidrio yo estoy sola: desnuda y miserable; y no hallo la puerta donde encajar una llave de hierro que alguna vez alguien me dio. De este lado del vidrio yo sé todos los cuentos y me los digo mientras me paso los dedos por los cabellos una y otra vez; pero no es igual. De este lado del vidrio las familias se mueren cuando se ven los ojos y los cadáveres taponan las alcantarillas mientras no deja nunca de llover.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Detalle

Escribir.
En la calle de tierra húmeda han caído las flores del jacarandá.
Y se recorta una textura y un perfume sobrepuestos a un contraste que atrapan las palabras.
Ahora esa calle mojada donde aún han quedado los charcos está atrás y las flores irán pudriéndose lentas sobre ese barro. Alguien las pisará y deberá cuidar no resbalarse.
Sin embargo se escribe que en la calle húmeda las flores han caído lilas y el lenguaje congela vívido el detalle para siempre.
Y cada vez que unos ojos lo lean habrá una calle embarrada y un colchón lila vibrante.
Escribir/ Rescatar la maravilla de ver lo que más tarde derrotará el tiempo.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Tejido

Se teje: dos agujas y un hilo.
Y en el medio
los ríos con aguas de milagro, y cinco peces de fría plata  clara, y unos guijarros como si fueran bocas, el cielo en espejo y las copas tan verdes de los árboles ahora.
Un punto.
Y otro.
El hilo sube y baja.
Otro y se escapa.
Volver atrás y retomar el viento que sube en la baranda y me encrespa las piernas, el borde suave de la ropa en el muslo, el perfume perdido, los besos, las mordidas, las risas susurradas.
Y las agujas y el hilo y el tejido que crece, que hay una hilera mala, muy justa, muy floja, ya perdida
Y unos ojos me miran detrás del desayuno, saltan sobre mi falda, huele a café perfecto y a esa calle de barro donde se derramaron brillantes Santa Ritas.
Solo un hilo que baja y sube y baja
Y el sonido metálico que hacen las agujas mientras tejo.
Crujen los tiempos.
Yo hablo de la vida.

martes, 4 de noviembre de 2014

Un mes

El sábado hará un mes que mi madre habrá muerto. Apenas treinta días. Y hacia atrás años con el hilo tensado como una oscura horca o curvado en una cuerda floja. Frágil equilibrista he quedado hace un mes con un pie en el vacío y el viento se ha colado, huracanado, sin darme tregua ni sosiego. Yo creo que resisto (el resto dice lo bien que lo supero); pero sé bien que, dentro, hay miles de cristales astillados que no logro  juntar: querría volver atrás el tiempo -con lo que sé ahora- para que mi vida infantil pudiera prepararme mejor para andar en el mundo; tener los ojos lanzados al latido de mi alma y un regazo donde apoyar la cabeza para que me la rocen diciéndome que todo va a pasar.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Bonjour, Oliverio (IV)

Queridísimo:
Hacía mucho que no le escribía. Y, lo que es mucho peor aún, hacía mucho que no salía a volar por ahí. Vio cómo son estas cosas: una comienza por hache y termina por be. Cuando se quiere dar cuenta escribió cinco libros y se olvidó de volar. Imperdonable.  Es que han pasado tantas cosas en estos días: desde madres que dicen ya y se les da por morir hasta fantasmas que me golpean en las rodillas para darme miedo cada vez que intento reír. Por suerte usted -y un par de amigos que tengo andando por el mundo- me han hecho ver -un poco crudamente, por cierto- que dos más dos, a veces no es cuatro y que, en ese caso lo mejor es abrir una ventana y empezar aletear. Claro que usted, Oliverio, lo supo desde antes y me dejó envuelta en mi crisálida de silencio porque nadie se hace mariposa a los tortazos; es, simplemente, una cuestión de decisión personal. Yo soy perseverante. Mi hijo me dijo  el otro día que yo me mandaba grandes mocos -él habla así y usted lo sabrá disculpar- pero tengo la infinita capacidad de intentar e intentar. Como bien aclaró usted anoche también soy de un egoísmo inconmensurable.  Lo sé. Y sumemos a ello  un par de fobias duras de roer que bastan para apartarme hasta de mí misma. Hoy, justo hoy, alguien me dijo que había que dejar que lo inútil se fuera hacia el remolino de la destrucción.  Yo debo aprender tantas cosas aún: a escuchar,  a ver más allá de los perímetros de mis circunstancias,  a prestar atención, y por sobre a liberar los lastres que me atan al deber ser. Y debo volver a volar: no porque sea una obligación; sino porque si no vuelo -sin pechos de magnolia para ofrecer- voy a morir más sola que un sapo en medio de la playa de la desolación. Así que, mi querido Oliverio, lo invito. Ya sé que llueve; pero no sabe el sol que brilla más allá.
Con amor
María Luisa

sábado, 1 de noviembre de 2014

A llorar al campito

Siempre estuvo ahí. Como un nudo diminuto. Como un pespunte que se trabó y la aguja de fino frío helado, atascada. Siempre hay que tironear. Y el viento otra vez metido entre los ovillos. ¡Habrase visto! Siempre ahí. Como una premonición. Un relámpago de intuición que espantaba como una mosca con la mano. Ahora no, se dijo, no es el momento de ver. Un rato más con los ojos cerrados.  Sí. Mejor. Y el pespunte y la aguja atascada. Cuando quiso entenderlo fue un estallido fulgurante. La mosca había devenido en elefante. Y barritaba con sus patas pesadas sobre ese amanecer que aún era madrugada. La verdad -meditó- hay que mirarla de frente y en ayunas. Y bancarse sus nudos, sus pespuntes y sus agujas atascadas en medio de la hora en que cae la luna y se lleva los velos. Una copia barata, un sucedáneo, un remedo cortado con un filo oxidado. Pero de cada nudo quedan ardiendo las palabras y su suerte de asesino serial: una tras otra en un sintagma viscoso. Lo que se dijo estuvo siempre: un nudo en la punta de la lengua y a llorar al campito. Zurcir al aire libre no es cosa buena: se pierden los dedales, se enredan los ovillos en el viento. De frente y en ayunas: así es como se hace. Lo demás es catarsis que termina a las cinco. Eran las cinco en punto. Ya sube la gangrena por las trompas de lirio y cae gota a gota sobre la arena sangre.

viernes, 31 de octubre de 2014

Signos

Hay que leer los signos,
ver el sintagma entero en que se alinean,
hurgar el hueco en donde la palabra se disuelve en su cara -la otra- de silencio.
Y ahí,
tan solo ahí,
clavar los dientes
mordisquear los lamentos,
hundir las suaves yemas
para que reverdezca nuevamente,
azul como una madrugada de domingo.
He estado de viaje de mí misma
y deseo volver
en medio de los signos.
No quiero ser la que descifre los secretos,
la receptora de todos los relatos.
Voy a cerrar los buzones y comerme la llave.
No quiero sintagmas con huecos de silencio.
Me merezco la risa.
Otra vez.
Cada vez otra vez.
Y tus ojos que miran mis palabras.

viernes, 24 de octubre de 2014

Duelos

Cuando Mariano murió -hace ya cuatro años- la ciudad era otro muerto por velar. Había esquinas por las que no podía volver a pasar porque nos veía -a ambos- como una estampa presa para siempre allí. También hubo veces en que me empeciné en  sentarme sola en la misma mesa del mismo sitio, segura de que iba a aparecer por ahí. Tardé mucho en borrar su número de teléfono, en dejar de hablarles a sus fotos. Solo me atreví a entrar una sola vez al blog que teníamos para nosotros dos y no pude ir más allá de su última entrada seguida por mis escrituras convocando la nada. Hace unos meses pasé por la esquina de la casa y no me atreví a ver a su Jeanne d'Arc. Tardé mucho tiempo en volver a leer y solo lo hice con El paciente inglés, ese texto maravilloso acerca del poder del amor más allá de toda realidad.  Ahí, alguien dice que la muerte es algo que ocurre en tercera persona y cuando él murió - y durante mucho tiempo después- yo seguí usando el "vos".
Mis otras experiencias se juntaban con esta y yo creía que la muerte -que es ese desolado desierto que nos toca transitar a los vivos (que solo eso es morir: siempre es el otro/siempre es nuestro agudo dolor)- yo creía que eso tenía las mismas dimensiones para atravesar: días infinitos de memoria; diálogos que, de alguna forma, hay que concluir; lugares que es necesario resignificar; cicatrices que deben ser suturadas; punzadas agudas que terminarán dulcemente maduras.
Pero esta vez no hay lugares que llenen mi recuerdo o  por los que yo no debería transitar, ni palabras de difícil pronunciación, ni otra persona gramatical que no fuera la tercera.  Observo,  con cautela, que hace tiempo que hablo de mi madre  en absoluta soledad; que, aún viva ella, el mío era un monólogo a la nada, a eso con lo que la muerte, en su irrupción terrible, nos obliga a lidiar. Entonces siento otro tipo de temblor: el de quien se queda esperando que lo que no sucedió -en este caso el amor- se levante del vacío y rescate algunas bellas piezas para empezar a bailar. 

jueves, 23 de octubre de 2014

El ovillo y el amor

Los días son madejas infinitas que estiro hacia una punta y ovillo hacia la otra.
Y ahí, donde estás vos, puedo poner la cabeza entre tus manos
y descansar.
Porque el amor es eso: unas manos para ovillar.

lunes, 20 de octubre de 2014

Domingo

Soles.
Un ombú bajo la lluvia.
Una cesta de moras.
Unas sábanas limpias.
La tarde que se cae.
Dormir en las estrellas de tus brazos.

Día de la madre

Es necesario que el mundo se deshaga para volver a armarlo: que el cielo sea agua; que la tierra, verano; que los pájaros, gatos que le  rugen al viento. Que las cosas se enlacen de forma diferentes y que solo subsistan los sueños que nos cantan alrededor del fuego. Es necesario deshacer las costumbres y estar atentos a que quede el amor -el que te tuve el día que naciste, el que fui construyendo, el que he rescatado de días de tormentas, el que guardé del aire entre mis tibias manos y en el horizonte de un día que comienza lo abro para que eche alas y vuele atravesando barrios, ciudades, primaveras hasta tu casa y se pose en tus vidrios y te vea dormir para volver a casa y al oído contármelo.

sábado, 18 de octubre de 2014

El suspiro de Margaux

Viene y se trepa. Primero ofrece la frente, con la cabeza gacha; luego el cuello extendido para que yo pase mi índice desde su mentón bajando con lentitud. Sobre mi brazo izquierdo, como si fuera una niña, voy sintiendo el peso entregado de su cabeza y el motor sin fin de su ronronear. Pero hay un momento, un único e imperceptible instante, en que Margaux suspira: el aire  se le escapa entre los finos colmillos y se deja dormir, entregada en la confianza de no haré con ella nada que pudiera causarle un dolor, en la confianza de que me une el amor a su alma de gata, en la confianza de que nada nos podrá alejar de esa entrega, de esa duerme vela en que mi índice roza su cuello y ella suspira antes de empezar a soñar.

FILBITA 2014


martes, 14 de octubre de 2014

La memoria

Los pasos perdidos
Los amaneceres huecos
Los días que se fueron
La tristeza sutil que es un desgano
La contundente que es llanto
Los párpados que cubren la mirada
Las manos como mantas
Los cabellos dormidos
La repetida boca que se calla
El perfume ajado del pasado
La palabra
La nuestra
La que nunca se dijo
Y ahora
Ya no tiene sonido
Ya no tiene sentido
Ya flota
Como la espuma vacía de la orilla
Como la arena efímera y eterna
Como la silla donde espero
Aún
Como hace miles de días
Sabiendo desde siempre
Que las aguas no traen lo que aguardo
Que no hay cosa que tenga más dolor que este silencio.
Que lo fue podrá no ser
Pero
La ausencia que tiene su ejercicio
Seguirá así
Aunque el relato que teja la memoria esté lleno de trampas
Consolaciones vanas que tienden la piedad
Donde antes hubo horror
El teatro
La catarsis
La distancia
Más tarde o más temprano
La conciencia

domingo, 12 de octubre de 2014

Mi madre era pequeña

Mi madre era pequeña como un pespunte, pero la hebra de su hilo se extendía por surcos infinitos: atravesaba llanuras de hielos que estaban allí desde antes de los erizos prehistóricos; pasaba por montañas de acero incorruptible; daba la vuelta por ríos que bajaban turbulentos en un alud de lodo y sangre; se demoraba en desiertos de tierra inerme y seca. Mi madre era pequeña y muchas veces había que acunarla para que se callara con palabras que yo siempre desconocía o no podía retener. Mi madre cabía en el hueco de una mano que nunca fue la mía y ya no lo será porque su memoria es un clavo pequeño, tal vez una tachuela germinada, que se hunde en el calendario de mi existencia desde hace muchos siglos atrás. Y yo, que llevo a cuestas mi colección de muertos, a los que les canto mis canciones de miel cuando la lluvia los deshace donde sea que estén, pienso en mi madre tan pequeñita, tan tachonada, tan pespunteada en su rostro de niña que me mira desde el amor que nos quisimos tener y no supimos cómo porque hubo ríos, llanuras, desiertos y montañas que nos interpusieron sus distancias una y otra vez. Entonces pienso en  los ruedos que deberé deshacer para crecer. 

Bueno, ya está

Quiero dormir hasta que el día cambie y se lleve esta extraña tristeza compuesta de vacíos, esta nostalgia de caramelos rotos y papeles perdidos. Quiero dormir hasta que suba el sol y entibie las aristas y abra las ventanas, y los cuartos astillados de la infancia vuelen entre los vidrios con un viento de aquellos. Quiero tener un fragmento de cielo que sea todo mío donde yo pueda dibujar con unas tizas húmedas las caricias que debí haber merecido alguna tarde de portafolio nuevo, un fragmento de cielo donde suene otra vez la voz grisácea de mi padre hablándome para que yo comprenda la urgencia  repentina de su historia. Esto es un duelo -ni más ni menos otro- no solo de una muerte sino el entierro de lo que nunca fue y deja mordeduras indelebles y oscuras. Quiero dormir hasta que vuelva otra luna redonda, cristalina, sea la madrugada y yo diga: "Bueno, ya está", se suelten los pespuntes y me importe una nada lo que no haya pasado sino lo ancho y hondo que pueda suceder de ahora en más. 

sábado, 11 de octubre de 2014

Miranda y la tempestad

Llamo a mi hermano Mariano porque necesito saber cómo él, justamente él, está en estos días. Quizá siempre tenga la sensación de velar por el bienestar de los que hemos  quedado desparramados por el mundo. Tal vez ser hermana mayor sea un poco esto: llamarlos para ver si necesitan alguna cosa en la que yo los pudiera amparar. No me es fácil hablar con él. Lo quiero extensa y profundamente, pero la palabra, que tan ligera y obediente suele ser para mí, se agosta con él (como con mi hijo, pienso). Nos decimos un par de cosas que arañan superficies y me pasa con su hija menor de tan solo 8 años. Miranda es tal como Shakespeare pensó a su personaje: un hilo que permite flotar y rescatar el amor. Entonces de heroína a heroína de tragedia inglesa nos entendemos: "Cuidalo mucho a tu papá.", le digo y agrego, "Dale muchos besos, pero muchos, muchos." "Claro, tía. Yo ya sé.", me dice. Y la tempestad deja de soplar. "Sos una princesa que tiene que abrazar al rey", termino. Y Miranda se ríe como lo hacen los niños que viven a la orilla del mar. 

viernes, 10 de octubre de 2014

Mon petit frère Pablo

Acabo de hablar con mi hermano, el que vive en Marsella. Ayer, su dulce Anna me dijo palabras francesas llenas de un afecto hecho de su amor a él. Quizás ahora se limpien los cristales donde todos nos mirábamos mirar. Como fuera, las palabras fluyen como peces en el agua azul de la distancia; y la familia es algo que iremos construyendo con estas nuevas piezas, como todo sistema que debe volver a ser. Mi hermano es un corazón que anida en el mío, al que yo quiero y elijo desde el día en que nació y lo nombré con sus cinco letras. Me gusta hablar con él y saber que, en dos meses, distinguiré su cara entre las cientos que pueblen ese aeropuerto de Marseille. Como siempre cuando cortamos, sé cuánto lo extraño y de qué forma mi vida estuvo unida a él. El vacío que siento en estos días se puebla con su risa y es como si mi papá estuviera a mi lado corriéndome el cabello mientras lloro. La vida es un tejido en el que los nudos se disuelven o se ciñen, según lo que podamos hacer. Tengo mucha esperanza de que, ahora, liberada una energía que cortaba mi alma, yo pueda empezar a ser enteramente tierna. Tengo mucha esperanza de que, cuando este 31 de diciembre levante mi copa en Francia, junto a Anna, mis sobrinos y junto a él, una forma de ser que estaba guardada en mí pueda nacer.

jueves, 9 de octubre de 2014

Quizá

Quizá se me deshagan las espinas como líquidas sombras.
Quizá se me derritan uno a uno los cristales de fuego que me cercaban como bocas solo para morderme.
Quizá me hablen las estrellas y me borden pespuntes de luces en los ojos.
Quizá pueda ver la lisura extrema de las cosas para cantarme las canciones de cuna que no tuve
y ser hija de mí y pasarme la mano por el pelo como una tímida caricia que me estaba esperando.
Ser viento
y lluvia
y sol.
Quizá ahora el amor deje la muerte atrás y sea primavera
Quizá yo ahora vea lo que ven otros ojos en mi alma.
Quizá.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Vuelo

Querría poder volar
como si fuera un pájaro
y planear con el viento entre las plumas,
porque
en una manito apenas
me caben los momentos que jamás me entregaste
y
un agradecimiento:
haber aprendido de niña
a andar sobre mis piernas para alcanzar mi cielo
a nadar en mi miedo para ver la otra orilla
a apretar bien los párpados en medio de la lluvia.
Lo demás
-lo que la gente dice que fue haber sido hija-
eso lo desconozco
y me iré de este mundo sin haberlo sabido
porque no me enseñaste
ninguna otra cosa que no fuera largarme al ruedo del silencio.
Y tal vez haya sido de verdad que tu último gesto fue también el primero.
Ahora estoy al borde del abismo
pero ya sé de qué sustancia está hecho mi vuelo.

Hoy es el día

La muerte es una extraña visitante que nunca nos dice de qué manera debemos comportarnos. Incomoda como un traje que falla, como un sombrero que nos sacude el viento. Y nos deja desnudos. A veces se lleva a los seres que amamos. Otras, a nuestra madre. Y entonces nos quedamos pensando qué deberemos hacer para saldar la cuenta que nos quedó pendiente. Lloro, pero lo dijo Homero, lo hago por mis males.
Ojalá hayas sido alguna vez feliz.

martes, 7 de octubre de 2014

Un día.

Un día, mi madre se morirá. Y el verbo está ahí, en la pantalla. Y lo veo,  inmóvil, sin que yo pueda entender lo que sus sílabas presagian. Diré ese día futuro que ella se ha muerto y no usaré ninguna metáfora para un hecho común -al fin y al cabo, en este instante a cientos de personas se les están muriendo madres-. Pienso hacia atrás y no hay recuerdos que pudieran nadar hacia la luz o el algodón tendido; no hay mesas donde se amasen las caricias como pájaros sorprendidos ni tan siquiera el soplo de una palabra melodiosa. Querría yo saber hoy, a no se cuántos  días de esa fecha ignota, si la muerte traerá la tristeza o la rabia, si sentiré el vacío de la batalla que nunca dejó otra cosa que no fuera una sórdida prosa y un fragor de caballos enloquecidos, violentos, desbocados. Y lo que no aprendí del amor y ya no será nunca, ¿en qué ojos volverá a no habitarme detrás de los cristales zurcidos con mis manos? Un día, ella se morirá. Y dejaré de sentir por fin esta agonía, tan hondamente en medio de la carne, que, a veces, no me deja sonreír.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Azul fosforecido

¿Alguna vez miraste el cielo a esta hora?
Fosforece de azul.
Cantan los pájaros y alguien, lejano, los acompaña.
Afuera el aire pespuntea su tibieza y el sol se desnuda entre nubes celestes.
Voy encendiendo luces en la casa dormida como si fueran piedras arrojadas en el sendero largo de otro día.
El agua borbotea en la cocina y la gata se ovilla junto a la ducha con su nostalgia de peces.
Hablo con los habitantes invisibles de la mañanas y me responden con su humedad de pámpanos.
Salir tiene algo de sirenas y ceras, algo de precipicio diurno, algo de sumersión en las horas calientes que duermen todavía.
Y sin embargo, salgo.
La calle está vacía y amanece.
¿Alguna vez miraste el cielo a esta hora?

domingo, 28 de septiembre de 2014

Feliz cumpleaños para el francoparlante

Hoy cumple años. Los mismos que yo. Hace ya 21 meses y dos cumpleaños que festejamos. Cada mañana me despìerto con sensación  gusano y él me obliga a mutar como mariposa: pese a mis miedos, mis desplantes, mis malos modos, mi tono de pizarrón viviente. Hubo quienes no daban ni dos centímos por nosotros y hemos transitado 6000 libros, 9 perros, 7 gatos, y varios momentos de pura intimidad. A su lado he conocido la alegría, que es mucho más profunda y verdadera que la felicidad. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Eso dijo Odiseo

Qué es de la línea suave y gris y temblorosa que me anuda los dedos con su cuerpo de gasa cuando pretendo hablar pero enmudezco y vuelve la nostalgia a invadirme las horas eternas del regreso.
Eso dijo Odiseo mientras Calipso le alargaba el tiempo en inmortalidades varias.
Eso dijo: yo solo lo repito.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El viento

Peino mi corazón como si fuera agua y guardo mis palabras en los bolsillos del silencio. Después me miro en el espejo y veo: lo que no quiero, como un zurcido transparente e irremediable que se oculta, pero que lo descubro en el canto matinal de los pájaros. Algunas metamorfosis me atemorizan más que los roedores e intento regresar a la nostalgia de los sitios perdidos. Las alas pierden sus plumas; los peces, sus escamas y todo se hace como viento que pasa. En alguna estación van quedando maletas y paraguas que se habían perdido. A esta hora exacta caen los mismos milímetros de agua: en Siberia, en Manhattan o dónde caiga el agua con esa derechura imperdonable. Yo atravieso desiertos empapada de lluvia. El día se vuelve un áspid incomodísimo y me duele el costado, ese lado insaciable  que marca a dentelladas.  Después viene la noche que cubre las vitrinas y se alza en los patios. En el ruido de postigos ya dejo de pensar y cierro todo, inclusive los ojos para que cese el vértigo del viento que me arrasa.

domingo, 14 de septiembre de 2014

De la furia a la reflexión: o de cómo se fueron los aplazos

Mi primera reacción fue saltar a la yugular. Nos quitan el arma neutrónica, se iguala para abajo, no se premia el esfuerzo, se les va a regalar la nota, serán todos unas bestias brutas, etc., etc. Roja de furia, de indignación, de fastidio. 
Y después me di a pensar que la evaluación no debería medir resultados, que tendría que prestar atención a los procesos que despliegan todos y cada uno de nuestros chicos y que, muchas veces, el piso que ponemos para el siete resulta inalcanzable para muchos. ¿Eso significa que no estudiaron o que no se esforzaron o que no aprendieron? ¿Cuántas veces muchos colegas que aullaron esta vez  le pusieron siete a un chico porque, aunque no sabía eso que queríamos que supiera, se había matado para llegar a saberlo? 
Y recordé aquella vez, hace mucho tiempo,  que, en un primer año, alterada, les dije. "Ustedes no aprenden nada." Se hizo un profundo silencio, alguien levantó la mano y dijo: "Yo aprendí a separar en sílabas." Y otros se animaron: "Yo ahora sé poner tildes.", "Yo me doy cuenta del narrador". Ellos evaluaban sus logros: yo sentí una vergüenza infinita de mí misma y les rogué que me disculparan porque la que no había aprendido nada era yo.
¿Cuántas veces puede intentar un niño llegar y frustrarse en el camino una y otra vez? ¿Cuántas veces hará el esfuerzo antes de tirar la toalla? ¿Cuánto lo intentará y verá su hoja sin la nota ya inalcanzable?
Y no se trata de premiar la vagancia. Claro que no. Se trata de acompañar a los más débiles para que sigan caminando, a los más desprotegidos, a los que necesitan el abrazo que les permita continuar.
Nada me produce más dolor que un niño que, por múltiples y diversas razones, no entiende. Deténganse dos segundos y piensen si no comprendieran lo que leen, lo que se espera que hagan, lo que les están explicando, lo que deben escribir. Es una sensación de desamparo y menoscabo tremendamente dolorosa.
En realidad, lo del uno, dos y tres no tiene ninguna relación con esto y es una anécdota vacía, frívola y estúpida. Se trata de que todos nosotros pensemos nuevas formas de evaluar que sean inclusivas, que tengan en cuenta lo que cada chico es, lo que puede dar y la forma en que es capaz de florecer. 
Porque qué otra cosa que ver florecer a nuestros chicos queremos sus maestros...

jueves, 11 de septiembre de 2014

Ser maestros

Enseñamos a leer y escribir: desde que las letras son jeroglíficos incomprensibles, y luego monigotes despatarrados que se resisten a obedecer. Enseñamos a leer y escribir que es mostrar un camino para aprender a descifrar una ruta que se abre en infinitos senderos. Enseñamos a leer y escribir que es internarse muy adentro para hallar las palabras que nombren los fantasmas, las alegrías, las tristezas, las rabias: los que son propios y necesitan los verbos que los nombren. Enseñamos a leer y escribir que es volver transparente la risa y los sueños que han soñado los otros poniéndoles palabras. Enseñamos a leer y escribir que es ir desenvolviendo el pensamiento de a pasos chiquititos para que se haga propio, inédito e insólito. Enseñamos a leer y escribir que es -para nosotros, los que enseñamos- aprender a ver las cosas desde otra perspectiva, que es pensar cómo caminar al lado del que anda aprendiendo, que es darse cuenta de que no podríamos hacer otra cosa que enseñar a leer y escribir porque ese acto es pura inauguración de la maravilla de ser seres humanos. Enseñamos y aprendemos porque ellos, los que aprenden, nos enseñan, también, a leer y escribir ese río sagrado en el que vamos juntos y es todo una alegría -con sinsabores, como toda alegría verdadera.
¡Feliz día, maestros!

lunes, 8 de septiembre de 2014

Amor de madre

¿Cómo se tramita querer a una madre? ¿En qué lugar se tira el ancla si al pensarlo no hay otra cosa que un vacío agudo y una lluvia que no cesa  y un pantano de bestias desatadas y una agonía igual o parecida a la que asesinaba las siestas infantiles? ¿Cómo se hace para decir que debo sentir lo que el conjunto común de los mortales y ver mi propio rostro recto, duro, inconmovible y ninguna otra cosa que esa herida que no se cierra nunca y mancha todo? ¿Por qué no puedo ser más buena y olvidar el silencio a que fui sometida y transformarme en una suave enfermera perfecta -aun sabiendo que no la calmaré- y asistir con ese afecto neutro que deviene del urbanismo y la amabilidad? ¿Qué son estos pinchos y espinas que me crecen para no entregarme por tamaño temor a la zarpa que ruge aunque sea una anciana pequeña que se pierde en su cama? ¿Por qué no puedo perdonar y seguir?

martes, 2 de septiembre de 2014

Del realismo y los niños que leen

Harta de que el chico leyera los relatos fantásticos de Cortázar en clave realista, me di por vencida y dije: "Mientras puedas justificar tus  apreciaciones..." 
Al fin y al cabo, cada cual lee con lo que trae y le es dado. 
Pará, pará: ¿qué decís? ¿Exclusivamente realista a los 16? ¡Uff! ¡Algo huele mal y no es, precisamente, en Dinamarca! 
Porque estoy en contacto diario con muchos niños y jóvenes cuyas edades oscilan entre los 5 y los 17 años puedo afirmarlo: el realismo avanza a zancadas, llevándose puestos los universos maravillosos y fantásticos. De seguir con la tendencia nos veremos cohabitando con niños en edad escolar incapaces de ver más allá de lo materialmente tangible, niños a los que ningún genio maligno les torcerá la verdad de sus fidedignas percepciones.
Me hablarán ustedes de Potter o de Narnia o de Tolkien.   Perfecto: denme tanques editoriales capaces de vender a su madre y leeremos lo que fuera. Yo no hablo de consumidores, digo lec-to-res. Sin poner en tela de juicio los valores de semejantes novelas y de sus fanáticos, convendrán conmigo en que el poder persuasivo del mercado editorial central con sus "lanzamientos", "películas", " prensa", etc., etc., etc. inclina la balanza y deja fuera de discusión todo lo que pudiésemos decir.
Yo -aquí y ahora- hablo de lectores: de esos niños que, por decisión propia, van a la librería y revisan anaqueles; o los que les piden a padres, maestros o bibliotecarios algo para leer. Esos niños se han tornado peligrosamente realistas. 
Y no es que el realismo sea una mala palabra. Claro que no: Tolstoi, Leopoldo Alas, Flaubert y el bueno de Balzac están allí para desmentir cualquier acusación de mi parte. En Dickens me he deleitado hasta el hartazgo. Yo hablo de ese realismo simplón que satura gran parte de la literatura para niños y adolescentes, que le pone palabras fáciles a la cotidianeidad y cuya impresión estética -si la hubo- desaparece cuando cerramos el libro.
Por supuesto que hay otros textos que cuentan sucesos que se rigen por las leyes de nuestro mundo de referencia que escapan a esta  generalización.  Pienso en Stefano de Andruetto, relato realista en el que la presencia de una doble temporalidad y una doble instancia enunciativa con un narratario solo evidente en la última oración del texto, nos conmueve no solo por lo que cuenta sino por cómo lo hace: que, en definitiva, eso es la literatura.  O El Escuadrón Esqueleto de Polly Horvath en el que todo lo posible que se cuenta se delira de pura improbabilidad y cuatro narradores tejen con sus voces un microcosmos donde se desnudan la muerte, la soledad y la desesperada condición humana.
Creo que hay literatura áspera, a contrapelo, que admite varios estratos de lectura, sobre la que hay que andar con pico y pala, clavando estacas para que no nos lleve el viento; y literatura suave, que esa acondicionador desenredante, que no ofrece la más mínima contracorriente, sobre la que se surfea sin turbulencia, que no se guarda nada porque todo lo que tiene para decir lo dice sin connotaciones ocultas en un verbo. 
Cada cual -niño o adulto- elige la que más le agrade y lo haga feliz. Yo,  como docente, quiero ofrecer esos textos que te cambian la forma de mirar el mundo, que te dan un puñetazo en la cara, que te abren el pecho para extirparte el corazón y mojártelo con el agua de las palabras. Para mis chicos quiero textos que les hagan ver los pliegues de la realidad a través del lenguaje y que los sumerjan en la duda, en lo opaco que se vislumbra en el tejido de un texto: esa ambigüedad de la que solo se sale a dentelladas o acariciándose. Quiero textos que les den eso otro que se intuye en los sueños, que es más que lo que se ve con los ojos distraídos con los que todos los días miramos  lo cotidiano.  Yo quiero que la hora de lengua y literatura sea ese momento en que abrimos el mundo maravilloso de las palabras y nadamos en ellas para conocernos, para entendernos, para comprender que, aunque parezca, no estamos solos en la noche. 
Y esa literatura debe ser, en primer lugar, justamente eso: literatura. Que es mucho más que un texto impreso. Debe ofrecer un trabajo de orfebre con el lenguaje y, a través de ello, apelar a abrir camino para ver más allá de lo real: ya sea porque explora la certeza de otros mundos posibles, porque instala el desconcierto o la duda o porque revuelve lo cotidiano como si lo mirásemos por un caleidoscopio.  
Leer es un enorme trabajo. Lo ha sido siempre y lo es mucho más en estos días en que la atención se fragmenta y disuelve, en que cuesta tener paciencia para permanecer hasta que el texto se revele. 
Sigo creyendo -con una fe fanática- que lo mejor que podemos hacer por nuestros chicos es brindarles la posibilidad de que un libro les cambie el alma para siempre.
Menuda cosa para desperdiciar la oportunidad en cosas vanas.

jueves, 28 de agosto de 2014

Mi madre, esa lectora

Por circunstancias extremas de su vida (mi abuela murió cuando ella tenía siete años y su padre los dejó para casarse con otra) mi madre solo fue a la escuela hasta los 12 años. Nunca pudo dejar de ser la niña que le habían robado: caprichosa, egocéntrica y malvada. No le fue fácil vivir a mi madre y yo pagué las consecuencias. Pero, a fuerza de ser honesta, esa mujer diminuta, que mide escaso metro y medio y pesa 40, que parece estar fuera de todo, ausente, taciturna y súbitamente enloquecida, me legó la lectura, que es el bien más grande que yo tengo en mi vida. Con su escolaridad primaria escasa, mi madre lee, como pocas veces  he visto en este mundo. Ella -y solo ella- ha releído completo a Dostoievski, se ha devorado a Chejov, a Tolstoi, a Proust (cuando se lo puse en sus manos). Tiene una forma de leer infantil: los personajes son seres reales para ella. Se enamora de Wallander y llora cuando alguien -a quien verdaderamente quiere- se muere. Como mi madre tiene una moral comunista y puritana, se enoja con la traición amorosa y la infidelidad, se entusiasma con las entregas puras a las peleas políticas y sociales. A los 84 años, sigue leyendo como única actividad que la atraviesa y pide siempre más y más libros. Cuando la veo, me habla de sus lecturas como si fueran la historia de su vecina de cuarto. Quizá, para que me quisiera algún día, de niña supuse que debía ser como ella y me entregué -yo también- a la furia lectora. Cierto es que  hice de ese acto fundante mi profesión y mi fuente de ingresos, pero va más allá; porque la literatura no es lo que  hago sino  lo que soy. Como lo que es mi madre. Tal vez, en este acto de escritura. yo esté reconociendo que, pese a todo el abandono y la tristeza en que transcurrió mi infancia, mi madre, sin saberlo, me legó una identidad que me permitiera resistir el agudo dolor que ella me causaba. Y en ese gesto se anudó todo el amor que fue capaz de darme.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Diario de viaje (III)

A esta hora de la mañana solo se escucha el motorcito ronroneante de Margaux que se ovilla en mi regazo y cada tanto levanta los ojos y me mira con una profundidad que yo no conocí en animal alguno. Pienso en el día que aún no se ha llenado de texturas y es una superficie sobre la que puedo dibujar cualquier sueño. El invierno comenzará a ovillar sus días y volverá la primavera. Pienso en las cosas que debo hacer en este 2014: terminar los libros (haber escrito uno completo en 30 días me alienta porque si me esmero en octubre termino los dos restantes), leer y trabajar las novelas para entregarlas en un par de semanas, y actividades así que debo ir anudando. El 2015 comenzará con heladas y niños a orillas de otro mar. Cuando pienso en el viaje, hay un muro de tareas que me impide visualizar mis propios pasos. (Nota al pie: debo caminar más ahora, para caminarme todo después) (Otra: debo darle otra oportunidad a Barcelona, ciudad que siempre me resultó hostil). Ayer hice un calendario para empezar a definir qué sucederá en la quincena que viene después de Francia, después de Grecia. Y otra vez me sentí de buen humor. Andréa y Maïa son luces de Año Nuevo y abrazos en París.

martes, 26 de agosto de 2014

La niña que se subía al árbol muy alto, muy alto, muy alto

Había una vez una niña que se subió a un árbol muy alto, muy alto, muy alto y no se cayó.
¡Qué bien se veían las cosas desde arriba!
Los techos, la gente, las calles...
Hasta los perros que,  a veces, la atemorizaban parecían ahora inofensivos.
La niña tomó por costumbre subirse al árbol muy alto, muy alto, muy alto.
Lo hacía una vez por semana o dos.
Pero un día, vaya a saber una por qué, subió al árbol muy alto, muy alto, muy alto y se cayó.
¡Oh!, dijo la niña.
Y cuando nadie la miraba, en un rincón de su casita, lloró.
No sentía dolor.
Ni un poquito apenas de dolor.
Lloraba porque se había dado cuenta de que, ahora, cada vez que subiese al árbol muy alto, muy alto, muy alto para ver los techos, la gente, las calles, y los perros que desde arriba parecían inofensivos; lo haría sabiendo que se podía caer.

sábado, 23 de agosto de 2014

Ahogo

Hubo una palabra que se infló hasta ocupar todos los resquicios.
Después...
Después ya no pude respirar.

Ciento quince infancias recuperadas/ Ahora y siempre

Esos niños. Esos padres. Esa alegría de soñar con un mundo mejor para todos. Ese deseo de hacer, de meter las patas en el barro y construir. Y la furia. El dolor. La sangre derramada, torturada, desaparecida, robada. Trato de salir de mi corazón y pienso -desde afuera, como si me fuera dada esa distancia- en lo que significa arrojar un hombre de un avión, acribillarlo a balazos, y pensar que es posible cambiar la identidad con un simple truco. Pienso en la belleza, en la entrega, en el remover las piedras para hallar los vestigios, no de la muerte sino de la vida que siguió latiendo, aun en las condiciones más adversas. Pienso en los huesos que faltan enterrar y en los niños que aún quedan por hallar. Y a la vez, junto con las lágrimas, anido un orgullo histórico: por las madres, padres, hermanos, tíos, esposas, maridos, abuelas y abuelos que buscaron sin detenerse nunca y por todos los que marchamos año a año con ellas, ahora y en los tiempos democráticos en que la regla era el olvido y la vuelta de la página de la historia. Pienso que a veces nos mandaron a ocupar una diminuta nota al pie (Walsh nos había enseñado qué sucede con esas notas) y, sin embargo, seguimos soñando con una larga mesa en la que estuvieran todos los desaparecidos y los niños robados. Porque la infancia y la juventud habrán sido clandestinas, pero la sonrisa es bien visible. Que el círculo de la ronda se ensanche y nunca termine. Ahora y siempre!
 

viernes, 15 de agosto de 2014

La chica que teje palabras

Tejo palabras de una hebra larga.
Tan larga que podría dar la vuelta al mundo dos veces.
Y sobraría lana,
todavía.
Un punto arriba.
Un punto abajo.
Agujas de tinta en para tejer palabras
con sus puntos de luz
de agua
de árbol verde
de pájaro mojado.
Palabras una fila arriba otra fila abajo.
Santa Clara los puntos.
Arroz.
Palabras elástico que se llenan de viento,
porque si hace frío me pongo mi saco repleto de palabras y cuando me aburro un poco le destejo los puños y lo vuelvo a tejer.
¡Esta chica!, decían mis hermanos, ¿quién la entiende? Desteje para volver a tejer.
De lo que  no se daban cuenta era de que mi ovillo crecía, crecía y ya daba otra vuelta más.
Un día, mi abuela, que tenía una canasta repleta de retacitos de lana, me enseñó a tejer palabras con una sola aguja.
¡Qué bueno!, grité yo. Entonces podía dibujar con la otra, que es como tejer pero sin palabras: solo de puro color.
Y empecé a tejer con una aguja derecha y otra izquierda distintas, pero a la vez.
¡Esta chica no come!, dijo mi madre cuando la polenta se endureció en el plato, ¡Solo quiere tejer!
Dejémosla, dijo mi padre, ya se va a cansar.
¿Cansar?, pensé yo con mis palabras y mis coloritos tejidos como fuego, como agua, como estrellas y cielos, como bichos de vidrio, como hocicos de liebre.
¿Cansar? Y las agujas no se veían: de rápido, de suaves, de agujas que siguen sin parar.
Así ahora, mientras estás leyendo, ya tejí una bufanda y me fui a pasear.

Carta a una señorita en Marsella (II)

Querida Maïa:
Quizá en l'école oíste hablar de la revolución del 14 de julio. Quizá ya sabés que los franceses la pasaban muy mal porque tenían unos reyes un poco egoístas a los que no les importaba mucho que el pueblo pasara hambre. Dicen, pero vaya uno a saber si es verdad, que una vez le dijeron que el  pueblo no tenía pan, y ella contestó: "Que coman torta". Imaginate si iban a tener torta cuando les faltaba una simple baguette. Estos dos reyes, Luis XVI y María Antonieta, que están enterrados en una hermosa catedral de París que se llama Saint-Denis, se hicieron un palacio impresionante que ahora es un lugar para visitar. Porque el pueblo podía pasar hambre, pero ellos vivían a lo grande. Entonces en julio de 1789, los franceses se hartaron e hicieron una revolución  y fue algo tan, tan importante que le cambió la cabeza a muchas personas en el mundo. Acá, en Argentina, unos señores que admiraban mucho a los revolucionarios franceses y sus ideas de que todos éramos iguales, libres y hermanos, también hicieron una revolución en mayo de 1810 y echaron al virrey.  Así que mirá cómo vienen a parecerse las revoluciones de
tu país y del país mío y de tu papá.
Aparte de todo eso, el Château de Versalles es muy lindo. Tiene unos jardines muy grandes (y muy ordenaditos),  enormes salones dorados y con unas lámparas llenas de cristalitos y los dormitorios del rey y la reina que son impresionantes. 
Como fuera que sea, además de la belleza del palacio, lo bueno es que la gente pueda elegir a quienes los gobiernan y cambiarlos si no lo hacen bien.
Te mando un beso recontragrande
La tía

martes, 12 de agosto de 2014

De viaje (II)

(c) Julieta Pinasco
Soñar Marsella, la bella.
La de las calles apretadas del Panier.
La de los barcos y el Vieux Port.
Soñar Marsella, la de navettes anaranjadas
y sardinas perfectas.
La del niño de oro,
la del niño de oro en brazos de la madre,
la del niño de oro en brazos de la madre en la colina más alta
y debajo la mar.
Soñar Marsella,
con sus barcos colgantes,
sus mosaicos exactos,
sus islas con castillos diminutos.
Soñar Marsella,
y el jirón de familia,
su color de alegría
y gorriones azules que hablan en francés.
Hay una  pajarita de grandes ojos negros
que me espera en los aleros de Marseille- Marignane.

domingo, 10 de agosto de 2014

Yo me pregunto

Yo me pregunto
por qué alguien espera que una mujer dé a luz y a los dos meses la mata -como si hubiera sido un frasco donde esperar una germinación-,
por qué a las pocas horas otro arranca ese niño del seno de su madre,
por qué lo entrega a otro otro -como si fuera cosa que debiera trasplantarse-,
por qué ese otro poderoso lo da -para sacárselo de encima, para que no le pese, para que no sea su hilacha en el camino-,
por qué los otros callan durante tantos años.
Yo me pregunto
por qué el alma no les picaba
cuando miraban televisión, oían radio, leían
y sabían -esas cosas se saben, se sospechan, se niegan-,
por qué no preguntaban,
y ese alguien esperó que el otro otro, el poderoso, muriera de muerte provecta y portentosa para decir "yo creo", "me parece" "tal vez"...
Yo me pregunto
por qué se marca la esencia profunda de la vida,
la que perdura como una impronta pese a toda la muerte,
la que se dice en los sonidos pese a todo el silencio,
que traza los rasgos con un pincel de sangre, -la que lo hizo hijo.
Yo me pregunto
por qué un día la historia da sus pespuntes y une
y llega un hijo a dar a luz un padre -y es eso tanto o más poderoso que cualquier otra historia-.
Yo me pregunto
por qué nos abrazamos en esta euforia colectiva y profunda
y nos sentimos mejores y más plenos.
El dolor cicatriza y es una herida melancólica y dulce que dice que ellos no pudieron matar de muerte a la vida porque ella sigue, se impone, fructifica.
Y no hay ninguna respuesta para eso: solo una alegría soberbia y compartida.
Y que todos aprendan: los que no bajan los brazos, ahora los entrecierran porque la vida les concedió la dicha de no morir antes del perfecto abrazo en el que todos deseamos ampararlos.
El mundo es ahora 114 veces mejor.
Más justo.
Más entero.

sábado, 9 de agosto de 2014

Carta a una señorita en Marsella (I)

Maïa:
Quizá necesites ahora que alguien te ayude a leer en español. No importa. Yo necesito que me ayuden a leer en francés y soy como cinco veces más grande que vos.
Pensaba que, cuando estemos en París, me gustaría llevarte a un lugar que a mí me gusta mucho, pero mucho, mucho: es el Musée du Moyen Age. Cuando entremos vas a ver que es un pequeño palacio hermoso. Adentro hay expuestas cientos de cosas lindas que usaban las damas y los caballeros: peines de marfil, cofrecitos, espejos, libros con miles de dibujos con tinta azul y de oro, vestidos, armaduras. La Edad Media sucedió hace muchos siglos, en la época del rey francés Carlomagno. Pero lo más lindo de ese museo es subir por una escalera de madera y llegar a una sala donde hay colgados unos tapices: son seis y se llaman "La Dame et la Licorne." y ya te voy a contar, cuando estemos ahí, qué significan. Yo quiero mucho a la dama. Y cada vez que voy a París la visito, a veces más de una vez. Me gusta quedarme sentada en la penumbra de esa sala donde ella y yo tenemos largas conversaciones acerca de las sensaciones y la forma de conocer. Vos pensarás que ha de ser aburrido ir siempre al mismo lugar, pero cada vez que entro allí veo algo distinto, descubro alguna cosa que no había visto en el encuentro anterior: son secretos que la dama guarda para revelarme cada vez que puedo ir a visitarla.  En mi casa de Buenos Aires, además, tengo un cuadrito con uno de esos tapices para no olvidarme de ella.
También pensé que nos podíamos tomar el RER e ir a visitar los palacios de Versailles, los del rey Luis XVI y la reina María Antonieta, pero eso te lo cuento en otro mail.
Si querés contestame en francés y yo le pido a Claudio que me ayude a entender. ¿A vos qué te gustaría que visitemos en París?
Te dejo una imagen de La Dame et la Licorne para que la vayas viendo. 
Un beso inmenso
La tía

domingo, 3 de agosto de 2014

Mi fiesta de cumpleaños

Una fiesta de cumpleaños.
Una torta con velitas.
Una torta con cintitas.
Y poemas.
Y dibujos.
He recibido: cajas de colores, pinturitas, libros, bufandas verde agua, ropa, una bailarina de cocina...
Mi casa ha estado llena.
Y mi corazón todavía canta
en los aleros,
junto a los pájaros,
en el borde dormido de la almohada.
He dicho que otro año empieza.
Y se ha hecho la luz.
Gracias por haberse llegado a encender la fogata.

sábado, 2 de agosto de 2014

Confesiones de un nuevo año/ De cómo se mira

Hoy festejo mis años (ya pasó mi cumpleaños). La casa se llenará de gente, de grandes y de niños. Soplaré las velitas y pediré deseos. Se cumplirán: me viene sucediendo. He sido una persona afortunada y he tenido dolores. Han sido equivalentes y, sin embargo, siento la dicha de la vida que llevo.Tengo sol en el alma y cosas en que sigo creyendo. De todos mis fantasmas hay algunos que vuelven y  ya somos amigos: se sientan en mi mesa y conversamos largas horas hasta que los veo partir como llegaron: tan solo con lo puesto. No he bajado los brazos, pese a todos mis muertos/ los que se fueron y aquellos que se hundieron en el abismo negro de todo desconcierto. Es cierto que hubiera deseado ser algunas otras cosas, pero no supe cómo. Me quedan muchos días hasta el próximo julio y los ojos abiertos. Tengo lo necesario y canto cuando puedo. Hoy festejo mis años: bienvenidos, amigos. 

Un soplo apenas

Un soplo apenas y el día se inaugura como si fuera un viento que alguien desenrolla. Él me apoya su mano y murmura palabras que navegan el aire. Los pájaros se agitan, plumetean, hacen sus abluciones en el agua del cántaro. Hablamos bajo. Entre susurros. Volvemos a dormir unos instantes hasta que el sol se planta y templa los cristales. Es sábado de gloria. Como siempre. Me oigo trajinar en la cocina y me digo "Es el viento". Multiplico mis manos y bordo las tareas en el día. Lo miro hacer: la tierra, las maderas, el fuego del asado. Hace ya muchos días que vamos y venimos. Un soplo apenas y coseché una brisa primaveral a esta altura del mundo. 
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