viernes, 23 de enero de 2015

Un viaje/Día 24: A Madrid y el regreso

Kavafis lo dijo mucho mejor que yo: el viaje es el ir yendo, de aquel calor a este frío, de este frío a aquel calor. Y entonces algunas tempranas conclusiones antes de que se acabe este camino:
*las iglesias son todas más o menos iguales: debes alzar la vista para mirar a Dios -o los grabados que lo reemplazan- lo cual, no casualmente, resalta tu pequeñez.
*las ciudades son bellas: a su manera cada una tiene un secreto para ofrecer.
*salvando las distancias, costumbres, y particularidades todos los seres humanos somos más o menos iguales: comemos, respiramos, gritamos...
*el mundo es de una belleza inefable y una sarta de vivos se adueñaron de él y nos cobran por disfrutarlo.
*en las viejas ciudades no se ven perros ni niños sueltos.
*las torres de las catedrales son dedos que sobresalen en la distancia apuntando a Dios.
*la lengua es una patria cuando una está lejos.
*los seres humanos somos solidarios por definición: a algunos -muy pocos- se les ha emponzoñado el alma -generalmente pertenecen a la sarta de vivos nombrados más arriba por eso estamos así.
*los niños del mundo son iguales solo cambia el contexto que permite o impide una infancia feliz. Mientras no cambie eso, la sarta de vivos seguirá arruinándonos la esperanza.
*siempre se trata de mirar con alegría, demorándose en los detalles: una cerradura, una pestaña en un mármol, un pájaro volando, la vuelta de una columna.
*el tiempo es una condición del conocimiento: en cada lugar que he estado, el espacio me regala las imágenes superpuestas de lo que ya no está: Paula me sonreía en el Güel, Claudio caminaba en Montpellier, hallé a mi hijo en la plaza del Louvre, los marineros anclaban en el Port Vieux, Atenea sacudía sus peplos azafranados en aquella callejuela de Delfos, Fray Luis me cruzó en Salamanca y vi partir a Rodrigo de Santa Gadea de Burgos con los trescientos fijosdalgo.
*cada peso que he ganado trabajando y gastado viajando es el peso más aprovechado de la vida.
*los museos son sitios en los que la taxonomía y la historia alumbran nuestra felicidad.
*las redes permiten compartir lo que una tiene la suerte de vivir: la vida tiene sentido cuando se puede transmitir.
*por una u otra razón los seres humanos de bien nos sentimos orgullosos del sitio donde nacimos.
*la familia dispersa se acerca en el periplo y se agregan personas como Anna de una luminosidad cristalina.
*se comprueba -otra vez- que en la dificultad todos tienden a la mano: gracias a quienes me ofrecieron teléfonos en Atenas o me pusieron en contacto con familiares y amigos catalanes. Llevaré siempre sus gestos en mi corazón.
*el viaje -este- llega a su fin en cinco días: deseo regresar a mi casa, a mis afectos, a mi trabajo. El otro viaje  espero dure muchos  años más.

miércoles, 21 de enero de 2015

Un viaje/ Día 22: Cae la nieve en Burgos


Cae la nieve en Burgos
y veo por la ventana los copos movidos por el viento:
son plumas de pájaros helados,
granos de sal que se disuelven en el aire,
luna que va perdiendo el cielo,
lágrimas viejas que han quedado perdidas,
pequeñas hadas frías que danzan y navegan,
suspiros que se escapan en la niebla,
azúcar diluída en la tormenta,
pasos de duendes perdidos en la noche.
Cae la nieve en Burgos
y la madre de César Vallejo sube el cuello del hijo
solo para que caiga,
liviana,
transparente,
efímera,
poética,
frágil como una novia nueva.
Temo pisarla:
para que no se rompa,
para que no se vaya,
para que quede blanca,
allí, sobre las calles, los árboles, la vida.
Cae la nieve en Burgos
y mi corazón es incapaz de resistir tanta belleza.


lunes, 19 de enero de 2015

El silencio de los muertos

Es cierto que los muertos ya no pueden hablar.
Pero el lenguaje se cuela en su silencio, que es para ahora y siempre y nunca.
Los muertos tienen gestos que se quedan detenidos en el instante frío.
Pero se proliferan los significados como pandemia.
Porque el lenguaje es un virus
Y no hay vacuna, ni protección que impida su contagio.
Cada cual tironea el sentido: solo porque los muertos ya no pueden hablar.
El lenguaje -ya lo dije anteayer- es puente o zanja.
Ahora digo trinchera: el lenguaje es trinchera y tira a matar.
Pero los muertos, de ellos es el silencio.
Y el miedo que queda acá, como una estaca en medio de la sangre.
Otra vez.
Otra vez, mi país, otra vez.
No están solos los muertos.
Callados para ahora y siempre y nunca.
Son los vivos los que tiran para matar.

Un viaje/ Día 20: La Patria desde enfrente

He sufrido a la Argentina. Me ha clavado sus dientes hasta hacerme sangrar y en cada dentellada se ha llevado una parte. He vivido de zozobra en zozobra. De mis andares por otros sitios, solo guardo una idea: si me fuera dado elegir, volvería a nacer en mi ciudad leonada, en sus calles simétricas, entre jacarandás y aromos, en tanto sitios sucios en donde apenas intenté ser real. Pero no hay descanso, no hay instante en que el remanso sea gozo y dure un poco más. He visto cuerpos lanzados desde el río, chicos con hambre, y un par de hijos de puta con la vaca atada y sin querer soltar. Yo no soy peronista, pero sé quiénes son los que -siempre- han puesto el cuerpo y han salido golpeados, torturados, diezmados, olvidados. Mis ojos ya son viejos y por eso algunas cosas saben. En todas partes hay personas que forman el barro de la historia, pero del barro se levantan las casas, los monumentos, los árboles, las frondas. No importa tanto quiénes estén sentados en tronos o sillones. Lo único real es el tipo que acá, con este frío atroz, hoy se ha levantado para amasar mi pan. Ayer, mi tren cruzaba el Ebro y recordaba yo. Esa es la historia, hecha de barro, de notas al pie, de ignorados infinitos, de fracasos que se tornan victorias. Esa historia nadie la escribe, pero millares dejan su sangre para que el mundo, que es bellamente perfecto, alguna vez sea un sitio mejor. 

domingo, 18 de enero de 2015

Un viaje/ Día 19: A Burgos

El tren sube con esfuerzo por campos verdes y amarillentos. El cielo está gris y atrás va cayendo la tarde. Los arroyos bajan curvándose sobre sí para pasar bajo el tren. Hay poblados pequeños desparramados en la sierra que tienen una antigua tonalidad sepias. En todos, un racimo de casas, un laberinto de callejuelas y la iglesia. Al borde de la vía -como en todas partes- hay chozas de una miseria infinita. El espacio guarda cautivo al tiempo y en cada recodo pretendo que se desate un nudo y me sea dado entrever el pasado al que he tenido acceso en los libros. Ahora, yo soy Manuel Antolínez, el burgalés de pro, que acude al encuentro de quien será su señor. Me veo salir por las laderas en un exilio que han impuesto las intrigas de la corte y un rey que no supo estar a la altura de sus vasallos una y otra vez. Ha comenzado a caer aguanieve y no se puede estar más melancólico que estando aquí. Las huestes del campeador cabalgan todavía, Machado, pero se les ha olvidado el ciego sol. La niña rubia ya no tiene oro pálido sino carámbanos de tanto llorar junto a las vías en estos campos estragados de sal.

sábado, 17 de enero de 2015

Un viaje/ Día 18: Silencio

Hago silencio y duermo levemente.
Muchas horas de levedad dormida.
Las capas de mi sueño se llenan de maullidos.
Pero no hay nadie aquí.
Excepto yo.
Y mi tristeza que tiene ojos azules.
Hago silencio y las horas se pasan en dormir.
Las escaleras, los vidrios, las paredes sinuosas: todo se pasa raudamente.
Barcelona ha entrado en mi vida:
será ahora la ciudad donde supe que había muerto Margaux.
Poca oportunidad de que tu mar me alivie.
de que tus bellas calles produzcan mi alegría,
de que quiera volver.
Hago silencio y duermo: es una forma de curar.

viernes, 16 de enero de 2015

Un viaje/ Día 17 (la desgracia): Ha muerto Margaux

Querida Margaux: Acá es un día de sol. Lógico. También podría estar encapotado y hallar yo las razones para que lo esté. No voy a preguntar por qué saliste o por qué no miraste al cruzar. En el cielo de los gatos -dicen- que hay muchos pink flamencos para jugar. Cada tanto mi corazón subirá para lanzártelos y así jugar juntas otra vez. Ya sabés todo lo que podría decirte: hemos dormido enredadas en el mismo sueño y aprendido juntas a reír. Sí, es hora de que sepas que eras una gata que sabía reír. Cuando regrese a Buenos Aires, iré a tu árbol y te contaré cada vez que he pensado en vos, de los gatos infinitos que merodean los restos de Grecia y del amor que siempre te tendré. Ahora estoy en un tren que va de la estación França a Sants. Va vacío y nadie me ve llorar. El llanto es algo solitario para mí. La muerte también. Ahora, Margaux, vení a mi regazo, ovillate y suspirá una vez más antes de morir.

Un viaje/ Día 16: El otro

Viajo en el tren que me lleva de Marsella a Barcelona. A mí lado se sienta un hombre joven que reza con los ojos cerrados cuando el tren sale. Cada tanto pliega el torso y baja la cabeza como si le agradeciera a Dios. Pienso que no tiene más de treinta o treinta y cinco años como mucho. En Aix sube una chica rubia, a cara descubierta. Se miran. Me pregunto cómo hace este hombre para vivir en esta sociedad que se da de bruces con sus preceptos religiosos. Europa ha hecho (y hace) mucho daño concreto y, en algún punto, pensamos que debe pagar por lo que hizo, por lo que hace y aceptar, integrar, incorporar, devolver lo que robó detallada y concienzudamente; pero, ¿y el otro? ¿Cómo integrarse a una comunidad en la que las convenciones y costumbres son otras siempre? Y no solo otras, la mayoría de las veces son radicalmente antagónicas. La integración se torna complicada: no se trata de rezar o no rezar, sino de compatibilizar dos cosmovisiones opuestas. ¿Cómo se lleva la vida en lo cotidiano cuando las ideologías existenciales son incompatibles? Hay un espectro en que lo privado es privado y otro en el que anda rozándose como ahora mi brazo desnudo con el pullóver de este hombre. Y, a esto, además, se le suman cuestiones económicas, geopolíticas, de peso incalculable. Europa también olvida sus propios fanatismos, los pasados y los actuales. la mezcla se torna de difícil estabilidad. Como broche, en Figueras, suben al tren tres policías españoles que han de tener la misma edad. En el vagón repleto solo le piden pasaporte el rezador. 

domingo, 11 de enero de 2015

Nostos/ El mundo

Esa luz que a las once de la mañana cae sobre las sábanas deshechas.
El olor del café un poco más tarde de las seis.
El verano saturado de verdes.
La parra y su enrejado luminoso de uvas.
Oír los perros ladrar junto a la puerta.
Las ranas que saltan como antílopes desnudos en la noche.
La fragancia del tilo y sus hojas caídas.
Las fuentes, los sabores, los sonidos de la loza a las diez.
Tu mano en mi cintura para llegar al día.
La casa -nuestra casa- llena de papelitos pegados en el botiquín.
Los libros, mis dibujos, tus canciones.
Mi gata y la tuya a la hora de ver televisión.
El amor que encierra la palabra extrañar.
Antes o después se regresa y todo tiene el sonido de tu voz.

Un viaje/Día 12: un cadeaux

El amor tiene forma de libro. En mi cabeza se juntan dos mujeres -más jóvenes que yo- y dos libros. Una me entrega en Buenos Aires un libro de poema con ilustraciones azules; la otra, en Marseille un colorido cuento con calados papeles. Ambos libros son para niños. Ambos libros son para mí. Ambos libros son presentes de amor. Porque en el gesto de buscarlos y entregármelos hay un pensamiento puesto en quién soy yo y en mi felicidad. A ambas las abrazo y en las páginas abiertas las encontraré cada vez.

sábado, 10 de enero de 2015

Un viaje/ Día 11: Irse de Atenas

Irse de Atenas.
Y el cielo azul.
Y las vasijas amarillas.
Irse de Atenas.
Y el aire frío.
Y los restos en pie que aún perduran.
Irse de Atenas.
Y el borde del Egeo.
Y Delfos enclavada en la montaña.
Irse de Atenas y sus piedras y adivinas.
Y estar como estuvimos siempre: aorísticamente perfectibles.
Envueltas/ en vueltas
Y los perfumes.
Y los colores.
Y el cielo azul.
E Ifigenia en cierva.
Y Medea.
Irse de Atenas.
Y tejer una lista de palabras: solo para volver.

lunes, 5 de enero de 2015

Un viaje/ Día 6: la casa de una

Una va por todas partes. Una quiere estar aquí. Una está contenta de estar donde está
Y sin embargo
hay un momento en que el mejor lugar del mundo es la casa de una, donde el sol a tal hora cae en ese exacto lugar que una ya conoce de memoria.
Una piensa entonces que la alegría tiene su parte de falta y que nada puede ser completo para ser.
En otras palabras: una extraña su casa/ una quiere estar ahora con vos.
Una es así.

sábado, 3 de enero de 2015

Un viaje/Día 5: las lenguas

Me resulta imposible no pensar en las lenguas, en cómo cada una comprende el mundo y lo organiza. Eso me da miedo, decimos. Y el miedo es una sensación que algo produce en el individuo marcado en el objeto indirecto: a mí me da por lo que la sensación es absolutamente subjetivo. Maïa dice "Ça fait peur" (Eso hace miedo.) Ha desaparecido el objeto indirecto y el miedo parece más objetivo: un producto de un claro agente, ninguna especulación  mental de un sujeto particular. Eso no me produce miedo solo a mí; eso fabrica el miedo, allí, patente, para todos.
Esas cosas se me da por pensar mientras Maïa y yo hablamos con un sándwich en la mano.

viernes, 2 de enero de 2015

Un viaje/Día 4: mi sobrina

Qué simple es el amor.
Qué liviano y qué fresco.
Qué mucha cosa suave.
Qué cuánta alegría que canta.
Qué risa es.
Qué silencio poblado de miradas.
Qué bello y suave de ternuras.
Qué ojos que se prenden.
Qué miedos que se apagan.
Qué luz azul.
Qué cuándo cómo crece.
Qué fácil el amor.
Qué fácilmente fácil es.

jueves, 1 de enero de 2015

Un viaje/ Día 2: Bonne Année

Y empezó el 2015. Vea que es impar y, a mí, los impares, me resultan bastante favorables. A veces es cuestión de entregarse al pensamiento mágico para mantener la esperanza porque la realidad, ya lo sabe, no deja de golpear. Así que mejor me digo muchas veces que los impares son buenos y lo remonto, que la vida se hace con la cabeza, el corazón y un par de bastones llamados supersticiones personales.
Así que le digo, entre pecho y espalda, que espero mucha alegría para este 2015. ¿Felicidad? No, mejor alegría que es más sabia y profunda. Hay que estar a la altura de las circunstancias. Igual le digo que me gustaría que cada 30 o 31 renovásemos el brindis. ¿Qué? ¿Que yo no bebo? ¿Y? La cuestión es que cada fin de mes podríamos hacer un balance y desearnos alegría para los siguientes treinta días por vivir. Sería bueno, ¿no?

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día 2: la familia francesa

Cada familia es un hilo que se enlaza y desenlaza. A veces las hebras se gastan y se quedan finas hasta desaparecer, en otras circunstancias el nudo es tan fuerte que hay que escarbar para soltar. Mi familia fue siempre de hebras abiertas, a simple vista parece que cada cual hace su vida sin importarle el tejido de los demás; pero de vez en cuando tomo la aguja y doy una puntada que cruza hasta el otro lado del mar. Y entonces veo que era pura apariencia eso de que nada importa de los demás: en el bordado de los que viven acá hay un lugar para que yo entre con mi hebra y hagamos entre todos un dibujo que durará después de que se acabe la eternidad.

martes, 30 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día 1: Lufthansa

Para mi propia patología era la compañía adecuada: nada fuera de control. Pasaron por el ingreso impecables, uniformados en amarillo y azul y con cada cabello en su predeterminado lugar. Casi con paso de ganso, pero no. A la hora indicada, comenzaron llamando por clase y por fila: 49, 48, 47... Casi un sorteo para el Servicio Militar.
Al ingresar, una pila de diarios en alemán, una almohadita blanca almidonada y una frazada azul con ribetes amarillos de seda. Despegue y aperitivo o como se diga en alemán porque los tipos te hablan en la lengua del Rhin como si fuera lo más natural del plantea. Pero, claro, chabón, ¿ o vos no hablás alemán como todos nosotros? El vuelo salía de Buenos Aires, no era conexión con otro, y sacando a los que, a veinte cuadras se distinguía su germanidad, todo el resto éramos argentos nacidos y criados. Los tipos, igual, te hablan en alemán. Y yo te contesto en español así que, Margaritte, hacete un esfuercito, tan rubia, tan pálida, tan fraulein.
El aperitivo eran unos alcoholes y jugos raros, y unas galletitas saladas con forma de avión. El lado chistoso de los alemanes fue darme unas galletitas de avión en el avión. Muy divertido, che. Yo bebí agua. Sí, Adolf, agua sin gas. A-gua. ¿ Me captás?
Al toque Margaritte me encaja la cena: una ensalada con crema, pollo con arroz y verduras al vapor (media hora de gestos para entender que pollo no era pasta. Po-llo, pas-ta no) y una torta de queso de la que me hubiera mandado cuatro porciones más. Café y apagamos la luz porque el plan dice que ahora me debo dormir. Sí, Adolf, ya me dormí; no vengas más a controlar.
A las 9 (hora alemana); las 5 en Buenos Aires, Margaritte me enjareta un jugo de naranja y al rato una bandeja (hago un esfuerzo por no robarme la vajilla que es un divinor) con una barra de cereales, ensalada de frutas, yogur, pan, galletitas; manteca, queso y dulce para untar; y una fuente de aluminio caliente con dos tortillas de papa, un revuelto de espinacas y castañas y un rostbeaf. Ok, Adolf, me rebelo. Hasta acá llegó mi obediencia. Me como el yogur y las frutas y dejá de mirarme como un SS extemporáneo.
Los tipos dijeron que aterrizaban a las 11: 10 y lo hicieron. Juro que lo hicieron.
Frankfurt está cubierta de nieve.
Avisan que la manga está ocupada y nos vamos a demorar.
Ah, fallaron, no eran tan perfectos. se les corrió un poco el peinado.
Nos demoramos medio minuto exacto. Lo controlé.
Adof y Margaritte me saludan al bajar.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día 0: lo que queda

La línea es punto a punto. Se parte y se regresa; de una ciudad, de una misma. A los que tenemos el amor desparramado por el planeta siempre nos falta un mango para el peso. Si estamos en cualquier acá, pensamos en allá; nunca es completo. Pero así es la vida para que sea vida: incompleta, y perfectible. En todas las familias se establecen papeles: a mí me tocó la memoria y el pespunte/ ir de acá para allá llevando los relatos -los pretéritos, los actuales, los que serán en la historia de los Pinasco desparramados por el ancho bordado del planeta. En mi maleta llevo palabras en el idioma en que mi hermano y yo fuimos haciéndonos para que Maïa aprenda su color, la espesura de sus olores literarios, la textura de sus sílabas extrañas. Yo voy: llena de libros, de fotos, de recuerdos; tan solo para unir, para que el río no se seque jamás, para que crezca la memoria y me perdure. Acá, en esto que es hoy lo que se queda, están mi gata niña, mi hijo, mi francoparlante, mi amiga Vera y una casa verde en Turderaville en la que aprendo a ser todo lo liviana que puedo, dado mi rol. Siempre es así la vida: incompleta y perfectible, y a mí me toca pespuntear los fragmentos de acá para allá. 

domingo, 28 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día -1: Carta a una señorita en Marsella (III)

Querida Maïa:
Y parece que lloverá. No tenemos que olvidarnos del paraguas. Ya puse el mío en la maleta. No nos va a asustar una lluviecita de invierno en París, ¿no es cierto?
La cuestión es que en apenas cuarenta y ocho horas estaré bajando de ese avión para ya, de una buena vez, por fin, menos mal, era hora, darte miles de besos y de abrazos.
Te llevo muchas sorpresas en la maleta y lápices para que dibujemos y escribamos. Pensaba que, si tus papás lo permiten, puedo irte a buscar un día a la escuela e irnos juntas a merendar por ahí. No sabés cómo me gustaría esperarte en la puerta de tu école y verte salir con los otros niños y la mochila en la espalda. Porque, si nos ponemos a repasar, nos debemos como cientos de salidas de la escuela, de fines de semana, toneladas de dulces y leches chocolatadas, diez cumpleaños, otras tantas Navidades y nueve Años Nuevos. Eso es demasiado para una vida.
Pero, bueno, no es el momento de las cuentas hacia atrás; sino de los deseos para adelante.
Y para ese futuro -que ya está al alcance de los dedos- quiero que me esperes que ya estoy llegando.
Te quiero.
Nos vemos el martes.
Besos, abrazos, cachetonazos y más, mucho más.
La tía Julieta

Leer: la mirada de los otros

¿Para qué insistimos con la lectura: a nosotros, a nuestros hijos, a los niños con los que compartimos la escuela? ¿Para qué les martillamos la cabeza con que lo hagan? ¿Cuál es el "beneficio" que obtendrán (porque ha de haber alguno, tan tangible como comer frutas o cepillarse los dientes, para que insistamos de tal forma e ideemos planes para que ello suceda y, encima, sea con placer...)? Damos por descontado que "hay que" leer para ser mejores, para ser más sabios, para ser más buenos, para ser, en definitiva, para ser.
Siguen siendo misteriosas, para mí, las razones por las que las personas eligen leer, y, cada día que pasa, creo que hay tantas como lectores. En este rubro dos más dos no da nunca cuatro. Por ejemplo, en mi caso, dos padres lectores, una gran biblioteca y la compra de libros para niños dieron una hija lectora compulsiva, un hijo no lector acérrimo y otro casi. 
Hace treinta y cuatro años que egresé de Letras y otros tantos que trabajo con libros y con niños, y no creo que la lectura deba ser una obligación. De ninguna manera. No se es ni mejor persona, ni más sabia, ni especial porque se lea. La bailarina clásica no va por la vida convenciendo a todos de que el ballet es una experiencia favorecedora de circunstancias como, seguramente, lo es. Sin embargo, nosotros armamos planes, ideamos recursos, nos disfrazamos, hacemos malabares y, con lentitud, nos vamos olvidando de lo único valedero: del contacto con el otro.
Porque un libro es siempre eso: otro. Un ser humano cuya mirada se ha hecho palabra y cuyo valor reside en su maestría para hacer de las palabras el vehículo para comunicar su modo de interpretar la realidad. El que lee se sumerge en ese baño de otredad y belleza, y de él depende cómo emerge: habrá quienes solo hagan la plancha, otros mojarán apenas sus pies en la orilla, otros bucearán en las profundidades, algunos atravesarán canales furiosos y embravecidos; pero a nadie se lo debería obligar a desear el agua. 
Leer es un acto voluntario y lo que de él se derive pertenece a la intimidad más privada. Eso no significa desentenderse; sino, simple y sencillamente, bancarse que el otro diga "No". Como madre disfruté leyéndole a Pablo desde que era un bebé de días; como profesora de literatura puse mi pasión al frente de todo. Pero también me apasionan los verbos y no voy por la vida intentando que todos experimenten el gozo de conjugarlos y observar la sutil trama que tejen con la idea del tiempo. Así como hay chicos que aceptan nuestras sugerencias, hay otros que nos acercan a la música o que dibujan o bailan. 
Creo que todos los niños deben ser arrimados a una experiencia estética, la que sea, obviamente yo privilegio la palabra porque de ella me nutro y vivo, porque creo que cuando leo el Quijote, además de su parodia, veo el alma de un hombre al que la vida maltrató en cuanta oportunidad pudo, y lo que me conmueve es su posibilidad de hacer de la furia ese soberbio relato, porque cuando leo la perfección de Góngora pienso cuánto dolor ha de haber anidado en su cuerpo para retirarse así de la palabra y construir un edificio perfecto por donde se lo mire, pero que aparenta distancia y vacío como si la literatura fuera para ser despoblada de carne y repleta de ninfas y Polifemos monstruosos.
Obviamente desearía que todos mis niños leyeran entusiasmados, que pudieran elaborar su mirada de las cosas a partir de la de los escritores que les acerco, que se asombraran de las insólitas combinaciones del lenguaje literario, que las imágenes verbales se les quedaran prendidas como estrellas, que cerraran a Proust y corrieran a hacerse un tilo para mojar la magdalena o que leyeran a los gritos la Ilíada creyendo que Zeus bajará a callarlos. Pero respeto a aquellos a quienes eso no les sucede. ¿Si creo que se pierden algo? Tanto como yo cuando no oigo música. Pero así es la vida: incompleta, siempre, porque la falta es necesaria para que surja el deseo, que es la única fuerza que mueve montañas.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día -2: las horas previas

Las horas que faltan.
Innecesarias horas y la maleta lista.
Una ciruela roja.
Una taza de té.
Dos minutos menos.
Mejor dormir.
He bebido demasiado café.
Paso la televisión de cabo a rabo.
Horas inevitables.
Siempre faltan horas para llegar al momento en que el avión se suspende en el aire y vuela y nosotros adentro con el tiempo suspendido y unas horas perdidas en la nada que recuperaremos al regresar.
Un teléfono.
La voz y las palabras de los amigos.
El calor y el deseo del frío.
Cuarenta y ocho horas más.
Después volar.
Y esa alquimia en que el tiempo se come la distancia.
Y el avión roza el suelo.
Ya.
Por fin.
Y una taza de té.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Navidad/ madre e hijo

Hay festejos distintos. Yo, hoy, les contaré el mío. Porque es un milagro. Si pienso hacia atrás treinta días; que yo esté, ahora, escribiendo, aquí, en esta casa, es un milagro. Empecemos por decir que ni mis hermanos ni yo fuimos bautizados y que mi hijo tampoco. Él, además, tenía unos abuelos que ayunaban para Iom Kippur. Entonces  los dos festejamos porque el día está en rojo y corresponde: al fin y al cabo es un feliz cumpleaños. La cuestión está lejos de ser esa: no es el motivo el asunto o la adscripción al evento religioso. Muchos hay de agua bendita en la coronilla que serían echados a patadas del templo por el homenajeado mientras cargan las bolsas de sus incontables regalos. Nosotros no. No seríamos echados. Hemos andado demasiado descalzos sobre un piso astillado y ahora nos hemos detenido un instante a descansar. Y en ese exacto momento festejamos. Comimos, cada cual puso en su plato lo necesario y salimos en la noche silenciosa a caminar por esta parte de la ciudad en que las calles son laberintos enredados. Ya sabíamos que el Minotauro lo llevamos dentro y que no hay otro hilo que el que sepamos colocar para regresar. Así que anduvimos por ahí, en una noche fresca y estrellada, mientras la gente comía tras sus ventanas y nos llegaban los ecos de sus voces velados por nuestra risa. Que ese y no otro ha sido el milagro de esta Navidad: el retorno de la risa. Así, sencillo, la convicción de los límites, de los fracasos, del camino amputado y la risa como proyección y amuleto para futuros caminos que el propio acto de reír inaugura. Porque reírse de la vida y de uno mismo es poder dar un paso más allá, hacia donde no hay ninguna otra cosa más que caminar y reír y eso, justamente, es el milagro del día 24. Lo demás, lo que funciona como posible lastre amargo, se disuelve en el aire de la noche y en la risa porque no hay otra que seguir. Entonces regresamos y vimos una película en la que unos justos y valerosos soldados mueren por rescatar unas obras de arte que unos injustos y cobardes soldados habían robado para sí. Y hablamos de viejos museos, que visitamos juntos, en donde los justos y valerosos acumulan desde hace siglos lo que se llevaron de países donde se comportaron injusta y cobardemente porque así de relativo es todo, excepto la risa, claro está. Volvimos a comer alguna cosa. Era tarde y decidimos dormir y es la primera vez en la vida que soy invitada a dormir en esta casa. Es Navidad.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

365 días

Hace 365 días que convivimos. Mañana empezará un año más. Aquel 25 de diciembre, andando por una ciudad que dormía sus festejos de Navidad, cerré mi casa de Parque Chas. En este año viajé mucho: a razón de 80 kilómetros diarios, el total es de aproximadamente 17.000 kilómetros que, traducido a libros leídos, hace una enormidad. Y cada día en que regresé, el francoparlante me abrazó a la hora de dormir y yo, erizo por todas partes, me dejé abrazar y también lo abracé. Hicimos muchas cosas juntos y otras cada uno por su lado. Habitamos la casa, lloré, viajamos, nos reímos mucho, tuvimos perros y gatos por todas partes, discutimos, nos pusimos de acuerdo, recibimos e hicimos grandes amigos. Este 2014 fue un año de logros y superaciones y el amor estuvo presente siempre para sostener, empujar, confrontar. Siento que soy una mujer afortunada y que te quiero y elijo por todos los años que nos quedan por vivir. 

Un viaje/ Día -5: El periplo

Viajar: salir de sí.
Dejar atrás las tazas conocidas en la mesa, los manteles cuyos zurcidos hemos hecho, los saleros cascados en el borde preciso, las fuentes, los armarios...
Dejar atrás la luz que entra en el cuarto a las 11:37, el doblez de la sábana, la voz que dobla en ángulo de 90, la parra que se cae de madura.
Dejar atrás ir y venir cruzando la ciudad, los libros que no tienen lugar donde guardarse y crecen como plantas en un bosque lluvioso.
Dejar atrás la circunstancia en que nadamos como peces, la lengua que nos hace decir lo que anida en el alma y sale, los sabores del agua.
Ir hacia otros colores, diferentes aromas, ignotas tierras, desconocidos mares.
Ir hacia días helados para buscar la huella de quién fueron los nuestros.
Ir hacia niños que aguardan los abrazos porque saben a patria.
Ir hacia ciudades de nombres luminosos: Frankfurt, Marsella, París, Atenas, Carcassone, Nice, Barcelona, Burgos, Santiago, Lisboa, Sintra, Madrid; y en cada parada esperar otro viento, otro recuerdo que quiera construirse, otras palabras.
Viajar: un periplo de días en que se sale solo para volver a hacerse y regresar distinta: más rica de imágenes, de aire, de lenguajes.
Viajar: un dibujo de fuego labrado sobre un mapa.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día -9: Marsella

Marsella tiene un puerto en el que anclan los barcos marselleses y descienden su pesca. Los pescadores gritan y hay olor a peces y  agua mezclados con las voces. 
Desde una colina, arriba de un alto pedestal Nuestra Señora con su niño peronista en brazos mira la gente circular por caminos sinuosos al borde de las aguas mientras los hornos de navettes saben a azahar y a calor endulzado de naranjas. En el cour San Julien sirven unas copas con jugos misteriosos de ciruelas extrañas y una podría perderse subiendo y bajando las escalinatas del Panier hasta dar con ese sucuchito donde venden un cubo de jabón que durará más que nosotros mismos. 
En la Charité han hecho un museo donde las culturas mediterráneas depositaron sus restos y hay marcas de los pies con que Odiseo y más tarde Eneas marcaron estas tierras.
Me gusta estar en Marsella: es la tierra donde vive mi hermano, es la mirada perdida en tantos textos, es el amor que siento sin condiciones por mis dos sobrinos que nacieron en sus calles pequeñas. es un lugar donde voy para sentirme querida por la exigua familia que me queda (sin relatos siniestros, sin aullidos de muerte, solo con el afecto que ellos y yo nos tenemos a través de mares y de océanos). Marsella es un lugar donde me sé feliz, en toda circunstancia: y tiene la exacta dimensión de una alegría: intensa y unos días.
Así que Pablo, su dulce (y desconocida para mí aún) Anna -a quien quiero a través de palabras-, mi amada Maïa y el pequeño Andréa estarán en los rostros que yo mire sedienta cuando el avión toque tierra francesa. Falta una nada. Espérenme, los quiero desde siempre y hasta que dure este infinito. Espérenme. 

viernes, 12 de diciembre de 2014

Nietos/la identidad de todos

Cada nieto es un fragmento que vuelve, la isla que no estaba dibujada en el mapa (pero sabíamos que existía), el gajo que debía haber prendido, la palabra que faltaba acentuar. 
Cada nieto se recupera a sí mismo y trae consigo a sus padres, llevados a la tortura en la honda noche de la sangre estallada; crea un nuevo organismo que vive y en el que las abuelas vuelven a tejer, los tíos cuentan cuentos que no habían querido olvidar y los primos esperan con la pelota picando treinta mil años en la vereda familiar.
Cada nieto recupera lo que le faltaba a esta tierra y se sienta a la mesa en que todos comemos en una silla que le habían guardado sus papás. Brinda, canta y se deja rodear por los compañeros que sobrevivieron, los amigos, la maestra vieja de aquella escuela,  el verdulero de la otra cuadra, el peón del pueblo y la provincia vecinos. Todos pasan, lo abrazan y le agradecen porque cada nieto posee el fragmento de risa que nos falta para reírnos para siempre, para alegrarnos de que la vida ha vencido a la muerte y de que nosotros somos muchos y más.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Querido hijo

Tejí hace tiempo en mi vientre un nido: con plumas, con dolores, con sueños y te formé en mi corazón durante meses (exactos fueron ocho y un parcito de días). Puse muchas palabras, la madre que no tuve y hubiera deseado que tuvieras, relatos, dibujitos, los libros -como siempre-, la soledad que entonces sostenía. Cuando naciste eras el que yo había soñado y mejor todavía. Yo pude lo que era: me resbalé en la niebla, anduve a tientas (que siendo madre es como andar a ciegas), dije cosas que no eran, cometí atropellos, di puntada sin hilo, quise dar y no pude. Ahora estás aquí, enfrente de mí, y te quiero: como te quise entonces, pero más todavía. Porque ahora nos vemos el alma: y está desnuda, sin ningún artificio. Después de tantos años ya no sirven las vueltas: nos vemos como somos: descarnados, fallados, doloridos, con una historia que quema y compartimos, con un cuerpo que llama, que rechaza, que necesita y grita. Y siempre la palabra que, aunque terrible, repara, acerca, invita. De todas las cosas de mi vida, vuelvo a elegirte siempre porque elijo la vida que tuve para darte y querría ser grande para aún abrigarte, para que pasen las olas que nos hunden, la sangre que nos llama, la pena que nos nombra. Así es lo que nos toca: intransferible y nuestro. Y vamos caminando, juntos, hasta que pase el viento y podemos querernos, vos que vagas por Asia y yo desde mis páginas..  

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La herida

Yo venía. Con la cabeza gacha. Rumiando en el noveno estómago mis circunstancias. El pibe salió ciego, como salen los chicos cuando se llevan el mundo por delante, como cuando tienen doce años y no hay nada más que su trayectoria hacia no saben dónde. Y entonces impactamos: su vértigo y mis penas. No pude ver. Se me nubló el mundo -que, al final, no fue tan malo  entonces- y me tomé de una tabla. Alguien hablaba, pero yo no entendía. Será que comprender está ligado a ver -dijo Edipo de Tebas cuando era de Corinto todavía. Y abrí los ojos y una mujer decía: "Tenés sangre" Y todos pensaban en el chico. Yo me miré la mano que estaba toda roja y pensé en la doctora y fui y volví a buscarlo al pibe. Alguien le había dado hielo y yo sangraba. En Olivos llovía y corrimos bajo la lluvia, atravesando el parque. "Hay que coser", dijo la médica. Y me largué a llorar: mi hijo, la vida, mi madre que se ha muerto hace sesenta días, un viaje que se aleja, los años pares, mi cuerpo que se achica, mi paciencia, no poder ayudar, mis penas personales, mi cansancio, la vida escindida en mi cabeza. Y lloré, no por el tajo que pedía sutura; sino por los pedazos, por los fragmentos que no pueden coserse, que me atormentan, (y justo llovía en el parque vacío), que me llenan de miedos. Lloré, como quería hacerlo hace días y no tenía excusas como en ese momento en que la sangre caía de la herida que era un labio abierto que sangraba de adentro, de muy adentro, de tan adentro que se perdía en el punto imperfecto de los días. Después alguien me dijo que soy de un inconsciente optimista; y yo apliqué las mismas compresas en la herida perdida y fui a la casa de mi hijo, con la cabeza rota a juntar mis fragmentos. A la noche -tarde ya- regresé a mi casa y me dieron helado; el limón es lo único que llena mi inapetencia. Y yo solo venía: a ciegas/ como siempre/ pero yendo porque hay que ir aunque se caiga el mundo y se incendien las vísperas.

sábado, 6 de diciembre de 2014

El pájaro suicida

Hay una gata agazapada entre la hierba verde. Es una gata negra de ojos amarillos. Brilla su iris como una piedra fosforescente en el calor iluminado del verano. Un pequeño pájaro de pecho colorado desciende en picada a mordisquear la hierba. Repta la gata apenas separada del suelo con la mirada fija en las plumas del pájaro. Está vivo: su pecho se abre al respirar. La gata acecha inmóvil. El pájaro salta, aletea, levanta vuelvo y vuelve al suelo. Una y otra vez, en una provocación inconsciente que le costará la vida. Eleva sus ojos a las ramas, calcula a cuál desea subirse; pero permanece allí, entre la hierba verde sin ver los ojos de iris amarillo fosforescer en el pelaje oscuro. Cada vez más cerca, cada vez más sutil. Cuando la bestia queda al alcance de una zarpa del incauto pájaro feliz y ya está a punto de saltarle encima para hundir los colmillos en su cráneo con un crujir de huesos astillados, de entre la mata de lavandas otra gata -contagiadas sus pupilas de las flores azules- salta y cae sobre la fiera negra que no esperaba la infantil aparición. El pájaro sobre la rama agradece la intromisión de la gata gris con un trino que rompe la pesadez de la mañana de diciembre. Otra vez será.

martes, 2 de diciembre de 2014

Es el amor francés

Para Claudio Herna
El instrumento propio de la paciencia se duerme en la ausencia de las esperas. Y crece, despacio, una garganta desabrigada que susurra. Vos traés de a poquito tu oreja para que yo le diga que los amores no tienen libros de contabilidad, que nadie debe nunca nada, que las semanas son luces y fríos y calores y lluvia que a veces filtra los techos y nos moja las manos; que la palabra tiene colores que no pueden tolerarse; pero habla. Siempre nos está diciendo que es puente que da sombra en la aridez y pone alivio con compresas de barro, que eso es el amor: un barro que se amasa con los tilos lentísimos de la tarde, un conjunto de hierbas curativas, una infusión  con que brindamos a nuestra misma salud por los siglos que nos quedan por transitar de ahora en más, una sangre que limpia como si fuera tormenta de baldazos, una luna que roza la cama en que dormimos abrazados y todo sigue siempre que es decir hoy, ese tiempo infinito en que te digo que, pese a todo, es el amor y sus talismanes poderosos para seguir riendo. 

viernes, 28 de noviembre de 2014

Poner el cuerpo

El mundo se deshace.
Quedan plumas perdidas, opacos cristales astillados, añicos de recuerdos estrellados, aludes de barro, sismos pretéritos.
Bajo los pies
tiemblan los territorios y los mapas
estallan una y otra vez.
Solo abro los ojos:
hay que prestar atención al paso sucesivo y al otro;
hay que sentir el aire que quema la garganta, que la llena de fuego;
hay que mirar la ruta intimidante
y siempre continuar:
aunque brillen los filos de las armas en los huecos inhóspitos;
aunque la suerte se permute
y cambie la peripecia;
aunque nada parezca decir sí.
Hay que seguir:
poner el cuerpo en el ojo oxidado de la tormenta
aunque caigan los rayos
y nos maten
una y otra vez.
Porque
quien no se siente deshecho,
quien no mira cómo la sangre cae de sus entrañas, 
quien no dice estoy muerta ya no puedo seguir,
olvidará la dicha
de perder las batallas,
de arrastrarse en el barro,
de oler como un demonio,
de querer reventarse la frente contra un muro
y luego
-ya de pie (porque siempre sucede)-
verse así 
y ponerse el cuerpo
que estaba destrozado
y lamer las heridas
y dejar que la lluvia lo limpie mientras llora.
Y el agua manará 
de su alma que ha estado esperando 
al cuerpo que se pone, 
que se ilumina 
y que comienza a andar.
Porque esto -también- se denomina amor.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La sangre de mi sangre

En el desierto extenso, expulsada de todo, tan solo con la sombra de mis libros y una pequeña pala que busca las raíces en esa misma  tierra que desea mi alma. Rossignol, nacido en Algeciras, ¿cuándo cambió su nombre? ¿En qué exacto momento en la punta del agua se inclinó sobre el libro y le pidió a Dios que cuidara su patria que era solo el lenguaje? "Manuel, mira allá arriba.", le dijo. "¿Qué, mi Señor? Solo veo un pájaro. Es grisáceo y efímero."  "Escucha cómo canta." Y el pájaro  tembló sobre la encina y el corazón del hombre se rindió a la evidencia. "Soy esa ave que canta encima de las ramas", dijo. Y Dios le concedió su nombre Rossignol para que sangre de su sangre la buscara en los libros. 6000 volúmenes como si fueran años. Expulsada de todo, buscando mi simiente, en el desierto extenso, voy yo, la que no tiene otra patria que no sea su lengua, que no sean sus libros . Rossignol, nacido en Algueciras, mi tatarabuelo andaluz, balbuceaba en su lengua, expulsado de todo. Y yo, 6000 libros más tarde, le rozo las yemas de sus ásperos dedos en la tarde que cae, roja como la sangre de la patria que quiero en el ancho desierto, en el adentro de este cuarto en que escribo el nombre de ese hombre: Manuel Rossignol, la sangre de mi sangre.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Pensándome

Los que me toman las manos.
Los que rezan por mí.
Los que me dicen que sí.
Los que me guardan en su pecho.
Los que me ofrecen consuelos diferentes y a medida.
Los que me tejen una bufandita para el frío.
Los que me hacen tostadas.
Los que me besan desde lejos.
Los que no saben y sonríen.
Los que me acunan con sus palabras.
Los que me dan talismanes y milagros.
Los que escriben mi nombre para que sea protegido.
Sepan que,  cuando el cuerpo es un desierto inhóspito y vacío, solo se sobrevive porque ustedes están pensándome.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Frío

El miedo es una mano que no cede. Se trepa como una dentellada de bocas diferentes y no pasan las horas. Se quedan ahí, como atoradas, encimándose fuera de sí. No alcanzo a ver la vereda de enfrente. Desde este cordón es Japón, Indochina, Sumatra. Tengo un frío constante que no alcanza a calentar ni tan siquiera el sol.

viernes, 21 de noviembre de 2014

El deber del placer

Hacés la carrera de Letras porque querés enseñar literatura. Te gusta leer desde que eras así de chiquita y, además, un día se te dio por escribir. Así que vos, que ibas a estudiar Historia, en la ventanilla de la Facultad cuando la tipa dice "¿Carrera?", vos decís Letras. "No, no, pará" -protesta  tu cerebro- "era Historia. Íbamos a estudiar Historia. ¿No te acordás que habíamos ido a una cosa que te hizo miles de test y dijo Ciencias Políticas y nos matamos de risa? ¡1977 y Ciencias Políticas! ¡Qué buen chiste! Historia era lo más parecido al fervor militante que no habían podido acallar en vos en tantos meses. ¿Cómo que Letras?" Y entonces, lo mirás fijo al cerebro y le decís: "Me hacés el favor y te callás: es Letras y punto." Y lo obligás a fumarse tres griegos, cuatro latines, miles de literaturas dadas por gente horrible en tiempos más horribles aún. Y encima los otros -esos incordios de la naturaleza humana- te preguntan: "¿Letras? ¿Y de qué vas a vivir?" "Voy a dar clase porque desde que era también así de chiquita jugaba a ser maestra." "¿Y para eso hacés cinco años en la UBA?", te dicen los turros. Y vos seguís, te recibís y entrás, confiada y feliz, al aula... No, no, antes de entrar, recuerdo, te hace una zancadilla el señor Placer que está esperando tan solo a los que vamos a enseñar Literatura, a los imbéciles que cargamos libros y libros y libros. ¿A qué profesor de Historia, por ejemplo, le martillan la paciencia con que el alumno debe sentir placer ante el conocimiento de las causas de la batalla de Caseros? ¿A cuál le reclaman  que los chicos deben mearse con los binomios cuadrados perfectos? ¿ O que la razón de la clase de abdominales es la adrenalina placentera del gozo? No, solo a los de Literatura que, obviamente, nos frustramos porque, con un poco de suerte y con una personalidad desafiante y avasalladora, logramos que tres de treinta y cinco sientan un estremecimiento que nace en la base de la columna y se prolonga por todas las ramificaciones nerviosas hasta estallar en el cerebro (sí, ese que decía, con razón, Historia) y transformarse en una compulsión adictiva. Porque, dejémonos de embromar, leer no le gusta a todo el mundo y es lógico que así sea: tampoco  a todos les gusta el cine o la física o la biología. Hay gente para todo en esta vida. Y así como disfrutar o no de la geografía no cambia gran cosa la cualidad humana, tampoco lo hace la literatura. Lo que pasa es que los que leemos tenemos la lente un poco distorsionada y creemos que el que no lee es un tipo al que le falta alguna cosa. Aceptémoslo de una buena vez: a los que le falta alguna cosa es a los que leemos y por eso -solo por eso- lo buscamos como obsesos en los libros. Pero volvamos al punto: somos lectores y enseñamos literatura.  Y alguien -bien sádico, por cierto- nos cargó el sayo del placer como un deber. Algo tuvo que ver Kant cuando planteó aquello del imperativo categórico. Porque si yo siento placer, cómo no puedo hacer que esta parva de adolescentes, ocupados en vivir y amar y dolerse y retorcese de gozo, sientan un gramo de este estremecimiento que sentimos los que leemos al leer. ¡Qué omnipotencia egocéntrica la nuestra! ¡Ser la medida de todo el placer! ¡Y encima dejarlo por escrito en una planificación! Gente de Letras, liberémonos del deber del placer. O en todo caso, empecemos a enseñar Historia. ¡Y listo!

jueves, 20 de noviembre de 2014

Regreso a casa

Ahora voy a llegar a la esquina. Me bajaré del transporte y miraré a la izquierda para cruzar y alcanzar el cantero; después, a la derecha para llegar a la vereda. Caminaré por la calle de tierra que esta mañana tenía charcos. ¿Estarán ahí todavía? En la quinta de los Berger ladrarán los perros y en la casa de enfrente la brisa moverá un atrapasueños con sonido de cuento. En la esquina me saludará el señor de la cabina que ya sabe mi nombre. Responderé el saludo al pasar y doblaré con el perfume de los tilos como una esponja suave y fresca. Cuando corra la reja, los perros vendrán galopando a saltarme en el pecho mientras Margaux maúlla, siempre a mi derecha, sin que yo pueda verla. Lou llegará cuando haga la cena.  Desandaré el sendero de Oz hasta el patio donde el jacarandá se desmaya de lilas entre las hojas. De espaldas a la mesa, dejaré caer mi mochila sobre la mesa y habré llegado a casa como hace once meses.

Mis deudos

A veces pienso en la muerte -la mía- y en los hilos que quedarán sueltos, flotando. Pienso en los que tendrán que lidiar con mi recuerdo, hacer los compilados y olvidarme. Querría que no sufran demasiado y que aprendan a convivir con la que fui para ellos. A veces pienso en eso y lloro porque no podré hacerlo cuando suceda.

martes, 18 de noviembre de 2014

Toros

Los toros de la madrugada mugen mudos en los corrales de la sombra.
En el barro hunden las patas de su luz amarilla
y bufan en el aire traslúcido de la que aún es noche.
La furia sin yugo de la mañana les pisa las pezuñas
y extrañas rosas llueven sobre su lomo de cansancio
donde titila la oscuridad que ya se duerme entre las copas de los álamos.
Los toros -casi piedra- tienen ojos y engaños
y un pelaje rosado para cubrir  la vaca que espera masticando la  dicha en su estómago de pasos infinitos.
Hunden el hocico en las horas que vienen
y de un salto trepan las vallas de las estrellas para arrastrar el sol con que amanece.
Y del corral abierto brota luz.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Un viaje/ Día -41

Hay un hotel a cinco cuadras de Acrópolis dorada que me está esperando. Entraré en ese cuarto y veré la ciudad como era hace siglos, envuelta en mirtos y olivos bajo una luz azafranada y pura. Mi corazón aletea de gozo prematuro porque otra vez seré Casandra e Ifigenia, y diré esas palabras que volaron hasta clavarse en los techos de una Atenas perfumada y profunda; porque se llenará mi cuerpo de recuerdos que me fueron prestados en páginas de griego traducidas.  Yo soy siempre la misma y ahora atravieso la puerta de cuerno de los sueños.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Un viaje/ Día -45

Había pensado en no viajar. Tiempos que no cerraban, piedras que lastimaban, un zapato que, de pronto, era pequeño y apretaba. Pero si no he podido tapar el sol con la mano, qué haría quedándome acá. Además la vida tiene opciones: una lanza una barca al agua, si zozobra hay dos caminos: seguir andando con la confianza de que no naufragará o abandonar la travesía. Yo elijo la primera, con los ojos y el corazón abiertos. Y busco en las tinieblas de la información de qué carecen mis playas y poseen las otras: aguas más turbulentas, cierto poder para hacer doler, un abismo oscurísimo. Pero yo soy esta, la que soy, la que no puedo dejar de ser, la que no desea intercambiarse con ningún otro ser vivo de este planeta.
Y estoy a 45 días de cruzar el océano con una pequeña maleta para abrazar a muchos que me quieren y a los que quiero con la alegría de mi sangre mejor.
He comenzado la cuenta regresiva.
Allá voy.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Confianza

A veces cae una lluvia mansa -como un jolgorio de gotas que cantan con boca colorida- y se ve bien detrás de los cristales, en el regazo de la casa que ampara. Pasan las horas como bandadas de aves repentinas entre los tilos mojados y las hierbas. La oscuridad se abre en la íntima luz con las palabras y llueve, así, sobre las sábanas dormidas bajo el agua. Pero a veces el aire se llena de violencia y rasga en torbellinos la mañana. Enfurecida lluvia con cuchillos de plata, bocanadas eléctricas de sombra, encapotada lluvia que cae, hiere, anega, mata. El corazón pelea con los fantasmas de tantos animales enjaulados y llueve con dolor, con rabia, sin mañana. Quedan sin luz los lirios y las manos se ajan. Acribillan las gotas la línea de la espalda y tallan tremebundos agujeros por donde se desliza, desnuda, la confianza.  Pero -entonces-, indefectiblemente, regresa la mañana y sale el sol. Los seres vivos hacen sus abluciones, cantan. Vuelve el amor a rescatar la risa y coserla en el alma. Los murmullos se enredan en el borde del cuello. Siempre vuelve la vida. No puede detenerse: aunque llueva mil días y otros mil. Si no, más valdría perderse para siempre. Es de esto que se trata, digo; y abro las ventanas.

sábado, 8 de noviembre de 2014

La orfandad

Escarbo mis recuerdos en busca de la piedra luminosa que permita elaborar la pérdida que he procurado acallar, teniendo en cuenta la ausencia del dolor. ¿Quién podría llorar por carecer ahora de lo nunca estuvo? Es un absurdo, me digo. Y pienso en aquel julio, a los dos años, en que me enviaron a San Juan a festejar mi nacimiento en la casa de Dominga, la mujer que ayudaba en la limpieza. Hay una foto donde estoy detrás de un banco con una torta y un rancho con la cordillera atrás. Mis padres, en Capital, ¿qué pensarían ese día 23?  Alguno de los dos, ¿me recordaría en esa jornada con amor y se diría " es su cumpleaños y es tan pequeña y yo la he enviado tan lejos, con gente desconocida y ahora la deseo abrazar."  Yo habría cambiado cada libro, habría querido ser analfabeta a cambio de dormir una noche de niña en cama de mi madre y que ella me leyera, como una maga, los libros que tenía; aunque no entendiera ninguna de esas palabras para dormirme en el arrullo de su voz espaciosa. Yo habría olvidado cada coma, cada verbo; solo porque sus manos rozaran mis cabellos y me acunaran en esas noches de espanto en que soñaban que todos habían muerto y me quedaba, sin memoria, perdida en una plaza y no sabía hablar. Escarbo en mis recuerdos para dar con la luz; y solo hallo un trozo de carne viva saturado de púas, una sanguinolienta médula que no deja de replicar la soledad como una radio que alguien se olvidó de apagar. Escarbo, escarbo y no puedo detenerme. Hace ya treinta días que cavo en mi memoria y,  desde arriba, hay quienes tiran piedras sobre mi carne en duelo. A veces digo no necesitar nada, solo para que sepan que bebo el agua de los gestos menudos como si fueran mensajes de socorro en mis botellas para no naufragar. El silencio es una espuerta que solo carga soledad. En la arena los toros rozan sus pezuñas en la sangre y los banderilleros los azuzan sin que nada los enfurezca. Hay que mirar la ira callada de sus ojos de piedra, su pelaje mezclado de barro y de sudor y abrir los portones de la arena para que salgan, para que corran, para que sean libres y hallen la piedra luminosa que ellos también desean poseer.

Las familias y los vidrios

Las familias se reúnen a festejar cumpleaños. Comen pasteles, brindan y se desean felices navidades, años nuevos, buenas vidas. Se regalan paquetes con cintas lustrosas o pequeños besos, dulces como la miel. En las noches, las familias se cuentan cuentos o miran fotografías para hallar parecidos y recuerdos mientras beben té. Las familias son espejos, brillantes mediodías de verano junto al mar: esa cena, ese domingo, la lluvia en ese toldo, o esos platos de color azul.
Yo miro detrás de una vidriera a las familias murmurar sus secretos de figurita imposible, veo a las madres que pasan las manos delicadas sobre el cabello de los niños que leen y a los padres que las miran hacer. De este lado del vidrio vivo con mi silencio como un lazo de fuego, y no tengo recuerdos ni parecidos ni un brazo que me acune en la tormenta ni siquiera la memoria de un pastel. De este lado del vidrio yo estoy sola: desnuda y miserable; y no hallo la puerta donde encajar una llave de hierro que alguna vez alguien me dio. De este lado del vidrio yo sé todos los cuentos y me los digo mientras me paso los dedos por los cabellos una y otra vez; pero no es igual. De este lado del vidrio las familias se mueren cuando se ven los ojos y los cadáveres taponan las alcantarillas mientras no deja nunca de llover.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Detalle

Escribir.
En la calle de tierra húmeda han caído las flores del jacarandá.
Y se recorta una textura y un perfume sobrepuestos a un contraste que atrapan las palabras.
Ahora esa calle mojada donde aún han quedado los charcos está atrás y las flores irán pudriéndose lentas sobre ese barro. Alguien las pisará y deberá cuidar no resbalarse.
Sin embargo se escribe que en la calle húmeda las flores han caído lilas y el lenguaje congela vívido el detalle para siempre.
Y cada vez que unos ojos lo lean habrá una calle embarrada y un colchón lila vibrante.
Escribir/ Rescatar la maravilla de ver lo que más tarde derrotará el tiempo.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Tejido

Se teje: dos agujas y un hilo.
Y en el medio
los ríos con aguas de milagro, y cinco peces de fría plata  clara, y unos guijarros como si fueran bocas, el cielo en espejo y las copas tan verdes de los árboles ahora.
Un punto.
Y otro.
El hilo sube y baja.
Otro y se escapa.
Volver atrás y retomar el viento que sube en la baranda y me encrespa las piernas, el borde suave de la ropa en el muslo, el perfume perdido, los besos, las mordidas, las risas susurradas.
Y las agujas y el hilo y el tejido que crece, que hay una hilera mala, muy justa, muy floja, ya perdida
Y unos ojos me miran detrás del desayuno, saltan sobre mi falda, huele a café perfecto y a esa calle de barro donde se derramaron brillantes Santa Ritas.
Solo un hilo que baja y sube y baja
Y el sonido metálico que hacen las agujas mientras tejo.
Crujen los tiempos.
Yo hablo de la vida.

martes, 4 de noviembre de 2014

Un mes

El sábado hará un mes que mi madre habrá muerto. Apenas treinta días. Y hacia atrás años con el hilo tensado como una oscura horca o curvado en una cuerda floja. Frágil equilibrista he quedado hace un mes con un pie en el vacío y el viento se ha colado, huracanado, sin darme tregua ni sosiego. Yo creo que resisto (el resto dice lo bien que lo supero); pero sé bien que, dentro, hay miles de cristales astillados que no logro  juntar: querría volver atrás el tiempo -con lo que sé ahora- para que mi vida infantil pudiera prepararme mejor para andar en el mundo; tener los ojos lanzados al latido de mi alma y un regazo donde apoyar la cabeza para que me la rocen diciéndome que todo va a pasar.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Bonjour, Oliverio (IV)

Queridísimo:
Hacía mucho que no le escribía. Y, lo que es mucho peor aún, hacía mucho que no salía a volar por ahí. Vio cómo son estas cosas: una comienza por hache y termina por be. Cuando se quiere dar cuenta escribió cinco libros y se olvidó de volar. Imperdonable.  Es que han pasado tantas cosas en estos días: desde madres que dicen ya y se les da por morir hasta fantasmas que me golpean en las rodillas para darme miedo cada vez que intento reír. Por suerte usted -y un par de amigos que tengo andando por el mundo- me han hecho ver -un poco crudamente, por cierto- que dos más dos, a veces no es cuatro y que, en ese caso lo mejor es abrir una ventana y empezar aletear. Claro que usted, Oliverio, lo supo desde antes y me dejó envuelta en mi crisálida de silencio porque nadie se hace mariposa a los tortazos; es, simplemente, una cuestión de decisión personal. Yo soy perseverante. Mi hijo me dijo  el otro día que yo me mandaba grandes mocos -él habla así y usted lo sabrá disculpar- pero tengo la infinita capacidad de intentar e intentar. Como bien aclaró usted anoche también soy de un egoísmo inconmensurable.  Lo sé. Y sumemos a ello  un par de fobias duras de roer que bastan para apartarme hasta de mí misma. Hoy, justo hoy, alguien me dijo que había que dejar que lo inútil se fuera hacia el remolino de la destrucción.  Yo debo aprender tantas cosas aún: a escuchar,  a ver más allá de los perímetros de mis circunstancias,  a prestar atención, y por sobre a liberar los lastres que me atan al deber ser. Y debo volver a volar: no porque sea una obligación; sino porque si no vuelo -sin pechos de magnolia para ofrecer- voy a morir más sola que un sapo en medio de la playa de la desolación. Así que, mi querido Oliverio, lo invito. Ya sé que llueve; pero no sabe el sol que brilla más allá.
Con amor
María Luisa

sábado, 1 de noviembre de 2014

A llorar al campito

Siempre estuvo ahí. Como un nudo diminuto. Como un pespunte que se trabó y la aguja de fino frío helado, atascada. Siempre hay que tironear. Y el viento otra vez metido entre los ovillos. ¡Habrase visto! Siempre ahí. Como una premonición. Un relámpago de intuición que espantaba como una mosca con la mano. Ahora no, se dijo, no es el momento de ver. Un rato más con los ojos cerrados.  Sí. Mejor. Y el pespunte y la aguja atascada. Cuando quiso entenderlo fue un estallido fulgurante. La mosca había devenido en elefante. Y barritaba con sus patas pesadas sobre ese amanecer que aún era madrugada. La verdad -meditó- hay que mirarla de frente y en ayunas. Y bancarse sus nudos, sus pespuntes y sus agujas atascadas en medio de la hora en que cae la luna y se lleva los velos. Una copia barata, un sucedáneo, un remedo cortado con un filo oxidado. Pero de cada nudo quedan ardiendo las palabras y su suerte de asesino serial: una tras otra en un sintagma viscoso. Lo que se dijo estuvo siempre: un nudo en la punta de la lengua y a llorar al campito. Zurcir al aire libre no es cosa buena: se pierden los dedales, se enredan los ovillos en el viento. De frente y en ayunas: así es como se hace. Lo demás es catarsis que termina a las cinco. Eran las cinco en punto. Ya sube la gangrena por las trompas de lirio y cae gota a gota sobre la arena sangre.

viernes, 31 de octubre de 2014

Signos

Hay que leer los signos,
ver el sintagma entero en que se alinean,
hurgar el hueco en donde la palabra se disuelve en su cara -la otra- de silencio.
Y ahí,
tan solo ahí,
clavar los dientes
mordisquear los lamentos,
hundir las suaves yemas
para que reverdezca nuevamente,
azul como una madrugada de domingo.
He estado de viaje de mí misma
y deseo volver
en medio de los signos.
No quiero ser la que descifre los secretos,
la receptora de todos los relatos.
Voy a cerrar los buzones y comerme la llave.
No quiero sintagmas con huecos de silencio.
Me merezco la risa.
Otra vez.
Cada vez otra vez.
Y tus ojos que miran mis palabras.

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