miércoles, 22 de julio de 2015

Nadège

La traje en brazos y asustada. Eligió mi cuarto para refugiarse y desde allí atreverse a un espacio, extraño e inconmensurable. No es una gata niña, como lo fue siempre Margaux: es una gata sabia. Mira el afuera con atención como si estuviera evaluando sus posibilidades de aventurarse en él sin correr riesgos mayores. Es tibia e increíblemente suave; y comunica, sin vaguedades, lo que desea: que le acaricie el vientre, que le acerque mi cara para lamerla, que la oculte en mis brazos, que la deje bajar. Margaux, rechazada por su madre, carecía de anclaje desde dónde poder enfrentar árboles altos o autos asesinos; Nadège busca -con cierta efectividad- que los perros la acepten y jueguen con ella; que Lou se digne a perder su actitud de tía ofendida y estoy segura de que lo logrará. Como fuera, en estos días que, a veces, se nublan y me hacen llorar, Nadège ha venido a ocupar su lugar: yo necesito que me quieran sin cuestionamientos ni reclamos, que me acepten y me desnuden la ternura que allá debo tener, que me miren con confianza y entrega. Las cosas nunca suceden por casualidad y menos que menos el amor. 

sábado, 11 de julio de 2015

Los pasillos.

En estos días -largos y repletos- he pensado en vos.  Ayer, por ejemplo, algo parecido a tu perfume me asaltó al dar la vuelta en un pasillo: doble gancho a la mandíbula y un esfuerzo desesperado de mi parte por quitarte de encima mío.  En otras circunstancias es una puerta entornada y el recuerdo de un patio en Colegiales que podría describir, pero por la cual temo -todavía- asomarme. Hay memorias incómodas, mamá, que una no sabe bien en qué sitio de su conciencia darles alojo. Hay frases que se estiran hasta anudar el cuello de donde seguís tirando. Como fuera que sea, te alojás en un vacío que me resulta insostenible, pero no puedo darte forma: ni a un lado ni al otro te resignás a ocupar tu lugar e ir, lenta, volviéndote humo. La lista roja es infinita: esas escenas de las que soy parte y veo desde afuera, las otras que quise habitar y de las que una y otra vez me expulsás. No es que te extrañe a vos, a vos concreta: tus ojos, tus manos, la espesura liviana de tu cuerpo. Extraño el símbolo porque siempre he carecido de él, porque me hice madre sin tener un punto al que volver los ojos, sin saber. Y ayer, cuando sentí tu aroma quise morir, mamá. Y lo pensé. Porque es tanto el amor que me dejaste huérfano e imposible, derramado en un abismo de silencios, de gestos indiferentes, de heridas insanables que a veces, en los pasillos, no sé bien para qué lado escapar. 

jueves, 9 de julio de 2015

9 de julio: de cómo me aventuré en el terreno de la escritura.

Cuando yo era chica, el agua de los cordones se escarchaba. Los 9 de julio, en la escuela pública a la que iba, había acto. Clarisa, que fue como una mamá que trabajaba en mi casa y nos cuidaba mucho, me planchaba el guardapolvo con tablas y la cinta azul, me mandaba a lustrar los zapatos negros con presilla  y me acomodaba -como podía- el desorden de rulos detrás de una vincha blanca. Yo me iba con mi papá al acto; porque él siempre estaba en la Cooperadora de la escuela, y, después de la conmemoración, ayudaba a servir chocolate caliente y a repartir alfajores. Yo pasaba de la leche porque la nata me daba asco; y guardaba el alfajor para mi hermano más chico, Pablo, que moría por los de dulce de leche. Me ponía en la fila, le pasaba el vaso de chocolate a algún varón deseoso y metía el alfajor en el bolsillo para Pablo. 
En los actos siempre me tocaba actuar: supe hacer de naranja del Mono Liso, de flor en otra de la Walsh, de Remedios de Escalada... pero seguro que el 9 de julio no hacía de nada porque, en la jura de nuestra independencia, no hubo mujeres, digo, ese día exacto, porque lo que es antes, cuando tuvimos que cargarnos al reino sí las hubo y muy valientes; pero en el gobierno de Onganía , si bien no lo recuerdo, nadie debe haber exaltado a las revolucionarias de la patria. En aquel momento la patria era cosa de hombres de mármol, hombres bien machos se entiende.  
Nunca fui abanderada: era desprolija, cuestionadora, discutía con la maestra lo que callaba en casa, me peleaba a los golpes con los varones; pero siempre me hacían escribir y decir los discursos. Recuerdo que, en esos años, en que empezaba a remontar el río del lenguaje, revisaba los libros de historia de mi casa y armaba, sobre la hoja en blanco, collages de palabras que no eran mías, combinaba un poco de acá y otro de allá hasta que el texto decía lo que yo quería que dijera. Así aprendí a escribir y empezó a interesarme la historia. Como eran esos años que iban entre 1965 y 1971, los actos se morían en San Martín y no sé nada de lo que vino después: ni Rosas, ni Urquiza, ni los caudillos. En mi casa eran comunistas, así que había libros de historia argentina de Ponce y otros que no me acuerdo, y esas eran las cosas que yo decía en la escuela. Es una pena que nadie guardara esos papeles: me hubiera gustado conservarlos. Lo que sí recuerdo era el enorme placer que me causaba combinar los fragmentos hasta que los zurcidos entre uno y otro texto se hacían invisibles. Cuando terminaba de leerlos en público y aplaudían yo sentía que estaba cometiendo un ilícito, que esos aplausos no me pertenecían, pero, a la vez,  me sabía buena "mentidora". Quizá entonces me estaba recibiendo de escritora que es lo mismo que decir fingidora porque qué es la literatura si no la mejor de las imposturas por medio del lenguaje. 
Después, muchos años más tarde, cuando yo ya había recibido mi título en una Universidad ensangrentada y muerta, vino Gerard Genette y me calmó la conciencia intertextualmente. Para ese entonces yo ya había llenado muchos cuadernos -que tiré un día de locura- con textos solo míos, que no había pegoteado de nadie; aunque, en realidad, todos escribimos desde nuestras lecturas y nos la pasamos recortando y pegando desde esas memorias que nos alimentan y nos han alimentado. 
Hoy, ya nadie me pone una vincha blanca y los zapatos que lustro no tienen presillas ni botones, mi papá no me lleva de la mano y a mi hermano, cada vez que viajo, le llevo tapas de empanadas. Sigo sin ser abanderada, pero ya soy prolija aunque atropellada, me mantengo cuestionadora, discuto acaloradamente, pero no blando reglas como espadas sobre las cabezas de mis compañeros; nadie me manda a dirección adonde voy sola para trabajar con un equipo que me acepta y me tolera con todo lo bueno y malo que poseo. En la escuela sigo escribiendo discursos y, como dice Jaguit, mi compañera de oficina, "te mando esto que redacté, hacé tu magia y ponelo lindo". A mí me gusta pensar que mis palabras hacen magia porque me habitan desde siempre y han sido mi posibilidad de supervivencia cuando los años se hicieron oscuros, adentro y afuera: no he tenido una vida sencilla y luminosa; pero rescato de ella pocas cosas: mi padre, mis hermanos, mi hijo, algunos amigos, un par escaso de hombres de los que supe elegir y las palabras, siempre las palabras: las mías, las de los otros, en suma, las palabras. 

miércoles, 1 de julio de 2015

El horizonte

Yo, Kublai Khan, llevo ya muchos años de caminar arriba de un abismo, de ver las piedras como dagas con sus puntas de vidrio y seguir, de hilar una sangre tortuosa que pone el corazón como una oscura fiera encima de la mano, de pensar que ahora me asaltará la muerte en medio de mi vientre y barrerá con todo dejándome perdida en medio de un desierto hecho de sal y fuegos. Y sin embargo he andado un día y otro día y uno más, casi arrastrando un cuerpo que ya no tiene ni siquiera una sombra con que ampararse en las tardes sedientas. He andado porque supe, intuí, lo soñé, que hay un horizonte donde crecen dos álamos de plata y allí estarán aquellos que he amado para abrazarme y compensar las penas con que anduve cargando los años de la vida que me tocó arrastrarme solo para llegar y ver que hay un círculo de agua en donde hacen abluciones las alondras y yo estaré allí para mojar lo que quede del cuerpo. Después.

martes, 30 de junio de 2015

Mañanas de tren

Tomo el de las 7:05. La estación es una ballena negra de hierro y por sus venas corren las formaciones iluminadas como serpientes de calor. Camino por el andén dejando atrás las boleterías, los bares en penumbras donde despachan un café tortuoso y las librerías cerradas a esta hora. Meto la mano en mi bolso y saco un paquete plateado con un sándwich de queso que mastico como si fuera el día que comienza. Los vagones azules huyen hacia un punto de fuga y me resisto a ser devorada antes del penúltimo vagón. Del sandwichito ya no queda nada cuando me siento y abro el termo de café. El tren arranca. Por la ventana derecha -a como sale el tren- el cielo es una banda roja donde los pájaros se sumergen en la sangre del sol. Si miro el otro lado, en la oscuridad veo otros vagones en otras vías como casa encendidas en la oscuridad. Pongo la radio y dejo que las noticias se lleguen hasta mí. Suave despierto al mundo una vez más. La ciudad se va llenando de ventanas amarillas y autos de ojos rojizos. Pienso en los rostros dormidos, los lechos perfumados y calientes, los gatos ovillados a los pies. Y van pasando las estaciones como si fueran fugaces pensamientos a la espera de la hora exacta para salir. Bebo la última gota de café y me levanto para bajar. Las puertas se abren y exhalan su calor. Desciendo,  me arropo y miro el tren partir.

lunes, 29 de junio de 2015

Planes

Soplaré hasta que quede libre el suelo de basuras (lo que intento decir es simple y literal: el barro, los residuos, las miradas perdidas, las palabras no dichas, los gestos suspendidos, el perdón que no dijo, el dolor y la herida). Después estiraré los brazos y volaré muy lejos, liviana y en el viento. Solo eso. 

martes, 16 de junio de 2015

Nunca fui peronista


El invierno. Hay que pasar el invierno. Y más si trae sangre.
Hay que pasar la muerte que viene desde el cielo como una peste bíblica. 
Y los muertos regados, tristes flores sin sus raíces ciertas.
Los brigadieres tiraron sus aviones y su lluvia de fuego.
Y cayeron los pájaros como si fueran piedras.
Y la gente corría atravesada por la lluvia de bronce, por la luz de las balas.
Después -siempre hay un después cuando cae la muerte- no había quién llevara la cuenta: 
¿Mil cabezas deshechas?
¿Cien docenas de piernas?
¿Dos millones de venas?
Hay que pasar el invierno. Y en las tierras del miedo dura la muerte infinitos solsticios antes de fugarse del ruedo. No alcanzan las alfombras para ocultar la mugre que rueda como una sombra insomne en la Plaza en que brota la sangre.
Esta es la historia.
Yo no soy peronista: tan solo sé quién ha puesto los cuerpos, quién traspasó el invierno, quién se hizo primavera aquel día de junio. 

jueves, 11 de junio de 2015

Pastelitos de manzana

Puede ser que ahora esté lloviendo. La verdad, no lo sé. Allá y acá son sitios tan distintos como un otro y un yo. Lo que sucede o sucedió es un dato intransferible que cubrimos con palabras para que el verbo sea un puente y alivie, al menos, lo inevitable del dolor. Como cada vez yo estoy -acá o allá-: a eso se resume haber parido, a dejar los pastelitos de manzana para una próxima vez.

martes, 2 de junio de 2015

Mi familia

Tengo una familia pequeña:
Un padre que ya ha muerto.
Un hijo que es carne de mi alma.
Unos hermanos lejos.
Unos sobrinos que amansan mi dureza.
Ellos tejen el abrigo con que yo miro el mundo. 

sábado, 23 de mayo de 2015

Clase de costura

Un pájaro se ha posado en el borde de las horas.
Enhebro la aguja con un hilo de sangre y la penetro en la masa compacta de la tela hasta el final.
El hilo pasa.
El pájaro se acomoda y deja salir su caja de sonidos como un torrente precipitándose hacia las hojas amarillas.
Ya no quedan más verdes, pero el pájaro suda un rocío turquesa en su pecho de fuego.
La aguja entra otra vez en la tela: emerge con su punta de acero y el hilo como una frágil vena por detrás.
Una puntada y el pájaro que canta como si solamente fuera un gorjeo de luces y de sombras, un corazón batiendo sobre la tela apresurado, un animal que cabe en un dedal.
Da unos saltos apenas, casi unos saltos, un respirar y la aguja que rasga la superficie hasta que queda su cola de algodón que pasa y vuelve y pasa y vuelve como la música del ave que se acerca y se aleja según la lleve el aire sobre las hojas doradas del otoño que no se anima a ser.
El hilo se vierte sobre la tela en pasos diminutos: saltos también de una aguja que asoma su cabeza y se sumerge y el hilo la acompaña atravesando la tela como si fuera la lluvia que no llega, que no moja la tierra, que no despierta olores, que no enciende el oxígeno con su furia de verdes, el tiempo que se va.
Anudo el hilo por el revés del paño y lo corto a dentelladas limpias y calientes.
Ha quedado una flor de sangre sobre la tela blanca, un hachazo de rojos, de pespuntes, de cruces, de algodones en llamas.
El pájaro desciende. Se posa en ella y se larga a llover sobre sus plumas festoneadas mientras su canto de aguja dibuja las gotas sobre la tela que se moja de luz.

jueves, 21 de mayo de 2015

Carta a una señorita en Marsella /4

Mi querida Maïa:
He estado pensando que las familias tienen historias que se pasan de boca en boca. He estado pensando que estamos lejos, pero que eso no significa que vos no puedas escucharlas y aprenderlas. He estado pensando que las historias familiares son las que nos permiten elegir quiénes queremos ser  ya sea porque las creemos y repetimos o porque las rechazamos y preferimos cambiarlas. Como fuera que vos resuelvas hacer, voy a contarte lo que yo sé de  nuestra historia. Es,  como todos, un relato parcial. Tu papá, si hubiera prestado atención, habría podido completarlo; pero estuvo atento a otras cosas (y lo bien que hizo);  así que  solo sabrás lo que te diga yo. Algún día vos se lo contarás a tu manera a tus hijos y el relato de nuestra familia perdurará en el tiempo. 
Los Pinasco, aunque vos no te lo puedas imaginar, venimos de un lugar que está mucho más cerca de Marsella que de Buenos Aires. Tu tatarabuelo Lorenzo Pinasco nació en Cogorno, Italia, a escasos kilómetros hacia el este de donde vos estás leyendo esto. Mi papá (que era tu abuelo) dice que era un italiano muy rubio y de ojos muy claros, que tenía un bigote enrulado en las puntas y que para que no se le desplanchara al dormir, se ponía un trapo atado en la nuca que lo mantenía en su sitio.
Bueno, por hoy, ya fue mucho.
Hasta la próxima, Maiushkina.
Te extraño hasta todos los cielos y espero volver a viajar prontísimo.
La tía. 

martes, 19 de mayo de 2015

Querido Julián

¿Qué hacés, pibe?
No sabés lo que te estás perdiendo.
Sí, es cierto, pasaron tantos años, tantos miles de años desde que te sacaron de ese lugar y te tiraron al mar creyendo que te borraban para todos los días que quedaban en el mundo.
¿Habrás podido mirar alguna vez afuera, por esa ventanita, para olvidar que tenías tan solo dieciocho y que mis dieciséis te buscaban sin poder dar con vos?
Hoy, cuando miraba estas fotos, me imaginé que ellos nunca supusieron que, al arrojarte de ese avión, vos ibas a cubrirte de canto para volver a posarte, bajo la lluvia de hoy, y gritar, con esa voz que ahora se me antoja tan pequeña, quizá porque he alcanzado una edad en que podría ser tu madre, pero no.
¿La viste, no?
¿Viste a las madres amigas de tu madre que se murió de pena porque eran otros tiempos y nadie las oía?
¿Las viste andar por esos edificios que pudrieron tu cuerpo nuevecito?
Che, ¿eras vos, no? ¿Eras el que cantaba en la primera fila?
Lo sabía, Julián.
Siempre lo supe. Solo faltaba que pasara el tiempo, que los pibes volvieran, que cantaran saltando como antes nosotros.
¿Viste, Julián?
No todo tiempo pasado fue mejor.
Volviste.
Nunca te vieron volar desde el avión con tus alas de pájaro y no caer.
Ahora tenés un nido donde fuiste tan muerto, tan dolorosamente matado, tan tristemente torturado de miserias.
Y ahora estás ahí, yo lo sabía desde antes, pero esperé. Quería que fuera una sorpresa.
Mañana, y pasado y todos los días en que pase con el tren, dale, asomate un poco y saludame.
Voy en el segundo vagón, me vas a reconocer tan fácil: sigo siendo tu novia de solo dieciséis.


viernes, 1 de mayo de 2015

La escuela: entre la jaula y la nada

Este enero, en Marsella, iba con Maïa por la Rue Saint-Benedict a buscar a Owotchitchi a su guardería y le pregunté:
-Y hoy, ¿qué hiciste en la escuela?
-Nada. No hicimos nada.
Como tantas otras veces, esa respuesta me sobresalta siempre. De 8 a 16, nada. ¿Nada de nada o nada que resulte significativo entonces es lo mismo que dejar pasar las horas hasta que suene la hora de la Liberación (así con mayúscula y en Francia)? Nada.
Después, preguntando un poco, la nada se había compuesto de algunas cuentas, las batallas de Napoleón y un cuento  que había leído la maestra y que la había puesto un poco triste.
A esta imagen se superpone otra, en Barcelona, camino al parque Güel, por una cuesta, justo al salir de la avenida y un día sábado soleado. Una escuela, silenciosa y cerrada, con altas rejas que se doblaban perpendicularmente en una especie de jaula alta que, supongo impediría salir las pelotas en el recreo -y los niños en esas horas de nada, agrego-.
Se ve que, mientras viajo, yo no puedo dejar de ver lo que me sostiene y me convoca: los niños, el aprendizaje y la escuela. Como si no hubiera otro paisaje para mí, vaya donde vaya.
Muchas escuelas son lugares foucaultianos de encierro, ámbitos con paredes pintadas de colores apagados, con aulas pequeñas con -a veces- alguna que otra ventana, con patios sin plantas -los niños las estropearían con sus pelotazos-, donde circular es dar vueltas como un perro para morderse la cola, en los que no se puede correr porque nos lastimaríamos ya que los pasillos son estrechos y mejor que no llueva...entonces techemos el patio porque quién aguanta a los niños si no pueden salir a los patios. 
Hay escuelas bellas, claro que sí y debe haber -supongo- ordenanzas municipales que reglen la relación entre lo descubierto y lo cubierto en sus diseños, escuelas a las que los chicos acuden gustosos, pintadas aunque solo fuera de blanco, con espacios para que dibujen en las paredes o en las baldosas o se sienten a leer al sol o corran sin que nadie los detenga. Lo sé porque la mía es una de esas. Pero son escasas.
Y si al ámbito decadente y carcelario sumamos esa sensación que los chicos tienen y que se resumen en "nada" no nos queda ni una experiencia vital para alegrarnos. 
Alguien dijo una vez que si un médico de 1700 llegara a una sala de operaciones de 2015 no sabría qué hacer; pero si lo hiciera un maestro de la misma época vería que, en incontables oportunidades, seguimos haciendo las mismas cosas, sentándonos en el mismo orden, parándonos en idénticos lugares aunque, a veces, los chicos escriban o lean en pantallas. 
Cada día estoy más convencida de que no es casual que mi cerebro conecte ambas cosas: los espacios y las actividades. Siento que deberíamos revolucionar la educación para que sea un ámbito de descubrimiento y alegría, de colores y saberes, como en aquel poema, "Tarea escolar", de Prevert:
Dos y dos son cuatro
Cuatro y cuatro ocho
Ocho y ocho dieciséis…
¡Repitan! Dice el maestro
Dos y dos son cuatro
Cuatro y cuatro ocho
Ocho y ocho dieciséis.
Pero el pájaro lira
Pasa por el cielo
El niño lo ve
El niño lo oye
El niño lo llama:
¡Sálvame
Juega conmigo
Pajarito!
Entonces el pájaro desciende
Y juega con el niño.
Dos y dos son cuatro…
¡Repitan! Dice el maestro
Y el niño juega
El pájaro juega con él…
Cuatro y cuatro ocho
Ocho y ocho dieciséis
Y dieciséis y dieciséis, ¿cuánto es?
Dieciséis y dieciséis son nada
Y mucho menos 
De ninguna manera
Treinta y dos
Y sigue la ronda.
El niño ha escondido al pájaro
En su pupitre
Y todos los niños 
escuchan su canto
y todos los niños
escuchan su música
y ocho y ocho desfilan a su vez
y cuatro y cuatro y dos y dos
desfilan a su vez
y uno y uno desfilan también.
Y el pájaro lira juega
Y el niño canta
Y el profesor grita:
¡Cuándo terminarán de hacer payasadas!
Pero los demás niños
Escuchan la música
Y las paredes de la clase
Se desploman tranquilamente.
Y los vidrios vuelven a ser arena
La tinta vuelve a ser agua
Los pupitres vuelven a ser árboles
La tiza vuelve a ser acantilado
Y el portaplumas vuelve a ser pájaro.


martes, 28 de abril de 2015

La muerta

Lo que está es esto: el silencio.
El resto es una serie de malentendidos como hojas en una tormenta de repente.
Y una desidia que es escarcha y lluvias de agosto en medio de la calle y un bondi que se ha muerto. Habrá que caminar para alejarse preguntándose cómo es posible que el murmullo infantil sea ya esta cosa con tamaño de monstruo debajo de la cama, de la piel, de los ojos.
¿Dónde quedan los hijos, no los propios/los otros? ¿Por qué yo pienso en ellos como nadie pensó en mí, entonces, bajo la ingrata lluvia que llovía el silencio?
Hay una muerta que habla.
Ella que era siempre una niña sigue cavando fosa.
Escribo para ahuyentar sus dedos, su aliento, sus ojos desgarrados como agujas.
De un lado tanto amor,
y del mío esta nada.
Quisiera desprenderme pero llueve, y no hay nada -más allá de la muerta- que pudiera hermanarnos.
Cae la noche.
Y con ella el silencio.

sábado, 25 de abril de 2015

La red y la llave

Mi madre tejió una red de secretos en la que -soñó- yo quedaría atrapada para siempre. Lo que nunca supo fue que ella misma me entregó con las palabras escritas la llave con la que yo lograría huir. Ese fue su único acto de amor. 

sábado, 18 de abril de 2015

El maestro lee

El pibe lo mira leer. Desde el fondo (del aula, de sí, del mundo, de toda la existencia). Lo ve sonreír y escucha la quebradura de la voz. Y piensa qué tendrán las letras que pueden mover esa emoción, qué pasará en su cabeza cuando lee, por qué será que le gusta leer, cómo es que no se aburre, se harta, se distrae como me pasa a mí, y si hay algo que no estoy viendo yo y que él sí cuando dice esas palabras que necesitó decir otro, cómo es esto que se le llena la boca de agua si dice río y yo me quedo en la orilla, con sed y con calor. Se acurruca en el banco para ofrecer resistencia: no quiero ser como mi padre es ni tan siquiera pensar las cosas que él grita, ni llorar como mi madre cuando cree que nadie la escucha, y si la clave está en las palabras que este hombre, ahí, nos está leyendo a nosotros que parecemos indiferentes, que hacemos como si no nos importara lo que ellos tienen para decir. ¿Ellos, quiénes? ¿Mis padres? ¿Mi hermano que vuelve cansado de tanto trabajar y no quiere que nadie le hable y menos que menos yo? ¿Por qué el maestro nos lee tantas palabras que parecen que pesan, que nos aplastan? ¿Por qué se toma el trabajo de leer como si no se diera cuenta de que Sonia se pinta las uñas, Marco y Mateo conversan en voz baja desde que él empezó a leer y Bruno ya ronca llenando de baba el pupitre? ¿Por qué este hombre sigue leyendo como si nada existiera más que esas palabras, una tras otras que hablan de un río y una barca que llevan lejos? ¿Y si fuera que sus palabras , no las de él sino aquellas a las que está llenando con su voz fueran la barca y el río y el paisaje lejano y yo solo debería dejarme remontar? ¿Para huir? ¿Hay que huir de lo que está aquí, en esta orilla: el esmalte de Sonia, los murmullos de Marco y Mateo, los ronquidos de Bruno, el llanto de mi madre, los gritos de mi padre, el fastidio de mi hermano? ¿Por qué sigue como si nada existiera, pero aquí? El maestro está aquí. Yo puedo oír desde el fondo su respiración, veo su sonrisa, lo escucho leer. Está aquí y se toma el trabajo de ignorar a quienes no lo escuchan. El maestro me está leyendo a mí. Yo soy importante para él. Sabe esto que estoy pensando mientras su voz me sube a la barca y me muestra los matices del cielo azul, las piedras de la orilla, los ribetes del agua. Yo puedo verlos como él, como él ve a través de las palabras. Mañana cuando mi madre llore yo pensaré que su llanto es un río y le mostraré la arena de su orilla para que ella vea también. Mañana cuando mi hermano se irrite le diré que se suba a la barca y se tire a descansar bajo el sol y a mi padre lo invitaré a sumergirse en el agua para que se le disuelvan las ganas de gritar. El maestro levanta la vista, mira a los pibes, piensa que ha sido en vano, que nadie lo escuchó. Y el del fondo (del aula, de sí, del mundo, de toda la existencia) se pregunta por qué el maestro ha dejado de leer.

jueves, 16 de abril de 2015

Accidente de tránsito

En la 9 de julio y Diagonal hay un hombre que dice
sobre el asfalto dice
y la gente lo mira
desde la orilla
sin acercarse
y el hombre dice
y los autos que pasan
Llega la policía
y el hombre dice
y la gente camina alrededor
y lo mira
a veces
y a veces pasa
y no ve
y no escucha
y salta el cuerpo ahí
sobre el asfalto
desde la orilla
que se llama cordón
y los anuda
y el hombre dice
se arremolina el tránsito
los que tocan bocina se enardecen
los que no tocan suspiran furibundos
se oye una ambulancia
y a duras penas algunos se corren
dejan pasar
es una ley
y nadie quiere ir preso
llegar tarde a la cena
perderse los gritos en la tele
no mirar a los hijos
no hablar con la mujer o el marido o el gato
y el hombre
su cuerpo ahí
debajo de las ruedas
el hombre dice
y atrás el obelisco
y los semáforos
y alerta el amarillo se dispara
y pasan raudos hacia otro lado
y el hombre dice
en un charco de sangre
de pena
de dolor
algunos piensan no me tocó a mí
ya pasó la muerte hoy no me tocó a mí
no me tocó
y dan vuelta la esquina
el rostro
la tarde que se escapa
uno disfrazado de Batman se saca una foto con el hombre ahí
y la ambulancia pasa
y el hombre muere con lentitud y esfuerzo
tarda la vida en irse
en deshacer su nudo
en desechar la carne
en despuntar como un dolor ajeno
imaginar al agente que entra que trae la noticia que rompe a la mujer que espera a los hijos que aguardan
y el hombre ahí
boqueando como una bestia dolorida y ansiosa
un animal al fin
como lo fue al principio
tan solo diferente porque dice
pero los otros lo saltan
lo esquivan
lo ignoran
y se cierra la luz
cae la noche -que no era tropical-
-que era mansa, otoñal y desnuda-
y el hombre dice
y la voz se le pierde debajo de la lluvia
que moja sus palabras
que diluye sus verbos
que desdibuja lo que aún le quedaba
cae el telón
y todos vuelven a casa
 a contarles a los hijos a la mujer al gato
que un hombre había muerto ahí
y no sabés qué cosa impresionante che
mientras ve en la pantalla al hombre
cuando ahí todavía decía
pero ya no.

viernes, 10 de abril de 2015

Metafísica








No hay otra metafísica que la del cuerpo.
Suda, se afiebra, tiembla, se ausenta.
Es sede del dolor: carne latiente que se agudiza hasta el delirio.
Es vorágine del remolino, del placer, de la angustia, del llanto que no deja mirar, del odio ciego que impide que se oiga no ya al otro sino a nosotros mismos que lo moramos ignorándolo hacia alturas profundas.
No hay otra metafísica: tanta que el cuerpo es inefable.
Oh, cuerpo/cuerpo mío, superficie y carne y vísceras por donde siento el mundo que se manifiesta con sus colores y sus ruidos!
Oh, cuerpo/cuerpo mío, donde pasó la muerte de los otros todavía y ya pronto la mía y será tan solo tierra, exiguo cuerpo mío.
No hay otra metafísica: tanta que no puede decirse, que se sigue ignorándolo, que se lo piensa vacío, cáscara de infinitos relatos que el mismo cuerpo anda, anida, finita.
Y es solo un duelo de células que pasan, que se empecinan, que se visten, desvisten y quedan ateridas en la lluvia.
De los ojos (globos de carne colorida y cristales) al cerebro (de seso y neuronas que se rozan en una danza de algas subacuáticas y furiosos destellos) y abajo el corazón bombea sangre, tinta de miedo y pasión para escribir que el cuerpo está y se apura o ralenta o se anuda y despliega.
El cuerpo se vacía y se llena en amplias marejadas,
impone su presencia,
se ausenta y llamamos
al alma, insustancial sustancia que garantiza limpieza (¿Qué alma tiene mocos?), espíritu celeste o blanco; pero jamás violento rojo de fuego que nos rasga.
Hablo y escribo con la boca, los dedos, las cuerdas vocales que me cuelgan de mis labios que gritan.
Cuando olvido mi cuerpo, aparece el fantasma, el monstruo que se queja, que reclama y se enferma para que alguien alguna vez le diga que es el cuerpo y que no hay metafísica que no sea la suya: parirás con dolor es decir con el cuerpo atravesado por la vida que pasa, atravesado por el dolor que se llena de muerte, atravesado siempre.
No somos sino cuerpo.
Lo demás es metáfora.

Fotografía de Patricio Reig (emmagunst.blogspot.com.ar)

martes, 7 de abril de 2015

La flor bella y la tijera

Había una vez un hombre que encontró una planta con una flor que le pareció muy bella y se la mostraba a todos diciéndoles "Miren qué flor más bella he conseguido". Un día de invierno se levantó con fiebre y estornudando y cortó de un tijeretazo la flor. Luego comentó, a quien lo oyera, que le daba alergia y le había ocasionado aquel virus siniestro que lo tenía moqueando. La planta no dijo nada, pero evitó, desde ese día, dar flores bellas porque cada tanto regresaba a su memoria el ruido de la tijera al cortar. 

sábado, 4 de abril de 2015

Mañana

Está húmedo y fresco.
Y verde.
Muy verde.
Tan verde como podría imaginar el fondo del mar.
Nada unos pájaros por el cielo.
Se abren camino en el oxígeno con sus aletas de pluma.
Duele tanto impensado verdor.

jueves, 2 de abril de 2015

Las dos gatas de Turderaville

En esta casa supo haber dos gatas.
Una llegó a finales de octubre. Yo creía que iba a ser un gato y había pensado llamarlo Rojo. Cuando me la dieron inmediatamente le dije Lou. Llegó a casa ovillada en mi pecho, pero se desprendió de mí con velocidad. En primer lugar, porque eligió otro dueño -que no fui yo-; y, en segundo lugar, porque Lou es independiente y osada, poco dada al abrazo y las demostraciones de afecto intensivo. Desde pequeña se subió a cuanto árbol altísimo había en la casa, se peleó de igual a igual con los gatos del barrio y cazó pájaros para masticarlos, temblorosos y aún vivos, bajo la mesa de la cocina, en un desparramo de plumas y sangre bastante bestial. Es una gata distante y meditativa, solo querría dormir arriba de su dueño -si este se lo permitiera-,  no le gusta jugar con nada (como si fuera seria por decisión natural). En septiembre del año pasado fue madre de cinco cachorros -Flopi, Renée, Camilo, Enzo y Houston- a los que atendió con responsabilidad y desapego. Después de limpiarlos y darles de mamar, se escapaba por los tejados a pasear por Turdeaville.
La otra llegó a finales de mayo y desde antes se llamó Margaux. Cuando me la dieron se instaló en mi pecho y durmió muchas noches allí. Hice un cargador con una bufanda roja y la llevaba de acá para allá. Nunca en la vida conocí un animal que fuera tan niña. La primera vez que salió al jardín, lo exploró con cautela, yendo de la dichondra a mi falda cuando sentía temor. Cada vez que osaba subirse a algún árbol, terminábamos usando una escalera para bajarla porque era incapaz de realizar la proeza. Reclamaba los brazos, las caricias, las conversaciones, los gestos atentos y exclusivos. Le gustaba que yo tomara un alicesco flamenco rosado y se lo lanzara, para atraparlo en el aire y mirarme para que yo lo volviera hacer. Nunca intentó cazar: moría por el yogur y el alimento balanceado y se sentaba en mi falda cuando tendía la lona para matear. No fue madre, pero les enseñó a usar las piedras a los hijos de Lou con quienes jugaba cuando la madre los dejaba para pasear. En enero de este año, cuando yo estaba en Barcelona, un auto se la llevó. Como siempre me acompañaba hasta la reja para verme salir, creo que ese día -dieciséis en mi largo periplo- no pudo más de ausencia y salió a ver si yo regresaba dejándome sola y triste cada vez que pienso en ella. 
Ahora, en esta madrugada en que el francés y mi hijo duermen aún, pienso en las gatas de Turderaville y en cuánto de mí proyecto en ellas. Ojalá supiera rescatar a la Margaux que siempre se ovilla en mi corazón. Ojalá hubiera otra gata capaz, como ella, de dejar salir la suavidad de mí.

martes, 31 de marzo de 2015

La lectura: linealidad e hipertexto

Parece ser que, desde que se inventaron el ebook, el ipad, las tablets y todos los dispositivos que se nos ocurran, la lectura dejó de ser lineal y mutó a una modalidad hipertextual; entendiendo por esto dejar la línea y saltar por medio de enlaces a otro texto y de ese a otro y otro y otro ad infinitum.
Parece ser. Pero si alguien se atreve  a hacer de semejante parecer un juicio de hecho le recomendaría que fuera a cualquier biblioteca y consultara ese monumento pretecnológico a la hipertextualidad titulado SZ. Pero sin caer en excesos solo posibles en ese lector irrepetible llamado Roland Barthes, toda lectura, en el soporte que fuere, es, básicamente hipertextual.
El que lee -en papel o en pantalla- sigue una línea porque, como bien lo dijeron los primeros lingüistas, el signo lingüístico es lineal y no puede, por más que lo intente, dejar de serlo. Pero esa línea es puerta para todo tipo de conexiones porque de eso -y de ninguna otra cosa- se trata leer: de asociar la palabra escrita con las que guardamos en nuestra memoria de lectura, con nuestros libros leídos, con los autores que conocemos, con los estilos literarios de que disfrutamos.
Recuerdo ahora aquel texto de Borges sobre los precursores de Kafka,  esos  escritores anteriores que la literatura del escritor transformó en su prehistoria. En ese artículo, Borges conectaba el antes que desconocía el futuro de ese delgado escritor de ojos asombrados en una red invisible, pero existente. Ya sabemos que Borges es otro lector irrepetible, pero todos tejemos lazos mientras nuestros ojos se deslizan por las líneas de los renglones. Cuanto mayor sea nuestra posibilidad de leer, mayor será la cantidad de nudos hipertextuales que podamos realizar.
¿No dijo Bajtin que todo enunciado es dialógico? ¿Y no es la literatura el territorio en el que lo diálógico es condición de enunciación? ¿No se leyó siempre hipertextualmente?  ¿No son enlaces los subrayados que hicimos en los libros o las notas que escribimos con lápiz en el margen y que suelen remitirnos a otros textos, a otros puntos del mismo libro, a nuestros propios ejercicios de lectores?
Una vez, Beatriz Sarlo, cuando escribía de literatura, dijo que no existe la democracia de los textos, que cada cual llega a la lectura con las herramientas que le fue dando la vida. Deberíamos trabajar en serio para que, en papel o pantalla, nuestro chicos fuesen capaces de construir fuertes y poderosas redes con las que sumergirse en el profundo  mar de la literatura a cazar hipertextualmente la mayor cantidad de sentidos que les fuera posible.

martes, 24 de marzo de 2015

Abril de 1976

Trato de recordar cómo fue abril de 1976. La memoria ha borrado los datos accesorios y se ha quedado, descarnada, sin escenario y con el hueso roído de intentarlo. Sé, sin embargo, con exactitud las dos palabras que pronunció mi padre: "Levantate" y "Vamos". Lo sé porque abrieron un tajo que sangró a borbotones, como siempre se sangra cuando se tienen dieciséis años. Después la historia se hizo pueblo: cuatro manzanas perdidas en la nada, una familia extraña que hacía huevos fritos y los amontonaba, infinitos, en una fuente para llevar a la mesa, un cura que venía los domingos, un cine donde daban películas los viernes, un único teléfono en la única comisaría y la soledad más oscura del mundo. "Levantate" y "Vamos" y ninguna respuesta. No las había entonces. Se trataba de salvar la existencia. Y no puedo saber si ese día llovía, de qué forma lograron dejarme aquella noche en una casa silenciosa en Bragado, cómo llegó Elaine -gorda tía lejana de pecho generoso- a buscarme y cargarme en un auto mientras, seguramente, yo lloraba, como suelo hacerlo, sin gestos ampulosos, con lágrimas rodando. Allí, en esa casa, que tenía un largo gallinero, un par de ovejas y una chacra donde había unos niños de cabellos pajizos, yo armé mi coraza. Quise decir que nunca, que jamás, y cada noche me dormía penando, un par de horas, después de no comer. Un médico de pueblo me dio unas vitaminas y me habló de la pena. Pobre tipo, si yo tenía, a esa altura, una summa cum laude en tristezas variadas, en preguntas vacías, en palabras podridas. Y solo contaba dieciséis primaveras. Era en abril, 76 entonces. No sé si esa noche hizo frío. ¿Llovería de golpe? ¿Cómo olería el aire? ¿Qué pensé de tu ausencia? ¿Me di cuenta de todo? La memoria se reconstruye con fragmentos prestados, se cosen los retazos con el tiempo, se llenan los espacios con voces que nos prestan. Yo me quedé en silencio, sin escenario, urgida por vivir mi adolescencia que no era, que no podría ser, que había sido robada. Me quedé con un hueco en el alma y el tiempo fue pasando, vórtice de dolores. Y acá seguimos estando, por las dudas, por si algún día, vuelvo a tener los años y la lluvia me moja mientras corro a tu casa a llevarte conmigo a aquel pueblo perdido y nos salvamos juntos y entonces hace frío, pero no nos importa porque habremos vencido esa vez a los muertos. 

viernes, 20 de marzo de 2015

Ida y vuelta

Me deshizo la hora arrancada del tiempo y lanzada al aire.
Después se colgó con sus garras en mis vértebras e intentó separarlas como si fuesen agua.
Yo la dejé hacer.
Ya nada me importaba.
Había olvidado lo que quería de mi vida
y empecé a beber té negro como si las hebras pudieran revelarme algún destino.
Sentada en la vereda no hice más que dejarme llorar como una forma -otra- de empezar a morir.
En los andenes, los pájaros se sorprendieron de verme emprender una marcha hacia el norte.
¿Adónde vas?, preguntaban sus trinos desacompasados mientras los trenes salían en busca de su perfección.
Quiero escribir de amor, les dije con la cabeza oculta entre las plumas de sus alas, pero tengo la espalda como una piedra a punto de dar a luz un monstruo que me muerde.
Inútil que los pájaros comprendan: en el aire, las cosas son más simples/ solo se trata de volar.
Un golpe de fuego me cortó la cabeza, pero no pude sangrar porque tenía las arterias repletas de palabras.
Me fui despalabrando, 
suave,
pausada,
hasta quedar vacía 
como un cántaro hueco,
como un nido a la espera,
como un reloj andando,
como una mano que ahueca, 
así.
En el andén de enfrente vi cómo yo misma partía hacia el silencio, 
envuelta en los trapos de la pena.
Y regresé a casa: era la hora de volver a vivir.
Estabas trabajando.
Te abracé.
En la cocina volvía a levar la mañana y te escuché soñar. 


martes, 17 de marzo de 2015

Identidad

Soy un pozo ciego.
Adentro nadan unas alimañas a las que mi desidia les permitió sobrevivir.
Nada puedo contra ellas.
Solo me resta esperar.
Mientras tanto respiro.
Eso me sale bien.

domingo, 8 de marzo de 2015

El cuerpo

El cuerpo es una carga. Golpeo mi tobillo contra la pata de la mesa y el alma me duele cinco días. Casi no puedo caminar,  encerrada en el laberinto de mi tristeza visceral. ¿ Qué momento de la muerte de mi madre me sacude los ventrículos como sopapos y me da esta pena que antes no lloré? ¿En cuál de los  riñones se me quedaron las horas con mi hijo? ¿Dónde estoy yo en mi cuerpo que no alcanza a pesar y se asusta de las muertes que fueron y la única que ne estará esperando con toda su verdad? El cuerpo es una carga: pasan los años con sus cuentas en rojo como domingos  perdidos para siempre. Debería comenzar a llover sobre todos los  huecos que nunca jamás se llenarán.

martes, 3 de marzo de 2015

Los llevaron por la coca y el choripán

En un rincón sus ojos hacen lagos.
A duras penas le han dejado espacio bajo el sol.
Escucha las palabras como zarpas : le dicen negra, de mierda,  te llevaron por la coca, te pagaron, te subieron, te pensaron/vos no sabés, nunca pudiste/ nunca decís/ otros hablan por vos/ bajá la cabeza, cabecita, choriplanera/ fue con mi plata, la que yo guardo, la que atesoro, la que te robo, la que no te pago: a vos.
El sudor la golpea, la enerva, la ilumina.
Del olvido le crecen mariposas, halcones, arañas putrefactas de la rabia y camina: ciega en su ira empecinada, en su conciencia de bestia dolorida, en su deseo abierto de cambiar.
Sí, piensa, me subieron al micro. Los compañeros me iban empujando porque se hacía tarde y su confianza me alzó para subirme. Mi viejo ferroviario muerto de pena en los 90 me subió. Mis pibes con zapatillas nuevas que no tuve me subieron. El duelo de mi vieja muerta de triste con la imagen de  Eva en el bolsillo me subió. Claro que me subieron. Porque tengo cabeza, sé leer y escribir.
Una isla de fuego que arderá a través de los tiempos y nadie apagará. Aunque lluevan cien días.
Una furia de barro brilla en la oscuridad.
Somos los animales aluvionales en la selva.
Y cantamos con ansia furibunda: subidos y bajados, alimentados de pasados infames, al borde de la historia, siempre la nota al pie.
Los parásitos engordan de tanto sufrimiento, de tanto pecho abierto, de tanta rebeldía, de torturados en las islas del Sur, de los ángeles que mancharon el cielo cuando los arrojaban. Tanto que los parásitos están ahora a punto de explotar.
Desde el rincón al que la empujaron, ella alza la cara y aúlla porque el lenguaje es ciego y ella tiene los ojos con que hay que mirar.

jueves, 19 de febrero de 2015

Ahora hay un muerto

Ahora hay un muerto.
Solo.
Como siempre los muertos.
Mientras lo deshace la lluvia y lo cerca el silencio.
Nadie sabe cuál era su rostro de mañana,
con qué letra escribía su conocido nombre,
de qué pie le apretaba el zapato,
si soñaba al dormirse.
La muerte es una soledad que se llena de signos, que escribe los relatos a posteriori siempre, que corta lo sangrable de un inefable tajo y los vivos se adueñan de las palabras sueltas, las retuercen a gusto para que digan su lectura del muerto que se queda apretado sin poder desdecirse como hacemos los vivos porque la muerte es una araña siniestra y tempestuosa y el muerto se acongoja con todos silencios: desearían los muertos ser recuerdo en la boca, que la memoria vuele, que el río de la pena no lloviera en su tumba.
Ahora
(en este instante mismo)
todos ponen un muerto para torcer la historia que se escribe con otras circunstancias y andan, diciendo que es distinto porque ahora hay un muerto.
Y el calendario vuela porque hace 20 años también había un muerto, y otro, y otro, y otro, y otro hasta la estrepitosa suma que da ochenta y cinco y no hubo tantas cuadras ni tantas indignadas conciencias que fueran pregonando que era distinto entonces.
Los muertos lloran porque morir es una enorme desgracia para ellos y para los que sí conocían su rostro a la mañana, la escritura  del  nombre y el pie que molestaba. Los que se quedan vivos deben lidiar con ello aunque apenas se pueda y dar respuesta justa a cada uno que no haya la vida segado con el tiempo: al muerto de ahora, a los de 20 años, a los que en aquel marzo fueron matados y siguen sin respuesta.
Porque si algo tienen los muertos es que  todos se pudren igualitos y se lloran lo mismo: al sol, bajo la lluvia, gritando o en silencio.

domingo, 15 de febrero de 2015

Ahora los hombres duermen

Ahora los hombres duermen.
Y los perros se echan en las fronteras de la casa y del mundo.
Ahora la brisa conjura el aliento de la muerte y la aleja para que no haga pena.
Ondean los manteles  de la noche en los espejos acostumbrados de la mañana;
y huele a naranja, a caos de palabras que quedaron olvidadas sobre la mesa y se durmieron, así, amontonadas, promiscuas sin sus frases, desnudas y catárticas, presurosas y densas.
Ahora el sonido abre su abismo en el cántaro tibio de los pájaros que se hablan desde el olivo para desearse buenos días mientras los hombres duermen.
El césped, que se ha bebido el agua de esta madrugada, estira su verdor bajo el manto del sol y canta: son notas esmeraldas y turquesas en el pentagrama taciturno del viento.
Saco la silla al patio,
tiendo la ropa limpia,
borbotea la pava,
barro los restos de lenguaje perdido,
pienso en los escolares que silabean en otros territorios,
miro la delgadez  de un febrero que pasa,
le engujo la frente a la tristeza de la patria,
dejo que el día entibie los ángeles belicosos que nos cercan,
y me resbalo sobre los sueños en que los hombres duermen y el mundo se desliza sigiloso y pintado al agua.
Para el amargo sabor de los traidores ya habrá otro día con su collar de furia: hoy crepitan los verdes y es su fiesta.
Mientras los hombres duermen y los miedos se escapan

martes, 10 de febrero de 2015

Amanecer febril

 Sobre los márgenes púrpuras del día unos pájaros cantan sus notas amarillas y el día, lento como el vino en la copa, rueda entre las ramas y se hace sol. ¿Quién dijo que los chorros de agua que resbalan azules no son las músicas con que las horas buscan la tierra para dormir? Febrero vuelve a comer su furia y la devuelve convertida en calor. 

lunes, 2 de febrero de 2015

Un tren


Yo quiero ver un tren,

llévame a ver un tren,
no los recuerdo
yo quiero ver un tren. 
Luis Alberto Spinetta

Atrás, lejano, perdido en el espacio nocturno y silencioso, oigo pasar un tren. Apenas un sonido que se pierde mientras la madrugada se calza sus zapatos rosados olvidados al borde de algún lecho. Se abren puertas que fueron cicatrices  y las sombras se mueven, lentas junto a los vidrios. Ha quedado la ropa por tender en su instante de agua. La palabra se queda solitaria en el borde de la frase que no termina de cuajar y el tren araña la piel de la mañana que no es, que limita aún con el escondite perfecto de las luces. Como si fuera verdadero, o pasado, o ajeno, el tren pasa con su confianza abierta en la otra estación, en las migajas de su esplendor sonoro que se aleja, en el día que -inevitable, se ha echado a andar.

jueves, 29 de enero de 2015

Un viaje/Día 31: En casa

Sale el sol. La nieve se derrite mientras se hace el café y los pájaros sacuden sus plumas de verano. He vuelto a casa. Ya estoy aquí, entre las sábanas azules y los ladridos apretados sobre la línea del horizonte verde. Si callo, oigo a la gata que no está, volver bajo la sombra. Solo falta ella para que sea mediodía en la ventana y todo eche a andar. Atrás quedaron las ciudades, las camas impersonales de los viajeros, los pasos bordados de la historia: ya estoy acá. El adverbio se cobija y se expande entre mis dedos con el sol. La tarde se despereza y las consonantes dicen que he regresado al doméstico recoveco de la alegría donde todo se dice con palabras conocidas, con vocablos amigos, con una clara sintaxis que permite entender.  Vacío las maletas mientras despliego tenderetes y una tristeza dulce barre lo que quedó. He vuelto, me digo y sé que todo -pese a esa ausencia desusada que ha quedado en el sol del jardín- está como antes de partir. Ahora las horas enredarán su rito y volveré a dormir. De una vez y por fin.

viernes, 23 de enero de 2015

Un viaje/Día 24: A Madrid y el regreso

Kavafis lo dijo mucho mejor que yo: el viaje es el ir yendo, de aquel calor a este frío, de este frío a aquel calor. Y entonces algunas tempranas conclusiones antes de que se acabe este camino:
*las iglesias son todas más o menos iguales: debes alzar la vista para mirar a Dios -o los grabados que lo reemplazan- lo cual, no casualmente, resalta tu pequeñez.
*las ciudades son bellas: a su manera cada una tiene un secreto para ofrecer.
*salvando las distancias, costumbres, y particularidades todos los seres humanos somos más o menos iguales: comemos, respiramos, gritamos...
*el mundo es de una belleza inefable y una sarta de vivos se adueñaron de él y nos cobran por disfrutarlo.
*en las viejas ciudades no se ven perros ni niños sueltos.
*las torres de las catedrales son dedos que sobresalen en la distancia apuntando a Dios.
*la lengua es una patria cuando una está lejos.
*los seres humanos somos solidarios por definición: a algunos -muy pocos- se les ha emponzoñado el alma -generalmente pertenecen a la sarta de vivos nombrados más arriba por eso estamos así.
*los niños del mundo son iguales solo cambia el contexto que permite o impide una infancia feliz. Mientras no cambie eso, la sarta de vivos seguirá arruinándonos la esperanza.
*siempre se trata de mirar con alegría, demorándose en los detalles: una cerradura, una pestaña en un mármol, un pájaro volando, la vuelta de una columna.
*el tiempo es una condición del conocimiento: en cada lugar que he estado, el espacio me regala las imágenes superpuestas de lo que ya no está: Paula me sonreía en el Güel, Claudio caminaba en Montpellier, hallé a mi hijo en la plaza del Louvre, los marineros anclaban en el Port Vieux, Atenea sacudía sus peplos azafranados en aquella callejuela de Delfos, Fray Luis me cruzó en Salamanca y vi partir a Rodrigo de Santa Gadea de Burgos con los trescientos fijosdalgo.
*cada peso que he ganado trabajando y gastado viajando es el peso más aprovechado de la vida.
*los museos son sitios en los que la taxonomía y la historia alumbran nuestra felicidad.
*las redes permiten compartir lo que una tiene la suerte de vivir: la vida tiene sentido cuando se puede transmitir.
*por una u otra razón los seres humanos de bien nos sentimos orgullosos del sitio donde nacimos.
*la familia dispersa se acerca en el periplo y se agregan personas como Anna de una luminosidad cristalina.
*se comprueba -otra vez- que en la dificultad todos tienden a la mano: gracias a quienes me ofrecieron teléfonos en Atenas o me pusieron en contacto con familiares y amigos catalanes. Llevaré siempre sus gestos en mi corazón.
*el viaje -este- llega a su fin en cinco días: deseo regresar a mi casa, a mis afectos, a mi trabajo. El otro viaje  espero dure muchos  años más.

miércoles, 21 de enero de 2015

Un viaje/ Día 22: Cae la nieve en Burgos


Cae la nieve en Burgos
y veo por la ventana los copos movidos por el viento:
son plumas de pájaros helados,
granos de sal que se disuelven en el aire,
luna que va perdiendo el cielo,
lágrimas viejas que han quedado perdidas,
pequeñas hadas frías que danzan y navegan,
suspiros que se escapan en la niebla,
azúcar diluída en la tormenta,
pasos de duendes perdidos en la noche.
Cae la nieve en Burgos
y la madre de César Vallejo sube el cuello del hijo
solo para que caiga,
liviana,
transparente,
efímera,
poética,
frágil como una novia nueva.
Temo pisarla:
para que no se rompa,
para que no se vaya,
para que quede blanca,
allí, sobre las calles, los árboles, la vida.
Cae la nieve en Burgos
y mi corazón es incapaz de resistir tanta belleza.


lunes, 19 de enero de 2015

El silencio de los muertos

Es cierto que los muertos ya no pueden hablar.
Pero el lenguaje se cuela en su silencio, que es para ahora y siempre y nunca.
Los muertos tienen gestos que se quedan detenidos en el instante frío.
Pero se proliferan los significados como pandemia.
Porque el lenguaje es un virus
Y no hay vacuna, ni protección que impida su contagio.
Cada cual tironea el sentido: solo porque los muertos ya no pueden hablar.
El lenguaje -ya lo dije anteayer- es puente o zanja.
Ahora digo trinchera: el lenguaje es trinchera y tira a matar.
Pero los muertos, de ellos es el silencio.
Y el miedo que queda acá, como una estaca en medio de la sangre.
Otra vez.
Otra vez, mi país, otra vez.
No están solos los muertos.
Callados para ahora y siempre y nunca.
Son los vivos los que tiran para matar.

Un viaje/ Día 20: La Patria desde enfrente

He sufrido a la Argentina. Me ha clavado sus dientes hasta hacerme sangrar y en cada dentellada se ha llevado una parte. He vivido de zozobra en zozobra. De mis andares por otros sitios, solo guardo una idea: si me fuera dado elegir, volvería a nacer en mi ciudad leonada, en sus calles simétricas, entre jacarandás y aromos, en tanto sitios sucios en donde apenas intenté ser real. Pero no hay descanso, no hay instante en que el remanso sea gozo y dure un poco más. He visto cuerpos lanzados desde el río, chicos con hambre, y un par de hijos de puta con la vaca atada y sin querer soltar. Yo no soy peronista, pero sé quiénes son los que -siempre- han puesto el cuerpo y han salido golpeados, torturados, diezmados, olvidados. Mis ojos ya son viejos y por eso algunas cosas saben. En todas partes hay personas que forman el barro de la historia, pero del barro se levantan las casas, los monumentos, los árboles, las frondas. No importa tanto quiénes estén sentados en tronos o sillones. Lo único real es el tipo que acá, con este frío atroz, hoy se ha levantado para amasar mi pan. Ayer, mi tren cruzaba el Ebro y recordaba yo. Esa es la historia, hecha de barro, de notas al pie, de ignorados infinitos, de fracasos que se tornan victorias. Esa historia nadie la escribe, pero millares dejan su sangre para que el mundo, que es bellamente perfecto, alguna vez sea un sitio mejor. 

domingo, 18 de enero de 2015

Un viaje/ Día 19: A Burgos

El tren sube con esfuerzo por campos verdes y amarillentos. El cielo está gris y atrás va cayendo la tarde. Los arroyos bajan curvándose sobre sí para pasar bajo el tren. Hay poblados pequeños desparramados en la sierra que tienen una antigua tonalidad sepias. En todos, un racimo de casas, un laberinto de callejuelas y la iglesia. Al borde de la vía -como en todas partes- hay chozas de una miseria infinita. El espacio guarda cautivo al tiempo y en cada recodo pretendo que se desate un nudo y me sea dado entrever el pasado al que he tenido acceso en los libros. Ahora, yo soy Manuel Antolínez, el burgalés de pro, que acude al encuentro de quien será su señor. Me veo salir por las laderas en un exilio que han impuesto las intrigas de la corte y un rey que no supo estar a la altura de sus vasallos una y otra vez. Ha comenzado a caer aguanieve y no se puede estar más melancólico que estando aquí. Las huestes del campeador cabalgan todavía, Machado, pero se les ha olvidado el ciego sol. La niña rubia ya no tiene oro pálido sino carámbanos de tanto llorar junto a las vías en estos campos estragados de sal.

sábado, 17 de enero de 2015

Un viaje/ Día 18: Silencio

Hago silencio y duermo levemente.
Muchas horas de levedad dormida.
Las capas de mi sueño se llenan de maullidos.
Pero no hay nadie aquí.
Excepto yo.
Y mi tristeza que tiene ojos azules.
Hago silencio y las horas se pasan en dormir.
Las escaleras, los vidrios, las paredes sinuosas: todo se pasa raudamente.
Barcelona ha entrado en mi vida:
será ahora la ciudad donde supe que había muerto Margaux.
Poca oportunidad de que tu mar me alivie.
de que tus bellas calles produzcan mi alegría,
de que quiera volver.
Hago silencio y duermo: es una forma de curar.

viernes, 16 de enero de 2015

Un viaje/ Día 16: El otro

Viajo en el tren que me lleva de Marsella a Barcelona. A mí lado se sienta un hombre joven que reza con los ojos cerrados cuando el tren sale. Cada tanto pliega el torso y baja la cabeza como si le agradeciera a Dios. Pienso que no tiene más de treinta o treinta y cinco años como mucho. En Aix sube una chica rubia, a cara descubierta. Se miran. Me pregunto cómo hace este hombre para vivir en esta sociedad que se da de bruces con sus preceptos religiosos. Europa ha hecho (y hace) mucho daño concreto y, en algún punto, pensamos que debe pagar por lo que hizo, por lo que hace y aceptar, integrar, incorporar, devolver lo que robó detallada y concienzudamente; pero, ¿y el otro? ¿Cómo integrarse a una comunidad en la que las convenciones y costumbres son otras siempre? Y no solo otras, la mayoría de las veces son radicalmente antagónicas. La integración se torna complicada: no se trata de rezar o no rezar, sino de compatibilizar dos cosmovisiones opuestas. ¿Cómo se lleva la vida en lo cotidiano cuando las ideologías existenciales son incompatibles? Hay un espectro en que lo privado es privado y otro en el que anda rozándose como ahora mi brazo desnudo con el pullóver de este hombre. Y, a esto, además, se le suman cuestiones económicas, geopolíticas, de peso incalculable. Europa también olvida sus propios fanatismos, los pasados y los actuales. la mezcla se torna de difícil estabilidad. Como broche, en Figueras, suben al tren tres policías españoles que han de tener la misma edad. En el vagón repleto solo le piden pasaporte el rezador. 

domingo, 11 de enero de 2015

Nostos/ El mundo

Esa luz que a las once de la mañana cae sobre las sábanas deshechas.
El olor del café un poco más tarde de las seis.
El verano saturado de verdes.
La parra y su enrejado luminoso de uvas.
Oír los perros ladrar junto a la puerta.
Las ranas que saltan como antílopes desnudos en la noche.
La fragancia del tilo y sus hojas caídas.
Las fuentes, los sabores, los sonidos de la loza a las diez.
Tu mano en mi cintura para llegar al día.
La casa -nuestra casa- llena de papelitos pegados en el botiquín.
Los libros, mis dibujos, tus canciones.
Mi gata y la tuya a la hora de ver televisión.
El amor que encierra la palabra extrañar.
Antes o después se regresa y todo tiene el sonido de tu voz.

Un viaje/Día 12: un cadeaux

El amor tiene forma de libro. En mi cabeza se juntan dos mujeres -más jóvenes que yo- y dos libros. Una me entrega en Buenos Aires un libro de poema con ilustraciones azules; la otra, en Marseille un colorido cuento con calados papeles. Ambos libros son para niños. Ambos libros son para mí. Ambos libros son presentes de amor. Porque en el gesto de buscarlos y entregármelos hay un pensamiento puesto en quién soy yo y en mi felicidad. A ambas las abrazo y en las páginas abiertas las encontraré cada vez.

sábado, 10 de enero de 2015

Un viaje/ Día 11: Irse de Atenas

Irse de Atenas.
Y el cielo azul.
Y las vasijas amarillas.
Irse de Atenas.
Y el aire frío.
Y los restos en pie que aún perduran.
Irse de Atenas.
Y el borde del Egeo.
Y Delfos enclavada en la montaña.
Irse de Atenas y sus piedras y adivinas.
Y estar como estuvimos siempre: aorísticamente perfectibles.
Envueltas/ en vueltas
Y los perfumes.
Y los colores.
Y el cielo azul.
E Ifigenia en cierva.
Y Medea.
Irse de Atenas.
Y tejer una lista de palabras: solo para volver.

lunes, 5 de enero de 2015

Un viaje/ Día 6: la casa de una

Una va por todas partes. Una quiere estar aquí. Una está contenta de estar donde está
Y sin embargo
hay un momento en que el mejor lugar del mundo es la casa de una, donde el sol a tal hora cae en ese exacto lugar que una ya conoce de memoria.
Una piensa entonces que la alegría tiene su parte de falta y que nada puede ser completo para ser.
En otras palabras: una extraña su casa/ una quiere estar ahora con vos.
Una es así.

sábado, 3 de enero de 2015

Un viaje/Día 5: las lenguas

Me resulta imposible no pensar en las lenguas, en cómo cada una comprende el mundo y lo organiza. Eso me da miedo, decimos. Y el miedo es una sensación que algo produce en el individuo marcado en el objeto indirecto: a mí me da por lo que la sensación es absolutamente subjetivo. Maïa dice "Ça fait peur" (Eso hace miedo.) Ha desaparecido el objeto indirecto y el miedo parece más objetivo: un producto de un claro agente, ninguna especulación  mental de un sujeto particular. Eso no me produce miedo solo a mí; eso fabrica el miedo, allí, patente, para todos.
Esas cosas se me da por pensar mientras Maïa y yo hablamos con un sándwich en la mano.

viernes, 2 de enero de 2015

Un viaje/Día 4: mi sobrina

Qué simple es el amor.
Qué liviano y qué fresco.
Qué mucha cosa suave.
Qué cuánta alegría que canta.
Qué risa es.
Qué silencio poblado de miradas.
Qué bello y suave de ternuras.
Qué ojos que se prenden.
Qué miedos que se apagan.
Qué luz azul.
Qué cuándo cómo crece.
Qué fácil el amor.
Qué fácilmente fácil es.

jueves, 1 de enero de 2015

Un viaje/ Día 2: Bonne Année

Y empezó el 2015. Vea que es impar y, a mí, los impares, me resultan bastante favorables. A veces es cuestión de entregarse al pensamiento mágico para mantener la esperanza porque la realidad, ya lo sabe, no deja de golpear. Así que mejor me digo muchas veces que los impares son buenos y lo remonto, que la vida se hace con la cabeza, el corazón y un par de bastones llamados supersticiones personales.
Así que le digo, entre pecho y espalda, que espero mucha alegría para este 2015. ¿Felicidad? No, mejor alegría que es más sabia y profunda. Hay que estar a la altura de las circunstancias. Igual le digo que me gustaría que cada 30 o 31 renovásemos el brindis. ¿Qué? ¿Que yo no bebo? ¿Y? La cuestión es que cada fin de mes podríamos hacer un balance y desearnos alegría para los siguientes treinta días por vivir. Sería bueno, ¿no?

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día 2: la familia francesa

Cada familia es un hilo que se enlaza y desenlaza. A veces las hebras se gastan y se quedan finas hasta desaparecer, en otras circunstancias el nudo es tan fuerte que hay que escarbar para soltar. Mi familia fue siempre de hebras abiertas, a simple vista parece que cada cual hace su vida sin importarle el tejido de los demás; pero de vez en cuando tomo la aguja y doy una puntada que cruza hasta el otro lado del mar. Y entonces veo que era pura apariencia eso de que nada importa de los demás: en el bordado de los que viven acá hay un lugar para que yo entre con mi hebra y hagamos entre todos un dibujo que durará después de que se acabe la eternidad.

martes, 30 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día 1: Lufthansa

Para mi propia patología era la compañía adecuada: nada fuera de control. Pasaron por el ingreso impecables, uniformados en amarillo y azul y con cada cabello en su predeterminado lugar. Casi con paso de ganso, pero no. A la hora indicada, comenzaron llamando por clase y por fila: 49, 48, 47... Casi un sorteo para el Servicio Militar.
Al ingresar, una pila de diarios en alemán, una almohadita blanca almidonada y una frazada azul con ribetes amarillos de seda. Despegue y aperitivo o como se diga en alemán porque los tipos te hablan en la lengua del Rhin como si fuera lo más natural del plantea. Pero, claro, chabón, ¿ o vos no hablás alemán como todos nosotros? El vuelo salía de Buenos Aires, no era conexión con otro, y sacando a los que, a veinte cuadras se distinguía su germanidad, todo el resto éramos argentos nacidos y criados. Los tipos, igual, te hablan en alemán. Y yo te contesto en español así que, Margaritte, hacete un esfuercito, tan rubia, tan pálida, tan fraulein.
El aperitivo eran unos alcoholes y jugos raros, y unas galletitas saladas con forma de avión. El lado chistoso de los alemanes fue darme unas galletitas de avión en el avión. Muy divertido, che. Yo bebí agua. Sí, Adolf, agua sin gas. A-gua. ¿ Me captás?
Al toque Margaritte me encaja la cena: una ensalada con crema, pollo con arroz y verduras al vapor (media hora de gestos para entender que pollo no era pasta. Po-llo, pas-ta no) y una torta de queso de la que me hubiera mandado cuatro porciones más. Café y apagamos la luz porque el plan dice que ahora me debo dormir. Sí, Adolf, ya me dormí; no vengas más a controlar.
A las 9 (hora alemana); las 5 en Buenos Aires, Margaritte me enjareta un jugo de naranja y al rato una bandeja (hago un esfuerzo por no robarme la vajilla que es un divinor) con una barra de cereales, ensalada de frutas, yogur, pan, galletitas; manteca, queso y dulce para untar; y una fuente de aluminio caliente con dos tortillas de papa, un revuelto de espinacas y castañas y un rostbeaf. Ok, Adolf, me rebelo. Hasta acá llegó mi obediencia. Me como el yogur y las frutas y dejá de mirarme como un SS extemporáneo.
Los tipos dijeron que aterrizaban a las 11: 10 y lo hicieron. Juro que lo hicieron.
Frankfurt está cubierta de nieve.
Avisan que la manga está ocupada y nos vamos a demorar.
Ah, fallaron, no eran tan perfectos. se les corrió un poco el peinado.
Nos demoramos medio minuto exacto. Lo controlé.
Adof y Margaritte me saludan al bajar.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día 0: lo que queda

La línea es punto a punto. Se parte y se regresa; de una ciudad, de una misma. A los que tenemos el amor desparramado por el planeta siempre nos falta un mango para el peso. Si estamos en cualquier acá, pensamos en allá; nunca es completo. Pero así es la vida para que sea vida: incompleta, y perfectible. En todas las familias se establecen papeles: a mí me tocó la memoria y el pespunte/ ir de acá para allá llevando los relatos -los pretéritos, los actuales, los que serán en la historia de los Pinasco desparramados por el ancho bordado del planeta. En mi maleta llevo palabras en el idioma en que mi hermano y yo fuimos haciéndonos para que Maïa aprenda su color, la espesura de sus olores literarios, la textura de sus sílabas extrañas. Yo voy: llena de libros, de fotos, de recuerdos; tan solo para unir, para que el río no se seque jamás, para que crezca la memoria y me perdure. Acá, en esto que es hoy lo que se queda, están mi gata niña, mi hijo, mi francoparlante, mi amiga Vera y una casa verde en Turderaville en la que aprendo a ser todo lo liviana que puedo, dado mi rol. Siempre es así la vida: incompleta y perfectible, y a mí me toca pespuntear los fragmentos de acá para allá. 

domingo, 28 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día -1: Carta a una señorita en Marsella (III)

Querida Maïa:
Y parece que lloverá. No tenemos que olvidarnos del paraguas. Ya puse el mío en la maleta. No nos va a asustar una lluviecita de invierno en París, ¿no es cierto?
La cuestión es que en apenas cuarenta y ocho horas estaré bajando de ese avión para ya, de una buena vez, por fin, menos mal, era hora, darte miles de besos y de abrazos.
Te llevo muchas sorpresas en la maleta y lápices para que dibujemos y escribamos. Pensaba que, si tus papás lo permiten, puedo irte a buscar un día a la escuela e irnos juntas a merendar por ahí. No sabés cómo me gustaría esperarte en la puerta de tu école y verte salir con los otros niños y la mochila en la espalda. Porque, si nos ponemos a repasar, nos debemos como cientos de salidas de la escuela, de fines de semana, toneladas de dulces y leches chocolatadas, diez cumpleaños, otras tantas Navidades y nueve Años Nuevos. Eso es demasiado para una vida.
Pero, bueno, no es el momento de las cuentas hacia atrás; sino de los deseos para adelante.
Y para ese futuro -que ya está al alcance de los dedos- quiero que me esperes que ya estoy llegando.
Te quiero.
Nos vemos el martes.
Besos, abrazos, cachetonazos y más, mucho más.
La tía Julieta
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