lunes, 20 de octubre de 2014

Domingo

Soles.
Un ombú bajo la lluvia.
Una cesta de moras.
Unas sábanas limpias.
La tarde que se cae.
Dormir en las estrellas de tus brazos.

Día de la madre

Es necesario que el mundo se deshaga para volver a armarlo: que el cielo sea agua; que la tierra, verano; que los pájaros, gatos que le  rugen al viento. Que las cosas se enlacen de forma diferentes y que solo subsistan los sueños que nos cantan alrededor del fuego. Es necesario deshacer las costumbres y estar atentos a que quede el amor -el que te tuve el día que naciste, el que fui construyendo, el que he rescatado de días de tormentas, el que guardé del aire entre mis tibias manos y en el horizonte de un día que comienza lo abro para que eche alas y vuele atravesando barrios, ciudades, primaveras hasta tu casa y se pose en tus vidrios y te vea dormir para volver a casa y al oído contármelo.

sábado, 18 de octubre de 2014

El suspiro de Margaux

Viene y se trepa. Primero ofrece la frente, con la cabeza gacha; luego el cuello extendido para que yo pase mi índice desde su mentón bajando con lentitud. Sobre mi brazo izquierdo, como si fuera una niña, voy sintiendo el peso entregado de su cabeza y el motor sin fin de su ronronear. Pero hay un momento, un único e imperceptible instante, en que Margaux suspira: el aire  se le escapa entre los finos colmillos y se deja dormir, entregada en la confianza de no haré con ella nada que pudiera causarle un dolor, en la confianza de que me une el amor a su alma de gata, en la confianza de que nada nos podrá alejar de esa entrega, de esa duerme vela en que mi índice roza su cuello y ella suspira antes de empezar a soñar.

FILBITA 2014


martes, 14 de octubre de 2014

La memoria

Los pasos perdidos
Los amaneceres huecos
Los días que se fueron
La tristeza sutil que es un desgano
La contundente que es llanto
Los párpados que cubren la mirada
Las manos como mantas
Los cabellos dormidos
La repetida boca que se calla
El perfume ajado del pasado
La palabra
La nuestra
La que nunca se dijo
Y ahora
Ya no tiene sonido
Ya no tiene sentido
Ya flota
Como la espuma vacía de la orilla
Como la arena efímera y eterna
Como la silla donde espero
Aún
Como hace miles de días
Sabiendo desde siempre
Que las aguas no traen lo que aguardo
Que no hay cosa que tenga más dolor que este silencio.
Que lo fue podrá no ser
Pero
La ausencia que tiene su ejercicio
Seguirá así
Aunque el relato que teja la memoria esté lleno de trampas
Consolaciones vanas que tienden la piedad
Donde antes hubo horror
El teatro
La catarsis
La distancia
Más tarde o más temprano
La conciencia

domingo, 12 de octubre de 2014

Mi madre era pequeña

Mi madre era pequeña como un pespunte, pero la hebra de su hilo se extendía por surcos infinitos: atravesaba llanuras de hielos que estaban allí desde antes de los erizos prehistóricos; pasaba por montañas de acero incorruptible; daba la vuelta por ríos que bajaban turbulentos en un alud de lodo y sangre; se demoraba en desiertos de tierra inerme y seca. Mi madre era pequeña y muchas veces había que acunarla para que se callara con palabras que yo siempre desconocía o no podía retener. Mi madre cabía en el hueco de una mano que nunca fue la mía y ya no lo será porque su memoria es un clavo pequeño, tal vez una tachuela germinada, que se hunde en el calendario de mi existencia desde hace muchos siglos atrás. Y yo, que llevo a cuestas mi colección de muertos, a los que les canto mis canciones de miel cuando la lluvia los deshace donde sea que estén, pienso en mi madre tan pequeñita, tan tachonada, tan pespunteada en su rostro de niña que me mira desde el amor que nos quisimos tener y no supimos cómo porque hubo ríos, llanuras, desiertos y montañas que nos interpusieron sus distancias una y otra vez. Entonces pienso en  los ruedos que deberé deshacer para crecer. 

Bueno, ya está

Quiero dormir hasta que el día cambie y se lleve esta extraña tristeza compuesta de vacíos, esta nostalgia de caramelos rotos y papeles perdidos. Quiero dormir hasta que suba el sol y entibie las aristas y abra las ventanas, y los cuartos astillados de la infancia vuelen entre los vidrios con un viento de aquellos. Quiero tener un fragmento de cielo que sea todo mío donde yo pueda dibujar con unas tizas húmedas las caricias que debí haber merecido alguna tarde de portafolio nuevo, un fragmento de cielo donde suene otra vez la voz grisácea de mi padre hablándome para que yo comprenda la urgencia  repentina de su historia. Esto es un duelo -ni más ni menos otro- no solo de una muerte sino el entierro de lo que nunca fue y deja mordeduras indelebles y oscuras. Quiero dormir hasta que vuelva otra luna redonda, cristalina, sea la madrugada y yo diga: "Bueno, ya está", se suelten los pespuntes y me importe una nada lo que no haya pasado sino lo ancho y hondo que pueda suceder de ahora en más. 

sábado, 11 de octubre de 2014

Miranda y la tempestad

Llamo a mi hermano Mariano porque necesito saber cómo él, justamente él, está en estos días. Quizá siempre tenga la sensación de velar por el bienestar de los que hemos  quedado desparramados por el mundo. Tal vez ser hermana mayor sea un poco esto: llamarlos para ver si necesitan alguna cosa en la que yo los pudiera amparar. No me es fácil hablar con él. Lo quiero extensa y profundamente, pero la palabra, que tan ligera y obediente suele ser para mí, se agosta con él (como con mi hijo, pienso). Nos decimos un par de cosas que arañan superficies y me pasa con su hija menor de tan solo 8 años. Miranda es tal como Shakespeare pensó a su personaje: un hilo que permite flotar y rescatar el amor. Entonces de heroína a heroína de tragedia inglesa nos entendemos: "Cuidalo mucho a tu papá.", le digo y agrego, "Dale muchos besos, pero muchos, muchos." "Claro, tía. Yo ya sé.", me dice. Y la tempestad deja de soplar. "Sos una princesa que tiene que abrazar al rey", termino. Y Miranda se ríe como lo hacen los niños que viven a la orilla del mar. 

viernes, 10 de octubre de 2014

Mon petit frère Pablo

Acabo de hablar con mi hermano, el que vive en Marsella. Ayer, su dulce Anna me dijo palabras francesas llenas de un afecto hecho de su amor a él. Quizás ahora se limpien los cristales donde todos nos mirábamos mirar. Como fuera, las palabras fluyen como peces en el agua azul de la distancia; y la familia es algo que iremos construyendo con estas nuevas piezas, como todo sistema que debe volver a ser. Mi hermano es un corazón que anida en el mío, al que yo quiero y elijo desde el día en que nació y lo nombré con sus cinco letras. Me gusta hablar con él y saber que, en dos meses, distinguiré su cara entre las cientos que pueblen ese aeropuerto de Marseille. Como siempre cuando cortamos, sé cuánto lo extraño y de qué forma mi vida estuvo unida a él. El vacío que siento en estos días se puebla con su risa y es como si mi papá estuviera a mi lado corriéndome el cabello mientras lloro. La vida es un tejido en el que los nudos se disuelven o se ciñen, según lo que podamos hacer. Tengo mucha esperanza de que, ahora, liberada una energía que cortaba mi alma, yo pueda empezar a ser enteramente tierna. Tengo mucha esperanza de que, cuando este 31 de diciembre levante mi copa en Francia, junto a Anna, mis sobrinos y junto a él, una forma de ser que estaba guardada en mí pueda nacer.

jueves, 9 de octubre de 2014

Quizá

Quizá se me deshagan las espinas como líquidas sombras.
Quizá se me derritan uno a uno los cristales de fuego que me cercaban como bocas solo para morderme.
Quizá me hablen las estrellas y me borden pespuntes de luces en los ojos.
Quizá pueda ver la lisura extrema de las cosas para cantarme las canciones de cuna que no tuve
y ser hija de mí y pasarme la mano por el pelo como una tímida caricia que me estaba esperando.
Ser viento
y lluvia
y sol.
Quizá ahora el amor deje la muerte atrás y sea primavera
Quizá yo ahora vea lo que ven otros ojos en mi alma.
Quizá.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Vuelo

Querría poder volar
como si fuera un pájaro
y planear con el viento entre las plumas,
porque
en una manito apenas
me caben los momentos que jamás me entregaste
y
un agradecimiento:
haber aprendido de niña
a andar sobre mis piernas para alcanzar mi cielo
a nadar en mi miedo para ver la otra orilla
a apretar bien los párpados en medio de la lluvia.
Lo demás
-lo que la gente dice que fue haber sido hija-
eso lo desconozco
y me iré de este mundo sin haberlo sabido
porque no me enseñaste
ninguna otra cosa que no fuera largarme al ruedo del silencio.
Y tal vez haya sido de verdad que tu último gesto fue también el primero.
Ahora estoy al borde del abismo
pero ya sé de qué sustancia está hecho mi vuelo.

Hoy es el día

La muerte es una extraña visitante que nunca nos dice de qué manera debemos comportarnos. Incomoda como un traje que falla, como un sombrero que nos sacude el viento. Y nos deja desnudos. A veces se lleva a los seres que amamos. Otras, a nuestra madre. Y entonces nos quedamos pensando qué deberemos hacer para saldar la cuenta que nos quedó pendiente. Lloro, pero lo dijo Homero, lo hago por mis males.
Ojalá hayas sido alguna vez feliz.

martes, 7 de octubre de 2014

Un día.

Un día, mi madre se morirá. Y el verbo está ahí, en la pantalla. Y lo veo,  inmóvil, sin que yo pueda entender lo que sus sílabas presagian. Diré ese día futuro que ella se ha muerto y no usaré ninguna metáfora para un hecho común -al fin y al cabo, en este instante a cientos de personas se les están muriendo madres-. Pienso hacia atrás y no hay recuerdos que pudieran nadar hacia la luz o el algodón tendido; no hay mesas donde se amasen las caricias como pájaros sorprendidos ni tan siquiera el soplo de una palabra melodiosa. Querría yo saber hoy, a no se cuántos  días de esa fecha ignota, si la muerte traerá la tristeza o la rabia, si sentiré el vacío de la batalla que nunca dejó otra cosa que no fuera una sórdida prosa y un fragor de caballos enloquecidos, violentos, desbocados. Y lo que no aprendí del amor y ya no será nunca, ¿en qué ojos volverá a no habitarme detrás de los cristales zurcidos con mis manos? Un día, ella se morirá. Y dejaré de sentir por fin esta agonía, tan hondamente en medio de la carne, que, a veces, no me deja sonreír.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Azul fosforecido

¿Alguna vez miraste el cielo a esta hora?
Fosforece de azul.
Cantan los pájaros y alguien, lejano, los acompaña.
Afuera el aire pespuntea su tibieza y el sol se desnuda entre nubes celestes.
Voy encendiendo luces en la casa dormida como si fueran piedras arrojadas en el sendero largo de otro día.
El agua borbotea en la cocina y la gata se ovilla junto a la ducha con su nostalgia de peces.
Hablo con los habitantes invisibles de la mañanas y me responden con su humedad de pámpanos.
Salir tiene algo de sirenas y ceras, algo de precipicio diurno, algo de sumersión en las horas calientes que duermen todavía.
Y sin embargo, salgo.
La calle está vacía y amanece.
¿Alguna vez miraste el cielo a esta hora?

domingo, 28 de septiembre de 2014

Feliz cumpleaños para el francoparlante

Hoy cumple años. Los mismos que yo. Hace ya 21 meses y dos cumpleaños que festejamos. Cada mañana me despìerto con sensación  gusano y él me obliga a mutar como mariposa: pese a mis miedos, mis desplantes, mis malos modos, mi tono de pizarrón viviente. Hubo quienes no daban ni dos centímos por nosotros y hemos transitado 6000 libros, 9 perros, 7 gatos, y varios momentos de pura intimidad. A su lado he conocido la alegría, que es mucho más profunda y verdadera que la felicidad. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Eso dijo Odiseo

Qué es de la línea suave y gris y temblorosa que me anuda los dedos con su cuerpo de gasa cuando pretendo hablar pero enmudezco y vuelve la nostalgia a invadirme las horas eternas del regreso.
Eso dijo Odiseo mientras Calipso le alargaba el tiempo en inmortalidades varias.
Eso dijo: yo solo lo repito.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El viento

Peino mi corazón como si fuera agua y guardo mis palabras en los bolsillos del silencio. Después me miro en el espejo y veo: lo que no quiero, como un zurcido transparente e irremediable que se oculta, pero que lo descubro en el canto matinal de los pájaros. Algunas metamorfosis me atemorizan más que los roedores e intento regresar a la nostalgia de los sitios perdidos. Las alas pierden sus plumas; los peces, sus escamas y todo se hace como viento que pasa. En alguna estación van quedando maletas y paraguas que se habían perdido. A esta hora exacta caen los mismos milímetros de agua: en Siberia, en Manhattan o dónde caiga el agua con esa derechura imperdonable. Yo atravieso desiertos empapada de lluvia. El día se vuelve un áspid incomodísimo y me duele el costado, ese lado insaciable  que marca a dentelladas.  Después viene la noche que cubre las vitrinas y se alza en los patios. En el ruido de postigos ya dejo de pensar y cierro todo, inclusive los ojos para que cese el vértigo del viento que me arrasa.

domingo, 14 de septiembre de 2014

De la furia a la reflexión: o de cómo se fueron los aplazos

Mi primera reacción fue saltar a la yugular. Nos quitan el arma neutrónica, se iguala para abajo, no se premia el esfuerzo, se les va a regalar la nota, serán todos unas bestias brutas, etc., etc. Roja de furia, de indignación, de fastidio. 
Y después me di a pensar que la evaluación no debería medir resultados, que tendría que prestar atención a los procesos que despliegan todos y cada uno de nuestros chicos y que, muchas veces, el piso que ponemos para el siete resulta inalcanzable para muchos. ¿Eso significa que no estudiaron o que no se esforzaron o que no aprendieron? ¿Cuántas veces muchos colegas que aullaron esta vez  le pusieron siete a un chico porque, aunque no sabía eso que queríamos que supiera, se había matado para llegar a saberlo? 
Y recordé aquella vez, hace mucho tiempo,  que, en un primer año, alterada, les dije. "Ustedes no aprenden nada." Se hizo un profundo silencio, alguien levantó la mano y dijo: "Yo aprendí a separar en sílabas." Y otros se animaron: "Yo ahora sé poner tildes.", "Yo me doy cuenta del narrador". Ellos evaluaban sus logros: yo sentí una vergüenza infinita de mí misma y les rogué que me disculparan porque la que no había aprendido nada era yo.
¿Cuántas veces puede intentar un niño llegar y frustrarse en el camino una y otra vez? ¿Cuántas veces hará el esfuerzo antes de tirar la toalla? ¿Cuánto lo intentará y verá su hoja sin la nota ya inalcanzable?
Y no se trata de premiar la vagancia. Claro que no. Se trata de acompañar a los más débiles para que sigan caminando, a los más desprotegidos, a los que necesitan el abrazo que les permita continuar.
Nada me produce más dolor que un niño que, por múltiples y diversas razones, no entiende. Deténganse dos segundos y piensen si no comprendieran lo que leen, lo que se espera que hagan, lo que les están explicando, lo que deben escribir. Es una sensación de desamparo y menoscabo tremendamente dolorosa.
En realidad, lo del uno, dos y tres no tiene ninguna relación con esto y es una anécdota vacía, frívola y estúpida. Se trata de que todos nosotros pensemos nuevas formas de evaluar que sean inclusivas, que tengan en cuenta lo que cada chico es, lo que puede dar y la forma en que es capaz de florecer. 
Porque qué otra cosa que ver florecer a nuestros chicos queremos sus maestros...

jueves, 11 de septiembre de 2014

Ser maestros

Enseñamos a leer y escribir: desde que las letras son jeroglíficos incomprensibles, y luego monigotes despatarrados que se resisten a obedecer. Enseñamos a leer y escribir que es mostrar un camino para aprender a descifrar una ruta que se abre en infinitos senderos. Enseñamos a leer y escribir que es internarse muy adentro para hallar las palabras que nombren los fantasmas, las alegrías, las tristezas, las rabias: los que son propios y necesitan los verbos que los nombren. Enseñamos a leer y escribir que es volver transparente la risa y los sueños que han soñado los otros poniéndoles palabras. Enseñamos a leer y escribir que es ir desenvolviendo el pensamiento de a pasos chiquititos para que se haga propio, inédito e insólito. Enseñamos a leer y escribir que es -para nosotros, los que enseñamos- aprender a ver las cosas desde otra perspectiva, que es pensar cómo caminar al lado del que anda aprendiendo, que es darse cuenta de que no podríamos hacer otra cosa que enseñar a leer y escribir porque ese acto es pura inauguración de la maravilla de ser seres humanos. Enseñamos y aprendemos porque ellos, los que aprenden, nos enseñan, también, a leer y escribir ese río sagrado en el que vamos juntos y es todo una alegría -con sinsabores, como toda alegría verdadera.
¡Feliz día, maestros!

lunes, 8 de septiembre de 2014

Amor de madre

¿Cómo se tramita querer a una madre? ¿En qué lugar se tira el ancla si al pensarlo no hay otra cosa que un vacío agudo y una lluvia que no cesa  y un pantano de bestias desatadas y una agonía igual o parecida a la que asesinaba las siestas infantiles? ¿Cómo se hace para decir que debo sentir lo que el conjunto común de los mortales y ver mi propio rostro recto, duro, inconmovible y ninguna otra cosa que esa herida que no se cierra nunca y mancha todo? ¿Por qué no puedo ser más buena y olvidar el silencio a que fui sometida y transformarme en una suave enfermera perfecta -aun sabiendo que no la calmaré- y asistir con ese afecto neutro que deviene del urbanismo y la amabilidad? ¿Qué son estos pinchos y espinas que me crecen para no entregarme por tamaño temor a la zarpa que ruge aunque sea una anciana pequeña que se pierde en su cama? ¿Por qué no puedo perdonar y seguir?

martes, 2 de septiembre de 2014

Del realismo y los niños que leen

Harta de que el chico leyera los relatos fantásticos de Cortázar en clave realista, me di por vencida y dije: "Mientras puedas justificar tus  apreciaciones..." 
Al fin y al cabo, cada cual lee con lo que trae y le es dado. 
Pará, pará: ¿qué decís? ¿Exclusivamente realista a los 16? ¡Uff! ¡Algo huele mal y no es, precisamente, en Dinamarca! 
Porque estoy en contacto diario con muchos niños y jóvenes cuyas edades oscilan entre los 5 y los 17 años puedo afirmarlo: el realismo avanza a zancadas, llevándose puestos los universos maravillosos y fantásticos. De seguir con la tendencia nos veremos cohabitando con niños en edad escolar incapaces de ver más allá de lo materialmente tangible, niños a los que ningún genio maligno les torcerá la verdad de sus fidedignas percepciones.
Me hablarán ustedes de Potter o de Narnia o de Tolkien.   Perfecto: denme tanques editoriales capaces de vender a su madre y leeremos lo que fuera. Yo no hablo de consumidores, digo lec-to-res. Sin poner en tela de juicio los valores de semejantes novelas y de sus fanáticos, convendrán conmigo en que el poder persuasivo del mercado editorial central con sus "lanzamientos", "películas", " prensa", etc., etc., etc. inclina la balanza y deja fuera de discusión todo lo que pudiésemos decir.
Yo -aquí y ahora- hablo de lectores: de esos niños que, por decisión propia, van a la librería y revisan anaqueles; o los que les piden a padres, maestros o bibliotecarios algo para leer. Esos niños se han tornado peligrosamente realistas. 
Y no es que el realismo sea una mala palabra. Claro que no: Tolstoi, Leopoldo Alas, Flaubert y el bueno de Balzac están allí para desmentir cualquier acusación de mi parte. En Dickens me he deleitado hasta el hartazgo. Yo hablo de ese realismo simplón que satura gran parte de la literatura para niños y adolescentes, que le pone palabras fáciles a la cotidianeidad y cuya impresión estética -si la hubo- desaparece cuando cerramos el libro.
Por supuesto que hay otros textos que cuentan sucesos que se rigen por las leyes de nuestro mundo de referencia que escapan a esta  generalización.  Pienso en Stefano de Andruetto, relato realista en el que la presencia de una doble temporalidad y una doble instancia enunciativa con un narratario solo evidente en la última oración del texto, nos conmueve no solo por lo que cuenta sino por cómo lo hace: que, en definitiva, eso es la literatura.  O El Escuadrón Esqueleto de Polly Horvath en el que todo lo posible que se cuenta se delira de pura improbabilidad y cuatro narradores tejen con sus voces un microcosmos donde se desnudan la muerte, la soledad y la desesperada condición humana.
Creo que hay literatura áspera, a contrapelo, que admite varios estratos de lectura, sobre la que hay que andar con pico y pala, clavando estacas para que no nos lleve el viento; y literatura suave, que esa acondicionador desenredante, que no ofrece la más mínima contracorriente, sobre la que se surfea sin turbulencia, que no se guarda nada porque todo lo que tiene para decir lo dice sin connotaciones ocultas en un verbo. 
Cada cual -niño o adulto- elige la que más le agrade y lo haga feliz. Yo,  como docente, quiero ofrecer esos textos que te cambian la forma de mirar el mundo, que te dan un puñetazo en la cara, que te abren el pecho para extirparte el corazón y mojártelo con el agua de las palabras. Para mis chicos quiero textos que les hagan ver los pliegues de la realidad a través del lenguaje y que los sumerjan en la duda, en lo opaco que se vislumbra en el tejido de un texto: esa ambigüedad de la que solo se sale a dentelladas o acariciándose. Quiero textos que les den eso otro que se intuye en los sueños, que es más que lo que se ve con los ojos distraídos con los que todos los días miramos  lo cotidiano.  Yo quiero que la hora de lengua y literatura sea ese momento en que abrimos el mundo maravilloso de las palabras y nadamos en ellas para conocernos, para entendernos, para comprender que, aunque parezca, no estamos solos en la noche. 
Y esa literatura debe ser, en primer lugar, justamente eso: literatura. Que es mucho más que un texto impreso. Debe ofrecer un trabajo de orfebre con el lenguaje y, a través de ello, apelar a abrir camino para ver más allá de lo real: ya sea porque explora la certeza de otros mundos posibles, porque instala el desconcierto o la duda o porque revuelve lo cotidiano como si lo mirásemos por un caleidoscopio.  
Leer es un enorme trabajo. Lo ha sido siempre y lo es mucho más en estos días en que la atención se fragmenta y disuelve, en que cuesta tener paciencia para permanecer hasta que el texto se revele. 
Sigo creyendo -con una fe fanática- que lo mejor que podemos hacer por nuestros chicos es brindarles la posibilidad de que un libro les cambie el alma para siempre.
Menuda cosa para desperdiciar la oportunidad en cosas vanas.

jueves, 28 de agosto de 2014

Mi madre, esa lectora

Por circunstancias extremas de su vida (mi abuela murió cuando ella tenía siete años y su padre los dejó para casarse con otra) mi madre solo fue a la escuela hasta los 12 años. Nunca pudo dejar de ser la niña que le habían robado: caprichosa, egocéntrica y malvada. No le fue fácil vivir a mi madre y yo pagué las consecuencias. Pero, a fuerza de ser honesta, esa mujer diminuta, que mide escaso metro y medio y pesa 40, que parece estar fuera de todo, ausente, taciturna y súbitamente enloquecida, me legó la lectura, que es el bien más grande que yo tengo en mi vida. Con su escolaridad primaria escasa, mi madre lee, como pocas veces  he visto en este mundo. Ella -y solo ella- ha releído completo a Dostoievski, se ha devorado a Chejov, a Tolstoi, a Proust (cuando se lo puse en sus manos). Tiene una forma de leer infantil: los personajes son seres reales para ella. Se enamora de Wallander y llora cuando alguien -a quien verdaderamente quiere- se muere. Como mi madre tiene una moral comunista y puritana, se enoja con la traición amorosa y la infidelidad, se entusiasma con las entregas puras a las peleas políticas y sociales. A los 84 años, sigue leyendo como única actividad que la atraviesa y pide siempre más y más libros. Cuando la veo, me habla de sus lecturas como si fueran la historia de su vecina de cuarto. Quizá, para que me quisiera algún día, de niña supuse que debía ser como ella y me entregué -yo también- a la furia lectora. Cierto es que  hice de ese acto fundante mi profesión y mi fuente de ingresos, pero va más allá; porque la literatura no es lo que  hago sino  lo que soy. Como lo que es mi madre. Tal vez, en este acto de escritura. yo esté reconociendo que, pese a todo el abandono y la tristeza en que transcurrió mi infancia, mi madre, sin saberlo, me legó una identidad que me permitiera resistir el agudo dolor que ella me causaba. Y en ese gesto se anudó todo el amor que fue capaz de darme.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Diario de viaje (III)

A esta hora de la mañana solo se escucha el motorcito ronroneante de Margaux que se ovilla en mi regazo y cada tanto levanta los ojos y me mira con una profundidad que yo no conocí en animal alguno. Pienso en el día que aún no se ha llenado de texturas y es una superficie sobre la que puedo dibujar cualquier sueño. El invierno comenzará a ovillar sus días y volverá la primavera. Pienso en las cosas que debo hacer en este 2014: terminar los libros (haber escrito uno completo en 30 días me alienta porque si me esmero en octubre termino los dos restantes), leer y trabajar las novelas para entregarlas en un par de semanas, y actividades así que debo ir anudando. El 2015 comenzará con heladas y niños a orillas de otro mar. Cuando pienso en el viaje, hay un muro de tareas que me impide visualizar mis propios pasos. (Nota al pie: debo caminar más ahora, para caminarme todo después) (Otra: debo darle otra oportunidad a Barcelona, ciudad que siempre me resultó hostil). Ayer hice un calendario para empezar a definir qué sucederá en la quincena que viene después de Francia, después de Grecia. Y otra vez me sentí de buen humor. Andréa y Maïa son luces de Año Nuevo y abrazos en París.

martes, 26 de agosto de 2014

La niña que se subía al árbol muy alto, muy alto, muy alto

Había una vez una niña que se subió a un árbol muy alto, muy alto, muy alto y no se cayó.
¡Qué bien se veían las cosas desde arriba!
Los techos, la gente, las calles...
Hasta los perros que,  a veces, la atemorizaban parecían ahora inofensivos.
La niña tomó por costumbre subirse al árbol muy alto, muy alto, muy alto.
Lo hacía una vez por semana o dos.
Pero un día, vaya a saber una por qué, subió al árbol muy alto, muy alto, muy alto y se cayó.
¡Oh!, dijo la niña.
Y cuando nadie la miraba, en un rincón de su casita, lloró.
No sentía dolor.
Ni un poquito apenas de dolor.
Lloraba porque se había dado cuenta de que, ahora, cada vez que subiese al árbol muy alto, muy alto, muy alto para ver los techos, la gente, las calles, y los perros que desde arriba parecían inofensivos; lo haría sabiendo que se podía caer.

sábado, 23 de agosto de 2014

Ahogo

Hubo una palabra que se infló hasta ocupar todos los resquicios.
Después...
Después ya no pude respirar.

Ciento quince infancias recuperadas/ Ahora y siempre

Esos niños. Esos padres. Esa alegría de soñar con un mundo mejor para todos. Ese deseo de hacer, de meter las patas en el barro y construir. Y la furia. El dolor. La sangre derramada, torturada, desaparecida, robada. Trato de salir de mi corazón y pienso -desde afuera, como si me fuera dada esa distancia- en lo que significa arrojar un hombre de un avión, acribillarlo a balazos, y pensar que es posible cambiar la identidad con un simple truco. Pienso en la belleza, en la entrega, en el remover las piedras para hallar los vestigios, no de la muerte sino de la vida que siguió latiendo, aun en las condiciones más adversas. Pienso en los huesos que faltan enterrar y en los niños que aún quedan por hallar. Y a la vez, junto con las lágrimas, anido un orgullo histórico: por las madres, padres, hermanos, tíos, esposas, maridos, abuelas y abuelos que buscaron sin detenerse nunca y por todos los que marchamos año a año con ellas, ahora y en los tiempos democráticos en que la regla era el olvido y la vuelta de la página de la historia. Pienso que a veces nos mandaron a ocupar una diminuta nota al pie (Walsh nos había enseñado qué sucede con esas notas) y, sin embargo, seguimos soñando con una larga mesa en la que estuvieran todos los desaparecidos y los niños robados. Porque la infancia y la juventud habrán sido clandestinas, pero la sonrisa es bien visible. Que el círculo de la ronda se ensanche y nunca termine. Ahora y siempre!
 

viernes, 15 de agosto de 2014

La chica que teje palabras

Tejo palabras de una hebra larga.
Tan larga que podría dar la vuelta al mundo dos veces.
Y sobraría lana,
todavía.
Un punto arriba.
Un punto abajo.
Agujas de tinta en para tejer palabras
con sus puntos de luz
de agua
de árbol verde
de pájaro mojado.
Palabras una fila arriba otra fila abajo.
Santa Clara los puntos.
Arroz.
Palabras elástico que se llenan de viento,
porque si hace frío me pongo mi saco repleto de palabras y cuando me aburro un poco le destejo los puños y lo vuelvo a tejer.
¡Esta chica!, decían mis hermanos, ¿quién la entiende? Desteje para volver a tejer.
De lo que  no se daban cuenta era de que mi ovillo crecía, crecía y ya daba otra vuelta más.
Un día, mi abuela, que tenía una canasta repleta de retacitos de lana, me enseñó a tejer palabras con una sola aguja.
¡Qué bueno!, grité yo. Entonces podía dibujar con la otra, que es como tejer pero sin palabras: solo de puro color.
Y empecé a tejer con una aguja derecha y otra izquierda distintas, pero a la vez.
¡Esta chica no come!, dijo mi madre cuando la polenta se endureció en el plato, ¡Solo quiere tejer!
Dejémosla, dijo mi padre, ya se va a cansar.
¿Cansar?, pensé yo con mis palabras y mis coloritos tejidos como fuego, como agua, como estrellas y cielos, como bichos de vidrio, como hocicos de liebre.
¿Cansar? Y las agujas no se veían: de rápido, de suaves, de agujas que siguen sin parar.
Así ahora, mientras estás leyendo, ya tejí una bufanda y me fui a pasear.

Carta a una señorita en Marsella (II)

Querida Maïa:
Quizá en l'école oíste hablar de la revolución del 14 de julio. Quizá ya sabés que los franceses la pasaban muy mal porque tenían unos reyes un poco egoístas a los que no les importaba mucho que el pueblo pasara hambre. Dicen, pero vaya uno a saber si es verdad, que una vez le dijeron que el  pueblo no tenía pan, y ella contestó: "Que coman torta". Imaginate si iban a tener torta cuando les faltaba una simple baguette. Estos dos reyes, Luis XVI y María Antonieta, que están enterrados en una hermosa catedral de París que se llama Saint-Denis, se hicieron un palacio impresionante que ahora es un lugar para visitar. Porque el pueblo podía pasar hambre, pero ellos vivían a lo grande. Entonces en julio de 1789, los franceses se hartaron e hicieron una revolución  y fue algo tan, tan importante que le cambió la cabeza a muchas personas en el mundo. Acá, en Argentina, unos señores que admiraban mucho a los revolucionarios franceses y sus ideas de que todos éramos iguales, libres y hermanos, también hicieron una revolución en mayo de 1810 y echaron al virrey.  Así que mirá cómo vienen a parecerse las revoluciones de
tu país y del país mío y de tu papá.
Aparte de todo eso, el Château de Versalles es muy lindo. Tiene unos jardines muy grandes (y muy ordenaditos),  enormes salones dorados y con unas lámparas llenas de cristalitos y los dormitorios del rey y la reina que son impresionantes. 
Como fuera que sea, además de la belleza del palacio, lo bueno es que la gente pueda elegir a quienes los gobiernan y cambiarlos si no lo hacen bien.
Te mando un beso recontragrande
La tía

martes, 12 de agosto de 2014

De viaje (II)

(c) Julieta Pinasco
Soñar Marsella, la bella.
La de las calles apretadas del Panier.
La de los barcos y el Vieux Port.
Soñar Marsella, la de navettes anaranjadas
y sardinas perfectas.
La del niño de oro,
la del niño de oro en brazos de la madre,
la del niño de oro en brazos de la madre en la colina más alta
y debajo la mar.
Soñar Marsella,
con sus barcos colgantes,
sus mosaicos exactos,
sus islas con castillos diminutos.
Soñar Marsella,
y el jirón de familia,
su color de alegría
y gorriones azules que hablan en francés.
Hay una  pajarita de grandes ojos negros
que me espera en los aleros de Marseille- Marignane.

domingo, 10 de agosto de 2014

Yo me pregunto

Yo me pregunto
por qué alguien espera que una mujer dé a luz y a los dos meses la mata -como si hubiera sido un frasco donde esperar una germinación-,
por qué a las pocas horas otro arranca ese niño del seno de su madre,
por qué lo entrega a otro otro -como si fuera cosa que debiera trasplantarse-,
por qué ese otro poderoso lo da -para sacárselo de encima, para que no le pese, para que no sea su hilacha en el camino-,
por qué los otros callan durante tantos años.
Yo me pregunto
por qué el alma no les picaba
cuando miraban televisión, oían radio, leían
y sabían -esas cosas se saben, se sospechan, se niegan-,
por qué no preguntaban,
y ese alguien esperó que el otro otro, el poderoso, muriera de muerte provecta y portentosa para decir "yo creo", "me parece" "tal vez"...
Yo me pregunto
por qué se marca la esencia profunda de la vida,
la que perdura como una impronta pese a toda la muerte,
la que se dice en los sonidos pese a todo el silencio,
que traza los rasgos con un pincel de sangre, -la que lo hizo hijo.
Yo me pregunto
por qué un día la historia da sus pespuntes y une
y llega un hijo a dar a luz un padre -y es eso tanto o más poderoso que cualquier otra historia-.
Yo me pregunto
por qué nos abrazamos en esta euforia colectiva y profunda
y nos sentimos mejores y más plenos.
El dolor cicatriza y es una herida melancólica y dulce que dice que ellos no pudieron matar de muerte a la vida porque ella sigue, se impone, fructifica.
Y no hay ninguna respuesta para eso: solo una alegría soberbia y compartida.
Y que todos aprendan: los que no bajan los brazos, ahora los entrecierran porque la vida les concedió la dicha de no morir antes del perfecto abrazo en el que todos deseamos ampararlos.
El mundo es ahora 114 veces mejor.
Más justo.
Más entero.

sábado, 9 de agosto de 2014

Carta a una señorita en Marsella (I)

Maïa:
Quizá necesites ahora que alguien te ayude a leer en español. No importa. Yo necesito que me ayuden a leer en francés y soy como cinco veces más grande que vos.
Pensaba que, cuando estemos en París, me gustaría llevarte a un lugar que a mí me gusta mucho, pero mucho, mucho: es el Musée du Moyen Age. Cuando entremos vas a ver que es un pequeño palacio hermoso. Adentro hay expuestas cientos de cosas lindas que usaban las damas y los caballeros: peines de marfil, cofrecitos, espejos, libros con miles de dibujos con tinta azul y de oro, vestidos, armaduras. La Edad Media sucedió hace muchos siglos, en la época del rey francés Carlomagno. Pero lo más lindo de ese museo es subir por una escalera de madera y llegar a una sala donde hay colgados unos tapices: son seis y se llaman "La Dame et la Licorne." y ya te voy a contar, cuando estemos ahí, qué significan. Yo quiero mucho a la dama. Y cada vez que voy a París la visito, a veces más de una vez. Me gusta quedarme sentada en la penumbra de esa sala donde ella y yo tenemos largas conversaciones acerca de las sensaciones y la forma de conocer. Vos pensarás que ha de ser aburrido ir siempre al mismo lugar, pero cada vez que entro allí veo algo distinto, descubro alguna cosa que no había visto en el encuentro anterior: son secretos que la dama guarda para revelarme cada vez que puedo ir a visitarla.  En mi casa de Buenos Aires, además, tengo un cuadrito con uno de esos tapices para no olvidarme de ella.
También pensé que nos podíamos tomar el RER e ir a visitar los palacios de Versailles, los del rey Luis XVI y la reina María Antonieta, pero eso te lo cuento en otro mail.
Si querés contestame en francés y yo le pido a Claudio que me ayude a entender. ¿A vos qué te gustaría que visitemos en París?
Te dejo una imagen de La Dame et la Licorne para que la vayas viendo. 
Un beso inmenso
La tía

domingo, 3 de agosto de 2014

Mi fiesta de cumpleaños

Una fiesta de cumpleaños.
Una torta con velitas.
Una torta con cintitas.
Y poemas.
Y dibujos.
He recibido: cajas de colores, pinturitas, libros, bufandas verde agua, ropa, una bailarina de cocina...
Mi casa ha estado llena.
Y mi corazón todavía canta
en los aleros,
junto a los pájaros,
en el borde dormido de la almohada.
He dicho que otro año empieza.
Y se ha hecho la luz.
Gracias por haberse llegado a encender la fogata.

sábado, 2 de agosto de 2014

Confesiones de un nuevo año/ De cómo se mira

Hoy festejo mis años (ya pasó mi cumpleaños). La casa se llenará de gente, de grandes y de niños. Soplaré las velitas y pediré deseos. Se cumplirán: me viene sucediendo. He sido una persona afortunada y he tenido dolores. Han sido equivalentes y, sin embargo, siento la dicha de la vida que llevo.Tengo sol en el alma y cosas en que sigo creyendo. De todos mis fantasmas hay algunos que vuelven y  ya somos amigos: se sientan en mi mesa y conversamos largas horas hasta que los veo partir como llegaron: tan solo con lo puesto. No he bajado los brazos, pese a todos mis muertos/ los que se fueron y aquellos que se hundieron en el abismo negro de todo desconcierto. Es cierto que hubiera deseado ser algunas otras cosas, pero no supe cómo. Me quedan muchos días hasta el próximo julio y los ojos abiertos. Tengo lo necesario y canto cuando puedo. Hoy festejo mis años: bienvenidos, amigos. 

Un soplo apenas

Un soplo apenas y el día se inaugura como si fuera un viento que alguien desenrolla. Él me apoya su mano y murmura palabras que navegan el aire. Los pájaros se agitan, plumetean, hacen sus abluciones en el agua del cántaro. Hablamos bajo. Entre susurros. Volvemos a dormir unos instantes hasta que el sol se planta y templa los cristales. Es sábado de gloria. Como siempre. Me oigo trajinar en la cocina y me digo "Es el viento". Multiplico mis manos y bordo las tareas en el día. Lo miro hacer: la tierra, las maderas, el fuego del asado. Hace ya muchos días que vamos y venimos. Un soplo apenas y coseché una brisa primaveral a esta altura del mundo. 

jueves, 31 de julio de 2014

Maïa y un enero juntas en París

Querida Maïa mía:
No falta mucho para que nos vayamos juntas a París. Cuando se acabe este año, estaré tocando la puerta de tu casa en Marsella y prepararemos tu maleta para ir a pasear. Un día, frío y ventoso, con toda seguridad, arribaremos a la Gare de Lyon y, después de dejar el equipaje en algún hotel, iremos a Clunny para ver "La Dame et la licorne". Ella me espera siempre que yo viajo y esta vez te conocerá. Te mostraré cómo se sube en puntas de pie, entre peines, espejos y cofres medievales, para entrar en la penumbra de su perfume que invita a conocer y desear. Otro día, tomaremos un RER y jugaremos a ser Marie Antoinette en la Orangerie. Llevo para vos palabras y relatos de otra infancia en el sur, más allá del océano que siempre nos separa y no me deja ser tu tía cada uno de los días que nos tocan vivir. Hablaremos en tu lengua materna y en tu español lleno de erres guturales y deliciosos neologismos que me asaltan el corazón.
Ahora, en este invierno, te digo que me esperes. Pronto salgo para allá.

miércoles, 30 de julio de 2014

De viaje (I)

¿Ir hacia dónde?, dijo.
Y pensó en el gato que sonreía diluido en el aire.
No importa demasiado.
Los aqueos, los francos, los íberos...
Los que habían llegado antes que el imperio hiciera tabla rasa
La cuestión, dijo Humpty, es quien tiene el poder y listo.
Salve, Populi et Senatus Romani.
Más atrás aún: en el tiempo -o en el espacio, que es lo único que aún permanece-
¿Una maleta?
Y como siempre la sangre,  la que está más allá de la mar océana: en el sur.
Ese otro recorrido que son las palabras acumuladas como piedras brillantes en el revés de la memoria.
(Hablaremos en español, Maïa, mientras La dame et la licorne nos mira desde las sombreadas paredes de Clunny. Te contaré cómo se conoce con la percepción y el deseo y comeremos helados en la rivera del Sena aunque haga frío y nieve una y otra vez)
Los mercados, las viejas estaciones, los museos, las calles con sus casas de enfrente, el sol.
Después entre los párpados quedarán flotando las imágenes como una dulce alondra titilante.
No importa demasiado.
Hay dulce agua tibia y verbos que se escurren, disfrazados de trenes.
Oh, sí, claro que sí. En medio de la noche los vagones son cajas de cristal y de luces que parten la hora en dos. Bordean el Mare Nostrum como si fueran agujas para pespuntear.
Háblame del viaje, dijo el gato antes de desaparecer.
Eso hago.
No importa dónde vayas, maulló.
Aunque no lo creas, yo ya partí.
Y cerré la maleta una vez más.

martes, 22 de julio de 2014

Entonces

Cuando me quede sola en medio de la nada y
no haya sol
ni lluvia
y se hayan agotado de una vez las palabras
y no haya relatos
ni tan siquiera una fuente de agua:
entonces, vos estarás conmigo.

sábado, 19 de julio de 2014

Excepto un robo

Por un instante, entre tu mano extendida hacia mi cuerpo y mis pasos hacia atrás para ocultarme, estuvo la mirada; después grité, muy fuerte, tan fuerte como me fue dado, grité que no; pero antes, como si hubiera mediado un siglo en el lapso apretado de unos segundos, estuvo la mirada: nos miramos: vos, que me querías asaltar, y yo, que iba a decir que no; y no puedo evitar volver a esa mirada que hizo humano algo que se adentraba en el camino de la cosificación; porque después no grité no al robo, te lo grité a vos que me habías mirado, que le habías dicho damedamedame a los ojos que iban a mirarte en los tuyos y ya había sido un hecho personal, fuera de una estadística -un caso más-, la mirada nos había individualizado en esa esquina, yo de pie con mi Diccionario de mitología griega y romana de Pierre Grimal en la mano izquierda -que es como decir que en la lotería social estuve del lado de los afortunados- y vos, sobre la moto, delgadito y rubio, con la mano derecha extendida y entonces yo dije no como digo siempre cuando se trata de resistir, y lo debo haber dicho muy fuerte porque recuerdo que me atravesó el cuerpo y me salió por los ojos, tanto que le dijiste al otro que vamos y yo caminé dos pasos hacia atrás y me eché a correr por la calle de tierra, bajo la luz potente de los faroles hasta la esquina y los perros me saltaron en la puerta sin que pudiera embocar la llave en la cerradura hasta que al fin por fin logré entrar y cerrar todo con llave y estaba todavía la mirada, esa marca humana que me dice aún lo que no logro interpretar pero que sé que habla de lo mal que hemos hecho las cosas para que vos me mires así y yo te diga no mirándote a los ojos como si no hubieramos podido hablar de otra manera, como si este mundo nos hubiera descarnado los gestos y nos deja los ojos como piedras y las manos como garras, vos hacia mi cuerpo con su mochilita atrás y yo hacia mi no a tus ganas y, en el medio, como palabras ininteligibles, la mirada... carajo qué mal que lo hemos hecho qué mal.

sábado, 12 de julio de 2014

La cama de mi madre

Estoy de pie junto a su cama. La he retado porque debe hacer reposo y se levanta. Me habla, como siempre, de mi hermano. Me muerdo los labios y juro que no voy a llorar. Esa tarea de no oír lo que busca lastimarme me permite salir del borde de la cama y mirar el paso arrasador de la vejez, que descarna, que destroza, que parte los lazos y desarticula el discurso.  Desde afuera le pregunto a mi corazón, pero él también se ha ido. Pienso qué sentiré el día que ella, que habla ahora de los hijos de mi hermano, se muera. ¿Será la ausencia capaz de limar el abandono y el dolor? Le prometo qué día volveré y pregunto qué desea que le traiga. Veo cómo mis gestos tienen la eficacia de una enfermera profesional y reconozco la estrategia que me permite resistir.

domingo, 6 de julio de 2014

Y la nave va...

Digo las palabras capaces de buscarte cuando el día suelta su último aliento gris. Entre las sílabas se filtra el vapor blanco que corta el aire helado de la tarde. En un rincón de la hora ha dejado de llover y mis letras se sacuden la humedad desprotegida para alcanzarte, secas y perfumadas, en el suave declinar de las estrellas. Dejo las otras que yo soy a la puerta del noche para llegar tan solo con el aroma de los azahares nevados de este invierno. Hay algo de nave transparente en este amor.

viernes, 4 de julio de 2014

Margaux: ha pasado un mes

Margaux es diminuta como un suspiro. Hace un mes me cabía en la palma de una mano; ahora, en dos. Yo le cuento historias cuando estamos solas. A ella le gusta la de una gata pequeña que se desovilla en la puerta de un laberinto hasta que aprende a volar. Ella me explica que los gatos no vuelan y yo le recomiendo una novela en la que uno le enseña a una gaviota.  El problema es que  Margaux aún no sabe leer. A la noche, cuando me baño, ella espera en el borde de  la bañera mientras conversamos sobre lenguas ásperas y gotas de agua. Duerme ovillada en mis rodillas, todavía teme a los pájaros del jardín, aunque es amiga de los perros de la casa. En sus ojos el cielo es un espejo azul. La quiero como si hubiera estado bordada en mi alma desde siempre. Margaux es una dulce flor sobre mi corazón. A las dos nos olvidó nuestra mamá: será por eso que cobijamos ovilladas nuestra orfandad.

jueves, 3 de julio de 2014

Turderaville-Olivos: ida y vuelta

Cada mañana,
pasito a paso,
ando un camino:
con niebla, con lluvia, con frío,
con viento, con sol, con nubes,
con las hojas que caen,
con las hojas que crecen,
salgo de casa.
Tres veces bajo y subo.
Tres veces en 46 kilómetros.
Turderaville/ Olivos.
Todos los días.
En casa duermen hasta las hormigas en sus hormigueros.
Y yo me voy,
silbando bajo para no despertar
ni a los humanos,
ni a los felinos,
ni a los perros que sueñan con su sueño canino,
ni a los pájaros que quedan en sus nidos de plumas,
ni a las moscas azules.
En el camino converso con mi sombra por la calle de tierra.
Saludo:
Buenos días, señor chófer
(porque él espera que yo llegue a la esquina)
Y voy,
con mi mochila repleta de cuadernos y libros.
46 kilómetros la ida.
En invierno es de noche,
en verano de día.
Y cuando el sol comienza a deslizarse por el borde del rojo,
hago 46 kilómetros idénticos:
con la misma mochila,
de Olivos a mi casa,
por el mismo camino,
con los mismos transportes,
con los mismos abrigos,
los mismos pajaritos,
las mismas moscas azules.
Solo yo soy distinta:
He vivido. 

domingo, 22 de junio de 2014

¿Por qué leer?

Alguien me preguntó si hacía otra cosa además de leer. "Claro", dije, "trabajo en esta escuela, cocino,  doy clases, escribo y edito libros de enseñanza de la lengua para niños y adolescentes..." Alguien se rió. "No", me dijo, "eso lo sé. Te pregunto si ves películas, vas al teatro, escuchás música. Eso te pregunto." Me tomé cinco segundos para repasar mi vida de todos los días y me di cuenta de que, además de trabajar en la escuela, cocinar, dar clases, escribir y editar libros de enseñanza de la lengua y la literatura para niños y adolescentes, solo leo. Leo compulsivamente, un libro tras otro, con el cierre de la última hoja de un volumen ya estoy abriendo la primera del siguiente. Y no leo cualquier cosa: solo ficción, lingüística, teoría literaria o didáctica de la lengua. Voy todos los meses a la librería y, mientras otras compran zapatos o perfumes, yo acumulo libros. No veo series, ni películas -algunas muy de vez en cuando-, no se me da por poner música y solo oigo la que ponen otros, pero no le presto atención; entre los cuatro y los veinticuatro bailé, pero ya no; a veces voy al teatro o a un museo: pero el telón de fondo, la representación que nunca cesa, es la lectura.
Durante mucho tiempo, pensé que la lectura me servía para aislarme del mundo cuando este me fastidiaba, cuando algo me incomodaba, cuando deseaba negarlo. Pensaba, entonce,s que los libros me amparaban del dolor y algo de eso sigo creyendo que es verdad. Yo he sido una niña solitaria, con padres absortos en su circunstancia, que era ancha y ajena; pero en la que me involucraron cada vez que les fue posible. En mi cuarto, con la puerta cerrada,  yo leía y escribía cuentos en unos cuadernitos Gloria sin renglones. Eran unos cuentos de hadas bastante parecidos a los que leía. Mi padre, que a veces salía del estupor demente en el que lo encerraba mi madre, me había regalado una edición de los cuentos de Grimm, ilustrada por el checo Jiri Trnka. A mis relatos, escritos con una prolija letra cursiva en tinta azul lavable, los ilustraba con los colores de una caja de pinturtitas Caran D'Ache que también me había regalado mi papá. Y cuando no leía ni escribía, sentaba a mis muñecas en fila y les daba clase, leyéndoles cuentos y explicándoselos por si ellas no hubieran entendido de qué iban los Grimm o los infinitos libros de los que mis progenitores -eso sí- me proveían, Monteiro Lobato entre tantos otros.
Y mientras yo leía, afuera, mi madre se dedicaba a arrojar porcelana,  amenazar con tirarse por la terraza o sumergirse en el agua helada de piscinas transparentes, o  beber frascos enteros de pildoras de colores que eran como collares siniestros que la ahogaban. El resto del día -cuando no era una heroína romántica a punto de suicidio- se la pasaba muda, sin dirigirles ni una mísera palabra a mis pocos años, se dedicaba, prolija y espectacularmente, a alimentarse diariamente con un té y dos galletitas de agua cuando la palabra anorexia todavía no había sido inventada, o se rapaba a tijeretazos mientras el agua de la ducha caía en la desnudez de su cuerpo delgado en la bañera.
Yo, entonces y mucho más tarde, creía que leía para no darme cuenta de que, en su demencia, nunca hubo un momento de fragilidad en que ella me acariciara; creía que leía porque, en los cuentos, las princesas (o sus sustitutas más plebeyas) siempre carecían de madre, pero eran recompensadas en la vida con un príncipe que las quería, y que las hacía reinas y perfectas. Yo creía que la lectura me llevaba lejos del mundo en el que mi madre era lo más parecido que existía a una madre muerta de tanta ausencia y abandono.
Muchas veces me he quedado extasiada en algún transporte público viendo a la gente que lee como en una burbuja fuera del mundo, como si nada existiera. Y esa imagen me permitió, mucho más tarde, darme cuenta de que, además de borrar el mundo culebreante de afuera, la lectura enciende otra cosa: porque la burbuja aisla, pero adentro, si una mira con atención, hay otra realidad hecha con palabras que centellea en la cabeza del que lee.
Los libros me permitieron acallar a mi madre y su locura, claro que sí; pero hicieron algo mucho más importante:  me regalaron universos personales de palabras. Me enseñaron gran parte de lo bueno que sé en la vida (lo doloroso lo aprendí tras tantas soledades y muertes que me fueron cercando), me enseñaron a pensar, a bucear en mí misma, a darme cuenta de que las cosas cambian si uno varía la perspectiva, a que las historias son un bálsamo o un tábano insoportablemente molesto que no te deja dormir en paz, me permitieron tomar decisiones, lanzarme al vacío. Los libros son lo único que llevo siempre conmigo vaya donde vaya. Si me faltaran las personas y yo tuviera un libro podría sobrevivir -triste, pero viva-: no lograría, en cambio, vivir si no tuviera libros. Y sé que si me faltaran, me los fabricaría.
Solo una vez en toda mi existencia, no soporté los libros. Cuando murió Mariano, me llevó tres meses recomponerme para tolerar la lectura. Es tanta la intimidad con la palabra escrita y mi alma estaba tan deshecha que necesitó encarnarse para abrir las páginas de El paciente inglés y leer, allí, lo yo estaba buscando: que la muerte es algo que sucede en tercera persona. Esas palabras, dichas por Anna, me permitieron seguir hablando con él todo el tiempo que no me dio la muerte, llevándoselo en apenas cinco horas. 
Cuando la infancia y sus días sucesivos son un huracán desbocado, solo nos queda aferrarnos a algo para no ser despedidos por los vientos febriles del caos. En mi caso, esa estructura fue la literatura. Así que leer es como respirar, tiene el ritmo del aire que entra y purifica, que recorre la sangre y se lleva lo malo, que acomoda cada cosa en su sitio. Después vinieron las otras pasiones, casi una añadidura: la gramática, los niños, los pizarrones, que no son lo que hago, sino lo que soy, fatalmente, para siempre. Poco lugar me queda para otra cosa que no sean las palabras, el olor de las páginas, la novela que sigue allí mientras los días se retuercen sin sentido aparente hasta que se abre el libro y, en una página cualquiera, arde la frase que le otorga sentido a la espina clavada, a la daga que hiere.
Así que, irremediable y fatalmente, yo soy la que trabajo en una escuela, cocino,  doy clases, escribo y edito libros de enseñanza de la lengua para niños y adolescentes. Y leo. Leo hasta que se me agote la cuerda de la vida.

jueves, 5 de junio de 2014

Turderaville

Pasan las cosas a través de las palabras y se embellecen. 
El árbol amarillo se hace sol y miel hilada si lo digo.
La tierra es fértil oscuridad mojada por la lluvia.
Las palabras construyen la forma en que yo miro, dan carnadura al pliegue, dejan al viento hilachas y memorias que ellas traen y depositan su simiente en esta casa verde que tiembla debajo de las aguas, del fuego, de los aires que pasan de norte a sur como una fresca rosa, cardinal y profunda.
Desde la calle, mi cuarto tiene una luz azul y una pequeña gata ronronea con su motor de sangre. 
Echa chispas su cuerpo ovillado en mis piernas.
El lenguaje es un arco de estrellas en la noche: pura raíz de niebla en que hablamos dos lenguas mezcladas, contundentes. Se difuminan entre sí las palabras como si fueran río de peces, de algas, de medusas terrenas.
Si entro a la cocina huele a casa, a fondo frío de baldosas y chocolate en taza. 
La ropa blanca baila en el filo perfecto del día que ya nace.
Y voy nombrando las cosas para que cobren existencia.
Turderaville levanta su estatura de entre sábanas blancas y cobra movimiento.
Enciendo los elementos que nos llaman.
La gata se despierta con sus ojos azules de mares y de sueños.
Hablo con ella.
La casa brilla como una estrella en medio de la hierba.
La nombro y echa a andar.
Es pura ensoñación.
Es un trazo de sílabas que vuelan.
El mundo es una frase que se dice.
Abro las puertas, salgo: el frío son cristales de nieve que empiezo a dibujar mientras me río.

(Ilustración de Silvano Braido)

domingo, 25 de mayo de 2014

La patria es mayo



   Desde que era muy chica la Revolución de Mayo tuvo un significado muy preciso en mi vida porque lo había tenido en la de mi padre. Mi hermano se llama Mariano en homenaje a Moreno, y mi padre era un admirador incondicional de Juan José Castelli, de manera tal que siempre vi aquel hecho histórico como algo próximo para  recordar desde la emoción de una utopía que había alumbrado a un grupo de hombres que quisieron darle otro destino a lo que todavía no era ni siquiera una patria.
    No sé demasiadas cosas sobre causas o consecuencias de esos hechos, no más que las que sabe el común de la gente; pero siempre me emociona pensar en los seres humanos como capaces de soñar y, sobre todo, de hacer para que esos sueños sean reales. Hombres de pensamiento y de acción a los que los vientos de la Revolución francesa les habían cambiado la cabeza y que salieron a construir un mundo mejor para ellos y para quienes los rodeaban.
   De los relatos de mi papá me queda la imagen de un grupo de intelectuales jóvenes, y algo ciegos en su pasión renovadora,  capaces de  hacer tabla rasa con todo lo instituido para conspirar contra el gobierno colonial. En mi mente infantil cobraban vuelo sus gestos de héroes románticos y sufría con la muerte sospechosa de Moreno –recuerdo el gesto teatral de mi papá diciendo aquella frase “Se necesitó tanta agua para apagar tanto fuego” mientras el cuerpo envenenado de Moreno se hundía para siempre en las frías aguas del océano.  Escucho aún su voz hablando de  la entrega desinteresada de Belgrano, la pasión inflexible de Castelli, la lealtad de Monteagudo, las actitudes de barricada de French y Berutti . En sus relatos ninguno de estos hombres era medido y prudente sino manojos de pasión tumultuosa y poco reflexiva.
    Contaba mi padre que, la noche de 24 de mayo de 1810, Belgrano se había quedado dormido en un sillón mientras sus amigos, en la sala contigua, decidían que era la hora de tomar las armas para que se cumpliera con lo que el pueblo había resuelto. De repente, Belgrano se despertó sobresaltado y entrando en el salón donde los otros discutían, exclamó, con la mano apoyada en la cruz de su espada:  "Juro a la patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la Fortaleza".
    Los años han pasado, a esos cuentos se unen otros muy dolorosos que tiñeron de sangre y miseria nuestra tierra. Y sin embargo cada vez que pienso en la Patria, cada vez que trato de entender qué significa no pienso ni en la bandera ni en el himno ni el ejército de los Andes:  pienso sólo en Mayo. Pienso en esos hombres a escondidas en la Jabonería de Vieytes confabulándose por un mundo mejor y entregando su sangre para hacerlo posible, porque así creo que es: antes y ahora hacer para que el mundo sea mejor para aquellos que nunca tuvieron nada.

 

Perdurabilidad

Los pequeños espacios y los nudos;
la luz en que las cosas se sumergen y renacen,
los colores  veloces contra el vidrio,
el roce de tu mano en mi cuello;
el perfume agazapado en la memoria;
la satinada tersura de una taza;
la voz queda y secreta del recuerdo;
lo que decimos y todos sus reveses de silencio;
la lluvia y sus palabras de agua;
el chocar de los platos;
la ropa desvestida en el lavado;
la risa colada  entre los besos;
la calle de tierra y elregreso;
la madrugada feroz que va hacia el norte;
los ojos de los niños;
la madre que no tuve;
el padre que ya ha muerto;
los sobrinos lejanos como peces;
el hijo que se deja;
 los libros que responden,
las horas en que vuelvo a recordarme;
el amor y su red de maravillas;
los lápices que escriben para que pueda verme;
el jardín y sus nieblas;
la vida interior de cada invierno;
los viajes, las postales, las maletas;
la harina con que amaso:
así de perdurable es el mundo

Del placer de volver sobre uno mismo para aprender

Cada vez que, en un curso, debo evaluar me sucede lo mismo: reparto las hojas y ellos se ponen a trabajar. Yo los miro y sé que suponen que estoy controlando que no hablen, que no se pasen papelitos y todas las cosas que los chicos piensan que hacemos los profesores en el lapso en el que ellos realizan una prueba. Pero no: yo los veo con la cabeza baja, casi pegada la nariz a la hoja, y trato de imaginarme de qué forma resolverán lo que les propongo, qué ansiedades y certezas los atravesarán, qué dificultades saben que podrán sobrepasar y cuáles se les presentan, en principio, como infranqueables.
Muchas veces, en el frente del aula, o trabajando con los alumnos de banco en banco, alguno dice “No entiendo”. Esa frase nos interpela a nosotros, los maestros, que somos la otra parte de ese proceso que se da en cualquier situación de enseñanza- aprendizaje. ¿Cómo puede ser que, si yo enseñé, él no haya aprendido? Suelo pedirles que me digan qué es lo que no entendieron. Y la primera respuesta es: “Nada”, porque, seguramente, esa es la sensación visceral del que no logra aprender lo que le están enseñando. Y cuando una indaga, cuando una dice “Tratá de pensar con precisión qué es lo que no entendiste”, el nudo comienza a deshacerse, porque nos internamos en los hilos sutiles con los que cada uno teje su aprender.
Pero, ¿por qué es importante reflexionar sobre el modo en que se aprende?
La autorreflexión es el ejercicio de interiorización que permite que los sujetos tomen conciencia de sus procesos de aprendizaje, los identifiquen y controlen para regularlos y favorecer el desarrollo de una habilidad que contribuye a su crecimiento no solo como estudiantes; sino -y fundamentalmente- como individuos. El que piensa cómo aprendió, cuánto sabía al empezar, cuánto sabe al terminar, dónde estuvieron sus facilidades, en qué dificultades se atascó definitivamente, podrá disfrutar de lo que hizo, validar sus conocimientos por sí mismo y no por una calificación, planear estrategias, abordar otros caminos para superarse y correr en los tramos en que su ruta esté libre.
Los chicos deben pensarse como aprendices (en el sentido medieval del término que definía al que entraba en un gremio a dar los primeros pasos en un oficio), es decir, como aquel que está aprendiendo algo de lo que seguramente tiene algún conocimiento antes de empezar, saberes que deberá revisar para ver con qué maleta empieza el recorrido, que se trazará él, independientemente de nuestras directivas, las más de las veces demasiado generales y abstractas.
El año pasado, en un 6to año (11 años), trabajamos duro con la estructura de la secuencia descriptiva según la plantea el lingüista Jean-Michel Adam. Al comienzo de la unidad didáctica, los chicos habían escrito descripciones, leído y analizado secuencias en textos, trabajado en profundidad aspectos gramaticales y discursivos, y, al final, les planteé un nuevo trabajo de escritura a partir de las maravillosas imágenes del álbum Emigrantes del australiano Shaun Tan. Se hizo silencio, escribieron, corrigieron solos y en grupos, como solemos hacer, y empezaron a leer. Inmediatamente noté el progreso desde aquellos primeros textos a los que estaban compartiendo. Así que paré la lectura, pregunté si notaban diferencias entre el antes y el después, y les pedí que hicieran una lista de los avances que observaban en su escritura y el porqué de esa mejora: fueron capaces de decir que manejaban la estructura y eso los ayudaba a ordenar sus ideas, que habían dejado de enumerar objetos y usaban conectores espaciales lo cual les permitía organizar las cosas en el espacio descripto, que eran conscientes de los tiempos verbales que podían usar lo cual los hacía dudar menos a la hora de escribir, que sabían utilizar el diccionario de sinónimos de Word y eso los ayudaba a cohesionar mejor el texto, entre otras observaciones. Su registro de lo que habían aprendido les permitió a ellos mismos, por sí solos, validar su aprendizaje; y a mí me puso inmensamente feliz.
Me gusta pensarme como una facilitadora, como una acompañante activa y propiciadora de procesos de autorreflexión en los chicos. Me gusta decirles “Pensá cómo lo hiciste”, “Si das tal respuesta, decime ahora cómo lograste darte cuenta”, “Repasá, hacia atrás, los pasos que caminaste para llegar acá”.
La autorreflexión de los chicos sobre sus formas de aprender, además, me permite a mí misma reflexionar sobre mis formas de enseñar, sobre mis estrategias, sobre mis logros y mis fracasos, sobre lo que debo replantearme para que la experiencia sea gratificante. Esa mirada de todos hacia nuestros procesos cognitivos nos ayuda a reconsiderar lo que hacemos, reafirmar o modificar nuestras propias valoraciones, nuestras concepciones del vínculo didáctico que estamos construyendo, nuestras expectativas sobre nosotros mismos y sobre el otro. Aprendemos a dar y a pedir, y entendemos que nuestro camino hacia el conocimiento necesita de nosotros y, además, de los demás.
Reflexionar sí; pero, también,reconocer al otro, respetar sus tiempos y procesos, saber escucharlo, demostrar interés por sus ideas, señalar con amabilidad, ser exigentes en el cumplimiento de los propósitos a la vez que tolerantes ante la diversidad, comprensivos y, en general, demostrar la pasión que se tiene por lo que se realiza y el afecto por las personas involucradas en el proceso educativo.
Así que valoro, propicio y ejercito la autorreflexión en el proceso de enseñanza-aprendizaje como toma de conciencia de los hechos que ocurren en nosotros (maestros y alumnos) cuando construimos conocimiento, porque solo si pensamos cómo lo hacemos podremos comprenderlo, interpretarlo y buscar la significación y el sentido que tiene para nosotros el saber.
La autorreflexión constituye un importante recurso que favorece el compromiso del sujeto con su aprendizaje y afecta la personalidad en su integridad y, aunque la analicemos como parte de la esfera cognitiva, lo cierto es que la trasciende; ya que se reflexiona con los recursos intelectuales, pero también participan los valores, los sentimientos, las experiencias previas, las vivencias, las emociones, las necesidades, los intereses, y los ideales.
Creo que no hay aventura más emocionante que la de aprender –tengamos la edad que tengamos, somos seres curiosos y ávidos por saber-: ser testigos de la forma en que los chicos se enfrentan consigo mismos y se superan es uno de los regalos más maravillosos de la profesión de enseñar.
Julieta Pinasco, "El placer de volver sobre uno mismo para aprender", 
Revista Tarbut, Número 30, Año X
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