sábado, 25 de junio de 2016

Desperté puro cuerpo y la lluvia

El deseo de la lluvia brilla en la oscuridad como una mano suave que buscar acariciar la superficie retraída del paisaje que canta.
Hay pequeños alivios al pie de los árboles que surcan el camino.
Alondras entre las hojas verdes del invierno que sueña primaveras.
Alondras entre la sal del viento atravesada de lado a lado por una flecha aguda disparada entre horas.
La clara voz se va como una piel sobre la marea de las palabras que cesan su marejada tormentosa para separar el verbo del corazón y dejar que la sangre se amanse, se arremoline y venza al fuego.
La vida vira de lo que quiere a lo que puede y tiembla -certera- sobre sus lágrimas.
Es un saber que sabe que no sabe, pero intenta.
Otra vez más.
De este lado del vidrio, la ventana es un agua profunda donde sumerjo mis animales para que naden libres los días que me faltan.
Los niños de mis sueños han reído con toda su belleza.
Y desperté puro cuerpo y esperando la lluvia

jueves, 23 de junio de 2016

Algo así

Así como que bajen arrabales desde dentro del alma.
Así como que sobre sol, cuando cierro los ojos.
Así como que no haya piedras que taponen los nudos.
Así como que esta noche se salve y se abran de repente, uno a uno, los colmenares que perfuman la luna.
Así como que suba paredes el amor y vea desde arriba las palabras perdidas, como que cese el viento y se vean los peces, como que se arrojen de cabeza los miedos en el piso y la balanza caiga de un lado o del otro, pero caiga.
Así.
Algo así.
O de otra manera.
Pero que sea algo
y yo con ello,
atrapada en la red de la tarde dormida.
Así,                                                                        
bailando en el aire    
la danza de los justos que dice que sea algo.
Algo así.
El germen de otro sueño.
La vigilia del tiempo.
La flor de la belleza.
La falla de mis nombres.
Mi desnudez vestida.
Mi tibio corazón.
Así.
Como si fuera algo.
Algo así.

Móvil de Juliana Bollini

Cosas poco prácticas

(c) Juliana Bollini
Sé pocas cosas y todas poco prácticas. Cualquiera diría que no sirve para mucho atravesar la niebla del otoño con los ojos abiertos, o zurcir amapolas de hojas desgarradas. Quizá tampoco mirar por las ventanas de los trenes el tamaño del tiempo que es la luna o escuchar la piedra que mella las palabras. No sería de puro pragmatismo conocer dónde queda esa calle que es ávida de puertos, o el sitio exacto donde se impide el paso del dolor otra vez, o el aire del amor que dibuja la muerte. Y sin embargo tiemblo como un fósforo en medio de la lluvia y no entiendo por qué.

martes, 21 de junio de 2016

Qué simple es

La suavidad del verbo adelgazado en letras.
La madera que es más sutil que el tiempo.
Los perros que ladran en el alba.
Los corpúsculos brillantes de la nieve.
La tarde del silencio que se abisma.
Los libros del deseo escritos en la luz.
La voz con el borde del abrazo del árbol.
El caballo que se esconde en el viento.
El cantar casi río.
El cuerpo casi carne.
El beso casi fuego.
El amor.

Qué simple es.


El Roca/ Por la tarde

Los pájaros bajan en picada al borde de los vidrios del tren detenido en la estación. El sol llueve sobre los recodos donde la sombra se guarece y busca darle sentido a lo que aún queda escondido en las raíces de los árboles como si fuera un pequeño tesoro, tan diminuto que cabe en un pañuelo plegado. A través del viento envío una palabra porque, a ciencia cierta, creo que no conozco ninguna otra cosa. Todo se resume en esa verdad: cristalina como la gota de oro que el sol sacude ahora que el tren se ha puesto en marcha. Después estiraré la hebra para zurcir la vida con aguja de plata y mis dedales de madera pintada cantarán la melodía que he sabido enseñarles. El tren cruza los bordes mientras cae la tarde, mojada de luz detrás de las ventanas. Se carga de agua el andén de la estación: llueven rayos solares otra vez. 

viernes, 17 de junio de 2016

La amiga

La amiga estacionó el auto en una vuelta, sacó dos tazas con flores de colores  y un termo verde. Al lado, un policía bajó del auto y abrió el baúl. Se ajustó el revólver negro y la caja con las balas. Ella pensó que era justo lo que necesitaba ver: alguien ciñiéndose un arma lista para matar. El resto del paisaje era un plaza fría, el puente para cruzar las vías y una calesita detenida. Miró hacia el frente. El policía cerró el baúl y la amiga sirvió el té. El auto se llenó de un olor fresco y salvaje a té: negro, sin azúcar. Las palabras fueron vertiéndose a la par del líquido: una taza, dos tazas. Pero no se quedaron trabadas en el interior: por la ventana entreabierta las palabras salían y eran pájaros azules desenredándose entre las ramas frías hacia el cielo gris; eran pájaros volando sobre los trenes que iban y venían sin cesar; eran niños que se trepaban a la calesita que comenzaba a girar. Después, cuando ella emprendió el regreso, en el atardecer dorado, las palabras se hicieron lana y la arroparon como un abrigo infinito que le dio calor al cuerpo y entonces al corazón.

sábado, 11 de junio de 2016

Grupo de familia/La herencia del dolor

Antes o después, el dolor siempre tiene herederos.
En estos días había pensado escribir con palabras tan dulces que fueran capaces de mitigar el pasado, como si los días vividos pudieran, si no borrarse,  dejarse limar en sus punzantes asperezas.
Y entonces sucedió.
Dos o tres líneas y cayó esa herencia en la que siempre tengo la forma desgarrada.
La luz severa y sin resquicios para colar la vida.
Buscar consuelo donde hay otra muralla y darse la cabeza con las piedras hasta ver cómo sangra y pensar en las máculas, los signos, los estigmas, la trasnochada sombra.
Un viento blanco que trae la vergüenza de andar pidiendo amor de puerta en puerta y que nadie se abra.
¿Quién corrige la hora de esa fiesta en que éramos niños y supimos mirarnos?
¿Quién vuelve atrás la vida que navega en la letra?
El asesino de las planicies ha muerto hace años.
Y sin embargo acecha en dos o tres palabras.
Ya se ha dañado el día en que pudimos decirnos la suavidad enternecida del recuerdo.
Cada vez el círculo asfixia más a gusto.
Y quedo yo, adentro, pidiéndole a tu sangre que recuerde y que abras tu alma para que el asesino muera de una vez para siempre sin lastimarnos con sus garras de muerto.

viernes, 20 de mayo de 2016

Vos, en tu mesa y yo.

Alrededor del sol damos la cuarta vuelta y se hace tarde la tarde con sus luces carmines delante de la casa. Arde en líquidos tibios el amor que circula por las venas del agua. Vos, en tu mesa y yo, sobre mis libros. Los perros durmiendo vidrio afuera y la gata que corre y juega con su sombra. Es clara vida, de pronto. Como si fuera hilos que se tejen y pasa el aire frío de un otoño que se empecina en apurarse hacia este crudo invierno. La taza de mate cocido, el comentario en esta u otra lengua que habla del amor sin que diga su nombre. Y después esa luz: estrellas diminutas que encienden en la cena, que arropan el sueño, que hacen de resguardo. Yo venía pensando que se sortean vientos y nacen mariposas, que se deshacen nudos y crecen amapolas o anémonas violetas y después las palabras se ovillan en la cama, se duermen en el cuello, detrás de la cabeza y arrullan en su sueño los sueños que tenemos cuando estamos despiertos mientras la casa late como una enredadera en medio de los cristales del silencio con que viene la noche. Así va, comme il faut: un diálogo de pura incertidumbre y bordado en certezas.

miércoles, 18 de mayo de 2016

De calle

En la intemperie
afuera de los odios y la vida
sobre una superficie helada y transparente
en asambleas donde se rompen los pedazos
manantiales de alas desdichadas
con una manta de ojos que no miran
en el borde
sin órganos que entibien
en el despliegue del aire
en el insípido recuerdo de una mesa
con los cuchillos gastados de la muerte
solo
un amor que calla
y los restos humanos que lo rozan
oscuros hacia el suelo
y luego yo
que no termino de decir
y mi esperanza no pasa frío y duerme en una cama y come lo que quiere
abandonamos a la gente y vamos sin volver
en la intemperie
afuera de los odios
y la vida
que cava un horizonte
y se sumerge
para no ver
para hacer fila y espantarse
en la intemperie
donde el camino se bifurca
y se hace negra noche y helada y transparente.

lunes, 16 de mayo de 2016

Doscientos veinticinco días

A esta hora la noche se cerró en sus silencios ensimismados.
La violete, dijo Maïa y, temprano, la imaginé envuelta en gasas con las que oculta el misterio de una niña que comienza a hacerse mujer.
Pequeños aleteos de mariposa contra la línea roja del amanecer.
Ahora el frío trae su bruma polvorienta y mi deseo de la nieve que vuela como luna deshilachada sobre las casas, mientras levanto el cuello de mi abrigo solo para que ocurra otra vez.

acuaticas.blogspot.com

La escuela. Las clases. Los libros. Los chicos. El hijo. El hombre. La casa. Los viajes. Los trenes. Las salsas. Los panes. Las tortas. Las mesas. La novela de Gómez. Y el país, el inmenso país que se cose a tajos y se descose a golpes. Y yo, ahí, junto a los bordes, sin ver mirando, sin llorar a los gritos, sin escribir. Con todas las palabras purulentas pugnando por salir para que vuelva a ser como era antes yo, la escriba de los días infinitos con el alba zurciendo la mañana para que no se caiga ya. Bastante abismo nos inunda como para elegir callar.

domingo, 15 de mayo de 2016

color gris Perla

Algo como una tristeza ha atado el día y nunca supe qué.
El soplo, el abrigo, la claridad dolorida del otoño que se queda dormido con la lluvia.
Un silencio que alguien se dejó abandonado y una soledad con los cristales rajados.
Antes o después los límites descoloridos de las sensaciones
y una ausencia que pregunta dónde está.
Un espejo roto en alguna estación perdida del conurbano en penumbras
debajo de los puentes donde crepita el desastre y la pena.
Qué lento es el amor:
se cansa de que sus ciclones no puedan contra las vacilaciones de las heridas que ya no sangran, pero están aún ardiendo debajo en vendaval.
La infancia es una mano pálida que espera que yo pueda decir esa palabra mágica que despierte pájaros dormidos en la belleza tal vez.
Acaso sea cierto que en este día largo nada puede tener sabor más que a temblor.
Un color gris Perla cae sobre los árboles
y no puedo entender en qué raíz debería buscar.
A veces la dulzura puede tener un rostro cruel.

martes, 22 de marzo de 2016

Fosas/ a 40 años del Golpe militar de 1976

Hemos cavado en el aire,
en el agua que iba corriendo para allá,
en las cucharas de té puestas junto a las tazas.
Hemos cavado en los lápices,
en los renglones perfectos del cuaderno,
en las páginas de los libros abiertos.
Hemos cavado en el fuego,
en la pila de toallas, en las sábanas,
en el espacio ínfimo que queda en un abrazo.
Hemos cavado en las plumas mojadas de los pájaros,
en los pelajes feroces de los perros,
en los dientes agudos de los gatos.
Hemos cavado de pie,
llorando las lágrimas heladas de la ausencia,
riendo la risa de las marchas,
al infinito,
en nuestro mudo cuerpo,
para entender, por fin,
que con vida los arrancaron en el silencio de la noche
para perderlos del hilo de luz que sosteníamos
y ya no están
y la memoria es un farol con que alumbramos aún las bocas del infierno
para que algún día regresen a bailar, cantar, marchar
en andas, en nuestros brazos que se anudan
y los seguimos esperando.

jueves, 21 de enero de 2016

Nómade

Ahora me doy cuenta
de que hay una gramática en estos cuartos que todavía desconozco
de que se me escurre la combinatoria de los sonidos y la forma en que el sol se refleja a las cuatro sobre el ángulo agudo de los vidrios. 
Tengo una vida en tránsito,
un movimiento infinito que carece de todo sustantivo
y no soy yo con tanto verbo sobrándome al costado. 
A esta hora,
a solas en la casa, me deslizo entre palabras todas: hiedra, dichondra, canto, lluvia, raíz, silencio. 
A esta hora, 
a solas en la casa, bebo lenguaje que iré perdiendo a lo largo del año en mi periplo nómade y ausente.
El regador estrella sus gotas contra el muro y las turgentes plantas se las beben. 
Yo me dejo mojar hasta que cambie el día y me vuelva a habitar. 

sábado, 2 de enero de 2016

No hoy

No hoy.
Mermelada no hoy.
Mermelada los demás días.
¿Y los demás días?
Los demás días no hoy.
No mermelada.
No palabras.
No tiempo.
No hierba fresca.
No pájaros.
No agua.
No conejos bailando.
No meriendas de locos.
No reinas rojas.
No hoy.
El tiempo es los demás días.
No hoy

sábado, 26 de diciembre de 2015

Otra vez

Detrás del pico y la pala de la tristeza/ detrás de las hordas de la muerte que llegan a matar/ detrás de las cenizas de un pasado que se hizo erupción/ vendremos para sembrar la vida/ otra vez/otra vez/otra vez/

jueves, 24 de diciembre de 2015

Clara Anahí, la Muerte y el nido de los pájaros

Era la Muerte un hombre ensangrentado, con charreteras y uniforme verde. Clara Anahí no podía saberlo: en su pequeño mundo de leche y de sueños había una mamá que sonreía, una papá alto y flaco, uno que otro tío y una abuela de lentes. No podía saberlo cuando volaron su casa por el aire y Diana la cubría con su alma. No podía saberlo cuando la Muerte se la llevaba en andas. Buenas noches, dijo la Muerte, acá yo soy la dueña del destino: digo y desdigo, hago y decido. Y Clara Anahí se perdió para siempre, en el tiempo y en todos los espacios. A Diana la mataron aquel día terrible de noviembre , a su papá Daniel unos meses más tarde. Y Clara se perdía: ella deseaba regresar a su casa, pero la Muerte se fue comiendo las migas que su abuela le puso mientras decía que es por acá, Clara, es por acá. Y Clara se perdía en su mundo de leche y de sueños. Sin embargo, en el árbol donde anidan los pájaros de los recuerdos, ese que a veces no sabemos ni dónde lo dejamos, había un pájaro papá de anteojos que la seguía llamando es por acá, Clara, es por acá. El pájaro y su pájara mamá de dientes que sonreían habían hecho un nido en una rama. La llamaban y Clara los oía, pero en los sueños las ramas estaban alejadas. Por más que se estiraba no podía tocarlas,  oía los cantos de sus pájaros es por acá, Clara, es por acá y no llegaba. Y un buen día la Muerte se murió entre banderas y mujeres que dieron tantas rondas que volaban campanas, estrellitas y todos las seguían de festejo en festejo: 1, 2, 3, 87, 114, 118, 119. Y Clara, que ya no era una niña de leche y de sueños, un día vio una miga, ya dura de 39 años, y se la puso de pronto en el bolsillo. Y entonces creció tanto que alcanzó la rama esa del nido de sus pájaros y regresó a la casa donde el amor de su abuela todavía esperaba. Y supo que la Muerte ya no estaba con ella: todo fue alegría, abrazos, despertares, recuerdos que volvían, perfumes de bebé al borde de su cuna, una canción perdida y un pueblo que reía porque era el festejo 120 de los que andan zurciendo con su vida la muerte que otros desparraman: los buenos, los que vienen detrás reconstruyendo.  

viernes, 4 de diciembre de 2015

El precio del aceite

mientras la calle se cubre de flores amarillas
yo
me pregunto
cuánto costará el mes próximo
una botella de aceite
pasan los autos
y las flores inician un vuelo de libélulas doradas
una simple botella
otra baldosa que habrá que pensar  en saltar
el cielo celeste de esta madrugada
y el trino hilvanado de los pájaros
el aceite que quién sabe cuánto dinero deberé abonar
el albañil que iba junto a mí en el tren
que verá desde afuera la casa que ayuda a construir
la maestra que se guarda en su casa una moneda para darle al chico que vende chupetines
y yo
el cielo azul
las flores amarillas
y otra vez el aceite
en botella
mientras los autos pasan
y la vida se enrosca como una tapa
sobre los días
repetidos
idénticos
exactos
tres gotas apenas
porque quizá no haya más
amarillas las flores
como el hilo de aceite
que no puede saber cuánto lo tendré que pagar
porque él es
repetido
idéntico
exacto
cambia la luz y cruzo
el mundo debería ser previsible en ciertas circunstancias
para que el albañil, la maestra y yo pudiésemos soñar
que un sinfín de luciérnagas remontan hacia el cielo
y sonreír
como la gente que tiene el mañana debajo de la mano
y no debe pensar en,
por ejemplo,
cuánto le costará una botella de aceite
que solo durará lo que la flor tardó en caer.

sábado, 7 de noviembre de 2015

El cumpleaños de la abuelita URSSula

Los siete de noviembre en mi casa había fiesta.
Yo usaba trenzas y mi madre ponía una torta en la mesa.
Era una torta roja.
Siempre.
Y tenía una hoz y un martillo.
Amarillos.
Siempre.
Mi madre repartía regalos, seguramente envueltos en papeles al tono.
No lo recuerdo.
Y cantábamos una canción que hablaba de los parias de esta tierra que debían unirse.
Yo no entendía bien para el pararse si sentados era bastante más cómodo.
Mi madre nos hablaba de unos niños que llevaban unos pañuelos al cuello y que eran perfectos.
Yo me miraba las medias bajas, los zapatos que a veces chancleteaba, el pensamiento rebelde y pensaba que jamás sería una niña konsomola y estaba, de por vida, expulsada del paraíso que narraba mi madre.
Mis hermanos comían, ajenos a épicos relatos de otros fríos; pero yo me decía que quería ser como Liubka, la de La Joven Guardia, que era bella y le ponía bombas a los alemanes que querían entrar a Stalingrado.
En el cuarto de mis padres, detrás de una pared secreta, estaban las obras completas  de Vladimir Ilich y un cuadrito de Karl Marx que eran como dos abuelos lejanos que pensaban como mis propios padres.
La torta se acababa.
Se lavaban los vasos.
Y yo volvía a los tilos de Belgrano R para encerrarme en el baño y hacer altares a los dioses de Grecia a quienes les pedía milagros personales.
Es que cuando dejaba de ansiar ser una niña soviética se me daba por pensarme vestal de algún templo caído.
Un pequeño detalle distractivo y secreto.
Cosas de niña con trenzas y zapatos chancleta con presilla y botones.
Moría por las películas de Sissi que mi madre  había prohibido.
No era digna de ningún pañuelo rojo y seguro que Stalin me habría expulsado a Siberia.
En mi casa nadie comía niños ni nos manteníamos a fuerza del oro de Moscú.
Mi padre dirigía una empresa que era norteamericana.
Se ve que él tampoco lograba calzarse el mote de pionero.
Mi madre, en cambio, había estado presa por pegarle a un agente pidiendo que los yanquis se fuera de Vietnam, escuchaba a Joan Báez, militaba en la villa que había en Colegiales y admiraba a la Davis.
Ella era pionera desde el exacto día en que pisó este mundo.
Tenía un pequeño problema: se llamaba Luján, como la virgen patria.
Y todo por un siete de noviembre y los parias del mundo que debían estar de pie y sin poder sentarse.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Nieto 118

Ayer cuando puse #118 en mi Facebook pensé qué país el nuestro que una pone un número solito y despojado y los corazones se ponen contentos como si encerrara un prodigio cantarino en sus tres dígitos. Y pensé que a mí no me importaba mucho la militancia anterior o no de los Kirchner en derechos humanos, porque lo que habían hecho era mucho muy importante: los habían transformado en política de Estado y eso -si hubiera sido tan solo eso- para mí valía un aplauso cerrado y de pie. Yo me acuerdo muy, pero muy bien de los años democráticos en que los 24/3 no éramos tantos, en que salir a la calle era con viento en contra, en que se indultaba, se perdonaba, se decía que era necesario pasar de página y que ya estaba, así, sin cárcel ni justicia. Yo me acuerdo recontraclarito y con todos sus detalles. Y ahora pienso en el nieto 118 que vive lejos y al que lo espera una historia dura, difícil porque todos pensamos mucho en los que no están, pero, a mí, a veces se me da por pensar en los efectos de la dictadura sobre los que aún estamos: sobre los que se han ido al exilio y han regresado, sobre los que no se fueron nunca y tuvieron que soportar la soledad y el silencio, sobre los que buscaron y buscan sin resultado y ya no desean vivir con tanta amargura. Porque la pena y la desolación, a veces, no hallan las palabras para cobrar vuelo y se enquistan en el cuerpo y lo enferman. Pienso en el nieto 118 y querría abrazarlo fuerte para que sepa que, más que nunca y pese a todo, no está solo, para que sepa que puede contar con todos los corazones que ayer se pusieron contentos con el prodigio cantarino de sus tres dígitos.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Mi amiga Vera

Vera es suave como una paloma acurrucada. Y es mi amiga. No solo eso, hoy supe que yo también soy su amiga. Ahora que ha comenzado a hablar miramos ilustraciones en mi ipad y conversamos sobre gatos y peces. Por primera vez hemos hojeado juntas un libro de poemas y encontramos en los versos una buena justificación para andar descalzas. Vera mira Paka Paka porque dice que es lindo y me enseñó un dibujo animado de unas marmotas y de una niña que se llama Lila. Le cocino puré y nos sentamos en el jardín a hacer un pic nic. Le gusta que le masajee los pies y se ríe cuando decimos Wanchope a coro. Cuando sea más grande y se anime, vendrá a dormir a mi casa, como suelen hacer las amigas que se quieren. Yo, mientras tanto, siento que las circunstancias de la vida alejaron a mis sobrinos a territorios ultramarinos, pero, en compensación, han dejado en mi corazón la suavidad acurrucada de Vera. 

sábado, 31 de octubre de 2015

¿Por qué voy a votar a Scioli?

Porque escribí libros de Lengua que el Ministerio de Educación repartió gratis en cientos de escuelas públicas.
Porque escuché a una maestra en el Chaco cuando me contaba de una alumna que siempre tenía la netbook enchufada para llevarla cargada a su casa donde no tenía luz y estudiar sin gastarle velas a la madre.
Porque vi, en el sur, a una piba, en medio de la nada, con su netbook conectada a un panel solar estudiando.
Porque tenemos el calendario de vacunas  más completo de Latinoamérica.
Porque se repartieron nueve millones de libros de literatura  para los chicos a lo largo y a lo ancho del país.
Porque tenemos un Centro Cultural bellísimo donde todas las actividades son gratuitas.
Porque los derechos humanos fueron reivindicados como política de Estado.
Porque no creo que Scioli y Macri sean lo mismo: ninguno hará la revolución que soñaron mis padres, es cierto; pero Macri me deja a miles de kilómetros de esa utopía y Scioli, unas pocas estaciones más cerca.
Porque no quiero volver a las noches en que cenaba mi hijo y yo, con mi sueldo de docente, comía las sobras.
Porque no me importan los modales de Cristina: la elegí como presidenta, no para que sea mi amiga.
Porque en estos doce años mi situación personal progresó ya que mi esfuerzo personal se dio en una sociedad que progresaba.
Porque creo que hacer política no es "ayudar" a nadie sino construir entre todos.
Porque el Estado Nacional pagó cada uno de los tramos de mi formación profesional desde que entré a primer grado hasta que egresé de la Universidad de Buenos Aires y tengo una deuda que saldar para que otros puedan estudiar como yo lo hice.
Porque me gusta viajar en tren cada mañana cuando voy y vengo de mi trabajo y que estén limpios y salgan a horario.
Porque quiero poder visitar a mi familia que vive en el exterior una vez cada tanto y no perderme el crecimiento de mis sobrinos.
Porque quiero dejarle una casa a mi hijo ganada con mi trabajo.
Porque lo dijo Rodolfo Walsh en su última carta: los planes económicos que hambrean a los pueblos solo se sostienen con represión y yo no quiero más de esto.
Por todo esto, el 22 de noviembre pondré mi voto por Daniel Scioli, por el Frente para la Victoria.

De los sueños y las casas

¿Qué es un sueño? En principio algo íntimo, personal. Yo sueño, por ejemplo, con comprar un terreno y levantar una casita, pequeña; pero que tenga un patio o un jardín diminuto y enormes ventanas por donde pase el sol. Algo modesto, se entiende; pero que pueda dejar como legado. Ese es mi sueño. 
Y para que sus sueños se hagan realidad (porque de eso se trata) una hace unos números, consulta, diseña, planifica, piensa en las horas y las trabaja sin prisa y sin pausa porque los padres le enseñaron la fuerza del esfuerzo aunque, en este caso, se trate de trabajo intangible, falto de materialidad, pero que conlleva sus horas de cansancio (como todo trabajo).
Pero esa es tan solo la quintita de una, el sueño privado, si se quiere. Para que haya esa casa, el sueño ha de ser colectivo, inserto en otros sueños, plantado en una tierra en la que todos podamos esforzarnos para alcanzar la casa, el pan, el pupitre en la escuela, la vacuna en el brazo. 
Y yo venía andando, digamos que tenía los metros cuadrados del jardín, un par de ventanitas, la puerta, los grifos, los lavabos. Ahora espero con la bronca que llegue el 22 para pensar si mi sueño se queda con baldosa y media o puedo pasar a imaginar el cuarto, el comedor y un patio.
Nada es más simple de pensar que una pequeña casa que vivía en mi alma.
Nada es más simple de pensar que millones de libros que viajaron a manos de unos niños que, por primera vez, leyeron los sueños que encierran las palabras.
Nada es más simple de pensar que una computadora prendida en medio de la pampa, la puna, la selva, la quebrada.
Nada es más simple de pensar que un sueño personal, pero anclado en el sueño de todos, remontando en el cielo. 

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 3

Los balotajes tienen sus meandros, pero con mayor visibilidad ostentan sus meaderos públicos y ostensibles. Es hora de limpiar el baño y pasar a la cocina o hacerse a la idea de que seguirán prometiéndonos cloacas para todos y todas. 

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 2

Caminar con viento a favor es fácil. La cuestión es llegar a destino cuando el huracán sopla en contra. (De pronósticos meteorológicos y otras yerbas)

viernes, 30 de octubre de 2015

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 1

Los saltos al vacío son fascinantes: por algunos segundos te parece que, finalmente, lograste volar.
Pero, en el fondo del precipicio, agazapada, siempre te espera la ley de la gravedad.

Mucho más temprano que más tarde se abrirán las grandes alamedas

En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.
[...]
El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor.
Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.
Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. [...]
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
Salvador Allende, 11 de septiembre de 1973

miércoles, 28 de octubre de 2015

El viento o la veleta

Como el mundo es redondo se aconseja,
no situarse a la izquierda de la izquierda,
pues, por esa pendiente , el distraído
suele quedar de pronto a la derecha.


Se han dado casos. Se repiten tanto
en estos tiempos de confusa urgencia,
que el que quiere cambiar la flor de mano
debe ejercer la ciencia y la paciencia.


Pero no en breves raptos o relámpagos
ni a palos con el águila agorera,
tampoco en conversadas salamancas
de sexo y saxo y de pilosa niebla.


Esas raras maneras del hartazgo
suelen ser distracciones pasajeras,
síntoma tipo de que el ocio endémico
sustituye la historia por la histeria.


¡Hay que ser consecuente con la furia!
Escoger entre el viento o la veleta.


Armando Tejada Gómez

La barbarie, siempre la barbarie

Los civilizados practican la ideología de la desideologización: no sudan, no gritan, no se apasionan. No tienen compañeros: solo saludan vecinos a los que los unen la proximidad geográfica, la medianera, la ligustrina del jardín. En su mundo no hay grietas porque se ocupan de barrer las sobras y las discordancias debajo de la alfombra. Hacen negocios con lo público y denostan la ayuda social porque, desde siempre tuvieron un plato de comida para arrancar el día. Los que no llegan, para ellos, es porque no lo quieren: el mundo siempre fue así y la pobreza es parte constitutiva y normal de lo real.
La barbarie ha andado sola desde que a Mariano Moreno lo hundieron en las aguas y a Castelli le cortaron la lengua. Ha deseado en la oscuridad un mundo mejor. Quizás no sea este, pero se le parece bastante. La barbarie ha sido fusilada, bombardeada y desaparecida por el mundo de la civilización, esa que preconiza la concordia y los buenos modales. Ha sido hambreada, raleada, le prohibieron decir el nombre de sus amores, le dijeron que no tenía capacidad para pensar y le enajenaron derechos para dejarla del otro lado de la educación, la justicia y la salud.
En una tierra tan ancha y tan rica como la nuestra, los civilizados no están dispuestos a perder ni un mísero terrón. En su última y travestida versión saben que el discurso es un arma cargada de futuro (ese que solo desean para ellos, copia del pasado que añoran) y lo han disfrazado de barbarie: son los nuevos civilizados que hablan la lengua de las víctimas y les ofrecen lo que jamás les van a dar: alcanza con volver la vista al feudo donde durante ocho años hicieron lo que saben hacer: endeudar y ajustar. Lo grave es que los bárbaros nos hemos quedado sin palabras y sin palabras no se puede ganar.

lunes, 26 de octubre de 2015

Hay que pasar el invierno

De pronto se acabó el verano.
Y hay -otra vez- que pasar el invierno.
Y volverá a hacer frío,
la sopa será escasa y no habrá gas para calentarla,
y zurciremos el saco que zurcimos hasta hacerlo remiendo,
y no diremos nada sobre nuestra memoria porque estará prohibido,
y se hundirán las tablas que poco a poco habíamos ido levantando.
Hay que pasar el invierno.
No nieva aún,
pero cae una lluvia,
finita,
granizada,
que te taladra las vueltas de la pena.
A la final, vio, se trata de que la vaca se suelta de su atadura
y la conciencia se va con ella.
Es eso.
El pasto de la vereda de enfrente siempre es más verde.
Sobre todo en verano.
Y ahora
que hay que pasar el invierno:
se morirá la vaca de hambre y nosotros con ella.
Otro dolor y ya son incontables.
La escarcha quemará las raíces -por lo visto no eran muy profundas-.
Tiempos de puertas para adentro.
Y el viento que nos arremolina en los pie de página de la historia.
Otra vez.
Desde Mariano Moreno que sucede lo mismo.
Y no voy a llorar.
Desde ese entonces que me aguanto las lágrimas.
Me siento en la puerta de casa a ver pasar las hordas encapuchadas y con guantes de acero.
Parece que festejan lo que yo me aguanto desde entonces.
Es otro invierno que llega.
Hay que pasarlo: guardar reservas, callar silencios, continuar escarbando.
Allá,
en lo inquietante y profundo,
el sol está latiendo todavía.
Hay que encontrarlo y sentarse en la ronda para que pase -pronto, lo más pronto posible- este terrible invierno.
La patria sigue siendo el otro aunque elija que pasemos -otra vez- el invierno.

lunes, 19 de octubre de 2015

Eso no alcanza

Dijo
Y el alma se rompió en astillas que cayeron debajo de los muebles.
Después pasó la escoba
la pala
el trapo
y quedaron las huellas de tanto que no alcanza.
Y a Miguel por doler le dolía el aliento
Pero no alcanzaba
Y eso era tan solo todo,
Miguel,
Con tres heridas: la de la vida, la del amor, la de la muerte. 

domingo, 11 de octubre de 2015

22 de agosto de 1972/ Trelew/ María Antonia Berger

Yo era adolescente, pero es como si fuera hoy. Estábamos en un patio y hacía frío. Las medias tres cuartos y las rodillas desnudas, la bandera a media asta y gritábamos "Presentes". 22 de agosto de 1973: un año de la masacre de Trelew. Un mes después fue el golpe en Chile y empecé a militar; pero, de alguna forma, en el comienzo siempre estuvo Trelew y su memoria en mis rodillas heladas, en ese patio y en  el luto de esa bandera en la mitad del mástil ondeando en un día que yo conservo gris. Y cada vez que llega agosto, vuelvo a ese sitio, vuelvo a ese día. 
Cuando me mudé a Turdera, un día me dijeron que en la calle de tierra, en esa cuadra, esa casa había sido la quinta de los Berger. Allí, María Antonia y sus compañeros habían estado una vez preparando una operación. Cuenta alguien que la casa tenía enormes bibliotecas y que él iba de libro en libro intentando reconocer quiénes vivían allí.  Cada vez que, al amanecer, transito esa tierra, cantan gallos en la casa de María Antonia que ahora está ocupada por otros porque, con seguridad, de la familia Berger no ha de haber quedado nadie para narrar su terrible destino: más de cien militares rodearon la casa de Lavallol  donde vivían su padre, el médico Juan Berger, otro hombre y una mujer. Al padre, de 70 años,  lo fusilaron ante los ojos azorados de los vecinos de la cuadra y  de la madre, también Antonia,  no se sabe nada al día de hoy. Una granada tirada al partir destruyó totalmente lo que quedaba en pie en Lavallol: solo quedaron maderitas y plásticos de tres centímetros dicen los vecinos. María Antonia fue acorralada por una patota de la ESMA en una casa de Capital el 16 de octubre de 1979. Sobre su destino final, hay quienes cuentan que el Grupo de Tareas  levantó su cuerpo para exponerlo en la ESMA; otros, en cambio, relatan que se identificó a los gritos comunicándoles a los militares que la habían cercado que se iba a entregar. Entonces salió de la casa, tiró la pistola delante de la patota que se lanzó sobre ella sin advertir que tenía el cuerpo cubierto por granadas y que, en su último gesto, ella también los hizo desaparecer. 
Ahora es octubre, han pasado ya muchos años: no tengo frío adolescente en las rodillas ni banderas que me enluten a media asta. Pero la casa de María Antonia sigue allí, tal vez aún estén en sus paredes esos libros esperando que alguien los rescate y diga quiénes eran los que vivían en esa quinta, quienes leían en esas páginas, quiénes suspiraban y reían de amor. Y yo escucho los gallos y pienso que nos empeñamos en estirar el tiempo pero que la vida es un círculo que nunca cesa de girar. 

viernes, 2 de octubre de 2015

El agua

Le tengo miedo al agua. En realidad, no al agua exactamente. Le tengo miedo a sumergirme, a no hacer pie, a ahogarme. Es un miedo irracional, que no sé manejar, que me desborda. Necesito que mis pies toquen el piso y que mi cabeza quede fuera, sobre la superficie. Ni hablar de zambullirme y abrir los ojos para volver a ver cómo era allá abajo. Podría argumentar que a los cinco años, en una colonia de vacaciones a la que odiaba ir, me obligaban a meterme en la pileta dos veces al día y que cuando aduje que me dolía la cabeza, los profesores me arrojaron sin piedad a la parte profunda. Aún recuerdo los manotazos por alcanzar el borde y el agua vista por debajo entre la turbulencia de la desesperación. Claro está que no pude superarlo, aunque lo he intentado en numerosas veces. Algún día me rendí a la evidencia de saber nadar, pero solo donde toco el fondo. 
Y a la vez, nada me fascina tanto como el agua: esa ausencia de ruidos, la profundidad mojada y espesa de la luz en los fondos azules, la cadencia adormecedora o feroz del oleaje, su limpio olor clorado, el sabor espeso de sus sales yodadas. Me fascina el agua como un universo imposible y ajeno: sirena inversa que está condenada a sus piernas y ansía sumergirse para que el agua la rodee y contenga, el agua que también es la madre, doblemente fatídica. El agua.
Le tengo miedo al agua: no vaya a ser que muera encerrada en su vientre, antes de ver la luz y liberarme de su abrazo mojado; no vaya a ser que se me llenen los pulmones de peces y me broten corales junto los labios; no vaya a ser que sea  otra pieza encerrada en mi propio acuario; no vaya a ser...

viernes, 11 de septiembre de 2015

Enseñar a leer: del solipsismo al ágora

Nos quieren hacer creer que las nuevas tecnologías y el supuesto manejo que los chicos tienen de las computadoras podrán hacernos prescindir de los maestros, vistos como simples receptáculos de datos que hoy están al alcance de la mano de cualquier chico y en cualquier lugar -dos conceptos discutibles de a uno por vez-.
Esta visión postula un ser humano capaz de abastecerse a sí mismo, encerrado en un cubículo -real o imaginario-, que no necesita nada más que una conexión a Internet para acceder a la información. En esta concepción de la enseñanza, los maestros solo tienen una función que consiste en ser los que faciliten los instrumentos para procesar la información que provee vertiginosamente la sociedad mass media.
Esta mirada -el lado capitalista de la educación- plantea un vínculo entre un producto -la información- y unos consumidores -los niños, adolescentes y jóvenes-, en el que los adultos proveen las herramientas que permiten optimizar el consumo para que no se pierda ni tiempo ni energía que podrían ser productivas y redituables.
En este vínculo "mercantilista" hay un aspecto humano -ideológico per se- que queda soslayado: la educación es una apuesta al progreso como función social. Los maestros, más que nunca hoy, tenemos la inmensa posibilidad de brindar otro modelo -insurgente y revolucionario en los tiempos que corren donde las personas parecen no cotizar en Bolsa-: un modelo que rescate los valores de la comunidad humana de la que formamos parte más allá de nuestras factibles conexiones de Internet. 
Los maestros no tratamos con consumidores -ni de información, golosinas, zapatillas o lo que fuera que es-, interactuamos, a partir de un conocimiento que poseemos, que deseamos transmitir y que nos hablita como tales, con seres humanos en formación. Nuestra actividad lleva en sí la idea del progreso -decimonónico progreso en el que nosotros todavía queremos creer-. Enseñamos, entre otras cosas, a ser parte de una comunidad, en principio de niños (que eso es un aula), de una pequeña sociedad (que eso es la escuela), de un país, de un mundo. Los maestros deberíamos enseñar a convivir, a ser respetuosos, a mirar el pasado no como una piedra que debe superarse sino como una memoria para no dejar de ser quienes somos. Los maestros tenemos la obligación de enseñarles a nuestros chicos que son puntos en la enorme línea de la humanidad, que los antecede un pasado y los compromete un futuro. 
Y, en el medio, enseñamos a comer, a soplarse los mocos, a sobrevivir al dolor del amor. 
En suma enseñamos a leer: las letras que nos hacen humanos y los hechos que nos tocan vivir. Les enseñamos que un libro no es un refugio en el que esconderse para que la realidad no nos queme la carne sino un puente para empezar  a comprender qué hacer entre todos con el fuego para que no nos incendiemos como sociedad. 

domingo, 30 de agosto de 2015

Reinas de Retiro

Son las dueñas de un feudo de diez inodoros y cuatro lavabos y lo administran con un sutil ejercicio de trapo y balde mientras conversan echadas contra un ventanal por donde no entra la luz del amanecer a las siete. Nosotras, ciudadanas de un mundo sin reinas, hacemos fila en la puerta, en el límite exacto del umbral, donde ellas nos autorizan a franquear la frontera y nos indican un número de puerta por donde entrar. Las puertas siempre son dos, aunque hay diez. Eso les permite ejercer el poder en forma discrecional: ni las urgencias, ni los embarazos, ni la vejez, ni los niños hacen subir la cuota de dos que ingresan al grito de "La que sigue" y el número de cubículo al que penetrar. Mientras tanto, ellas se ríen en el ventanal y hablan como monarcas que invisibilizan a sus súbditas momentáneas. No existimos cuando estamos ahí y ellas se cuentan sus secretos a los gritos sin que dejen de ser misteriosas y escondidas. En la mesada de mármol hay un plato para depositar la moneda de la retribución por los favores reales: los baños están limpios y huelen bien. Las rejillas no tienen tapas y a veces los centavos ruedan y se sumergen en las aguas grises y jabonosas que circulan debajo. Nadie las detiene: las reinas no se rebajan a hundir sus manos en las tuberías y las que conformamos las filas tampoco. Todos los días a las 6:50 ingreso con mi caperuza roja y fantaseo con que las dos ya me deben reconocer aunque ningún gesto lo confirme. Pienso con pena que la primavera me despojará de signos cotidianos y volveré a ser una más en los baños de la estación.

martes, 25 de agosto de 2015

Carámbanos

El primer deseo, sí, ese. El primero.
El que estaba allí. Desde antes incluso.
Pero no fue posible.
Y lo doblás: escrito en un papel con tinta azul.
Entonces no sabías escribir.
No importa. Es una historia.
Todos tenemos una. Y un deseo primero.
Hay muchos huecos en el viento por donde sopla el frío. 
No era el inicio perfecto de la vida.
Los niños, solos, se duermen en su cuna.
Y unas estalactitas penden de las barras.
Son como cárceles de hielo sus camitas bordadas.
Dónde escribieron que una madre te ama.
Se expande el miedo sin el límite que le impone el abrazo.
¿Comió?
¿Tiene pañales limpios?
Otra vez en su cuna/ carámbanos de frío. 
Y un deseo primero: dos, tres.
Que te roce esa mano.
La soledad es una zorra que se lleva un queso.
Y vos mirás las uvas.
Y nieva como si fueran días en la cárcel de esa cama de sábanas bordadas. 
No existen las palabras.
Por eso, quizá, te habiten como hormigas, proliferadas, múltiples, calientes.
No hay peor agonía que ese papel doblado y la ausencia de lámparas que cumplan los deseos. 
Eso o la muerte. 

miércoles, 22 de julio de 2015

Nadège

La traje en brazos y asustada. Eligió mi cuarto para refugiarse y desde allí atreverse a un espacio, extraño e inconmensurable. No es una gata niña, como lo fue siempre Margaux: es una gata sabia. Mira el afuera con atención como si estuviera evaluando sus posibilidades de aventurarse en él sin correr riesgos mayores. Es tibia e increíblemente suave; y comunica, sin vaguedades, lo que desea: que le acaricie el vientre, que le acerque mi cara para lamerla, que la oculte en mis brazos, que la deje bajar. Margaux, rechazada por su madre, carecía de anclaje desde dónde poder enfrentar árboles altos o autos asesinos; Nadège busca -con cierta efectividad- que los perros la acepten y jueguen con ella; que Lou se digne a perder su actitud de tía ofendida y estoy segura de que lo logrará. Como fuera, en estos días que, a veces, se nublan y me hacen llorar, Nadège ha venido a ocupar su lugar: yo necesito que me quieran sin cuestionamientos ni reclamos, que me acepten y me desnuden la ternura que allá debo tener, que me miren con confianza y entrega. Las cosas nunca suceden por casualidad y menos que menos el amor. 

sábado, 11 de julio de 2015

Los pasillos.

En estos días -largos y repletos- he pensado en vos.  Ayer, por ejemplo, algo parecido a tu perfume me asaltó al dar la vuelta en un pasillo: doble gancho a la mandíbula y un esfuerzo desesperado de mi parte por quitarte de encima mío.  En otras circunstancias es una puerta entornada y el recuerdo de un patio en Colegiales que podría describir, pero por la cual temo -todavía- asomarme. Hay memorias incómodas, mamá, que una no sabe bien en qué sitio de su conciencia darles alojo. Hay frases que se estiran hasta anudar el cuello de donde seguís tirando. Como fuera que sea, te alojás en un vacío que me resulta insostenible, pero no puedo darte forma: ni a un lado ni al otro te resignás a ocupar tu lugar e ir, lenta, volviéndote humo. La lista roja es infinita: esas escenas de las que soy parte y veo desde afuera, las otras que quise habitar y de las que una y otra vez me expulsás. No es que te extrañe a vos, a vos concreta: tus ojos, tus manos, la espesura liviana de tu cuerpo. Extraño el símbolo porque siempre he carecido de él, porque me hice madre sin tener un punto al que volver los ojos, sin saber. Y ayer, cuando sentí tu aroma quise morir, mamá. Y lo pensé. Porque es tanto el amor que me dejaste huérfano e imposible, derramado en un abismo de silencios, de gestos indiferentes, de heridas insanables que a veces, en los pasillos, no sé bien para qué lado escapar. 

jueves, 9 de julio de 2015

9 de julio: de cómo me aventuré en el terreno de la escritura.

Cuando yo era chica, el agua de los cordones se escarchaba. Los 9 de julio, en la escuela pública a la que iba, había acto. Clarisa, que fue como una mamá que trabajaba en mi casa y nos cuidaba mucho, me planchaba el guardapolvo con tablas y la cinta azul, me mandaba a lustrar los zapatos negros con presilla  y me acomodaba -como podía- el desorden de rulos detrás de una vincha blanca. Yo me iba con mi papá al acto; porque él siempre estaba en la Cooperadora de la escuela, y, después de la conmemoración, ayudaba a servir chocolate caliente y a repartir alfajores. Yo pasaba de la leche porque la nata me daba asco; y guardaba el alfajor para mi hermano más chico, Pablo, que moría por los de dulce de leche. Me ponía en la fila, le pasaba el vaso de chocolate a algún varón deseoso y metía el alfajor en el bolsillo para Pablo. 
En los actos siempre me tocaba actuar: supe hacer de naranja del Mono Liso, de flor en otra de la Walsh, de Remedios de Escalada... pero seguro que el 9 de julio no hacía de nada porque, en la jura de nuestra independencia, no hubo mujeres, digo, ese día exacto, porque lo que es antes, cuando tuvimos que cargarnos al reino sí las hubo y muy valientes; pero en el gobierno de Onganía , si bien no lo recuerdo, nadie debe haber exaltado a las revolucionarias de la patria. En aquel momento la patria era cosa de hombres de mármol, hombres bien machos se entiende.  
Nunca fui abanderada: era desprolija, cuestionadora, discutía con la maestra lo que callaba en casa, me peleaba a los golpes con los varones; pero siempre me hacían escribir y decir los discursos. Recuerdo que, en esos años, en que empezaba a remontar el río del lenguaje, revisaba los libros de historia de mi casa y armaba, sobre la hoja en blanco, collages de palabras que no eran mías, combinaba un poco de acá y otro de allá hasta que el texto decía lo que yo quería que dijera. Así aprendí a escribir y empezó a interesarme la historia. Como eran esos años que iban entre 1965 y 1971, los actos se morían en San Martín y no sé nada de lo que vino después: ni Rosas, ni Urquiza, ni los caudillos. En mi casa eran comunistas, así que había libros de historia argentina de Ponce y otros que no me acuerdo, y esas eran las cosas que yo decía en la escuela. Es una pena que nadie guardara esos papeles: me hubiera gustado conservarlos. Lo que sí recuerdo era el enorme placer que me causaba combinar los fragmentos hasta que los zurcidos entre uno y otro texto se hacían invisibles. Cuando terminaba de leerlos en público y aplaudían yo sentía que estaba cometiendo un ilícito, que esos aplausos no me pertenecían, pero, a la vez,  me sabía buena "mentidora". Quizá entonces me estaba recibiendo de escritora que es lo mismo que decir fingidora porque qué es la literatura si no la mejor de las imposturas por medio del lenguaje. 
Después, muchos años más tarde, cuando yo ya había recibido mi título en una Universidad ensangrentada y muerta, vino Gerard Genette y me calmó la conciencia intertextualmente. Para ese entonces yo ya había llenado muchos cuadernos -que tiré un día de locura- con textos solo míos, que no había pegoteado de nadie; aunque, en realidad, todos escribimos desde nuestras lecturas y nos la pasamos recortando y pegando desde esas memorias que nos alimentan y nos han alimentado. 
Hoy, ya nadie me pone una vincha blanca y los zapatos que lustro no tienen presillas ni botones, mi papá no me lleva de la mano y a mi hermano, cada vez que viajo, le llevo tapas de empanadas. Sigo sin ser abanderada, pero ya soy prolija aunque atropellada, me mantengo cuestionadora, discuto acaloradamente, pero no blando reglas como espadas sobre las cabezas de mis compañeros; nadie me manda a dirección adonde voy sola para trabajar con un equipo que me acepta y me tolera con todo lo bueno y malo que poseo. En la escuela sigo escribiendo discursos y, como dice Jaguit, mi compañera de oficina, "te mando esto que redacté, hacé tu magia y ponelo lindo". A mí me gusta pensar que mis palabras hacen magia porque me habitan desde siempre y han sido mi posibilidad de supervivencia cuando los años se hicieron oscuros, adentro y afuera: no he tenido una vida sencilla y luminosa; pero rescato de ella pocas cosas: mi padre, mis hermanos, mi hijo, algunos amigos, un par escaso de hombres de los que supe elegir y las palabras, siempre las palabras: las mías, las de los otros, en suma, las palabras. 

miércoles, 1 de julio de 2015

El horizonte

Yo, Kublai Khan, llevo ya muchos años de caminar arriba de un abismo, de ver las piedras como dagas con sus puntas de vidrio y seguir, de hilar una sangre tortuosa que pone el corazón como una oscura fiera encima de la mano, de pensar que ahora me asaltará la muerte en medio de mi vientre y barrerá con todo dejándome perdida en medio de un desierto hecho de sal y fuegos. Y sin embargo he andado un día y otro día y uno más, casi arrastrando un cuerpo que ya no tiene ni siquiera una sombra con que ampararse en las tardes sedientas. He andado porque supe, intuí, lo soñé, que hay un horizonte donde crecen dos álamos de plata y allí estarán aquellos que he amado para abrazarme y compensar las penas con que anduve cargando los años de la vida que me tocó arrastrarme solo para llegar y ver que hay un círculo de agua en donde hacen abluciones las alondras y yo estaré allí para mojar lo que quede del cuerpo. Después.

martes, 30 de junio de 2015

Mañanas de tren

Tomo el de las 7:05. La estación es una ballena negra de hierro y por sus venas corren las formaciones iluminadas como serpientes de calor. Camino por el andén dejando atrás las boleterías, los bares en penumbras donde despachan un café tortuoso y las librerías cerradas a esta hora. Meto la mano en mi bolso y saco un paquete plateado con un sándwich de queso que mastico como si fuera el día que comienza. Los vagones azules huyen hacia un punto de fuga y me resisto a ser devorada antes del penúltimo vagón. Del sandwichito ya no queda nada cuando me siento y abro el termo de café. El tren arranca. Por la ventana derecha -a como sale el tren- el cielo es una banda roja donde los pájaros se sumergen en la sangre del sol. Si miro el otro lado, en la oscuridad veo otros vagones en otras vías como casa encendidas en la oscuridad. Pongo la radio y dejo que las noticias se lleguen hasta mí. Suave despierto al mundo una vez más. La ciudad se va llenando de ventanas amarillas y autos de ojos rojizos. Pienso en los rostros dormidos, los lechos perfumados y calientes, los gatos ovillados a los pies. Y van pasando las estaciones como si fueran fugaces pensamientos a la espera de la hora exacta para salir. Bebo la última gota de café y me levanto para bajar. Las puertas se abren y exhalan su calor. Desciendo,  me arropo y miro el tren partir.

lunes, 29 de junio de 2015

Planes

Soplaré hasta que quede libre el suelo de basuras (lo que intento decir es simple y literal: el barro, los residuos, las miradas perdidas, las palabras no dichas, los gestos suspendidos, el perdón que no dijo, el dolor y la herida). Después estiraré los brazos y volaré muy lejos, liviana y en el viento. Solo eso. 

martes, 16 de junio de 2015

Nunca fui peronista


El invierno. Hay que pasar el invierno. Y más si trae sangre.
Hay que pasar la muerte que viene desde el cielo como una peste bíblica. 
Y los muertos regados, tristes flores sin sus raíces ciertas.
Los brigadieres tiraron sus aviones y su lluvia de fuego.
Y cayeron los pájaros como si fueran piedras.
Y la gente corría atravesada por la lluvia de bronce, por la luz de las balas.
Después -siempre hay un después cuando cae la muerte- no había quién llevara la cuenta: 
¿Mil cabezas deshechas?
¿Cien docenas de piernas?
¿Dos millones de venas?
Hay que pasar el invierno. Y en las tierras del miedo dura la muerte infinitos solsticios antes de fugarse del ruedo. No alcanzan las alfombras para ocultar la mugre que rueda como una sombra insomne en la Plaza en que brota la sangre.
Esta es la historia.
Yo no soy peronista: tan solo sé quién ha puesto los cuerpos, quién traspasó el invierno, quién se hizo primavera aquel día de junio. 

jueves, 11 de junio de 2015

Pastelitos de manzana

Puede ser que ahora esté lloviendo. La verdad, no lo sé. Allá y acá son sitios tan distintos como un otro y un yo. Lo que sucede o sucedió es un dato intransferible que cubrimos con palabras para que el verbo sea un puente y alivie, al menos, lo inevitable del dolor. Como cada vez yo estoy -acá o allá-: a eso se resume haber parido, a dejar los pastelitos de manzana para una próxima vez.

martes, 2 de junio de 2015

Mi familia

Tengo una familia pequeña:
Un padre que ya ha muerto.
Un hijo que es carne de mi alma.
Unos hermanos lejos.
Unos sobrinos que amansan mi dureza.
Ellos tejen el abrigo con que yo miro el mundo. 

sábado, 23 de mayo de 2015

Clase de costura

Un pájaro se ha posado en el borde de las horas.
Enhebro la aguja con un hilo de sangre y la penetro en la masa compacta de la tela hasta el final.
El hilo pasa.
El pájaro se acomoda y deja salir su caja de sonidos como un torrente precipitándose hacia las hojas amarillas.
Ya no quedan más verdes, pero el pájaro suda un rocío turquesa en su pecho de fuego.
La aguja entra otra vez en la tela: emerge con su punta de acero y el hilo como una frágil vena por detrás.
Una puntada y el pájaro que canta como si solamente fuera un gorjeo de luces y de sombras, un corazón batiendo sobre la tela apresurado, un animal que cabe en un dedal.
Da unos saltos apenas, casi unos saltos, un respirar y la aguja que rasga la superficie hasta que queda su cola de algodón que pasa y vuelve y pasa y vuelve como la música del ave que se acerca y se aleja según la lleve el aire sobre las hojas doradas del otoño que no se anima a ser.
El hilo se vierte sobre la tela en pasos diminutos: saltos también de una aguja que asoma su cabeza y se sumerge y el hilo la acompaña atravesando la tela como si fuera la lluvia que no llega, que no moja la tierra, que no despierta olores, que no enciende el oxígeno con su furia de verdes, el tiempo que se va.
Anudo el hilo por el revés del paño y lo corto a dentelladas limpias y calientes.
Ha quedado una flor de sangre sobre la tela blanca, un hachazo de rojos, de pespuntes, de cruces, de algodones en llamas.
El pájaro desciende. Se posa en ella y se larga a llover sobre sus plumas festoneadas mientras su canto de aguja dibuja las gotas sobre la tela que se moja de luz.

jueves, 21 de mayo de 2015

Carta a una señorita en Marsella /4

Mi querida Maïa:
He estado pensando que las familias tienen historias que se pasan de boca en boca. He estado pensando que estamos lejos, pero que eso no significa que vos no puedas escucharlas y aprenderlas. He estado pensando que las historias familiares son las que nos permiten elegir quiénes queremos ser  ya sea porque las creemos y repetimos o porque las rechazamos y preferimos cambiarlas. Como fuera que vos resuelvas hacer, voy a contarte lo que yo sé de  nuestra historia. Es,  como todos, un relato parcial. Tu papá, si hubiera prestado atención, habría podido completarlo; pero estuvo atento a otras cosas (y lo bien que hizo);  así que  solo sabrás lo que te diga yo. Algún día vos se lo contarás a tu manera a tus hijos y el relato de nuestra familia perdurará en el tiempo. 
Los Pinasco, aunque vos no te lo puedas imaginar, venimos de un lugar que está mucho más cerca de Marsella que de Buenos Aires. Tu tatarabuelo Lorenzo Pinasco nació en Cogorno, Italia, a escasos kilómetros hacia el este de donde vos estás leyendo esto. Mi papá (que era tu abuelo) dice que era un italiano muy rubio y de ojos muy claros, que tenía un bigote enrulado en las puntas y que para que no se le desplanchara al dormir, se ponía un trapo atado en la nuca que lo mantenía en su sitio.
Bueno, por hoy, ya fue mucho.
Hasta la próxima, Maiushkina.
Te extraño hasta todos los cielos y espero volver a viajar prontísimo.
La tía. 

martes, 19 de mayo de 2015

Querido Julián

¿Qué hacés, pibe?
No sabés lo que te estás perdiendo.
Sí, es cierto, pasaron tantos años, tantos miles de años desde que te sacaron de ese lugar y te tiraron al mar creyendo que te borraban para todos los días que quedaban en el mundo.
¿Habrás podido mirar alguna vez afuera, por esa ventanita, para olvidar que tenías tan solo dieciocho y que mis dieciséis te buscaban sin poder dar con vos?
Hoy, cuando miraba estas fotos, me imaginé que ellos nunca supusieron que, al arrojarte de ese avión, vos ibas a cubrirte de canto para volver a posarte, bajo la lluvia de hoy, y gritar, con esa voz que ahora se me antoja tan pequeña, quizá porque he alcanzado una edad en que podría ser tu madre, pero no.
¿La viste, no?
¿Viste a las madres amigas de tu madre que se murió de pena porque eran otros tiempos y nadie las oía?
¿Las viste andar por esos edificios que pudrieron tu cuerpo nuevecito?
Che, ¿eras vos, no? ¿Eras el que cantaba en la primera fila?
Lo sabía, Julián.
Siempre lo supe. Solo faltaba que pasara el tiempo, que los pibes volvieran, que cantaran saltando como antes nosotros.
¿Viste, Julián?
No todo tiempo pasado fue mejor.
Volviste.
Nunca te vieron volar desde el avión con tus alas de pájaro y no caer.
Ahora tenés un nido donde fuiste tan muerto, tan dolorosamente matado, tan tristemente torturado de miserias.
Y ahora estás ahí, yo lo sabía desde antes, pero esperé. Quería que fuera una sorpresa.
Mañana, y pasado y todos los días en que pase con el tren, dale, asomate un poco y saludame.
Voy en el segundo vagón, me vas a reconocer tan fácil: sigo siendo tu novia de solo dieciséis.


viernes, 1 de mayo de 2015

La escuela: entre la jaula y la nada

Este enero, en Marsella, iba con Maïa por la Rue Saint-Benedict a buscar a Owotchitchi a su guardería y le pregunté:
-Y hoy, ¿qué hiciste en la escuela?
-Nada. No hicimos nada.
Como tantas otras veces, esa respuesta me sobresalta siempre. De 8 a 16, nada. ¿Nada de nada o nada que resulte significativo entonces es lo mismo que dejar pasar las horas hasta que suene la hora de la Liberación (así con mayúscula y en Francia)? Nada.
Después, preguntando un poco, la nada se había compuesto de algunas cuentas, las batallas de Napoleón y un cuento  que había leído la maestra y que la había puesto un poco triste.
A esta imagen se superpone otra, en Barcelona, camino al parque Güel, por una cuesta, justo al salir de la avenida y un día sábado soleado. Una escuela, silenciosa y cerrada, con altas rejas que se doblaban perpendicularmente en una especie de jaula alta que, supongo impediría salir las pelotas en el recreo -y los niños en esas horas de nada, agrego-.
Se ve que, mientras viajo, yo no puedo dejar de ver lo que me sostiene y me convoca: los niños, el aprendizaje y la escuela. Como si no hubiera otro paisaje para mí, vaya donde vaya.
Muchas escuelas son lugares foucaultianos de encierro, ámbitos con paredes pintadas de colores apagados, con aulas pequeñas con -a veces- alguna que otra ventana, con patios sin plantas -los niños las estropearían con sus pelotazos-, donde circular es dar vueltas como un perro para morderse la cola, en los que no se puede correr porque nos lastimaríamos ya que los pasillos son estrechos y mejor que no llueva...entonces techemos el patio porque quién aguanta a los niños si no pueden salir a los patios. 
Hay escuelas bellas, claro que sí y debe haber -supongo- ordenanzas municipales que reglen la relación entre lo descubierto y lo cubierto en sus diseños, escuelas a las que los chicos acuden gustosos, pintadas aunque solo fuera de blanco, con espacios para que dibujen en las paredes o en las baldosas o se sienten a leer al sol o corran sin que nadie los detenga. Lo sé porque la mía es una de esas. Pero son escasas.
Y si al ámbito decadente y carcelario sumamos esa sensación que los chicos tienen y que se resumen en "nada" no nos queda ni una experiencia vital para alegrarnos. 
Alguien dijo una vez que si un médico de 1700 llegara a una sala de operaciones de 2015 no sabría qué hacer; pero si lo hiciera un maestro de la misma época vería que, en incontables oportunidades, seguimos haciendo las mismas cosas, sentándonos en el mismo orden, parándonos en idénticos lugares aunque, a veces, los chicos escriban o lean en pantallas. 
Cada día estoy más convencida de que no es casual que mi cerebro conecte ambas cosas: los espacios y las actividades. Siento que deberíamos revolucionar la educación para que sea un ámbito de descubrimiento y alegría, de colores y saberes, como en aquel poema, "Tarea escolar", de Prevert:
Dos y dos son cuatro
Cuatro y cuatro ocho
Ocho y ocho dieciséis…
¡Repitan! Dice el maestro
Dos y dos son cuatro
Cuatro y cuatro ocho
Ocho y ocho dieciséis.
Pero el pájaro lira
Pasa por el cielo
El niño lo ve
El niño lo oye
El niño lo llama:
¡Sálvame
Juega conmigo
Pajarito!
Entonces el pájaro desciende
Y juega con el niño.
Dos y dos son cuatro…
¡Repitan! Dice el maestro
Y el niño juega
El pájaro juega con él…
Cuatro y cuatro ocho
Ocho y ocho dieciséis
Y dieciséis y dieciséis, ¿cuánto es?
Dieciséis y dieciséis son nada
Y mucho menos 
De ninguna manera
Treinta y dos
Y sigue la ronda.
El niño ha escondido al pájaro
En su pupitre
Y todos los niños 
escuchan su canto
y todos los niños
escuchan su música
y ocho y ocho desfilan a su vez
y cuatro y cuatro y dos y dos
desfilan a su vez
y uno y uno desfilan también.
Y el pájaro lira juega
Y el niño canta
Y el profesor grita:
¡Cuándo terminarán de hacer payasadas!
Pero los demás niños
Escuchan la música
Y las paredes de la clase
Se desploman tranquilamente.
Y los vidrios vuelven a ser arena
La tinta vuelve a ser agua
Los pupitres vuelven a ser árboles
La tiza vuelve a ser acantilado
Y el portaplumas vuelve a ser pájaro.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...