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Mostrando entradas de diciembre, 2000

La gare

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Las estaciones tienen hangares altísimos donde anidan palomas y gorriones, y el humo de las locomotoras viejas se mete en sus nidos y los ahuyenta en vuelo gris sobre las formaciones.
Son tristes los andenes en el mes de diciembre: afuera el agua de la lluvia moja los vagones vacíos que parten en Nochebuena hacia ninguna parte y queda vacío todo.
Alguien a mi lado murmura joeux noël pour tous y yo tengo deseos de llorar mientras Horacio me abraza como si fuera mi papá y mis pies quedan a diez centímetros del suelo, después me deposita en brazos de su mujer y le digo que el perfume se llama Nina Ricci, es rojo y viene en un frasco que es una manzanita. Huelo a pochoclo que no existe en París, a caramelo dorado, a plaza el domingo a la tarde.
Los trenes se deslizan por sus caminos de hierro y mi pañuelo de seda negro sale volando con el viento entre las palomas y los gorriones en estampida. Vuela solo por el cielo gris y lo pierdo para siempre: mi pañuelo negro con sus guardas blancas que …

La cuadra vacía

No hay nadie en la cuadra
y París queda lejos, y más lejos aún quedan los cátaros quemados a ambos lados de unos Pirineos nevados que yo no debía ver esta vez.
Compramos unas botas y me dijiste que, cuando hacía scons, me amabas, me reí y te ofendiste; mientras la gente en el shopping se anudaba las bufandas de lana porque era julio y yo cumplía años.
Después nunca más nos volvimos a ver.
Miento.
Hubo un día de octubre o noviembre en que cocinaste para mí.
Y después, entonces sí, no nos volvimos a ver.
Algún que otro encuentro furtivo y veloz que no supo a nada, y la vida se fue pasando como una canilla que pierde.
En cierta casa hay unos niños encerrados que entonan villancicos para ser felices y una madrastra de largas uñas rojas agita una campana dorada cuando cambian de compás.
Nadie sabe las canciones que yo sabía.
Nadie sabe las palabras que yo decía.
Nadie sabe los colores que yo recuerdo a cada hora: amaneceres naranjas y verdes en Areco o en San Pedro, es igual, y la rut…

Declinación

Los machos cabríos son como los diablos cojuelos
aparecen en las bacanales y en el carnaval
cuando una menos los espera
pero jamás
cuando se los desea
o se los necesita
o cuando no se quiere estar sola.
Estoy cansada de necesitar
compañía
cuidado maternal de las manos de un hombre.
Mónica Volonteri, "Poema épico I: Máximo Gómez bajando"

A todas las horas de los días que pasan y van pasando estoy como la tarde: declinando.
Y ya me harté de los ejercicios que me proponen las lenguas muertas.
Vir stultus.
De todo lo que pedí -que siempre fue exiguo - nada me diste
y vos, el que dijiste en las tardes de algún febrero no sé qué obviedades que no puedo recordar aun con esfuerzo, vos te llamaste a silencio como las campanas luctuosas que evoca Cecilia de su infancia perdida en Chajarí.
Y voy como la tarde declinando.
Virum stultum
Oh, Dios, qué lejos quedan las serpentinas y el cotillón perfumado de las fiestas de noviembre:
sumergido en frascos que nunca alojaron ninguna germinación.
Por…