domingo, 30 de diciembre de 2007

Feliz Año Nuevo


El más bello de los mares
es aquel que no hemos visto.
La más linda criatura
todavía no ha nacido.
Nuestros días más hermosos
aún no los hemos vivido.
Y lo mejor de todo aquello que tengo que decirte
todavía no lo he dicho.

Nazim Hikmet (1902-1965)

viernes, 28 de diciembre de 2007

Ya es bastante

El mundo se hace manso, un lugar accesible en donde algunos están como se puede lo cual no implica resignación sino aceptación de la realidad en toda su hondura. Quieras o no, hemos llegado a un sitio desde el cual se observa el panorama y, francamente, no es peor de lo que suponías. Ni tampoco mejor. Simplemente es y eso ya es bastante. Ahora cantan lejanas voces sefardíes en mi computadora y la sencillez tiene forma de estrella que puede comprenderse. Casi está a punto de largarse a llover. El año se prolonga para empezar a acabar. No fue tan malo, pese a todo. Claro que no.

domingo, 23 de diciembre de 2007

23 de diciembre de 2007

13 de setiembre de 2007

Mi ciruela

Se ha cumplido el tiempo. De un viaje a San Pedro, a falta de un naranjo (¡cuánto deseaba yo esos azahares...!), traje un ciruelo. Pasó la primera primavera y allí estuvo, mudo en mudez de árbol. Al despuntar el próximo septiembre, después de un frío invierno que nos trajo hasta nieve, se llenó de flores blancas. No eran azahares, sino dimuntas flores blancas de textura nipona. Cayeron los pétalos y seis capullos se transformaron en botones muy verdes que fue el sol morando en un color púrpura. Ayer, el viento volcó una Santa Rita y en su vuelo arrasó una ciruela de las seis que pendían madurándose al sol de diciembre. La bajé y la coloqué en una canasta como si fuera una niña prematura. Ahora, en el silencio y la frescura de este atardecer prenavideño, bajo el cielo que se vuelve él también una fruta morada y suave, he procedido a comerla y su jugo chorreo ácido entre mis dedos. Es mi ciruela, la de mi árbol, la de mis flores de cuadro japonés, la de mis subidas a la terraza para verla madurándose al sol, mi ciruela, la única ciruela sobre la faz del mundo que fue mía y la regué, la aboné, la cuidé, mi ciruela de macetón porteño y su jugo era dulce y sabroso y su carne, una explosión de turgencias violetas. Mi perfecta ciruela de un anochecer de diciembre: la primera, la única que tal vez recordaré. Ella es mi Combray.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Así


Así.
Era así.
Así sobrevivimos,
así nos construimos un refugio,
así, bajo los árboles;
así fuimos felices en medio del naufragio;
así estaba fácil;
así era sencillo.
No había mucho más,
excepto el mar quer rugía a lo lejos
y nuestra madre que limpiaba esa casa para ordenar los monstruos de pico blanco que la acechaban en sus vuelos fatídicos.
No había mucho más,
excepto mis manos abrazándolos
y nuestro padre que ponía su orden obsesivo para no irse dejándonos huérfanos de todo puerto.
No había mucho más.
Así,
como troncos desnudos;
así,
como fragmentos de pasados;
y mis manos
-tan iguales a estas-
cuidándolos,
para que no muramos despeñados en el fango;
así,
como caracolas de niebla en medio del destello furioso de la selva;
así,
adosados al muro que era una línea estable que perduraba idéntica a sí misma;
así...
El tronco se abre en ramas
y, hermanos,
amados hermanos,
yo los sostengo.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Mamá era un hada


Mamá tenía alitas de hueso en la espalda.
Unas alitas tejidas con traslúcidos filamentos de calcio que la llevaban lejos,
a un territorio donde había silencios impenetrables como la selva
y cerrados como las noches oscuras de Finlandia.
Mamá era un hada escondida
en el secreto de su locura sorpresiva
y sabía hacer flotar violentas las vajillas
o abrir ventanas para iniciar un vuelo
o sumergirse en aguas azules en las que decía no saber nadar
o apurar frascos de venenos oscuros.
Las alas de mamá eran diminutas a veces,
pegaditas por capas de piel para disimular;
pero otras se abrían hasta taparlo todo,
inclusive el mismo sol.
Mamá tenía vestidos largos que nunca usaba,
collares de colores que jamás se ponía,
zapatos de tacones que siempre ocultaba.
Mamá no cocinaba,
no me llevaba a la plaza,
no me despertaba con tostadas;
mamá no cosía,
no bordaba,
no abría puertas que dieran a otros juegos,
porque ella era un hada
y las hadas deben descansar en dedales,
beber jugo de amapolas,
y dormir en medio del silencio de bosques de jazmines.
Mamá tenía alitas de hueso en la espalda.
Yo todavía se las veo.

martes, 18 de diciembre de 2007

Los títeres de mi papá


A quince años de tu muerte, papá.

Nadie habla

Hilos peregrinos de agua se sostienen como delicadas telarañas entre las hojas
y se filtran, lejanos, hasta caer en la tierra negra.
Recuerdo las alas de hueso de mi madre,
la magia terrorífica de su locura
y el vendaval incomprensible de su amor posterior.
Nadie habla.
La casa está sola en las primeras horas
aunque camine con pasos sigilosos entre las ranuras de la madera
y beba vasos de un líquido helado y verde.
Nadie habla.
Yo llevo una mordaza de tul bordado con lentejuelas amarillas
y evito los verbos que comienzan con "a".
Después llegan los textos escritos en hojas de nácar
y la pluma se desliza con su vuelo de piedra,
pero
nadie habla.
Mi padre construía ríos de plomo y tenía los ojos claros en el amanecer.
Al silencio habitual se le suma el repiqueteo de las gotas
como perfectas campanas de cristal azul.
Hay naranjas en las esquinas de las ventanas que dan al patio.
Sólo rumores de labios inmóviles y jabones de jazmín.
Mi hermano tiene ojos tristes en medio de su indefinida bondad.
Mi otro hermano es un caramelo ácido y huele a mar a la puesta del sol.
La aurora tiene dedos lilas y pálidos,
pero nadie habla.
Mis pies deambulan en la casa sola
y tocan los escalones que llevan a la terraza por la que deambuló ayer un gato negro al que eché.
Tengo una amiga en medio de un huracán
y cinco tazas de porcelana donde aprendí a servir el té.
A veces espero poder
pero no termino de aprender el límite de mi posibilidad.
Hace un calor de bordes controlables.
Nadie habla.
El silencio es una especie de felicidad
cuando las palabras ya mataron todo vestigio de comprensión.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Febres

¿Qué habrá pensado en su celda cuando le exigieron que bebiera la gota de cianuro que se llevaría su alma al último círculo de los infiernos? ¿Habrá recordado los cuerpos que supo torturar? ¿Habrá visto los ojos acuosos de los bebés que robó? ¿Habrá repetido sólo para sí las palabras que oyó decir cuando arrojaba los cuerpos en las aguas del río? ¿Habrá bebido el veneno creyendo que era el acto de un valiente que no debía enfrentar a la justicia de los hombres que lo castigaría por tamaño dolor? ¿Habrá sentido el vértigo ese en que se ve pasar la vida y al verlo creyó que debía desviar su mirada y no ver? ¿Habrá soñado con la justicia de Dios que le auguraba un terrible castigo más allá? ¿Habrá visto los pañuelos blancos como fantasmas a su alrededor? ¿Habrá sufrido cuando el cianuro le rompía el corazón y lo volvía azul como gozó haciendo sufrir a sus víctimas? ¿Habrá, tal vez, la muerte humanizado su bestialidad?

Viejas sensaciones dispartidas

Tigres

Entre las cosas voy.
Así.
Pero voy.
El corazón es un trozo de terciopelo ajado que sujeto en mi pecho para que no se vaya a volar.
Me levanto temprano.
La casa es una quietud que se silencia.
Salgo cuando los primeros pájaros se hunden en las acequias.
El paraíso llueve amarillo sobre las baldosas.
Y yo voy:
con los ojos abiertos
y a todos lados viendo.
Sé que hay tigres ocultos que matarían por el corazón sujeto
y no deseo todavía morir.
Quizá luego,
Quizá más tarde,
Quizá cuando regrese
Quizá cuando el cielo se torne violeta y liviano
Quizá cuando me hunda en mi cama de blanco broderie
Quizá cuando mis hadas adolescentes me vean dormir.
Quizá cuando todo se calme
Pero ahora...
Ahora tengo que sacar el corazón que doblé anoche debajo del colchón
Ahora tengo que beber una taza de café en una porcelana transparente
Ahora tengo que salir
Ahora ha comenzado la temporada de caza de tigres
y yo sólo poseo un corazón sujeto para que lleguen hasta mí.

martes, 11 de diciembre de 2007

Anécdota escolar XL: Si Aristóteles viviera...

(En una evaluación)
Pregunta: Explique el concepto de anagnórisis según Aristóteles en su Poética.
Respuesta: Anagnórisis es el pasaje de ignorancia a inteligencia.

¿Cómo hacer cosas con la memoria?

Abra alguna caja y guarde allí todo lo que recuerde: después espere que se hagan las veinte y salga a la calle. Cuando vea pasar un camión blanco, arroje la caja justo en el momento en que esa enorme pala mete todo adentro. Después corra a su casa y eche llave a la puerta: no vaya a ser cosa que el empleado quiera hacer su buena acción del día devolviéndole la memoria. Esa noche la pasará en blanco. Será una buena noche, como la de Adán antes de probar la compota. A la mañana siguiente se levantará fresco y liviano como una pluma veraniega. Eso sí, le recomiendo ir planeando la acumulación de cajas para repetir la tarea todas las semanas... es increíble la cantidad de basura que una tiene en la memoria.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Islas

Sólo quedan islas, fragmentos que rozamos en un viaje, sumergidos de pena como estamos y luego, vuelta la nave y puesta la proa hacia las olas, vamos. Viajamos en las aguas de la concordia o la discordia, indistintamente; pero no tocamos otra cosa que islas, tan diminutas a veces que parecen no ser y nos sentamos en los muelles -lo único que ocupa el territorio-, solos con mil kilómetros de agua salada a la redonda. Nos morimos de sed con la lengua anhelante y sin lograr decir qué fue: quizá una fresa amarga que reventó en medio de la boca y se hizo ácido en el velo del paladar. Cada vez queda menos, cada vez saben menos las antiguas fragancias y en ese menos se anuda el todo que en otro tiempo deseamos para la vida -nuestra vida-. Después me subiré a la nave y partiré: hacia la mar profusa donde hay un sin fin de otras islas, todas perdidas, todas exactas, todas iguales...Islas entre la mar.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El huevo cigota. Entrega 17

Donde se cuenta cómo se cumplen dos años cuando se fue huevo cigota

Ahora la nena va a cumplir dos años. Sólo dos años. Dominga le pone unas medias de lana largas y unos zapatitos de charol con presilla que se cierra con un botoncito. La nena se mira los pies. Qué lindos son los zapatitos de charol que le regaló la tía Felisa. Si hasta dan ganas de ponerse a bailar. Bailar dando vueltas y vueltas hasta que la casa desaparezca con su sombra de terror. Si la nena gira con los zapatitos de charol no ve nada, todo se va. A la nena le gusta bailar porque el cuerpo se cansa y a la noche se duerme bien. Bailar, saltar, correr, pero siempre sin ruidos, siempre con gritos de alegría chiquitos que nadie pueda oír porque la nena sabe que la mamá no quiere que nada la moleste. Por eso se encierra en su pieza.
La nena a veces se asoma y ve a la mamá en la cocina; entonces corre y se sienta en su sillita para charlar. Pero la mamá no habla, la mamá nunca habla, no dice ni una silabita y le da la espalda, una espalda flaca en la que asoman, como dos alitas, los omóplatos engarzados al hilo nudoso de la columna vertebral. La nena zarandea las piernitas, pero poco, para que no hagan ni un soplido que pudiera molestar a la mamá. La nena abre los ojos -mucho- para poder entender y frunce el ceño, ahí, entre las dos cejitas. Y, como lo entiende, le duele en el centro del vestido que le cosió la tía Margarita con una tela de gatitos y puntillitas celestes. La nena entiende que la mamá no la quiere, nada la quiere y pasa el dedito por la mesa y el dedo se pone rojo, rojo de tanto apretar. La nena siente los cachetes calientes y unas lágrimas van cayendo de los bordes de sus ojos y mojan la mesa en gotones que explotan al tocarla. Pero la mamá le sigue mostrando sus alitas de hueso y la nena piensa que es un hada que va a volar y que se va a ir dejándola sola en la casa con Dominga.
Esa tarde, cuando el papá regresa del trabajo, se encierra con Dominga y la mamá en la sala. La nena, en su cuarto, oye palabras sueltas que no puede entender.
-No -dice Dominga- yo no cuido otro bebé.
El papá resopla, la mamá llora y Dominga vuelve a decir que no, que no y que no. Entonces la mamá dice que ves, que yo te dije y llora más fuerte y cruza el patio hacia su pieza. Mientras peina a su muñeca Ramona, la nena escucha que la puerta del cuarto de sus papás se cierra con llave después que entra la mamá y el papá dice algo que la nena no alcanza a entender, pero le agarra dolor en el vestidito y pone a Ramona en su cama y empieza a girar y cantar a los gritos porque ya no le importa que la oigan... si, aunque grite, nadie ahí la quiere oír.
Pero Dominga sí y abre la puerta:
-¿Querés venir a San Juan?
La nena deja de girar y cae al piso. ¿Qué será San Juan? El papá, atrás, le explica que es un lugar con montañas donde vive la mamá de Dominga y que la mamá y él le van a regalar a la nena un viaje a San Juan para que festeje allí su cumpleaños de dos.
-Y vamos a hacer una torta- dice la mujer.
-A mí no me gustan las tortas-contesta la nena y abre los ojos. Frunce el ceño y los párpados de abajo se le llenan de agua en el borde. Pero, como no va a llorar, se levanta y se pone a bailar.
-Después del aborto- dice bajito el papá en el oído de Dominga- le mando el telegrama y se vuelven.-y sale a través del patio a golpear la puerta para que la mamá lo deje entrar.
Esa noche, la nena se duerme en el tren que la lleva a San Juan, abrazada a su muñeca Ramona. Ramona, Ramona. Es negra Ramona. Y algo pelona. Ramona rabona. Con piernas de lona. Ramona bombona. Tremenda bocona. No sabe Ramona. Es bobalicona. La pobre Ramona. Pregona burlona. Se agita temblona. Tiene vomitona. Pero reflexiona. Ramona impresiona. Es una bribona. Y es muy llorona. Gritona Ramona. La tonta bribona. No usa corona. Parece ratona. Es una meona. Ella no perdona. Ni a su patrona. Es una fisgona. Una cabezona. La boba Ramona. Su cuello almidona. La pobre Ramona.

martes, 4 de diciembre de 2007

Anécdota escolar XXXIX: No se lo dije a usted

Alumno 1: Claro, todos nos llevamos lengua porque no trabajamos.
Alumno 2: Callate, tarado.
Alumno 1: Si yo digo la verdad... ¿o no, profe?
Alumno 2: (A los gritos) ¡Chupamedias!
Profesora: Ey, ey ey...
Alumno 2: (Se da vuelta y grita) ¿Qué quiere?
Profesora: (Lo fulmina con la mirada) A ver, pará un poquito... Habláme como corresponde que yo no soy tu amigo.
Alumno 2: No, profe, si a usted no le dije chupamedias. (Carcajadas generales)

Anécdota escolar XXXVIII: Y la hache¿dónde va?

Profesora: (Dicta unas oraciones para analizar sintácticamente) Finalmente el asunto se... (Mira la hoja de la alumna que está en el primer banco) Che, "se" no se escribe con ce. Se escribe con ese.
Alumna: (Ofendida) Profesora, es una ese.
Profesora: Parece una ce.
Alumna: Ay, mire si voy a escribir "se" con ce. ¡Por favor! ¡No soy una bruta!
Profesora: Bueno, disculpáme... desde acá me pareció. (Sigue dictando) El asunto se ha aclarado.
Alumna: (Duda y mira a la profesora) Digo yo, ¿"ha" se escribe con hache?
Profesora: (La mira con sorna) Claro, "ha" se escribe con hache.
Alumna: ¿Atrás o adelante de la "a"?

jueves, 29 de noviembre de 2007

Anécdota escolar XXXVII: Pero, cállate, por favor

Alumna 1: (En medio de una evaluación empieza a gritar) Ay, Dios, qué estúpida que soy... No encuentro una definición. (A la profesora) ¿Vos estás segura de que en este texto hay una definición?
Profesora: (Que corrige pruebas como una enajenada) Si, mirá si te voy a pedir que encuentres algo que no hay.
Alumna 1: (A los gritos) ¡No encuentro la definición! ¡Por favor, la definición!
Alumno 2: (Se da vuelta y le grita) ¡Callate, nena! ¡Dejá de ser un obstáculo concentrativo!

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Anécdota escolar XXXVI: Rimbaud, ese drogón



Alumno: (En una evaluación respondiendo a una pregunta sobre el poema "Vocales" del poeta simbolista francés Arthur Rimbaud) Rimbaud escribió "Vocales" porque tomaba éxtasis y así quedó.

Anécdota escolar XXXV: Marzo, paredón y después

Alumno 1: (Mira su prueba en blanco y se levanta a leer las notas pegadas en la pared) Creo que me la llevo a marzo. No sé nada... me voy a sacar un uno.
Alumna 2: (Levanta su cabeza de la prueba que está escribiendo) ¿Y para qué viniste? Son las siete y media de la mañana, te hubieras quedado en tu casa durmiendo.
Alumno 1: ¿Estás loca? Si no me presento, me la llevo a marzo. (Carcajadas generales)

domingo, 18 de noviembre de 2007

Casa tomada

En el brote del domingo, cuando el día despunta y saca su yema tácita, las horas son espacios luminosos que irán adquiriendo un color y una pálida transparencia. La casa está silenciosa, dormida en su calor dominical, llena de voces que ayer fueron ocupando su sitio para decir lo que fue dicho y tal vez debería haber sido guardado en cofres de cristal opaco bajo siete llaves. Si asciendo con mis pies desnudos la escalera coronada de plantas, desde la terraza no alcanzo a ver el mar, pero lo huelo con su añil salado y sus gaviotas y la nostalgia de lo que no será. Es el domingo y la semana agazapada en su doblez, estirando sus manos detrás para alcanzarme. Si subo veré más cerca el cielo y podré conversar con las raíces que guardan entre sus brazos la humedad de la tierra. Ahora se perfuman las moléculas de aire con aroma a café y pan tostado y el agua helada cae por mi garganta. Silencio de palabras, de sonidos, de pájaros. Nadie debe decir nada para que no se rompa el sortilegio, pero los que decimos recibimos el castigo de los perfectos y temerosos que juzgan desde sus atalayas de mármoles oscuros y se abroquelan en toda su imposibilidad de ser libres y buenos. Se trata simplemente de una apuesta donde no hay cartas marcadas ni resultados impropios. Como siempre nunca es importante el punto de llegada sino, tan sólo, el vector que nos va trasladando hacia allá. Voy a llenar la pequeña maleta de cartón con estampillas y partiré. Siempre estoy partiendo los domingos. Desde la terraza veo el cielo y huelo el mar. Ambos son azules y hondos y me aguardan con su carpeta de mapas vírgenes de rutas. Es sencillo: nadie escribe sobre la carne porque es una efímera superficie. Se escribe con la sangre sobre el cielo y a través del mar. Y dura en el pliegue de los ojos cansados que atesoran todos los recuerdos: lo que fue, lo que pudo ser, lo que hubiera merecido acontecer. Yo no puedo regresar: la semana pasada, el día de ayer ya fueron doblados y colocados en la maleta de cartón con estampillas. Mis palabras ya son pájaros que cruzan el cielo hacia el mar que se huele y no se ve. Hay que tirar la llave a la alcantarilla después de cerrar no vaya a ser que algún pobre diablo quiera entrar con la casa tomada y a esta hora.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Julieta

Mis padres me llamaron Julieta, diminutivo de Julia, que significa de raíces fuertes y perennes.
La gens Iulia se remonta a los orígenes de Roma, fue una de las familias que formaron las tribus romanas y que daba a sus miembros el nombre Iulio, para los hombres, y Iulia, para las mujeres. Virgilio ancló su antigüedad, con la de Roma misma, en el pasado griego de Troya: Eneas, hijo de Afrodita y Anquises, huye por orden de los dioses a fundar la ciudad que dominaría el Mediterráneo con su hijo Iulio a cuestas. A la gens pertenecieron Julio César y Augusto, éste por adopción, y para honrarlos tomó de ellos su nombre el séptimo mes llamado antes "quirinalis".
Julieta es una Julia pequeña y siempre me llamaron por mi nombre completo. Nunca mis padres lo abreviaron y así me nombraron los hombres que he amado a lo largo de mi vida. Siempre Julieta para ellos. Mis hermanos, que todo lo deforman cuando hablan, me pusieron apodos, como a todo el mundo. Yo también a ellos, para ser honesta. Mis amigas, en cambio, siempre me han dicho Juli: así con "i" latina, como debe ser, y no con esa "y" griega que aborrezco en July.
Es, ante todo, un nombre literario, un nombre de estirpe libresca y lo he encontrado siempre desparramado en textos. La primera vez que conocí la historia de Shakespeare fue a los diez años cuando mi tía Perla me llevó a la calle Corrientes a ver a Margot Fontaine que bailaba con unas zapatillas color azul francia. Después, pese a mis lágrimas torrentosas, me llevó a la confitería "Vesubio" a tomar un chocolate con churros. De la Julieta trágica no me conmueve su muerte por amor, me emociona su decisión, su transgresión a los mandatos familiares con fuerza y empuje casi hasta imponerle uno a uno todos sus deseos a un Romeo tímido y dubitativo cuyo único arrojo a lo largo de toda la tragedia es el de beber un frasco de veneno. Es ella la que le confiesa su amor "tan profundo como el mar", la que organiza la boda, la que planifica la noche de boda y, en medio del luto por su primo muerto, se entrega regocijada a los placeres del amor. Ella es la que se enfrenta con sus padres negándose a un casamiento funesto con el soltero más codiciado de Verona, la que se bebe el líquido que la lleva a las orillas de la muerte y se sumerge en el mausoleo para dormir entre los cadáveres familiares. Ella y sólo ella es la arrojada, la decidida a escapar al odio y la intolerancia de los Capuleto.
Siempre me agradó mi nombre aún cuando no lo compartía con nadie. En un universo de Mónicas, Alejandras y Silvias, yo era la única Julieta y eso me gustaba. Me sonaban sus cuatro vocales, la española "J" inicial, la líquida sustancia de su "l" y la contundencia final de su "t". Me alegraba que mis padres, con sabiduría, no le hubieran agregado ningún otro nombre para acompañarlo, ni siquiera un conformista María. Yo era Julieta, a secas, porque con eso bastaba. Y sigo siéndolo aunque ahora cada tanto encuentre otras Julietas sentadas en los pupitres oyéndome. Me gusta llamarme Julieta y haber nacido en Julio; llamarme Julieta y que mis padres siempre hayan dicho que no fue por Shakespeare, sino por un personaje de una novela de Jorge Amado. Julieta, con toda una literatura a cuestas; pero sólo Julieta.

Muñecas de papel

Esta mañana, mientras leía unos cuentos de Silvina Ocampo, vaya a saber una por qué, lo recordé: todos los días viernes, cuando yo era una niña de entre seis y once años, mi padre volvía de su trabajo con unos libros para mí. En la tapa aparecía la figura de una muñeca en ropa interior y adentro unas hojas, impresas sólo en el anverso, con vestidos para recortar. Los trajes tenían una especie de solapas blancas que se ajustaban en los bordes de la muñeca de cartón y así se sostenían permitiendo que una jugara a cambiarla una y otra vez. Recuerdo que lo más trabajoso era recortar las capuchas porque debía calarse el interior para que por allí asomara la cara . A lo largo de la semana y hasta que llegase el viernes siguiente, yo apoyaba la silueta de la muñeca sobre papeles lisos y le dibujaba mis propios trajes con las solapas correspondientes para que mi muñeca tuviera vestidos únicos y personales diseñados por su propia dueña. Ayudada por un libro que todavía guardo y que era una historia ilustrada del traje, creaba colecciones de época, de regiones, de relatos. Las recortaba y pintaba con acuarelas, lápices de colores o de fibra y consumía así las horas que no ocupaba leyendo o escribiendo historias de princesas y esferas mágicas. Encerrada en mi habitación de la casa de la calle Virrey del Pino, que tenía un balconcito que daba a la vereda y un mueble en el que me habían pegado un afiche del submarino amarillo de los Beatles que yo detestaba, con la puerta cerrada, construía un mundo en el que todo era feliz y maravilloso y en el que podía refugiarme de la angustia y el dolor. A ese universo, cada viernes, mi padre regresaba a traerme su presente para que yo no dejara jamás soñar.

jueves, 8 de noviembre de 2007

In memoriam


En el Parque de la Memoria, junto al Río de la Plata, se inauguró ayer el monumento que forman cinco estelas de piedra que, vistas desde el cielo, tienen la forma de una herida y donde figuran los nombres de los desaparecidos.

Cada golpe de esos cuerpos en el agua es un tajo doloroso que sus nombres pretenden restaurar.

Como siempre
JUICIO Y CASTIGO A TODOS LOS CULPABLES

martes, 6 de noviembre de 2007

Amanece en la terraza de Bauness

El huevo cigota. Entrega 16

Donde la nena aprende el precio, pero no el valor de la soledad

La nena está sola. Está sola, pero no espera. Su infancia es un hueco de soledades lisas que las tías ocupan con juguetes, vestidos con florcitas bordadas y paseos al zoológico. La mamá es un cuerpo lejano que desconoce a qué huele. A los dos años, el rostro de la nena es delgado y lo ocupan por entero un par de ojos verdosos y profundos que miran con la avidez de quien sabe que hay un secreto que aguarda para devorarla o ser develado. La nena es rubia y tiene la cabeza poblada de bucles que Dominga le estira en una cola de caballo cuando el papá la lleva a Palermo a comprar un globo con forma de conejo.
La casa donde vive tiene un patio en el centro y seis puertas. Las dos que enfrentan la de entrada dan a la cocina y al baño. La de la derecha lleva al cuarto de los padres; las de la izquierda, a la sala y al cuarto donde la nena duerme. A la noche, si tiene miedo o se despierta, nadie oye cuando ella llama; así que, para dominar sus terrores acostumbra a cruzar de un tirón toda la noche. Pero más de una vez, esa costumbre se ha roto y la nena pasó la noche en vela. Abiertos los ojos en la oscuridad y el silencio, una voz infantil ha brotado en su ayuda.
-El cuento, -se dice- relatáme el cuento.
Y ella misma va diciéndose la historia que Dominga le narra una y otra vez. Siempre igual. Ni una palabra de más ni una de menos. Sólo en la repetición de la melodía verbal existe un recodo de seguridad en medio de un universo en el que la mamá grita, la mamá llora, la mamá se encierra en su cuarto y no quiere salir, no quiere hablar, no quiere comer, la mamá no quiere que el papá abrace a la nena ni que Dominga la lleve a la feria. Sólo los cuentos y el mundo que crece en su cerebro adquieren visos de realidad porque, sin duda, son más reconfortantes que esta casa donde todos obedecen a la mamá, inclusive el papá, y nadie parece saber que ella es una nena y vive también allí.

Intermezzo donde la nena le dice a la mamá
Querida mamá, mamá querida. Ahora te veo. Ahora no te veo. Ahora estás en el patio y te da el sol y sos linda como una reina. Ahora estás en el cuarto con la puerta cerrada y nadie puede entrar. Te enojás, mamá, y sos fea cuando te enojás porque no te ponés collares de colores en la cabeza y me mirás con ojos negros. Pero yo siempre me porto bien. Como toda la comida que Dominga me da aunque sea horrible para que vos te pongas contenta. Pero vos cerrás la puerta y yo no te puedo ver. Y voy a llorar. Siempre voy a llorar porque la risa se oye, mamá, y vos te vas a enojar si hago ruido. Yo no quiero que cierres la puerta y yo no te pueda ver. Y si las nenas no pueden ver a la mamá se ponen tristes y nadie las quiere, mamá. Nadie

Donde se retoma el precio que se paga cuando se todavía se desconoce el valor.
A veces el papá llama a la tía Perla. Rápido viene la tía y le prende a la nena un tapadito de lana color amarillo y la lleva a su departamento tan alto, donde no hay puertas que se cierran y todo se ve. La tía Perla tiene tazas celestes para el chocolate caliente y una mesa que sale de la pared. La tía Perla hace tostaditas redondas con manteca que se derrite si se la unta sobre el pan. Y cuando la nena desayuna las tostadas en la cama matrimonial, el papá vuelve a llamar, la tía le pone el tapadito de lana amarilla y la lleva a la casa donde la mamá está parada en la puerta de entrada, siempre más delgada que la vez anterior. Y la mamá la abraza tan fuerte que la nena piensa que ahora sí la mamá la perdonó; que, por suerte, la mamá la perdonó y debe portarse muy bien para que la mamá sea siempre feliz y nunca tenga que volver a encerrarse en su cuarto sin comer.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Sopa de zapallo y pollo bis

Para Pablo Pinasco que me rompe las pelotas desde Marsella.
Espero que ahora la receta te parezca adecuada a mi nivel educativo
¡Viva Hallowen que permite hacer sopas de zapallo en francés!

Poner en una olla un litro y medio de agua con sal. Agregar media calabaza grande, cuatro zanahorias, un cuarto de pollo sin piel, dos cebollas, tres dientes de ajo y un ramito de de apio y otro de perejil. Cuando las zanahorias estén tiernas, sacar todas las verduras y el pollo de la olla y conservar el caldo a fuego mínimo. Deshuesar el pollo y procesar con las verduras. Volver a agregar el producto del procesamiento* al caldo y dejar hervir un rato. Cortar unos daditos de pan y tostarlos en el horno en una asadera apenas aceitada. Rallar un buen pedazo de sardo o parmesano**. Servir la sopa en tazones con el queso y los daditos de pan.

*Por si no entendés, lo que te quedó adentro del recipiente de plástico duro de la procesadora, Enano querido.
** Nada de queso deshidratado de paquete... sobre todo vos, que vivís ahí donde hay tan ricos fromages...

sábado, 3 de noviembre de 2007

Rojo de otoño en España


Y gracias para JuanCa que siempre me regala tanta belleza a través de sus imágenes.
Él también forma parte de mi felicidad

Anécdota escolar XXXIV: Qué lindo caracolito para un mes de noviembre

Alumno: No entiendo cómo analizar esta parte. No me doy cuenta qué tengo que hacer con la construcción verboidal.
Profesora: (En el escritorio que se ha transformado en mesa grande donde trabajan varios alumnos que preguntan veinte cosas diferentes a raíz de un microsegundo por vez) A ver, leé.
Alumno: (Lee en su cuaderno de guías) "En el sector más profundo del molusco saturado por caparazones de diminutos crustáceos".
Profesora: (Muy seria) Bueno, en primer lugar te tenés que fijar a quién molusca el crustáceo.

De la subjetividad

En su libro La enunciación. De la subjetividad en el lenguaje, Catherine Kerbrat sostiene que la objetividad es tan sólo una coincidencia de subjetividades. Como nosotros a veces no logramos ponernos de acuerdo, te rogaría, por este medio, que dejes de hablarme de categorías como "la verdad", "los hechos" y otras sandeces por el estilo que no resultan pertinentes para la discusión. Así, quizá, podamos entendernos un poco mejor. O simplemente aceptemos que no hay comprensión total entre las personas aunque finjan estar de acuerdo en un cien por cien. Vaya a saber Dios qué entendió cada uno por cien por cien.

Función

El papel que mejor me cabía salió estropeado: el único espectador salió de la sala casi al finalizar la función y, desde ese día, cada vez que lo encuentro en la avenida, desvía la mirada y pasa sin saludar. Creo que deberíamos dejar de cruzarnos o algún día saltaré sobre su cuello y lo ahorcaré. De ahora en más tomaré el pasaje de la izquierda; es más largo, pero me evita una larga permanencia en prisión. Y todo por no haberse quedado a aplaudir. ¡Qué le costaba ser apenas gentil! De esta experiencia debo aprender que es necesario ser amable con los semejantes: siempre alguno puede desear ahorcarnos al terminar la función.

Fines y cambios

a Julieta Frenkel

Julieta está celosa. Siempre está celosa: de Isabel, del banco de adelante, de que eche a otros de la clase, de que nadie la vaya a querer y, adolescentemente, sufre por anticipado lo cual evita cualquier dolor en el momento en que debería acontecer. Se acerca el final del año que nos separará y ella lleva la cuenta de los días en que ese suceso llegará: son veintisiete y ya le van doliendo con su paso. No sabe que su vida irá siempre sumando esas pérdidas y que lo mejor es capitalizarlas para crecer. Es cierto que ya no compartiremos el aula ni las clases nos reunirán cinco horas por semana. Pero es bueno pensar que a lo largo de dos años nos reímos, aprendimos -ella y yo- a ser un poco más humanas, a poner más cerca el corazón aunque a veces yo finja no tenerlo: como ella me anticipo a la entrega para que ninguna necesidad pueda alcanzarme o me lastime. Es bueno saber que aunque medie la pared que sostiene dos pizarrones, de ambos lados, las dos Julietas estarán siempre la una en el recuerdo de otra. A veces es positivo que las cosas terminen porque eso permite cambiar y cambiar siempre es crecer, ir hacia adelante, hacia donde la vida nos impulsa para aprender algo más. A los catorce todo se piensa como terminal, a los cuarenta y ocho se sabe ya que, aunque las cosas terminen, permanecen y que nos vamos formando con esas capas una y otra vez. Por eso, Frenkel, le digo ahora como todos los viernes: se va y sea feliz (que es lo único que, de verdad, hubiera deseado haber podido enseñarle).

lunes, 29 de octubre de 2007

Anécdota escolar XXXIII: No hay rosas ni jazmines

Profesora: (Devuelve unas evaluaciones llamando a los alumnos por su apellido) ¡Flores! ¡Manuel Flores!
Alumna 1: No vino. Está ausente.
Profesora: Bueno... ¿Se acuerdan lo que dijimos de los hipónimos?
Alumnos: Sí.
Profesora: Bueno, entonces vamos a escribir cuatro hipónimos en cada clase. Empecemos... ¿Deportes?
Alumno 2: (Levanta la mano) Fútbol, rugby, tenis y basquet.
Profesora: Bien. ¿Diarios?
Alumno 3: Clarín, Página 12, La Nación y Crónica.
Profesora: Bien...¿Nombres?
Alumno 4: Ana, Matías, Pedro y Camila
Profesora: Muy bien. ¿Flores?
Alumna 1: Ausente.

domingo, 28 de octubre de 2007

Memorias de mi padre


Mi padre es una imagen borrosa que la locura de mi madre procuró opacar. Todo el espacio familiar lo invadieron sus ataques dementes en medio de los cuales mi infancia procuró ser mediana y normal. Fue mi padre quien con su empecinamiento daba a los días cierta cuota de cotidianeidad a veces obtusa y obsesiva, pero un ancla adonde aferrarse en medio de semejante vendaval. De él recibí algunas cosas: el anillo de compromiso de su madre, una caja de pinturas Carandache, un libro de cuentos de los hermanos Grimm, una serie de novelas de Julio Verne y la Literatura latina de Jean Bayet. Mi padre era parco en sus demostraciones emotivas, pero volvió a la casa familiar en cuanto supo que yo había nacido y nunca jamás me dejó de amar. Pagó la culpa del abandono y el amor filial con el furor de erinia psicótica de mi madre y se mantuvo siempre atrás, sin contradecirla, sin ser él. Decía "en una familia alguien debe sacrificarse para que los demás sean felices" y un buen día su corazón no pudo más. Era bello como lo son los reyes y en el velorio su cuerpo tenía una digna majestuosidad que jamás podré olvidar. De él aprendí el tesón, el método, la constancia, la entrega y la fuerza de voluntad. Este año se cumplen quince desde que él no está y la vida me regala la posibilidad de que yo deambule por la senda de sus recuerdos. Casi azarosamente, como suceden las cosas que son de verdad, la familia de mi padre empieza a encarnarse en ese hueco vacío de mi corazón, en ese sitio que mi padre alimentó con sus abrazos, con las pocas palabras que me dijo, con las escasas memorias que me legó. Un universo de tías y de primas vienen desde su sangre a nombrarlo, a rescatarlo para que yo lo celebre y le devuelva ese sitio que él se hizo cuando aquella temprana mañana de julio regresó para no irse de mi lado nunca más.

jueves, 25 de octubre de 2007

Anécdota escolar XXXII: Con la be basta

Alumno: ¿Hoy es el dictado?
Profesora: (Mirando sus papeles) Sí, hoy.
Alumno: ¿Vas a tomar palabras con las reglas de "b" y "v".
Profesora: (Sin levantar la vista) Sí, de "b" y "v".
Alumno: Entonces el resto de las letras las escribo como quiero... ¿o me vas a bajar puntos si las uso mal?
Profesora: (Deja de hacer lo que está haciendo y lo mira asombrada)
Alumno: ¡Pero si es de "b" y "v"!

lunes, 22 de octubre de 2007

Cuentos para Maïa 7 Las palabras de Isabel



Para Isabel Estevarena que a los catorce años lee el diccionario y
para su papá que todos los días siembra tres palabras en su corazón.
Isabel apenas hablaba: dos o tres palabras y las manitos para señalar las cosas, dos o tres palabras y una sonrisa para convencer a todos. Mientras fue chiquita, todos se encogían de hombros con ternura y le alcanzaban lo que sus dedos marcaban. Total, era tan suave, tan dulce, tan tibiecita que todo se le perdonaba a Isabel con sus trenzas rubias y sus ojos negros.
Pero el problema empezó después, cuando tuvo que ir a la escuela porque, claro está, la maestra no le prestaba demasiada atención. Cuando Isabel le sonreía y le señalaba con su dedo la tiza o el pizarrón o el cuaderno, la maestra también le sonreía e inmediatamente se dedicaba a calmar a los otros treinta chicos que berreaban, pataleaban, se daban coscorrones y gritaban a voz en cuello todas las palabras que nadie deseaba oír.
Así que Isabel fue marchitándose como una flor sin agua y sus ojos se pusieron opacos y tristes y a veces, con la frente apoyada sobre el vidrio de la ventana, su papá la oía suspirar.
-Isabel- le decía- invitá a una amiga a jugar.
E Isabel sacudía de derecha a izquierda sus dos trencitas rubias.
-Isabel, vamos a tomar un helado de chocolate – y las trenzas rozaban los costados de la cara llena de pena de Isabel.
Entonces, el papá de Isabel, que era un hombre sabio y de claras ideas, decidió que era el momento de ayudar a su hija. La tomó de la mano y, sin decir, nada, la subió a su auto rojo.
Mansa, Isabel se dejó llevar a un negocio de vidrieras brillantes y vio cómo su papá le pagaba a un señor que le entregó una bolsa de papel azul con un moño verde grande y reluciente. En silencio, Isabel volvió a subir al auto y el papá la llevó a la casa y la sentó en una silla del comedor.
-Te voy a hacer un regalo, Isabel. –le dijo.
A la nena se le encendieron los ojos.
-Un regalo, todos los días, Isabel.
La nena sacudió la cabeza de arriba abajo, de abajo arriba y estiró las manos.
-No, -dijo el papá- mi regalo no se toma con las manos, pero tiene texturas para acariciar. Mi regalo tiene sonidos y perfumes, si lo sabés apreciar.
La nena frunció la frente sin entender.
-Te voy a regalar –continuó el papá- tres palabras cada día. Pero como los regalos son mejores cuando se disfrutan de a dos, vos vas a cuidarlas, vas a degustarlas a lo largo del día, vas a paladearlas para sentir cómo saben sus sílabas, vas a mirar el color de sus letras, vas a absorber el perfume de sus sentidos. ¿Entendés, Isabel?
La nena lo miró con los ojos abiertos.
El papá abrió la bolsa y sacó un libro grueso, lleno de miles de hojas.
-Acá duermen casi todas las palabras del mundo. Cada día, yo voy a despertar tres para vos y cuando quieras, ésta es una casa sin llaves y vos misma vas a poder entrar y recorrer sus pasillos, demorarte en sus recovecos y hacer tu propio viaje. Y hoy, Isabel, te voy a enseñar la palabra cristal.
Y los dedos largos del papá se movieron entre las hojas hasta dar con la ce y se deslizaron sobre las letras.
-Cristal- dijo el papá y la i sonó en el aire como una campana golpeada por el sonido percutivo de la te, mientras la a, abierta y clara, se prolongaba en la ondulada ola acuática de la ele.
Y mientras el papá leía, los ojos de Isabel recordaron copas donde la luz se partía en miles de colores e imaginaron las aguas de un arroyo bajando sonoras en una mañana de primavera.
Después el papá dijo mariposa y el cuarto se llenó de alas inquietas que apenas dejaban ver sus fantásticos colores. Después el papá dijo hierba y el aire olió a tierra, a lluvia y se hizo denso y verde.
Ese día, Isabel se durmió y en su corazón cientos de insectos con alas de gasa se deslizaban por toboganes de césped esmeraldino y se hundían en aguas transparentes de donde emergían con aleteos empapados.
Cada mañana, al azar, el papá abría el libro y le regalaba a su hija tres palabras que poblaban su día y habitaban sus sueños.
Un día, al volver del trabajo, el hombre vio una suave luz amarilla en el cuarto de la nena. Abrió al puerta y, sumergida en las páginas del libro, vio a Isabel que, con su dedo, recorría una y otra página. Cada vez que su dedo rozaba una palabra, ella abría la boca y la dejaba salir.
-Niebla- decía y el aire se hacía vaporoso y húmedo.
-Flor- y el cuarto se llenaba de tulipanes, anémonas, alhelíes.
-Aljibe- y los pozos tenían perfume a agua oscura.
El papá se acercó en puntas de pie a la mesa y acarició la cabeza rubia de Isabel. La nena giró la cara y sus ojos eran espejos iluminados de felicidad.
-¡Papá! –exclamó señalando la palabra amor.

Este cuento fue escrito en octubre del 2007, en febrero del 2008 el papá de Isabel falleció y en marzo, ella se cambió de colegio. Nunca la volví a ver, pese a que nos comunicamos cada tanto por mensaje de texto. Siempre espero que esté bien y feliz.

sábado, 20 de octubre de 2007

Nostalgias



A posteriori*

No sé cómo, pero querría conocer el Bósforo y sus márgenes irisdiscentes; sumergirme en las aguas de esos mares y dejar que me impregne el aroma encantado de sus sílabas. Tomar un tren que me lleve a ver los labios abultados y asiáticos con que Europa se besa a sí misma. Cruzar el mar de Mármara, los Dardanelos y mojar mi melancolía en el mar de su color. Pasar por el golfo de Antalya, desayunar café en Estambul y divisar a lo lejos sus torres turquesas y el perfume del Egeo pasando Samotracia. Llegar a Éfeso donde sólo ha quedado una columna en pie para honrar el pasado de aqueos y de argivos. Sentir Alejandría tras los velos quemados de todos los papiros y los códices y oler la sangre derramada en el Peloponeso. Y, en mi regreso, surcar las aguas del mar de las historias donde vagaron Eneas y Odiseo impregnados en nostos : el estallido de las islitas amarillas de Grecia, Sicilia, Córcega, Cerdeña, Túnez y los restos esparcidos de Cartago donde Dido mató en su cuerpo los amores traicioneros de Roma, las antiguas colonias de la costa francesa con sus ánforas enterradas en la arena, el abismo azul y ultramarino de Capri y sus cuevas, soñar Fenicia y sus ciudades amuralladas en España hasta llegar a Cádiz. Morir de dolor en Algeciras donde todo termina porque Isabel fue más fuerte que su catalán esposo. Nunca tan otra, nunca tan yo: esto que soy, lo que deseo ser, lo que jamás seré. Siglos de historia, siglos de cuentos y una nostalgia por lo que vive allá, lejos de este río que me bordea con sus aguas de barro y esta llanura que, de tan ancha, no pueden distinguirse sus comienzos.

*Olga. este texto lo escribí el 30 de agosto, cuando vos y yo no nos habíamos cruzado; pero Bulgaria y el Mediterráneo ya nos estaban acercando: vos para tu jubilación y yo para mis nostalgias.

miércoles, 17 de octubre de 2007

La memoria donde ardía (fragmento)


Este domingo las abuelas de Plaza de Mayo cumplen 30 años de búsqueda de sus nietos. Treinta años es una vida. Esos nietos ya son hombres y mujeres y tal vez tienen sus propios hijos. Cualquier sociedad que se jacte de ser civilizada debe garantizar la identidad de sus miembros. Hace unos años escribí una novela y éstas son sus páginas finales.

Que los nietos aparezcan y las abuelas puedan disfrutar de ser abuelas pronto, muy pronto.


La oficina del juez es grande y tiene una alfombra roja gastada. Una secretaria de trajecito color café te hace pasar. A tu papá le dicen que espere y a Iris también. Adentro está también la doctora con la que estuviste hablando mucho en estos días. Ella te contó que Federico era tu papá, porque lo había dicho un análisis de sangre que, te explicó, comparaba tu sangre con la de él. Pero, además de eso, ella nunca había sido tu mamá. Que tu mamá era la hija de Iris, Alma. Por eso también le sacaron sangre a Iris para comparar. O sea, te dijo la doctora que tus papás son Alma y Federico. Y que vos naciste en una especie de cárcel que había antes en un gobierno que había robado muchos otros bebés como vos. Te contó que tu mamá estaba desaparecida y que ahora, si vos querías podías ir a vivir con tu papá y tu abuela, porque Iris es ahora tu abuela. ¿Y ella?, le preguntás. Ella se escapó. ¿Y adónde? No sabemos, dice el juez. Y cuando la encuentren ¿qué le va a pasar?, preguntás. La vamos a juzgar. Yo no quiero que le hagan mal, decís. Nadie le va a hacer mal, dice la doctora, pero hay que ser justos. Cuando uno hace algo que es incorrecto, debe responder por lo que hace, aclara el juez, Así funciona la justicia. La secretaria hace pasar a tu papá y a tu abuela. Se sientan los dos enfrente del juez que les hace firmar unos papeles y te da un documento donde figura tu nombre, el verdadero. Al final tenía razón Domingo, decís. El oso sabía que ella no era mi mamá y que yo no me llamaba Lourdes. En el documento está tu foto y arriba se lee Ana y el apellido de tu papá seguido por el de tu mamá, Zweig. El juez se levanta y les da la mano a tu papá y a la abuela Iris. Afuera, cuando salen se van los tres con Aniko y Maritza a festejar. Vos le preguntás a tu papá, ¿A ella puedo seguir diciéndole tía? Claro que sí, asiente tu papá. La tía Aniko se irá esa misma tarde a Mercedes y Maritza se irá con ella, ya no tiene nada para hacer acá. Le prometés a la tía que la vas a ir a visitar. ¿No es cierto, papá, que vamos a ir? Por supuesto, dice él, en cuanto empiecen mis vacaciones en la Facultad nos vamos un fin de semana para allá. Cuando la tía y Maritza se van, tu papá llama a un taxi y los tres se suben para ir a la casa donde, de ahora en más, vas a vivir.

El departamento de Federico no es muy grande, pero tiene dos cuartos y una sala muy luminosa. Hace unos días Federico me pidió que lo ayudara a arreglar una de las piezas para Ana. Compramos una cama, un ropero, un escritorio y una silla. Federico estuvo mirando muchas casas de decoración y después volvió y pintó los muebles de blanco y los decoró con una guarda de florcitas diminutas y rosadas. Con Aniko se ocupó de trasladar la ropa de mi nieta y todas sus cosas. Inclusive el oso que siempre la acompañó al que tuve que coserle un ojo que tenía colgando. En la puerta del ropero por el lado de adentro le colgó un espejo muy viejo que consiguió en una casa de remates porque dice que Ana pronto se hará mujer y querrá mirarse todo el tiempo en un espejo. Yo me reí. ¡Qué sabrá Federico de mujeres si sólo le tocaron en suerte dos Zweig: Alma y Ana! También me hizo traer todo lo que era de Alma: sus cuadernos, las fotos de toda su vida, algo de ropa, la vajilla que pude rescatar de la casa de Florida, las macetas con los gajos que conservé de aquellas plantas, la ropa que cosía para su bebé.
Cuando Ana entra en la casa, nosotros nos quedamos parados en la sala dejándola que ella recorra ese nuevo universo que le toca habitar. Se va derecho a una foto muy grande de mi hija embarazada que está en la enorme biblioteca que cubre toda la pared. La toma entre sus manos y se sienta en el sillón que Federico prefiere para leer. Sus deditos recorren la cara de Alma, su cabello, y la línea curva del vientre.
-Acá estaba yo- nos dice levantando los ojos.
-Ajá- contestamos los dos como podemos.
-Yo me acuerdo. Era en una casa que estaba enfrente de una quinta que tenía unos árboles azules y amarillos.
Federico me aprieta la mano, pero yo no puedo parar de llorar.
-¿Quién te contó eso? –le pregunta.
-Nadie. Yo lo sé. Siempre lo supe. Una quinta con flores amarillas y azules. Yo lo sé.
Esa noche los tres comemos lo que Federico cocinó. No es un buen cocinero y le digo que va a tener que aprender. Ana dice que ella tampoco sabe cocinar, salvo empanadas. Les prometo que les voy a enseñar a los dos.
Después de cenar Ana se baña y se acuesta en el sillón donde su padre y yo tomamos café. Con la cabeza apoyada sobre mi falda se queda dormida. De su pelo emana el olor de mi hija y la tibieza de su cabeza tantas veces adormecida antes en mi falda. Federico la mira como si todo el tiempo del mundo no le alcanzara para observar.
-Mire, Iris, resopla igual que Alma. Y frunce igual la nariz.
-¿Y viste como se muerde el labio? Igualito a Alma.
Federico la alza en brazos y la lleva a la cama blanca que pintó para ella. Yo me despido. Ya es tarde y al día siguiente es jueves y a las tres y media quiero estar descansada para ir a la Plaza. Además, en casa, me esperan Helga y Carmen para que les cuente cómo salió todo. Federico se queda con su hija y cuando cierra la puerta respiro el aire tranquilo del verano. Alma, querida hija, ahora debo reconstruirte, recordarte más aún para que tu memoria sea una llama ardida en los ojos de Ana que deberá aprender a vivir otra vez.

Yo, ahora, de pie junto a este río tan inmenso que parece un mar marrón, arrojo una flor, mientras mi papá y mi abuela esperan unos pasos más atrás. Y le digo a mi mamá, que soy yo, Ana; que he vuelto; que ya estoy aquí. Mamá, mamá , digo, y mi propia voz se pierde en el calor de la tarde y va subiendo fuerte y segura, Mi papá avanza y me toma de los hombros con suavidad. Es él quien está enseñándome a descubrir quién soy. Mi abuela llora sin animarse a romper la intimidad de nuestro abrazo. Por sobre los hombros de mi papá la llamo y se acerca. Ahora toco sus manos y veo que sus dedos, más viejitos, son iguales a los míos; que mi nariz es igual a la de mi papá y que a los dos se nos hacen hoyitos al sonreír. También sé que tengo los mismos ojos que tenía mi mamá, así de azules y que como ella me muerdo la boca cuando me pongo nerviosa y frunzo la nariz. Tengo un montón de fotos en las que la veo con una panza en la que estaba yo y también unos cuadernos en los que copiaba poesías cuando tenía más o menos mi edad. Ayer acompañé a mi abuela a la Plaza de Mayo y todas las otras madres me abrazaban y lloraban. Mi papá me cambió de escuela para el año próximo y yo pedí ir a la misma que había ido mi mamá.. Quiero estar en el mismo patio y en las mismas aulas donde ella estuvo a mi edad. Mi abuela a veces me mira y dice que me parezco mucho a mi mamá. Me gusta llamarme Ana. Es un nombre simple y sencillo y además es mío. Ahora sé que nací el 28 de junio y no el 24 de agosto, así que el año próximo festejaré antes mi cumpleaños número catorce. A esa edad mi mamá conoció a mi papá. También sé que soy judía, que mi abuela lo es y que mi mamá también lo fue. Mi abuela me regaló la estrellita que mi mamá solía llevar colgada al cuello. Yo no creo mucho en Dios, pero es una forma de tener a mamá cerca del pecho. Quiero empezar a acordarme todos los días de cómo era ella, de cómo sentía, de qué cosas pensaba, de cómo se emocionaba o de las veces en que se enfurecía. Quiero saber quién fue porque sé que cuanto más los conozca a ella y a mi papá, más voy a ir conociéndome a mí. Con mi papá recorremos los lugares por los que mi mamá andaba. Fuimos a la casa donde vivieron y vi la calle cubierta por las flores amarillas y celestes de los aromos y los jacarandás que yo sabía que existían. Ahora vive ahí otra familia; pero, cuando mi papá les contó, nos dejaron entrar y él me mostró la terraza desde la que mi mamá miraba la quinta Trabuco y soñaba o el sitio donde todavía crece una enorme Santa Rita. Después caminamos por las calles de Florida y me llevó a un barcito donde él le había dicho que estaba enamorado de ella. Todos los días mi papá se acuerda de algo nuevo y me lo dice. También me dio las cartas que me fue escribiendo cuando estaba en París. Y yo le cuento todas las cosas que tuve que vivir cuando no era yo. Me prometió que, en cuanto le den vacaciones largas en la Facultad, nos vamos de ir de vacaciones a Los Molles así él conoce a Graciela y a sus papás. Mi papá no conoce Mendoza y yo le dije que era el lugar más lindo del mundo. Él se rió y me dijo si yo conocía otros lugares. Le dije que no, pero que seguramente en ningún otro lugar podía haber montañas tan bellas como las de ese sitio. Le prometí llevarlo a andar a caballo y a tomar agua de los ríos. Mi papá a veces también me mira y se le llenan los ojos de lágrimas. Yo sé que se está acordando de mi mamá y entonces lo abrazo muy fuerte para que no se sienta solo porque ahora estoy yo que soy su hija y que siempre lo voy a cuidar. Es tan lindo que sea mi papá. Y que mi abuela sea mi abuela. Y que mi mamá sea mi mamá. El resto, lo que a los cuatro nos pasó, serán semillas sembradas en la tierra que algún día florecerán. No hay más mentiras, sólo la verdad. Mi mamá tenía diecisiete años el veinticuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis. Nadie que no sea argentino puede comprender la tragedia que encierran estas catorce palabras. Yo lentamente la he comenzado a conocer.

Desde Cádiz


a Teodoro Miciano Becerra
a Olga Becerra Vila

Ya era la hora pero nadie venía a buscarlo. ¿ Y sus padres? ¿Y sus hermanos? El barco estaría zarpando desde Cádiz, abriendo el agua en dos con su quilla de acero rojo y llevándose lo que a los diez años es un mundo: un padre, una madre y cuatro hermanos. Qué larga es la noche de Jerez cuando el mundo queda en otro sitio donde moraron tiempo atrás los fenicios, ese reino de comerciantes que mil cien años antes del nacimiento fundaron el recinto amurallado donde ahora el buque rompe el agua y las olas se estrellan en el pecho angustiado del pequeño. Pasaremos la noche en Jerez y mañana, había dicho el padrino, irás a Cádiz, subirás a ese barco y partirás con los tuyos cruzando la masa verde del océano. ¿Y quiénes son los tuyos? Teodoro pensó en su nombre. Eso era él para Manuela: un pequeño regalo de los dioses que dormía esa noche en el aire conmovido de jazmines de una España que, más allá de los mitos de pureza y de sangre, era una mezcla de estratos y palabras. Allá, en Cádiz, la madre Carmen tenía nombre de canto grecorromano y clásico y la hermana mayor soñaba con los hijos que tendría diez años más tarde de ese día de 1913. El carro tambaleaba sus ruedas en el camino de tierra mientras Andalucía se devoraba a sí misma con sus voces sefardíes y moras que los reyes habían querido limpiar cuando les cayó como del cielo el continente cristobalino. Corre, Teodoro, que te llaman los gritos de los tuyos por la borda. Los padrinos se demoran peinándolo y llenándole de dulces los bolsillos. Cádiz es una taza fenicia de plata, como fue griega Alicante y tartesio el Guadalquivir. Y Teodoro corre extenuado para poder llegar al barco y abrazar a los suyos sobre la borda. Pero las horas pasan y el corazón se atasca en medio del sendero. Son pequeños los pies a los diez años para correr devorando distancias. Y nunca crecen. Siempre de diez, ve el niño al tocar el malecón que el barco se despega del muelle y él se queda abajo entre sus dos padrinos que agitan pañuelos blancos. Llora su madre, su padre aprieta sus ojos relucientes como dos aceitunas y la hermana le muestra cinco pequeños que ya lleva en sus brazos. Teodoro es un paquete con un moño de lágrimas. A los diez años, los suyos lo abandonan en el muelle y se van entre los gritos y la algarabía de los que son felices como él ya no podrá serlo. No hay dimensión en las penas que suceden en la infancia. ¿Cómo será el mundo ahora que el barco se pierde como una vela humeante en el horizonte de América? ¿Quién lo vestirá por las mañanas y le hablará de otros lugares donde crecen palmeras y hay llanuras tan anchas como el mar que se tragó a los suyos? Entonces el padrino extrae de su bolsa dos pinceles y una caja de colores: miles de colores que son regalos para Teodoro, miles de colores para que pinte el cielo, los recuerdos, el rostro transido de dolor de su madre en la barandilla, los ojos verdinegros de su padre, los hijos de su hermana y una pequeña de cabello castaño que sonríe con un lápiz en la mano y escribe un relato para que sus palabras tiendan un puente que atraviese el océano verde y el pequeño Teodoro desde Cádiz pueda bajar en Buenos Aires y besar a su madre y abrazar a su padre y jugar con su hermana de trece años que ya tiene cinco hijos y una niña que escribe regalos con las palabras que le dictan los dioses que le dieron los suyos.

viernes, 12 de octubre de 2007

Anécdota escolar XXXI. Preguntá que te contesto

(Durante una evaluación)

Alumno 1: (Levanta la mano) ¿Puedo hacer una pregunta estúpida?
Profesora: (Risas) Sólo si admitís una respuesta estúpida.
Alumno 1: (Se encoge de hombros) ¿Se escribe "yo y mis amigos" o "mis amigos y yo"?
^*^*
Alumna 2: El que trabaja con leña, ¿es un leñero?
Todos: (A coro) Es un leñador.
^*^*
Alumna 3: ¿Cómo se escribe "gómito" o "vómito"?
Alumna 4: El que se lanza un "gómito" es porque comió muchas gomitas.
^*^*
El alumno 5 tiene que analizar sintácticamente la oración "El cuervo encontró un queso muy sabroso". A la estructura "muy sabroso" le coloca por debajo "Circunstancial de gusto".

El huevo cigota. Entrega 15

Donde la nena cuenta su primera vacación sin papá y mamá

La mamá y el papá se fueron. La tía Perla los despidió y el avión remontó el cielo y los depositó en el Hotel Casino de Carrasco, en su escalinata curva de mármol y sus puertas vidriadas. Chau chau, decía la tía perla con su saco de piel y su collar de cuentas pequeñitas y blancas. Chau chau y cuando el avió no se vio me envolvió en su abrigo tan peludito mientras el viento húmedo de septiembre soplaba fresco en el aeropuerto. Chau chau y sus brazos eran una cuna calentita en el taxi que nos dejó en Echeverría y Libertador con dos bolsos: uno de ropa y pañales y otro con los frascos de leche. Chau chau y el ascensor trepaba hasta el piso dieciséis y se abría la puerta de un departamento desde el que podía verse el río y, si estaba claro, hasta se divisaba el Uruguay donde el papá y la mamá viajaban en su avión bicolor.
-¡Qué chiquita!- decía la tía Perla mientras trajinaba con almohadones y almohadas para que no me cayera de la cama matrimonial. En la cocina el agua a borbotones escupía su calor por el pico de la pava.

Intermezzo para explicar una cuestión de género autobiográfico y otras menudencias ad hoc.

Señores lectores: Es bien sabido que la autobiografía es un género bastante inverosímil de por sí, dado que pretende otorgar a posteriori sentido a algo que no lo tuvo durante su devenir. Ese algo se denomina vida, curso vital o tan siquiera génesis y escribir sobre ello es pensar que la experiencia tiene una misión trascendente, que, seamos honestos y descarnados, no posee nunca jamás. El que autobiografía, en este caso el huevo cigota devenido en niña, cree estar interpretando la vida que le tocó vivir y dándole una coherencia y una cohesión que nunca tuvo antes del hecho de transformarla en narración. Y vean, ustedes, narratarios de este yo narrador que caracteriza a cualquier autobiografía, que hemos dicho “le tocó vivir” como si hubiera algo más allá de los días que designa a cada abstracta experiencia un actor, a cada ser un destino, es decir, una misión, trascendencia o significación. Menuda traición que el autobiografiante se inflinge a sí mismo al tratar de contar y en la que reside todo lo inverosímil del intento de relatar. Explicado esto, verán ustedes a continuación que la niña de tan sólo un mes y medio de edad posee conceptos y categorías impensables para entender el mundo en una infante de tal edad. Ya saben, no molesten y lean esto como un relato maravilloso que eso, Tzvetán dixit, es.

Dos mamaderas hizo la tía y las enfrió. Era raro el sabor. Menos dulce, menos suave y menos tibio el plástico que bordeaba el pezón que sabía a goma; pero salía fácil, sin esfuerzo, casi sin querer así que comí hasta hartarme y después me dormí. Cuando me desperté ya era casi de noche, de la cocina provenía un olor que no era mío y unas voces que conversaban bajo una luz que supuse amarilla. Todavía no había sonado el reloj y faltaba para que su sonido trajera otra vez a la tía y su leche fácil. Me moví apenas y se me escapó un gemido. Alguien prendió una tenue luz a mi costado.
-Ay, qué linda la nena. Ya se despertó- era la tía y su pullover celeste y su collar de cuentas pequeñitas y blancas.
Apartó la almohada y con una fuerza suave me alzó y me llevó hasta su pecho que latía.
-¿Tiene hambre? –preguntó la tía.
No, pensé, cómo voy a tener hambre. Todavía no sonó el reloj. No puedo tener hambre hasta que suene el reloj.
-¿No le hace glu glu la pancita? –y me apretó el vientre con delicadeza.
No sonó el reloj. Que alguien le explique que la panza espera que suene el reloj para hacer glu glu.
-Ahora la tía le va a dar una rica mamadera calentita.
Pero si no sonó el reloj. Es así, tía: trin trin glu glu y entonces la teta. Ercucto pañal cuna. Tres horas. Trin trin glu glu teta eructo pañal cuna. Trin trin y siempre igual y cuando se hace de noche después de la teta el baño. La tía no sabe. Hay que avisarle y me largué a llorar.
-Ay, cómo llora la nena. Ya va, ya va –y me zampó la mamadera en la boca y mamé, mamé hasta casi adormecerme. Entre sueños sentí a la tía cambiarme, mecerme contra su pullover calentito y después me dormí.
Me desperté sobresaltada no sé cuánto tiempo después. Entraba la luz de la mañana por el ventanal. ¿Y el reloj? ¿Por qué no sonaba el reloj? Y la panza, ¿por qué hacía glu glu? De la cocina llegaba el ruido de un lavarropas. Gemí. La tía entró y me levantó. ¿Por qué me levanta tanto la tía? ¿No le dijo la mamá lo que había indicado el doctor? Me sonrió y yo le sonreí. Era linda la bata de algodón de la tía. Olía a jabón y café.
-Dormilona –me retó riendo- Toda la noche se durmió usted después de la última mema. Vagoneta.
¿Y el reloj?
-Ahora la tía le va a dar de comer, la vamos a bañar y después nos vamos a pasear.
¿A esta hora? Si no es de noche todavía, ¿por qué me va a bañar? ¿Y el trin trin?
Mamé con los ojos y las orejas abiertas. Seguro sonaba en cualquier momento el reloj. La tía me estaba haciendo una broma. Ya iba a sonar y todo volvería a ser como era en la casa de la mamá. Pero no hubo trin. Ningún trin.
La tía me desnudó y me sumergió en el agua tibiecita. Era lindo bañarse acá. El baño de la tía tenía miles de frasquitos que brillaban con la luz. Me reí cuando los vi. Me reí cuando me enjabonó. Me reí cuando me secó con un toallón de felpa suavecita. Me reí cuando me olvidé del trin trin. Me reí.
La tía me puso una camiseta de algodón. Me puso un pañal limpio, Me puso las medias de lana. Me puso un saquito, me puso un osito en las piernas. Me puso un abrigo de paño. Me puso un gorro. Me envolvió en una manta y me sacó. Estaba calentito adentro de ese revoltijo de ropa. ¿No sabía la tía lo que había dicho el doctor? El aire sólo era frío en la cara y el resto del cuerpo tenía calor. Lindo calor. Mucho calor. Dimos tantas vueltas que me dormí. Cuando volvimos y la tía me fue destapando yo hervía.
-Tiene fiebre- gritó.
¿Dónde está mi trin trin? ¿Qué hago con el glu glu? ¿Cuándo tengo que tener hambre? ¿Y dormir? El trin trin golpea la puerta del cuarto donde la tía me pone un paño frío en la frente.
-Hola, señora- dice con su cara redonda de reloj blanco- Vengo a buscar a la nena.
-¿A la nena?
-Sí. Usted no le dio la leche cuando sonaba el reloj.
-¿Qué reloj?
-Señora, usted ya tuvo una hija…¿cómo hizo para criarla? Dígame.
-¿Cómo hice? No sé… la crié. ¡Qué sé yo!
-Ah, es usted el típico caso de la madre intuitiva –tan perjudicial-, guiada sólo por su instinto, que deja la educación de la criatura librada al azar, al vaivén de los acontecimientos y / o despóticos deseos del lactante. ¿No?
-Y…sí…-musitó la tía.
Ay, señora, así salen los niños que son educados, qué digo, maleducados sin la guía certera de la ciencia.
-¿De la ciencia? ¿Hace falta ciencia para criar un bebé?
-¡Ignorante! –bramó el trin trin- Es la ciencia médica dedicada a la crianza de niños pequeños, llamada puericultura, palabra que deriva del latín “puer” que significa, precisamente, “niño”. Con el auxilio de esta valiosa ciencia, los niños crecerán sanos y derechos y la salud física y moral, inevitablemente, conduce a la felicidad, señora.
-Ah…¿sí?
-Señora, sólo la puericultura y el cumplimiento riguroso de sus reglas puede garantizar la felicidad futura de sus hijos. A ver, señora mía, ¿cada cuánto alimenta usted a su beba?
-Es mi sobrina –corrigió la tía.
-Mero detalle, señora, eso no importa. ¿Desde cuándo el tipo de vínculo es definitorio en la crianza? La eficiencia de la prestación, señora, eso es lo fundamental. Entonces, ¿cada cuánto la alimenta?
-Y, no sé.
-¡Cómo que no sabe! ¿Y el tiempo,. Señora? Hay que educar al niño y sólo el método…
-Bueno –interrumpió la tía- en realidad la alimento cuando pide. Dos, tres y hasta cuatro horas.
-¡Horror! ¡Espanto! Los niños deben comer cada tres horas. Exactas. Ni un minuto más ni uno menos.
-¿Y si no tiene hambre?
-La despierta para que coma, obviamente. Eso, mi estimada mamá…
-Tía.
-¿Qué?
-Mi estimada tía. Soy la tía.
-Lo mismo da. No fastidie más. La función es ubicua e independiente de quién sea el que la ejerza. Entonces…, señora tía, ¿qué estábamos diciendo? Ah, sí… eso de despertarla no hace otra cosa que crear un hábito que es tan positivo para la salud.
-¿Y si llora?
Pues la deja llorar. Nadie se muere por llorar un rato. ¿Qué haría usted si tuviera dos o tres bebés llorando al mismo tiempo? ¿Podría atenderlos a los tres? No, entonces…
-Pero, es tan chiquita.
-Si no aborda la solución del problema ahora, pronto será grande y la cuestión la dominará a usted. Jamás debe reaccionar instintiva o emocionalmente. Para criar seres humanos íntegros y felices, los hombres de ciencia han inventado la puericultura. Ya se lo dije, la ciencia médica al servicio de la crianza de su bebé.
El señor trin trin está enojado. Vaya si lo está. Entonces suena el teléfono. Hace frío, mucho frío entre las mantas de lana blanca.
-Hola. ¿Sí? –dice la tía- ¿Qué tal? ¿Cómo la están pasando?
Mal, pienso yo, no sonó ni una vez. Ya no sé si comí, si debo comer, si quiero comer. Tengo frío. Mucho frío.
-Bien- dice la tía- Todo está muy bien. ¿Y ustedes?
Eso, ustedes, che, vuelvan y traigan el trin trin que la mamá se lo llevó y yo quiero querer dormir, comer y bañarme.
-¿Problemas? No…-dice la tía- ¿Qué problema va a haber? Ninguno.
No, claro, ninguno, pienso yo, excepto que el señor puericultura está que trina y a punto de pisar a la tía con su patota de reloj y que yo tengo frío pese a las dos mantas…¿Qué problema va a haber?
-¿Y cuándo vuelven?
Eso, sí, cuándo traen el trin trin así sé cuándo tengo hambre, cuándo debo comer. A ver si se comportan como gente grande.
-Bueno, sí, cualquier cosa los llamo… Chau.

La tía cuelga el tubo negro y respira agitada. Saca de un armario blanco una pastillita rosada que parte en cuatro y la disuelve para hacérmela tomar. Después empiezo a sentir calor y la piel se me llena de agua. Debe ser la hora de dormir. Trin trin, señor puericultura, y se acabó la vacación.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Maïa o el amor

Es raro el amor. Miro la foto de una niña a la que no conozco, pero extraño. Puedo esbozar millones de argumentos: que la quiero porque amo a su padre que es mi hermano con quien he transitado caminos de ida y vuelta al paraíso y al infierno, que los niños son siempre bellos -sobre todo si a una no le cabe la responsabilidad de criarlos-, que he pasado ya por la maternidad y llevo en mi acerbo una experiencia de errores que no volvería a repetir, que tengo nostalgias de una familia que siempre me fue escasa y esquiva. Pero nada sirve para explicar cómo me imagino su perfume y su tibieza, su vocecita francesa que garrapatea en el español que soy yo, que siento sus besos, sus abrazos, el pseo que se desmaya cuando un niño se va durmiendo sobre nuestro cuerpo. Y mis hermanos están lejos y me han privado de la dicha de la tía cotidiana que sería, de los miles de pesos que gastaría en libros, en globos, en muñecas, en chocolates, en vestidos celestes y rosados con florcitas bordadas y cuellos de puntilla, en zapatos de charol, en entradas de teatro y en gigantescas hamburguesas. Es raro el amor, es cierto, pero es. Y está impreso en mi sangre y en esos ojos que, desde la foto, miran allá, más allá, desde donde ella sabe que yo la miro también.

Oportunidades

La dejo en la puerta, detrás de un vidrio al que me acompañó para despedirse, abrazada a dos enfermeras que la consuelan. Llora. Al borde de la emoción se le arrasan los ojos de lágrimas. Camino bajo la lluvia cinco cuadras por Olazábal hasta Triunvirato sin poder contener yo, ahora, las mías. Es injusta la vida. Siento su desamparo: tan frágil, tan tenue, tan etéreo el hilo que la sostiene. Le brindo lo que tengo para ella: dos visitas semanales que duran aproximadamente dos horas cada una, mi charla sobre tiempos pasados, besos ruidosos, canciones, abrazos, caricias, una taza que repongo cada vez que se quiebra cuidando buscar cada vez una que sea más bella, de mejores colores, más fina; diarios, libros, revistas, fotografías, flores, dulces, frutas rojas que busco denodadamente por los mercados de la zona. Y todo, todo es insuficiente; porque cuando me voy se abraza a las enfermeras y llora. Y yo camino por Olazábal, también, en lágrimas y nada puedo hacer para que todo recomience diferente otra vez. No hay segundas oportunidades. Y cuando nos damos cuenta de ello es demasiado tarde. Y no podemos hacer otra cosa que llorar.

domingo, 7 de octubre de 2007

Postales escolares IV: Península de Valdés

Está siempre desgreñada y chancletea con sus zapatillas a media asta hasta el fondo del aula, desganada y abúlica, para echarse en el banco del rincón. Su único interés es un celular con MP3 que satura su cerebro toda la clase y del que emerge de vez en cuando para blandir un libro y fingir para mí que está haciendo algo. A veces ni siquiera eso: apoya la cabeza entre sus brazos y duerme plácidamente toda la hora. En una oportunidad, el piso alrededor de su banco quedó tapizado de papeles de bombones de chocolate que fue comiendo a lo largo de la clase de una caja que deslizaba cada vez que acababa el que se derretía en su boca. Tiene un novio en la otra punta del salón y se arroja sobre él en una especie primavera patagónica y peninsular, con unos resoplidos de gozo y satisfacción. Después se abrazan, se pegan, se empujan, se besan en un regocijo aburrido y costumbrero. Va y viene por las filas hasta que oye mi grito que la llama una y otra vez a guardar su lugar. Y vuelve cansina a su redil, no sin antes intentar empezar una protesta que la cansa a la mitad de su propia enunciación

Cuentos para Maïa 6. Un viaje de primavera


Mariela una y otra vez movió sus ojos. Desde la hoja blanca de su cuaderno hacia las grandes letras del pizarrón: COMPOSICIÓN. Tema: “La primavera.
-¡La primavera! –pensó Mariela- ¡Pero qué aburrido! Siempre la misma tontería: que las flores, que las mariposas, que los pajaritos y el sol. Y a mí, no se me ocurre nada, pero nada, nada.
El pizarrón de tan negro parecía un cielo estrellado donde la luna con letras de luces blancas hubiese escrito: la primavera.
Los ojos de Mariela se perdieron en la inmensidad de la noche y una por una fueron encendiéndose todas las estrellas. La tinta de su lapicera se escapó hacia un inmenso manchón azul lavable que inundó el espacio de un tibio olor a sal marina. Y el cuaderno plegó una por una sus cien hojas formando un velero. Comenzó a soplar el viento nocturno, mientras el cielo encerado y negro iba abriendo más y más puntos luminosos. Y allá, en lo alto, sonriente y cálida, una suave luna de tiza cosquilleaba en el filo de la sombra. Mariela sonrió satisfecha. Ahora sí estaba tranquila. El viento del mar movía las velas de seda celeste de su velero y se respiraba el mes de setiembre contra el aroma espumoso y blanco de las olas. Mariela observó la silueta dorada de una sirena hundirse en las aguas y el chorro cristalino de una ballena asomar sobre la superficie.
De repente, el cuaderno volvió a plegarse en dos, tres, cuatro y mil y se transformó en una nave supersónica. Lejos quedó el mar azul con sus olas, su sirena y su velero. El cielo se hizo profundo y un chorro rojo cruzó de lado a lado la superficie de la noche. Mariela se agarró fuerte. Un cometa casi la roza con su cola de luces y un meteorito verde le arañó la punta de la trenza. Uno por uno a su lado iban pasando todos los planetas: marrones, dorados, naranjas y amarillos. Le hacían tres guiños luminosos antes de continuar con sus veloces vueltas. Mariela sintió el silencio del espacio. En la negra profundidad no se escuchaba ni un ruido, y su nave se movía con lentitud como suspendida en el aire por hilos de lluvia.
De repente, la nave volvió a plegarse en dos, tres, cuatro y mil, y se convirtió en un unicornio blanco de largas crines y cola encrespada. El cielo volvió a llenarse de diminutas estrellas y el pasto se agitó verdemente con la brisa nocturna. Mariela acarició el cuello del animal y apenas si tuvo tiempo de tomarse con fuerza de él, cuando el unicornio comenzó a galopar y galopar devorando a su paso ligero bosques azules, praderas de lino celeste, campos de espigas doradas. Los cascos parecían retumbar en el aire, inundando todo como un trueno plateado. A su paso, titilaban luciérnagas asustadas, ocultándose entre el follaje de unos manzanos cercanos.
Y de repente, dos, tres, cuatro y mil pliegues y el cuaderno se convirtió en una inmensa flor que sacudió el rocío perfumado de la noche. Mariela apretó su nariz entre los pétalos gigantescos y sintió la emoción de una mariposa al posarse en una amapola amarilla. Desde allí, observó los tallos peludos y suaves de las demás flores, el fresco olor mojado de la tierra, la misteriosa profundidad de las raíces oscuras.
Y de repente, dos, tres, cuatro y mil pliegues y la voz de la maestra diciendo:
-Vayan entregando sus composiciones.
Mariela suspiró satisfecha y, alisando la hoja blanca, se dirigió hacia el frente.
La maestra tomó la hoja sonriendo y la alegría se transformó en asombro en dos, tres, cuatro segundos.
-Pe... pero, esta hoja está en blanco. No escribiste nada, Mariela. No hiciste la tarea.
Mariela volvió a tomar la hoja y la miró. Después levantó los ojos y miró a la maestra. Con voz alta, tranquila y segura dijo:
-No. No está en blanco.
-Sí. Está en blanco –dijo la maestra arrancándole la hoja de la mano.
-No, que no está.
-Sí, que está.
-Que no.
-Que sí.
-Que yo digo que no.
-Que yo digo que sí.
-No.
-Y bueno. A ver, ¿qué dice?
Mariela sonrió abriendo la boca de lado a lado.
-Aquí habla de un velero en una noche marina de primavera; aquí, de un viaje en una nave espacial por el espacio cósmico. Más acá, de un caballo y una pradera; y por allá, de una gran flor perfumada. –explicó Mariela mientras iba señalando en su hoja blanca.
-Estás loca. Completamente loca –dijo la maestra.
Mariela la miró desde su corta altura de sabia y exclamó:
-No. Lo que pasa es que usted, señorita, todavía no aprendió a leer los sueños.
Y con su hoja blanca volvió a sentarse en su pupitre, mientras la maestra en el frente no hacía otra cosa que rascarse la cabeza con preocupación.
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