domingo, 15 de abril de 2007

Casandra


Atravesé la ciudad de los hombres con las vestiduras rasgadas y los sacerdotes, parapetados en el templo, murmuraron: "Está loca". Yo venía de andar entre fieras que habían cortado mi carne con sus dientes y cuando vieron la sangre dijeron: "No es para tanto". Lloré a los gritos arrojada en las escalinatas de mármol reluciente y exclamaron: "Miente. Es imposible tanto dolor."
Entonces vi sus ojos y estaban vacíos. Me sequé las lágrimas, restañé mis heridas, zurcí los jirones de mi vestido y bajé hacia la plaza pública donde me atacaron las piedras lanzadas por los ciudadanos. Ya no me importó.
Las puertas del muro se abrieron y afuera brillaba el sol. Entonces dije: "No quiero explicar quién soy." El rocío me bañó los pies y caminé sin detenerme hasta llegar al centro de la tristeza. Luego, solo hubo silencio y la ausencia me envolvió como una madre. Me deshice de ese consuelo y la carne se me voló quedando puro corazón.

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