viernes, 20 de abril de 2007

Tebas

En el reino soplaban los vientos de la peste y la reina había sido colgada. Su cuerpo pendulaba movido por los aires pesados de la enfermedad mientras moscas azules engordaban zumbando alrededor de su putrefacción. En las calles, en los templos y los palacios, en las tiendas, las plazas y las casas sólo había silencio. Todos habían huido y el rey, el primero entre todos. Sólo el cuerpo lastimado de la reina se movía en una vaivén siniestro y enloquecedor. Nadie más. Todos temían la contaminación, pero las máculas ya habían penetrado hasta los huesos desparramándose por toda la región.

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