jueves, 24 de mayo de 2007

De cómo Abelardo conoció a Eva

-Usted las engorda para abandonarlas, en una clara identificación con la figura de su madre.
-¿Le parece, doctor?
-Ya es la hora. Lo dejamos para la próxima. Usted piénselo, Abelardo, piénselo.
Pensarlo, pensarlo. En realidad no hacía otra cosa que pensarlo. Una tras otra lo pensaba. Sobre todo desde que mamá, ese ejemplo de mujer abnegada, había muerto y le había dejado en herencia el bistró de Las Cañitas y él se sentía tan solo. “Usted las engorda para abandonarlas” Y si el psiquiatra se equivocaba y eran ellas las que engordaban para dejarlo. Otra vez su típica manera de pasarle el fardo al otro y seguir lo más campante por la vida. En el fondo era un cobarde que no se atrevía a comprometerse de verdad con alguna o a quedarse solo sin embromar a nadie. Pensarlo era justamente lo que más hacía. Así que este coso no le decía nada nuevo. La verdad que pagarle la fortuna que le pagaba para que confundiera sus mujeres con cenas navideñas no venía siendo un negocio rentable para nadie. Y menos para él que, entre atender a los proveedores, supervisar al chef y controlar a los mozos, apenas si le quedaba tiempo para ir a terapia tres veces por semana para que un tipo con un titulito le dijera que él, en vez de parejas, conseguía una serie de lechones del 24 con manzanita en la boca. Ahora que si se pensaba bien a Luisa la había dejado por algo así. La chica era una preciosura. Cuando la conoció. Era una preciosura antes. Después de que hubo pasado por su vida había terminado con una depresión galopante acumulada en los 15 kilos de grasa que había heredado de su permanencia por dos años bajo la tutela gastronómica de Abelardo y el bistró de mamá. Abelardo entrecerró los ojos y recordó a la delgadita Luisa empalagándose con la dulzura crocante de sus postres de fresas, atiborrándose de cremas de hierbas untadas sobre generosas porciones de panes tostados. Y esos pantagruélicos desayunos de domingo al mediodía cuando él le llevaba la bandeja a la cama.
Y después Anita. Sí, ese vientre liso que asomaba debajo de las blusas de algodón. Plano, en toda su vida no había visto un vientre tan plano y unos bracitos tan delicados. Parecía que iban a quebrase de sólo tomarla para cruzar una avenida. Siempre frágil, siempre etérea, siempre liviana. Y en apenas ocho meses derivó en un tanque Shermann a fuerza de hidratos de carbono.
¿Y Gabriela? Tan intelectual, tan cerebral. Con esos ojos verdes que parecían imponer su contundencia. “¿Y a mí qué me decís?”, parecía mirar Gabriela. Miles de pecas claras sobre una piel apenas traslúcida. La llevó al cine, a todos los museos de Buenos Aires, a los teatros, a las vernissages y ella deambulaba entre pinturas, actores con una avidez inusual para captar y comprender la realidad. Gabriela lloró cuando él le dijo que la dejaba. Fue un poco duro. Es cierto. Pero se había cansado de verla engullir para calmar, lo que decía era su hambre de conocimiento y para él era simplemente desesperación por comer.
Y, ya que estaba, podía, también, pensar en Sandra: tan atlética y deportiva, con ese cuerpo hecho de pura fibra y entrenamiento continuo. Cada músculo podía adivinarse debajo de la piel. Después quedó como una pompa de jabón flotando en una piscina olímpica. Igualita, excepto por el peso que la hubiera llevado irremediablemente al fondo del natatorio.
Si lo pensaba bien, el tipo, entonces, tenía razón. Y lo que él tenía que hacer era dejarse de joder y no embromarle la vida a nadie. O aceptar que él era un engordador de mujeres y ya. Y mamá que había sido tan delgadita, siempre: diminuta como un anillo su cinturita. Si entrecerraba los ojos podía recordar la doble vuelta del lazo del delantal cuando amasaba los domingos esas fuentes de pastas. Y él, su Abelardo, sentado en la cabecera, plato tras plato, de esos ravioles que parecía estallar de tan rellenos, y esa salsa bermellón y espesa que olía… Casi chocó pensando a qué olía la salsa de mamá rociada con parmesano rallado finito. La vida era una fiesta de perfumes cuando mamá vivía. Y ahora venía este tipo a hablarle de su madre… ¡de su mamá! Seguro que éste había tenido una infancia de mate cocido y pan francés. Se le notaba en la cara el resentimiento culinario. Por eso le decía que las madres se engullen a sus hijos. No en estos términos. Lo de engullir lo decía él porque cuando lo oyó se le representó su santa madre sentada en la cabecera y él, en el plato, mirándola con ojos implorantes. Claro que de chico había sido un nene solitario: él, mamá y ese deseo de que estuviera sano y contundente: jugo de carne, sopas espesas, carnes generosas, chocolatadas con crema, pasteles. ¡Y ahora este coso venía a decirle que su mamá…! ¡Su mamá! Pero él le iba a demostrar que se equivocaba y que su madre, su pobre madre, había sido sólo una santa.
Estacionó el auto y se bajó. Y entonces la vio. La mujer venía caminando por la calle, absorta en el turrón que traía en la mano. A simple vista Abelardo se dio cuenta de que era uno de los buenos: ésos de almendras y miel que rebosan materias primas perfectas. Ella entrecerraba los ojos cada vez que hundía, en la masa dura, unos dientecitos pequeños y simétricos. El trozo penetraba entre sus labios y navegaba un largo rato en el paladar, entre la lengua y el velo, como si estuviera chupándolo para deleitarse con la precisión de su dulzura. Después abría los párpados y observaba cuánto le quedaba del momentáneo placer. Abelardo se apartó de la imagen de su boca y de una ojeada recorrió el cuerpo: piernas torneadas, tobillos finos, cintura pequeña, senos aceptables…¡Por Dios, si hasta se le notaban las clavículas! Y comía así. La siguió unas cuadras y vio que, después del turrón, la mujer sacó de su cartera una barra de chocolate y la comió con idéntica deleitación. Entonces, se decidió: la encaró y así Abelardo conoció a Eva.
-¿Y doctor?
-¿Ha superado el conflicto, Abelardo…? ¿Lo cree?
-Creo que usted se equivocó en el diagnóstico.
-¿Verdaderamente?
-Y… Eva sigue delgada después de tantos meses. Y come. No sabe usted el placer que es verla en la mesa.
-Sigue centrando el eje de la relación en la oralidad, Abelardo. Fijación infantil… ¿Será miedo a traicionar a mamá?
-Me tiene las pelotas al plato, doctor. Váyase a cagar… Y diga feliz que estoy en la etapa anal.
-¿Cuánto más va a pasar antes de que Eva explote y usted la deje?
-Eva no va a engordar y yo no la voy a dejar.
-Todos los seres humanos sometidos a semejante presión calórica, tarde o temprano, suben de peso. Eva tendrá más resistencia... pero, a la larga, usted está propiciando el abandono para serle fiel a su madre. Seguimos el martes. Piénselo.
Abelardo volvió callado. La casa estaba silenciosa y ni rastros de Eva; excepto por una bandeja de masas de canela a medio comer y una taza sucia de café.
-¿Eva?- llamó y nadie le respondió.
– Eva- repitió en medio de la penumbra de la tarde.
Un lejano ruido lo atrajo desde el baño. Abelardo abrió la puerta y la vio de rodillas frente a la taza del inodoro y no puedo más que sentir ternura. Era la mujer de sus sueños; atiborrada de su comida y vomitándola para quedar hecha una diosa. La amó tanto que se acercó a sostenerle la frente para que se deshiciera tranquila de todo y con los ojos enrojecidos le dijera que sí a su propuesta de matrimonio.

2 comentarios:

Macachines dijo...

Buenísimo Juli, me encantó me hiciste reir un montón.

Gracias

juanca

lulina dijo...

fabulosoooo! me gustó mucho!!!!!
te quiero juli!

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