domingo, 6 de mayo de 2007

El muerto era mi padre


In memoriam patris

Fue mi padre quien me dijo que la abuela Lola había muerto como años después sería mi madre quien le diría a mi hermano que mi padre estaba agonizando haciendo caso omiso del vínculo que me unía a él.

-Dame con tu hermano- ordenó cuando atendí el teléfono de mi casa.

Obedecí. Mi hermano Mariano la escuchó mientras se le iba la sangre del rostro.

-¿Qué pasa? –le pregunté cuando colgó.

-Se está muriendo el viejo. Me voy para allá.

Me tomó dos minutos desprenderme de la sensación de espanto que siempre me producía mi madre. Esta vez había llamado a “mi” casa para comunicar que “mi” padre se moría y se había dado el lujo de ignorar el hecho de que ese hombre, progenitor de mi hermano, era, por esos azares de la genética, también el mío.

-Voy con vos.

-No sé, la vieja me dijo a mí y ya sabés como se pone cuando la contradecimos…

-¿Sos imbécil vos? –lo interrumpí- También es mi padre por si no te enteraste. –y agregué: - Cuatro años antes de que fuera el tuyo.

Mi hermano es una buena persona, pero lleva el estigma masculino de la familia: no pudo contestar y asintió.

Cuando llegamos, seis cuadras más tarde, mi padre agonizaba extendido en diagonal sobre la cama matrimonial. Junto a la puerta de calle, mi madre se lamentaba a los gritos cual coro griego. Previniendo la escena subsiguiente de la tragedia intitulada “Velorio y entierro de papá” que consistía en el robo del papel protagónico por parte de la prima donna, le espeté:

-Si seguís gritando, le digo al médico que te duerma y te despertás cuando ya hayan bajado el telón.

Debe haber comprendido la advertencia porque dejó de gritar y pasó a representar el módico rol secundario de viuda doliente que sostuvo a lo largo de toda la función.

Mi padre se estaba muriendo y más tardé en pensarlo que en presenciar el desenlace del hecho. Casi no pude darme cuenta del exacto momento en que lo que ya era un cadáver había dejado de ser mi padre. Con lenta calma, saqué mis manos que sostenían su cabeza ya muerta y lo acomodé en las almohadas. Atrás mío, mi hermano permanecía alejado del lecho y adherido a la pared como si el muro fuera capaz de soportar su terror.

-¿Y? –musitó.

-¿Y qué?- desde pequeña me gustaba jugar con la debilidad de mi hermano.

-¿Qué pasa?

-¿Con qué?

-¿Se…se….muri…murió?

-Podrías acercarte a verlo con tus propios ojos, ¿no?

-¿No tendríamos que llamar a Pablo?

-¿Para?

-No sé. También es el hijo.

-Si a mí, que vivo a seis cuadras, nadie quería invitarme a esta función; no veo qué te preocupa Pablo que está a un océano de distancia.

-No claro… Yo decía nomás….

Sentía un placer inexcusable en maltratarlo. Claro que teníamos que avisarle a nuestro hermano menor que había emigrado hacía cuatro años huyendo de la felicidad de este hogar porteño para instalarse en un infierno semejante pero subtitulado en francés.

-Mirá- le dije- mientras yo voy a la funeraria, llamá y decíle que mañana es el entierro; que si quiere, venga.

-Y digo yo….¿no se podría retrasar esto?

-¿Esto? ¿Qué?- gocé sintiendo su imposibilidad de ponerle nombre al suceso que acababa de atravesarnos.

-Esto, esto. Ya sabés esto- me imploró impaciente haciendo gestos con sus manos.

-No, no sé qué es esto. ¿A qué te referís?

-Mejor lo voy a llamar a Pablo. –murmuró saliendo del cuarto.

Me quedé a solas con mi padre. Lejano oía a Mariano discutir en la madrugada parisina con mi cuñada Frédérique para que se dignara a pasarle con Pablo. A mi madre se la escuchaba sollozar con una controlada dignidad. Y, como era ya histórico en la familia, yo debía hacerme cargo del muerto. Sólo que esta vez, el muerto era mi padre.

Miré el reloj. Habían pasado sólo tres minutos. Hacía cuatro yo había pensado que mi padre se estaba muriendo y ahora ya se había muerto como si sólo se tratara de un ejercicio escolar de conjugación verbal. Tenía la boca entreabierta y los ojos cerrados. Estaba atravesado en la cama, oblicuo y el pie derecho pendía ligeramente del borde. Las manos estaban sobre el colchón. Se las acomodé sobre el pecho y una vieja foto acudió a mi mente: mi mano infantil al lado de la de él. Iguales. Mi padre y yo teníamos manos iguales y eso lo llenaba de un orgullo que yo creía absurdo y ridículo. Sin darme cuenta coloqué mi mano paralela a la suya y las observé. Ya no quedaban sino ligeros vestigios de aquel parecido porque mi mano se había vuelto femenina y frágil y la de él ya no era sino la de alguien que acababa de morir. Rocé sus dedos muy lenta y recordé una escena de una vieja película en la que algunos instantes antes de que muriera su padre (siempre hay unos instantes antes en que el padre aún es padre sin ser todavía cadáver y puede estar caliente, se mueve, respira y rescata para él y para nosotros aún todo lo que compone nuestra historia, la que nos conforma y pertenece y que tiene gestos y momentos que sólo ese padre posee y que se llevará irremediablemente), entonces unos instantes antes de que muriera su padre, la madre llevaba a Fanny y Alexander a ver al hombre porque a veces las madres llevan a los hijos a ver al padre como si se tratara de una despedida. Él allí, en la cama, pálido y tal vez inconciente y los hijos, entrando en silencio, con los ojos bajos, temiendo el rostro descolorido y solemne que lleva ya velos que la infancia no puede siquiera imaginar. “¿Es mi padre? –se preguntaba Alexander- ¿Ese es mi padre? No. Ese no es mi padre. Ese es uno que se está muriendo. Uno. Ni siquiera es mi moribundo. No me pertenece. Ese que está allí, con la piel casi blanca, que me mira con sus ojos afiebrados, ese me ha robado a mi padre. Porque mi padre tenía ojos tranquilos y sudaba con su cuerpo tibio y se sentaba en el borde de la cama para ponerse sus calcetines azules. Cuando llegaba el verano - pensaba Alexander- nosotros dos íbamos al teatro y entre los bastidores yo veía a mi padre. Madre, deberías echar de tu cama a ese hombre que ha usurpado el sitio donde dormía el que era tu marido. Pero ella parecía ignorarlo. Fanny también lo ignoraba y las dos besaban al desconocido como si reconocieran en él gestos de perdida familiaridad. Madre, deberías quitarlo del lecho. En un día o dos mi padre regresará y qué le dirás. Y ahora me llama, ese hombre al que nunca he visto y que ha elegido la cama de mi padre para venir a morir dice: ‘Acércate, Alexander’ y todos se dan vuelta y me miran y él vuelve a decirlo y yo me tapo los oídos con las manos porque no quiero oír cómo dice mi nombre que ignoro cómo ha llegado a conocer. ‘Acércate, Alexander’- vuelve a decir el que ocupa la cama de mi padre y mi madre me coloca una mano en la espalda y me empuja. Me empuja hacia él. Primer leve, luego con insistencia, para arrojarme en el lecho desde donde el impostor acaricia mis cabellos copiando la ternura con que mi padre lo hacía e igual que él pronuncia mi nombre y besa mi frente: Después salimos del cuarto y comemos en la cocina unas galletas redondas de jengibre mientras yo pienso qué dirá mi padre cuando vuelva y se entere.” Recordé esa película y pensé que, quizá, habíamos sido felices alguna vez mi padre y yo.

Cuando yo era chica, mi papá me llevaba con él a su teatro. Llegábamos y a mí me gustaba escaparme corriendo y entrar en el salón donde se guardaba el vestuario. Nadie me veía y yo me escabullía en la sala a oscuras y me quedaba en silencio caminando entre los trajes colgados. Me quedaba allí sin luz oliendo el sudor acumulado en las sucesivas representaciones. Después, siempre después, venía alguien y prendía la luz y me descubría ovillada en el piso. Deducía que yo no llegaba a la perilla del encendido y salía dejando la sala iluminada. Un día el que entró a prender la luz fue mi papá y me encontró disfrazada a medias como La Novia mientras hablaba a solas por la sala. Se sentó junto a mí, me abrochó las presillas y recogió los sobrantes con alfileres de gancho que sacó de una caja de lata. Ajustó mi corona de azahares y acortó el velo doblándolo al medio. Después me llevó ante un espejo y fui La Novia mientras él hizo de Leonardo y nos fugamos juntos a un bosque de ropas colgadas mientras la madre y el novio mandaban gente a perseguirnos tras los trajes. Finalmente mi papá cayó con su camisa ensangrentada (antes me reveló el secreto de una pequeña bolsita oculta y rellena con un líquido rojo y espeso que se reventaba ensuciando la camisa blanca) y yo viví su muerte anticipada como lo estaba haciendo ahora sin que mediara sangre ni siquiera fraguada.

Ese día regresé a casa en el auto con mi padre. En silencio. Cada tanto nos mirábamos y sonreíamos pero ninguno hablaba. Cuando bajamos todos dormían. Mi padre se introdujo en la cocina y al rato un aroma de verduras y sales pobló el comedor callado. Emergió con dos tazones de sopa con trozos de papas, zapallo, choclos, apios y puerros que él cortaba milimétricamente iguales. El perfume se mezclaba con el de un plato de dados de pan que había freído. Me sirvió un puñado y vi las migas crocantes empaparse con el líquido mientras el vapor calentaba mi rostro. Las comidas de mi padre -recordaba viendo su mano- tenían siempre algo de sagrado. A veces se sentaba solo en un ritual personal que yo observaba alejada del ara de su altar. Con el rostro enfrentado a un ventanal, se ponía delante un plato lleno de arvejas crudas y una tabla sobre la que había colocado un salamín (siempre picado fino), un trozo de queso duro con cáscara amarilla y un pan de harina oscura que se llamaba Zeppelín. Mi padre abría una vaina con sus dedos que eran entonces iguales a los míos e introducía en su boca las tres o cuatro bolitas verdes, cortaba una rodaja de salamín, una de queso y un trozo de pan. Siempre igual. A veces las arvejas no llegaban al plato y permanecían en el papel con el que las había envuelto el verdulero. Siempre solo en su rito mi padre.

Y ahora de repente ese hombre estaba allí y su corazón había dejado de latir. Así. Estaba frío e inmóvil y rígido. Acababa de morir. Lo miré extenso con su pie derecho colgando. Mi padre ya no se estaba muriendo. Mi padre acababa de morir. Mi padre era un muerto. ¡Qué cosa extraña el lenguaje! Una no dice me acaba de nacer un hijo. Un hijo nace. Así. Por él mismo. Busca el afuera por sus propios medios y para sí mismo. Sale, pelea, grita. En cambio alguien siempre se nos muere: un padre se nos muere. Nos desgarra un jirón de pasado en su partida y se lo lleva consigo en su sangre. Se nos muere a nosotros, adentro de nosotros, en lo más hondo. Continuamos pero él se nos va, nos abandona llevándose no sólo su propio rostro sino todos los segmentos de cotidianeidad que nos cruzaban. Y los recuerdos se amontonan como cajones que nadie se atreve a abrir. Cuando alguien se nos muere, un padre, por ejemplo, una se ovilla tomando las rodillas con las manos, bordeando las piernas con los brazos y escondiendo la cabeza en el hueco. Una se ovilla para sujetarse porque debe vivir, debe quedarse para cumplir con ese rito que es bañar con lágrimas al muerto para lavar su cuerpo. Lágrimas en las rodillas mientras a lo lejos se escuchó la sirena de una ambulancia que, como siempre, había llegado tarde porque mi padre ya había muerto.

Alguien me habló detrás de mis espaldas. Era el empleado de la funeraria. El llanto de mi madre se había acallado y la voz de Mariano no era ni un eco. Me preguntó si le sacaba el anillo y le pegaba los labios. Lo miré sin entender y murmuré que sí. El hombre depositó el aro de plata en mi palma. Brilló justo antes de que yo lo encerrara entre mis dedos iguales a los de mi padre. Envolvió el cuerpo oblicuo con la sábana y llamó a otro para levantarlo. Ya no quedaba mucho por hacer. En siete días llegaría la Navidad y por todas partes colgaban guirnaldas rojas y verdes. Dicen que hay que besarse bajo el muérdago para ser feliz. Me levanté del lecho y recordé que una vez en un altillo del barrio de Belgrano, una Navidad mi padre me había regalado una caja de pinturas y tuve deseos de dibujar.

1 comentario:

lulina dijo...

muy triste. creo que no me gusta pensar en la muerte. pero últimamente ese pensamiento alquila un cuarto en mi cabeza.

te quiero mucho julii

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