jueves, 10 de mayo de 2007

Un febrero en Venecia

Llueve sobre Venecia y el agua penetra iluminando los filamentos rojizos de San Marcos en un tiempo que se resbala de los mosaicos dorados que recuerdan a Bizancio y su imperio.

Llueve y la laguna regurgita sus gaviotas sobre los techos y las paredes de mármoles donde Marco Polo urdió su Libro de las maravillas al amparo de la nostalgia de la lluvia mojando las costas del Adriático.

Llueve sobre Venecia y el carnaval oculta en un sinfín de máscaras idénticas cubiertas de pesados terciopelos antiguos. Detrás queda el silencio de los muertos caídos a las gelatinosas aguas de un canal.

Llueve sobre Venecia y el mar despide un vapor de tristeza mientras el amante apoya sus codos en un ínfimo puente y deja que el agua le cale los huesos esperando al amado que nunca llegará.

Llueve sobre Venecia y las palomas se ocultan para esperar que acampe. El león se queda solo sostenido en la orilla por una aislada columna y se moja como hace tantos siglos.

Llueve sobre Venecia y las casas cierran sus puertas que siempre dan al agua, y nadie ve comer a nadie.

Llueve sobre Venecia y el agua sube diluyendo cimientos que otrora fueron firmes y manchando paredes antaño cubiertas de viejos gobelinos en salas donde bailaron al compás de músicas barrocas tantos hombres.

Llueve sobre Venecia y un japonés nos pregunta si el tren va a Génova con la misma extrañeza ante el alfabeto con la que nosotros miramos sus letras indescifrables.

Llueve sobre Venecia y es el preciso escenario para intentar suicidarse.

Llueve sobre Venecia y comemos chocolate como la niña de Pessoa porque en los chocolates se encierra toda posible sabiduría.

1 comentario:

Jesús Fernandez-Miranda dijo...

Puedes ver un comentario con imágenes en mi blog "El Huerto del Raitán"

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