martes, 19 de junio de 2007

Confetti

Grajeas de hielo que caen sobre la carne y la pican en una lluvia de confetti sangriento. Ya nadie tiene la primera máscara. Ésa cayó: una de cada rostro y ahora queda la segunda que caerá a su tiempo para que quede la tercera y así hasta que sólo reste carne viva. Siempre el dolor. Siempre el temor de la locura: la propia, la ajena, la deseada, la repulsiva. Siempre el discurso delirante y coherente en cada signo de su propio delirio. Pasan las fotos en una sucesión vertiginosa y explican una forma de construir otro relato. Pero no dejo de ser una conciencia narradora que une las piezas a partir de su propia lógica narrativa. Me tranquiliza pensar que hay otros textos que ligan los fragmentos con otra lógica y otras circunstancias. Cae el confetti y faltan ocho meses para que llegue el carnaval: esa fiesta de rostros que niegan lo que son. Después de la última taza de sopa bebida en la última cena, debo ir a dormir porque allí me esperan mis propias preguntas sin respuestas. En un hueco tibio de mi corazón -el más tibio- estás vos. Sólo haré lo que necesites y yo pueda hacer: no es mucho, ya lo sé; pero tiene el color carmesí del amor. Fue siempre así, pero una tarde precisamos estrellar los pedazos para ver cómo corre la sangre idéntica por debajo de la piel. Vos, yo y los confetti de hielo cayendo como cuchillos afilados contra la carne. Hay que escribir, siempre hay que escribir porque en estas letras corre una lógica que me serena porque sé que hay otras que me completan y no me dejan sola en el frío de este día de otoño: gris y triste como una buena mañana de junio que trae la nostalgia de una taza de sopa y los confetti cayendo para empezar a narrar.

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