miércoles, 6 de junio de 2007

De senectute

Era tan temprano. Y la idea abrió una zanja: el alma es una suave planicie carente de relieves. Miré hacia atrás y un tren se desplazaba por la campiña toscana y la humedad verdosa de la juventud. No espero nada. Los otros son parajes indiferentes que se entreven desde las ventanillas en medio de los dos sueños que limitan la vida. Dejaron de sentirse como ignotas ciudadelas a conquistar. El único sitio donde se está bien es en casa, en medio de ritos harto conocidos que aseguran la perduración. Todo tiene un tono amarillo yema de huevo que reconforta y entibia. Ya no busco mapas antiguos ni rutas guardadas en medallones de níquel azul. Con andar por mi propio laberinto y mis jardines me basta para sentirme feliz. Se comprende ahora que la existencia es un amontonamiento de personas absurdas entre dos soledades que son lo único de verdad. Ya no se desea que las "cosas" funcionen para uno porque se sabe que ésa es una esperanza inútil: todo acaba por terminar y sólo queda una silla junto a la estufa para leer. Y eso está bien: en ese sitio me habitan vergeles perfumados, abismos de criaturas sinuosas y el rítmico pulso de un texto que tejeré hasta cerrar la puerta con una lluvia de palabras que sólo yo oiré.

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