jueves, 14 de junio de 2007

Esperanza

Las horas caen repletas en un cuenco de loza y hacen ruido lleno al estrellar sus minutos usados sobre la lisa superficie perlada. Nadie -ni vos ni yo que, en este caso somos todos- sabe qué ofrecerá la próxima. Y mientras va transcurriendo, mientras se va gastando, con mayor o menor prontitud según su abotargado vientre, ya deseamos la que sigue en una negación obtusa de lo presente. A eso lo llamamos esperanza: lo que quedó en la caja de Pandora que supimos leer cristianamente. Dado que la misma Pandora fue castigo, que los presentes de Zeus eran el golpe que debían sufrir los que habían recibido el regalo del robador del fuego llamado Prometeo, que allí, en esa caja, sólo estaban los males; fácilmente se deduce que la esperanza es tan solo otro de ellos y no esa extraña concepción que asegura la resignación ante un presente insoportable en aras de un futuro que, sin duda, traerá la confortación. No quiero pensar que tengo esperanza. Quiero poner una semilla en la tierra, regarla, cuidarla de la helada y el viento y hacerla crecer cada día un centímetro más y otro y otro hasta llegar al árbol. No se trata de enterrar la simiente y esperar. Yo no quiero esperar ninguna cosa, ninguna palabra, ninguna promesa. Yo quiero hacer. Eso es.

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