martes, 12 de junio de 2007

Guerra

a JuanCa
La traje a casa no sé cuándo, pero seguramente después de la anteúltima mudanza, harta ya de la nostalgia de aquella Santa Rita de la calle Rosetti en la que había un jardín detrás de la reja de la entrada y yo tenía una que había crecido impetuosa y desbordada sobre la puerta azul. Esta era mediana y con algunas flores púrpuras. Le compré una maceta amplia, dispuesta a invertir todos mis esfuerzos para que se transformara en una aceptable Santa Rita de azotea con una modesta pero bella producción de flores coloridas. La regué, la limpié, la mimé, le conversé y la acaricié durante todo el largo invierno.
Durante la primera primavera, la muy guacha no dio ni una sola flor (hojas modificadas me dijo una amiga bióloga). Me consolé pensando que era el cambio de maceta, la adaptación al nuevo sitio, etc, etc. Siempre le ponemos excusas a la frustración de nuestros deseos por parte de aquellos a los que queremos -y yo quería a mi Santa Rita (el uso del pretérito imperfecto es absolutamente intencional)-. En la primavera siguiente, tampoco se dignó a florecer. Entonces esperé los meses de poda (aquellos que no tienen erre en este hemisferio) y la tronché salvajemente, con una furia asesina, dispuesta a quitarle las flores a fuerza de cuchilla. Quedó un mísero tronquito en medio de la crudeza de otro julio porteño como vestigios de mi odio.
A la primavera siguiente se llenó de hojas verdes. Sentí que había aprendido la lección y me senté a leer El retrato de Dorian Gray en la terraza, contenta porque había averiguado que las buganvillas de Wilde eran simples y maravillosas Santa Ritas. Y la mía iba a florecer esa primavera. Y vaya si lo hizo: ¡Dio dos inmundas flores BLANCAS! Y ni siquiera blanco nenúfar, o blanco jazmín... No, dos flores de un blanco sucio, deslavado, estropeado... Ella, que había entrado a mi casa con un penacho de flores púrpuras que yo deseaba ver multiplicado en las paredes de mi techo. La muy turra ahora me regalaba dos flores que seguramente sonreían sarcásticas debajo de sus pétalos de color tiza manchada.
Y así se sucedieron los años y ya llevamos casi diez: yo la podo a lo bestia en los meses sin erre y ella me regala dos flores blancas en cada octubre: Flores que ahora, como si fuera poco, hace brotar moradas (y mi corazón se ilusiona cada vez) y se despliegan en ese blanco deslucido e insulso. He intentado variadas estrategias para hacerla cambiar de opinión: hasta le traje dos Santa Ritas llenas de flores coloridas al grito "¡Ahora tengo estas más jóvenes, ya vas a ver!"; pero ella sigue, digna e insobornable, soportando mis podas y regalándome sus dos flores blancas en cada primavera.

PD: Ahora subo acá esta foto de una de las otras a ver si se entera de que ella no está en Internet.

1 comentario:

Macachines dijo...

menuda es tu santa rita...
mi limonero del que escribí algo, se suicidó este invierno, nunca dió una flor. A pesar de ello éramos compañeros. Pero no pudo aguantar el clima frio de Castilla. Ahora su esqueletito menudo está clavado en el centro de la maceta, erguido, desnudo, espera que le asigne una nueva tarea, la de tutor de una joven parra.

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