domingo, 3 de junio de 2007

Hongos en el Sahara

La familia es un huevo podrido donde se cocina el caldo primigenio de todas las desgracias. En el núcleo de las células, viva como una pústula de fuego, late la locura originaria, la que de verdad nos desterró del paraíso. Manzanas, peras, cerezas...da igual. Las ensaladas de frutas siempre saben mal. Hay unos cuantos sobres debajo de la puerta. Cada uno contiene el pelo de un muerto y son tantos que se puede hacer con ellos una soga. Siempre son útiles las sogas. La familia explota como una pompa llena de alquitrán en la pared blanca de los corazones. En el inicio siempre hay personas que terminan transformándose en madres, hijos, hermanos, por obra y gracia de una perversa metamorfosis. Si pudiera dejar las denominaciones fuera de la ensalada, quizá hasta cambiaría su gusto y alguien tocaría el timbre para visitarme con un pote de helado de frambuesa. He pasado los últimos seis días en cama y todavía no me curo. Creo que nunca sucederá. Todos tenemos trajes que nos vamos quitando o poniendo según sea necesario. Me gustaría un día de sol con un nuevo mundo bajo mi ventana y peces celestes nadando en el agua clara de los nenúfares. Siempre me digo que mañana, pero ya sabemos lo que sucede con ciertos deícticos: nunca llegan. Soy un hongo sin colonia. Crezco sola en medio del desierto: rara especie vegetal de la humedad a la que se le dio por brotar en medio de la arena.

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