domingo, 10 de junio de 2007

Parque Chas

Cuando hablo con ella me cuenta las interminables hazañas de los nietos que viven detrás de kilómetros de agua y la nostalgia de los hijos que se fueron. La escucho con una extraña ternura protectora que me sorprende. A pesar de mi cercanía, que ella parece no precisar, está sola y, como siempre, finge resistirlo sin pedir nada: estoicamente porque eso es lo que corresponde. Siempre resistiendo en silencio, sin permitir ni solicitar ternuras que yo estaría dispuesta a darle, pero que sólo le labraría una deuda que ella no desea tener conmigo. Me acaricia la cabeza y me dice que todo va a pasar con la segura experiencia de quien ya estuvo en mi lugar y se resignó a su suerte. Me ofrece una enésima taza de café y, la verdad, es que sabe horrible; pero le digo que sí porque sé que soy una de las pocas veces que recibe a alguien en su mesa de mantelitos y pocillos blancos. Le pregunto si necesita plata y me dice que no, que Miranda está hermosa y que ya llega a la puerta de calle, que Luca grita y no deja hablar al padre y que Tadeo tiene una computadora que le regaló la tía, de Maïa no sabe mucho porque hay un contestador. No me lo dijo nunca, pero está orgullosa de que yo haya terminado la Universidad. Sobre todo porque ella era obrera y pegaba suela de zapatillas en una cinta como la de Chaplin. Después me voy caminando por Bauness que está dorada y fría en la tarde de junio. Digo que me hizo mal y tal vez me dio la posibilidad de tener una soledad poblada de voces y universos de luces perfumadas en el que me refugié para soportar su psicosis y su violencia. Creo que, pese a todo lo que digo, la quiero y la extrañaré cuando no esté más.

1 comentario:

macachines dijo...

siempre me acuerdo de ella, y los paseos que dábamos por el barrio de Chacarita...
y tu viejo que me miraba con los ojos húmedos a traves del cristal de sus gafas.

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