sábado, 16 de junio de 2007

Mi hermano Pablo



















Fui la hermana mayor. Tenía seis cuando nació mi hermano menor que se iba a llamar Emiliano (por Zapata...mis dos hermanos tuvieron dos nombres debidamente justificados), pero como sonaba igual que el nombre del hijo anterior, mis padres decidieron agregarle otro y comenzó un debate familiar que derivó de Patricio a Santiago hasta que mi padre me llamó. Yo estaba en primer grado y me había enamorado perdidamente de un chico que escribía en el pizarrón con unas enormes letras de imprenta que la maestra se empeñaba infructuosamente en corregir. Se llamaba Pablo. No recuerdo su rostro, pero a él debe mi hermano su primer nombre.
Más que una presencia fraternal en mi vida, Pablo fue un poco mi hijo. Antológicos eran los lapsus de mi madre antes de que naciera mi propio hijo Pablo: cada dos por tres debía corregir su "Pablo, tu hijo" con mi "Es mi hermano, mamá". Al fin y al cabo, ella parece haber tenido un solo hijo, Mariano -esta vez por Moreno-, y ser feliz con ello. Alineé a Pablo con mis muñecas cada vez que jugué a la maestra con un pizarrón que mi padre me había pintado sobre una puerta y él me obedeció resignadamente dándome la oportunidad de que me ejercitara en la que sería la vocación que nutre mi corazón, lo llevé a una clase de danza cargándolo en la espalda para hacer un baile prehistórico, le conté cuentos, lo bajé en brazos la mañana de su cumpleaños cuando él tenía sólo doce años y mi madre rompió toda una cocina para ovillarse luego y no hablar durante más de dos meses. Ese día, en medio del desastre de platos rotos y alimentos desparramados, recordé que Pablo estaba todavía en su cuarto y subí de a tres los escalones de la señorial escalera de madera de la casa de Belgrano R para encontrarlo tapado por sus mantas y llorando. Lo llevé a la escuela y a la tarde le festejé un pequeño cumpleños con la torta de manzanas y crema pastelera que a él le gustaba. Vi cómo, dos años después, mi madre intentaba ahogarse en una pileta y mi hermano se tiraba para sacarla y la odié porque lo condenaba a ser el guardián de su supervivencia a los catorce años.
Nueve años después, mi hermano se subió a un avión y desde entonces vive en Francia, habla la lengua que a mí me hubiera gustado hablar y, quizá, lee los libros que yo hubiera deseado leer. En París la pasó a veces mal y otras mejor. Fue desgraciado, feliz... como todos nosotros. Ahora, le cuenta historias a Maïushka en Marsella a orillas de un mar que tantas nostalgias literarias me provoca. Él es casi toda la familia que yo tengo y lo añoro en este recodo de la vida en que una puede empezar a recapitular. Sus dibujos me llenan de un orgullo pueril y maternal y su hija me despierta sentimientos de tía que la distancia no me deja desarrollar. Está bueno oír su voz en el teléfono y que me diga "gorda" como ya nadie me llama en una vuelta de ese calor de la primera infancia cuando lo protegí de la locura con el amor que Pablo siempre me despertó y devolvió.

PD: Su página tiene los dibujos más hermosos: www.nanozoom.net

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...