viernes, 29 de junio de 2007

Mis padres eran comunistas

En mi casa había una fiesta extra por año que celebrábamos sólo nosotros. En mi casa había fiesta el 7 de noviembre: era el cumpleaños de la abuelita URSSula. Así decía mi mamá y cortaba una torta siempre roja, con un martillo y una hoz de cartulina amarilla y repartía juguetes que, aseguraba, venían directamente de la Unión Soviética. Comíamos bizcochuelo colorado, apagábamos las velitas que correspondían al número de cumpleaños de la revolución, mi mamá nos contaba historias de obreros que morían peleando por la libertad y la justicia y después cantábamos aquello de “Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan”. Aquél era un mundo dulce donde la clase obrera era siempre sabia y buena y las ideas trazaban líneas claras que nos calmaban a todos porque sabíamos de qué lado estar. A mi casa venía un señor de cabeza blanca a entregar unos periódicos que mis padres leían y escondían para después pasárselos a otros. Nosotros le decíamos el abuelito Milkibar porque, con los diarios siempre, nos traía un chocolatín blanco a cada uno. A mis hermanos y a mí nos encantaban el abuelito Milkibar y otro camarada que nos hacía trucos y nos sacaba monedas de atrás de las orejas. Una vez mi mamá estuvo presa en la cárcel del Buen Pastor porque le había pegado a un policía en una manifestación en contra de la guerra de Vietnam, pero eso no se podía decir. Ella nos enseñaba quiénes eran Ángela Davis, Patricio Lubumba, Camilo Cienfuegos, Sacco y Vanzetti y escuchaba Joan Báez una y otra vez. En mi casa se cantaban canciones de la Guerra Civil Española y mis padres contaban historias de milicianos y voluntarios internacionales. Mi papá decía que los falangistas habían ganado por no sé qué asunto que él llamaba neutralidad. Yo no entendía muy bien de qué se trataba, pero lo resumía así: la gente buena de todo el mundo había juntado muchas cosas para los republicanos y para poder dárselas había que atravesar otros territorios, pero esos países, que venían a ser la gente mala –los gobiernos, decía mi madre, porque los pueblos siempre son buenos-, no los habían dejado pasar para no favorecer a ninguna parte. Yo pensaba, entonces, su acción que había benefciado a los malos y no entendía cómo, después en la guerra contra Hitler, se había puesto repentinamente del lado de los justos. Después me acordaba de que los pueblos son siempre buenos y el mundo volvía a funcionar. También pensaba en el Ejército Rojo peleando heroicamente entre la nieve para echar a los nazis que siempre, siempre habían sido los más malos de todos y me imaginaba a mí misma en las trincheras de Madrid o en Leningrado muriendo por la Revolución. En mi casa siempre había un cuartito escondido o un sótano donde había libros que nadie podía ver, venía gente a reunirse hasta altas horas y de repente dormían con nosotros personas que nunca habíamos visto. Pero todos eran bondadosos y simpáticos y los llamábamos tíos. Mi mamá tenía una foto de un pelado que se llamaba Lenin y otra de un barbudo que se llamaba Marx. A mí me caían bien esos dos porque tenían cara de gente buena. Visto a la distancia, la vida era perfecta: en boca de mi madre, el marxismo leninismo era un dogma que aclaraba los tantos y ordenaba el mundo. Sabíamos quiénes eran los buenos siempre; quiénes, los malos; que tarde o temprano los primeros iban a derrotar a los segundos y la vida iba a ser perfecta. De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad, era una máxima maravillosa. Después se cayó el muro y mis padres rompieron su carnet; pero, para ellos, los obreros siguieron siendo buenos; los pueblos, mejores que sus gobernantes y la revolución, la única meta de verdad. A veces añoro su fe, su idealismo y su capacidad de partir así las aguas para moverse tranquilamente en la complejidad de un mundo que nunca fue lo que ellos quisieran que fuera.

1 comentario:

Mónica dijo...

Julieta, cariño no he sabido más nada de ti, sólo que tus padres eran comunistas. El mío también. Eran muy buenos comunistas pero no supieron perder, porque no fue así que perdieron una batalla o un partido y el campeonato seguía. Perdieron la ilusión, el ideal y para bancarse eso hay que ser un experto en vivir, no comunista.
Yo no soy tan comunista como nuestros viejos, pero me cuesta mucho vivir.
Mónica
Agregaría esto:

somos damnificadas del comunismo que aunque materialista y dialéctico fue más idealista que platón y hegel juntos.

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