miércoles, 20 de junio de 2007

París

La casa de Verlaine donde tomé sopa de cebollas y pan tostado una noche de febrero.
Le Jardin des Plantes que bordeé regresando por la rue des Gobelines y conversé con una anciana que paseaba uno de los tantos perros de París.
La dorada luminosidad de La Bastille en una rara tarde soleada de primavera mientras un joven africano tocaba unas tumbadoras sobre las escalinatas de L’Opera y sonreía con la blanca dentadura de los nuevos colonizados.
Los mercados de domingo en verano rebosantes de moras y frambuesas y mis dedos enrojecidos de tanto comer.
La tristeza del Sena, gris, melancólico y ornado por sus puentes que van y vienen como un viejo festón.
La librería “Shakespeare & Co” con su luz amarilla, sus sillones y sus libros desbordando anaqueles hacia la calle.
La humedad de las escalinatas del Sacre Coeur y un violoncello tocando Bach por unos euros.
Los comercios de Montmartre donde se come con los ojos  y se digiere con el olfato.
La casa de enfrente, nunca tan íntima, con un hombre de camisa azul bebiendo vino a la luz de una lámpara verde.
El sol contra la fastuosidad efímera del Mausoleo de Napoleón que todo lo quiso, todo lo tuvo y todo lo perdió.
Las callecitas sinuosas de Père Lachaise y sus estatuas cubiertas de óxido verdoso donde vagué entre muertos que no sentía míos hasta hallar la tumba de Marcel Proust a quien lloré como a mi padre.
Saint-Denis donde los reyes que hicieron la historia desde Carlomagno hasta la Comuna de París yacen acostados con sus pies de marmol descubiertos y sus cenizas bajo tierra.
El cielo, que se abrió durísimo de tan azul, en el patio medieval de la Abadía de Cluny donde minutos antes había soñado con intactos peinecitos de madera y marfil.
La nostalgia infinita de un domingo ventoso en las fuentes redondas de Les Tulieries mientras los escasos niños parisinos navegaban anacrónicas barcarolas de madera y dos ancianas bebían té en las confiterías del parque bajo una despojada glorieta con sus perros durmiendo sobre un colchón de acumuladas hojas invernales.
La Gare de Lyon de donde salieron y adonde llegaron tantos trenes incluido el mío que me traía del perfumado sur. 
La Dame et la licorne, allá arriba del Museé du Moyen Age, esperándome cada vez en una epifanía hecha de tapices en sombra para decirme "A mon seul désir".
La rue Mouftarde,  en el cinquième quartier, con sus diminutos restaurants griegos, paquistaníes, bolivianos en los que no se puede entrar sin pisar a alguien.
Esa baguette de pollo al escabeche que comí al cruzar el Boulevard Saint-Germain y el posterior helado de
Berthillon.
La Torre Eiffel desde la que la ciudad parece envuelta en una gasa a punto de volar.
La inefable magnitud de Le Louvre con sus tesoros robados de reinos ignotos en barcos zarpados, seguramente, entre el silencio y la medianoche.
Le Marais en cuyos recovecos creí haber visto a Molière. 
Los barcitos infinitos donde bebimos con amigos en la noche colorida de algún julio en que nos volvíamos a encontrar.
La brillantez espejante y colorida de Van Gogh en la primera tarde en el Musée d’Orsay y el hallazgo de “La lectora” de Renoir después de haber bebido un vaso de agua fría en la barroca confitería del museo decorada con pasteles verdes y rosados.
El laberinto aterrorizante del metro donde tantas veces creí perderme para salir, finalmente, a la luz temblorosa de la ciudad.
Los vitraux redondos de Notre Dame y sus bóvedas de piedra clara donde, entre gárgolas y recuerdos de lluvias, se deslizan personajes de Hugo.
Las vitrinas de zapatos de Place Vendôme donde recordé a Manette.
El hotel de la rue d'Amsterdam desde cuya ventana se veía una tintotería y una anticuada casa de sombreros.
La Gare d’Austerlitz que me llevaría hacia la tierra de mi padre y en la que pedí a alguien un mate para sentirme en una patria a la que ni siquiera había empezado a recordar.
Las calles, callecitas y pasajes donde la ciudad es un encaje insólito en el que todo se hace y se deshace bajo una garúa invernal y menuda.
Todo esto fue París más la memoria de tantas páginas que construían el recuerdo de una ciudad en que yo ya había estado antes de estar.

2 comentarios:

Alejandra T. dijo...

Se lo mande a alguien que vos y yo queremos mucho y que en este momento solo puede soñar con Paris. Le encanto. Gracias!

Mónica dijo...

Esto me instaló en un poema lejano que escribí en Río de Janeiro en un verano aún más lejano: El metro carioca me recuerda al de París que todavía no conozco.
Y entre recuerdos del futuro, te digo: acuérdate, el 2009 en París, no falta tanto.
Moni

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...