viernes, 13 de julio de 2007

La memoria de las cosas

Se alinean en filas. Largas filas. Uno tras otro. Cada uno atesorando su memoria: el eco repetido de una voz en el momento de entregarlo, el crujido de un papel en el instante de envolverlo, el brillo de una luz que reflejaba, el aroma preciso de la mano que lo rozó apenas, la textura de un canto, la finura de un cristal encendido, el sabor del licor que los llenó hasta el borde, el calor de una mano ya ausente. Cada uno de ellos rememora una historia, una anédocta, una mirada, un sitio donde supo hacerse, un traslado. Y están en filas, desparramados sobre los estantes en líneas que tejen el entramado de lo que fue una vida: se superponen en su actual condición de recuerdo vacío. Yo no poseo sus claves. Son para mí meros objetos y un punto repentino de tristeza. No poseo las palabras que los transformaron alguna vez en únicos y, entonces, los reintegro a su condición de serie. Los he privado de todo su pasado: son copas, tarjetas, dedales. No son ya historias porque las casas se quedan vacías de memoria y se mueren. Las casas se despojan de recuerdos y pasan sus cosas a otras casas donde son sólo eso: cosas que han muerto.

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