martes, 10 de julio de 2007

La pasajera

Se subió con su maletita atada: nudos y moños para que no escaparan los tesoros -sus tesoros-: alguna foto que ya no recordaba de quién era, un monedero con monedas de diez, un boleto viejo a ninguna parte, una bufanda y unos libros cuya lectura no recordaba dónde había dejado. Caminó con pasos temblorosos. Otra vez era una novia yendo a su boda, pero no había ahora novio ni traje blanco. ¡Cuánta tristeza tengo en el costado! Haber dolido tanto este universo para nada. Una casa más queda vacía como quedó vacío el sitio en que estaban los recuerdos y ahora cae la lluvia del silencio. Siempre el silencio. Nunca estuvo en medio del aire que pasaba, no la mojó el tibio sol del medidodía, ni vio caer la nieve. La melancolía es una manta fuerte, ahoga el tiempo que se escurre mientras nadie lo nota. Y pasa y mata o enloquece. Y nadie dice nunca nada: sólo una estufa pequeña que nunca entibia y los hijos se arremolinaron para esperar un cuento que no se dijo y ya acabó.

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