miércoles, 18 de julio de 2007

La sombra infantil

Quiero matar la sombra de ella que me habita, acabar con todos sus recuerdos, con su respiración que me atormenta. No tengo cuentos ni caricias ni palabras; sólo una espiral de humo denso que me envuelve en la placenta de la que nunca me dejó salir legándome su herencia de desdicha. Rugosa hiedra de veneno que finge no quererme, pero me necesita para una mímesis de siniestra perdición. De pie, contra un muro, proclamo al viento frío que ella no soy yo; que diminutas lentejuelas gotean por la herida que abrieron todos y cada uno de los cuchillos que se blandieron frente a mí. Yo no tuve un oso de peluche: tan sólo una muñeca negra a la que le faltó una pierna de trapo. Yo no tuve una vuelta más en calesita, sino gritos y llantos ahogados; mientras mi padre se esforzaba por demostrar que todo siempre estaba bien. Soplaban entonces los huracanes de la locura en las terrazas donde, con mis hermanos, solíamos refugiarnos para enseñarnos el uno al otro la misteriosa forma de sonreír. Ellos han olvidado para sobrevivir; y yo me empeño en una obsesiva memoria que aleja los fantasmas que nos habitan a los tres. Los niños se abrazan y sus ojos tienen el rito triste de la orfandad: amarga sombra que coronó nuestra infancia como una melodía tocada en un pífano de hueso y sal. Como una cinta roja arriba de un paquete de papel de seda, quedaron las lágrimas sujetas con delicados alfileres de cristal. Yo sólo deseaba una madre que me ofreciera su regazo para reposar, una madre cuyas manos fueran tibios edredones de lana dulce, una madre de cuya boca los besos se desgranaran como caramelos de cereza, una madre que se levantara a arroparme en la noche y acomodara el muñeco caído junto a la almohada, una madre que exprimiera naranjas y tostara pan cuando saliera el sol. Yo bebí hiel en dedales hasta que mi alma explotó de nostalgia y las garzas cruzaron el cielo llamando con sus garfios azules al silencio. Y, ahora, hace un frío eterno en el territorio de los hospitales donde las camas coronan el remedio de toda posible enfermedad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me hiciste emocionar hasta las lagrimas,

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