viernes, 6 de julio de 2007

Sol











En un tren que cubría Granada/Barcelona, habiendo dejado atrás el Islam y sus patios conjuradores de la arena; vi el sol brillante como una naranja emerger de las aguas como lo ha de haber visto el Africano cuando cercó Numancia. Días después con los ojos de Octavio y los del fiel Virgilio lo vi incendiar el Mediterráneo en un violento atardecer de Nápoles.
El mismo sol, ahora, como un cítrico rebosante de llamas sube hacia el paredón derruido y moderno de una estación de trenes sobre un país que se angosta a fuerza de desastres. Los ojos, angustiados
en quimeras de antiguas utopías de justicia, son espejos que no entienden las manos infantiles que hurgan la basura como si dibujaran el derrotero de futuros agravios.
Los ojos son espejos donde se ha visto el mundo: insólito, desnudo, despojado de cuentos. Siempre las mismas naves enfilan otra vez hacia Troya y Helena sonríe cuando el sol achicharra las arenas de Pérgamo sobre las que los griegos le hacen creer que están allí por ella cuando en sus ojos arden las agoreras entrañas de los frigios tendidas como puentes sobre los Dardanelos. Siempre los mismos gritos, siempre el mismo hambre, en distintos idiomas, en distintos lugares: en el acre lodazal de Morón, Balvanera y Matanza; junto a los altos parques helados del Sacre Coeur en enero o en esa multitud que invade por las noches Santa María Novella como una plaga arrastrando los cartones que les dejó la furia para tapar sus miedos. Siempre el mismo hambre inundando el silencio de los mosaicos de Siena, de los vitrales, del camino que lleva cada año a Luján, de las pirámides en medio de la selva mexicana... Y el sol, redondo, ardiente, a punto de quemarlo y esperando, desde hace siglos, esperando.

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