domingo, 1 de julio de 2007

Teatro épico

Hago construcciones para edificar mi vida de ahora en más. La maternidad es una carne de la que nunca podré ni deseo despojarme. Se trata de ver la evolución de mi propia especie. Así que, por ahora, hago construcciones con lo que sé, con lo que soy, con lo que siempre alimentó mi fe: las palabras. Mi casa es un tibio mundo dulce. En mi mesa se apilan las traducciones de latín, los trabajos sobre La Celestina: un universo antiguo, claro y contundente donde todo encaja a la perfección; a diferencia de mi alma a la que siempre le está sobrando alguna cuestión. Todos debemos acomodarnos, hallar el sitio ahora que la pieza ha cambiado. Ya no daremos más La vida es sueño, esta vez se trata de El círculo de tiza caucasiano. Y sale Brecht a decirme que intente con la épica, con el distanciamiento que trae la conciencia. Basta ya de Aristóteles. Basta ya de piedad y terror. Basta ya de cartasis. Esa escena, dice Bertold, no sos vos. ¿Y quién soy yo ahora? Se baja el telón, los espectadores salen, Grusha cedió a su hijo y lo ganó. Quizá haya que correrse a un costado del círculo para estar. Siempre gana la racionalidad, que es otra manera de ejercer la catarsis. Curiosa reflexión: siglos para pasar del oscuro corazón a la clara conciencia. O viceversa: del claro corazón a la oscura conciencia. No sienta bien al alma griega lo que entusiasma al espíritu alemán. Voy a terminar suponiendo -pese a mí y mis irracionales resistencias- que la única literatura de verdad era la dramática. Lo demás es solaz complaciente para el cuerpo, que, al ser social, siente que algo le falta y que sólo -voilá- está en las tablas. O sea que mi vida debe transitar ahora este pasaje de géneros. Aún creo en dioses y estoy en la infancia menuda de la lírica. El teatro será la madurez que dan los otros, abrirse a un entramado complejo donde soy parte de un grupo que sólo vive si son varios. Quiero ser muchos personajes, a la vez o en forma sucesiva, y no sólo el poeta que escribe a la luz de una vela en una húmeda buhardilla de París. Épica y catarsis. El absurdo del lenguaje que no dice nada y sólo finge significar. Soy clásica y me sostienen los hexámetros perfectos de Virgilio que suenan como ecos de un remoto universo que ya no está. No sé nada y permanezco incólume a mi propia ignorancia insatisfecha. Después llegan albas añiles y ya no puedo dormir. Bebo café, cuento manchas en la pared y las horas pasan sin que yo pueda develar si será tragedia o comedia la última página del drama. Épica. Todo contra la identificación. La distancia despierta la conciencia. Sé que Bertold tiene razón.

2 comentarios:

dani dijo...

Construcciones... todas y cada una dependen de sus cimientos y los tuyos son fuertes, aunque sientas que no. Seguramente esa mirada de la realidad que tenían tus viejos en aquellos tiempos (mirada en la que me incluyo y de tanto en tanto añoro) dejaron su impronta.
Seguramente esa joven amante de la lectura y de la escritura dejó su impronta.
Seguramente ese rol de madre que asumiste en ocasiones antes de ser madre, dejó su impronta.
Cada ladrillo que conforman tus pilares es fuerte y sostiene estas nuevas construcciones que deben tener imperfecciones, pero lo bueno es que siempre se pueden reparar. Quizás en algunas ocasiones no con la premura que uno requiere o en otro momento alguien dará por roto algo que uno ve como que está bien. Pero claro, no siempre podemos vernos objetivamente, en realidad jamás, y eso es lo bueno. Todos somos muchos personajes que conforman un todo, ese que la gente ve, siente, ama, desprecia, extraña, rechaza, en difinitiva, lo que somos
Y la distancia para aquellos que son buena gente sirve para que esa conciencia sea una vez más un espejo de aquello que los otros ven.

Besos Juli
Te quiero mucho

Buena elección la nueva estética del blog (perdón, pero la profesión es otro de mis personajes) y muy tierna la foto

Macachines dijo...

El cambio de rueda

Estoy sentado al borde de la carretera
el conductor cambia la rueda.
No me gusta el lugar de donde vengo.
No me gusta el lugar adonde voy.
¿Por qué miro el cambio de rueda con impaciencia?

Bertolt Brecht (1953)

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