lunes, 20 de agosto de 2007

Cuentos para Maïa 2: La cama de Maïa



Maïa tiene una cama bajita, muy bajita. Una cama que casi, casi roza el piso. Como si no tuvieras patas. Lo que sucede es que la nena es muy chiquita y su papá no quiere que se lastime si, a mitad de la noche, ella quiere un vaso de agua o ir a baño, así que entre el suelo y la cama hay apenas un saltito. ¡Hop! …y ya Maïa está en el piso y medio dormida camina por la casa que está en silencio y oscura.
Pero una noche, cuando Maïa sacó sus pies al aire frío de afuera de su cama, el suelo no estaba.

Epa dijo me parece que el suelo se fue.
Estiró su pierna derecha todo lo que pudo, pero del piso ni noticias. Se asustó tanto, pero tanto, tanto, que se volvió a meter bajo las mantas con los ojos cerrados. Al rato pensó que no iba a quedarse así toda la vida, así que comenzó a destaparse: primero los pelos, después la frente, la punta de la nariz y, finalmente, se animó a abrir despacito los ojos y, en vez de ver el techo de su cuarto cubierto con los dibujitos de su papá, vio el cielo abierto repleto de estrellas lejanas. Prestó un poco más de atención y le pareció que soplaba una brisa con sonido a agua con pescaditos. Más allá, unos pájaros resoplaban y el aire salía de entre sus picos colorados con una melodía de flautas.
― Epa ― dijo Maïa ― me parece que no estoy en mi casa.
Y, cobrando coraje, puso sus manos en el borde del colchón y miró hacia abajo. Y, efectivamente, no estaba en casa; sino lejos, lejísimos… como a nueve mil millones de kilómetros estaba ella, en su cama.
― Epa ― dijo ― me parece que tengo un problema serio.
Y vaya si lo tenía, porque la cama de Maïa era una típica cama paseadora; de ésas a las que, en la noche y después de andar todo el día con sus patas encogidas, se les da por estirarlas un poco y ya que están salir a caminar por ahí. ¿Y cómo Maïa no se había dado cuenta antes? Es que siempre, cuando ella se bajaba, la cama ya había vuelto de su paseo y dormía lo más pancha. Esta vez, seguramente papá había puesto demasiada sal en la comida y la nena se había despertado antes y allí estaba en medio de la selva de Tucbuntú.
― Epa ― exclamó ― ¿Y ahora qué hago?
Sólo le respondió el silencio de la noche selvática y unas ranas que croaban en la laguna.
― Señoras ranas ― llamó Maïa ― ¿Saben ustedes como vuelvo a mi casa?
― Croac, croac ― respondieron las ranas en idioma de rana.
― Epa ― dijo Maïa ― me parece que no saben.
De pronto divisó una araña que tejía una tela delicada como una gota de rocío.
― Señora araña ― llamó Maïa ― ¿Sabe usted como vuelvo a mi casa?
― Zip zip ― respondió la araña en idioma de araña.
― Epa ― dijo Maïa ― me parece que no sabe.
Una mariposa de alas de colores pasó volando sobre su cabeza.
― Señora mariposa ― llamó Maïa ― ¿Sabe usted cómo vuelvo a mi casa?
― Fluc fluc ― respondió la mariposa en idioma de mariposa.
― Epa ― dijo Maïa ― me parece que no sabe.
Y ya estaba por ponerse a temblar de desesperación cuando divisó un oso color chocolate y lo llamó:
― Señor oso, ¿sabe usted cómo vuelvo a mi casa?
El oso miró para arriba y allí, cerca del cielo, vio una cama de patas largas y una nena arriba que le hacía señas con la mano.
― Grrr grrr ― dijo el oso.
Y apareció la araña que dando vueltas tejió un hilo largo en cada pata.
― Grrr grrr
repitió el oso.
Y cada rana se colocó el hilo en la boca.
― Grrr grrr ― volvió a rugir el oso.
Y la mariposa se puso al frente volando por arriba para indicar el camino.
Y en un dos por tres, la cama atravesó la selva de Tucbuntú, el mar Mediterráneo, entró en el puerto de Marsella y, por una calle finita, las ranas y la mariposa encontraron la casa de Maïa donde dejaron la cama que dobló sus patas y se echó a roncar. Entonces la nena bajó, tocó el suelo con sus piecitos, espió al papá que dormía como un lirón y volvió a meterse entre las sábanas mientras las ranas salían por la ventana rumbo a la selva de Tucbuntú.

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