domingo, 26 de agosto de 2007

Cuentos para Maïa 3: Tomasito y su mamá.

Un mes antes de lo que había dicho el doctor, Tomasito asomó la cabeza al mundo y salió de la panza de su mamá quien no bien lo dio a luz se levantó y, ante el asombro de los doctores, exclamó:
¡Caramba! Tanto para hacer y yo remoloneando en la cama.
Y se sacó la bata y salió de la sala de partos de lo más apurada mientras ponía al bebé en su pecho para que mamara sin perder un segundo y regresar a su casa. Tuvieron que sujetarla entre cuatro para retenerla y hacerle entender que, por lo menos, debía descansar dos días en el hospital. Pataleaba, enumeraba sus tareas, rogaba, suplicaba y gritaba para que la dejaran ir. De nada servía que el papá de Tomasito le explicara que había venido su prima del campo a ocuparse de la casa, ella aullaba que ésa era una vaga, que nadie en el mundo hacía las cosas tan bien como ella, que la casa se vendría abajo, que nadie le pagaría al lechero, que les venderían gato por liebre, que, que, que y que…
¿Y Tomasito? Pues como todos los bebés de dos días, dormía a pata suelta.
La mamá lo miró, dejó de gritar y dijo:
Y encima este hijo mío duerme como un zapallo…
El papá, resignado, se tomaba la cabeza entre las manos y suspiraba. Las abuelas cuchicheaban y los abuelos salían a fumar sus pipas a los jardines. Por suerte para las demás parturientas, los dos días pasaron rápido y la mamá de Tomasito y Tomasito volvieron a la casa.
Al llegar, encontraron a la prima del campo esperándolos en la puerta. La casa olía a jabón blanco y brillaba como un espejo reluciente.
¿Y? dijo el papá, contento de poder callarla.
La mamá miró a su alrededor una vez, dos veces, tres veces. Miró la cara rubicunda y satisfecha de la prima del campo, le pasó el bebé al papá y se dirigió al estante del comedor donde estaban alineados los frascos de legumbres. Los sacó uno por uno y pasó el dedo por la madera. Lo observó y ni una mota de polvo. Volvió a pasarlo escarbando por los rincones y allá, en el ángulo más recóndito y oscuro, se le prendió un granito minúsculo de pelusa que había que usar lupa para verlo.
¡Ja! dijo mostrando el dedo. Y le puso la maleta en la mano a la prima, la despidió con dos besos en sus lustrosas mejillas, cerró la puerta, buscó agua, jabón y un cepillo y fregó el estante hasta dejarlo blanco nieve.
El papá con el bebé en brazos se quedó perplejo. Pero ella siguió así hasta la madrugada: lavó la ropa, la tendió, hirvió verduras e hizo tartas, amasó dos panes, dio de mamar al niño, lo cambió, rasqueteó los pisos de su cuarto, repasó los azulejos del baño, lavó las copas y las alineó de mayor a menor, cosió botones, zurció medias, dio de comer a las aves que criaba, bañó a los perros. Cuando se fue a dormir, dobló la ropa que el papá había dejado y se metió entre las sábanas. Apenas hubo cerrado los ojos, empezó a pensar en lo que le tocaba al día siguiente, sonrió satisfecha y se durmió.
Antes de que el sol despuntara en el cielo, ya estaba de pie diciendo:
¡Caramba! Tanto para hacer y yo remoloneando en la cama.
¿Y Tomasito? Creció siguiéndola por todas partes. Estaba en la cocina con la taza de leche humeando bajo sus narices, zum, zum, pasaba una ráfaga de tela clara. Era el vestido de mamá y allá iba el chico a seguirla, atrás, para que lo escuchara. Todo rápido: a los ocho meses, cuando otros recién gateaban, él ya daba sus primeros pasos; habló antes que ninguno; fue el primero en ir al baño solo, comenzó a escribir a los cuatro años. Todo rápido: el papá veía pasar a su esposa y atrás al hijo que siempre trataba de alcanzarla.
Mamá, necesito un cuaderno.
Y antes de que terminara la frase, ella le ponía en la mochila uno rayado de cincuenta hojas, forrado, con etiqueta y con la portada ya hecha.
Mamá, se me acabó la pinturita verde.
Y ya tenía sobre la mesa una caja de veinticuatro nuevitas y con la punta recién sacada.
Mamá, mañana es la fiesta de cumpleaños de…
Y antes de que terminara de decirlo, ya estaba bañado, vestido con su mejor ropa y con un enorme paquete en las manos.
Pero una noche, cuando Tomasito cerró los ojos, no pudo recordar cómo era la cara de su mamá ni su pelo ni el color de sus ojos. Tampoco recordó cómo sonaba su voz ni cómo se reía. Apretó más los ojos para ver si el recuerdo acudía a fuerza de párpado, pero no. Tomasito no se acordaba.
Así que se levantó en puntas de pie y caminó al cuarto de sus papás. La puerta estaba entreabierta y la habitación, en una tenue penumbra. Empujó la puerta y, en la cama, el papá roncaba como un oso. Pero de la mamá, ni noticias. Entonces oyó un ruido en la cocina y hacia allí fue.
Al entrar, en medio de una brillante luz blanca, un remolino verde claro repasaba los vidrios, fregaba el horno.
Mamá dijo Tomasito colgado del picaporte.
Ahí tenés el vaso de agua exclamó el remolino sin detenerse.
Mamá, no quiero agua.
Ahí tenés otra manta y le puso sobre los hombros una frazada.
― ¡Mamá! gritó Tomás con toda la fuerza de sus pulmones. Dos gruesos lagrimones le rodaron por las mejillas y agregó en un susurro: No me acuerdo de tu cara.
La mamá estaba puliendo una sartén con una virulana y, de repente, se detuvo: la sartén resbaló relajada sobre la mesada y la virulana se escurrió, aliviada, por un rincón de la pileta. Los lagrimones cayeron por el cuello, la panza y las piernas de Tomás hasta el piso. Glock, glock, hicieron al chocar con las baldosas impecables.
La mano de la mamá tuvo el impulso de buscar un trapo y limpiarlos, pero titubeó.
No me acuerdo de tu cara. volvió a llorar el niño.
Glock, glock, glock, glock hicieron las lágrimas.
La espalda verde de la mamá se tensó un poco y su cuello apenas se movió hacia atrás. Las horquillas que sujetaban con firmeza el cabello se soltaron y el pelo cayó como una cascada castaña mientras el rostro giraba lentamente y Tomás se secaba la cara con las mangas.
La mamá se agachó, lo alzó en brazos mientras el agua de la canilla hacía burbujitas.
Tomás miró a la mamá: su frente ancha, sus ojos negros, sus mejillas rosadas, su nariz chiquita como un poroto de manteca, su boca fresca, su cuello largo. La abrazó y hundió la nariz en su pecho que olía a caramelo y jazmín. La mamá le acarició la cabeza y tenía las manos rojas de tanto trabajo. Se envolvieron los dos en la manta y se sentaron en la silla para mirarse. El desorden, encantado de ver que se había dispuesto una tregua y nadie lo cercaba, empezó a asomarse entre los platos y las fuentes a medio lavar y se dedicó a hacer su propia fiesta.
A la mañana siguiente, el papá se despertó cuando el sol ya estaba muy alto. Preocupado por el silencio, bajó y, en la cocina, entre una luz amarilla que entraba por los vidrios empañados, vio a su mujer y a su hijo abrazados, envueltos en una manta y dormidos en una silla, mientras, alrededor, libre ya de tantas ataduras, un alegre desorden se había apoderado de la casa. Sin hacer ruido el papá corrió apenas las cosas y se sentó, él también, a hacerles compañía.

1 comentario:

Maria Alejandra dijo...

Julieta, me encantó el relato. Es un cuento para "mamás de nenes", me parece. Yo lo entregaría en la puerta de los jardines de infantes...

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