domingo, 19 de agosto de 2007

El huevo cigota. Entrega 5

Donde el huevo relata lo que fue su segmentación y otras curiosidades que serán de sumo interés

A esta altura de la historia, el ovocito, que ya no lo era ni tampoco mitad, y el espermatozoide, que ya no lo era ni tampoco mitad, se acababan de unir a trompas de distancia para que el personaje protagonista, muy a su pesar –este es el sitio donde podría intercalarse la tan mentada frase “¡Yo no les pedí nacer!”, pero dejaremos de lado la oportunidad porque a lo largo de este relato hallaremos miles de circunstancias en que ustedes mismos comprobarán cuán al caso viene la exclamación- …pues bien, esta altura de la historia, decíamos, era el momento para que el cigota hiciera su aparición. Él ya era quien sería siempre: un huevo en pleno proceso de segmentación. Mitosis, dos; mitosis, cuatro; mitosis, ocho; mitosis, dieciséis. En apenas catorce días nuestro huevito pasará de ofrecer una superficie lisa y brillante a transformarse en una espantosa mora granulienta formada por muchas células que nadie sabe bien qué son. Primero al medio y el huevito es justamente dos mitades, para que recuerde siempre quién carajo lo trajo a la verdadera realidad (siempre habrá otra que será real pero no verdadera y, como veremos, el huevo la preferirá dado el terror que la primera le ocasionará). Qué fea es la mórula, dice el huevito, prefería ser huevo. ¿Qué hago acá? ¿De dónde salí? Pero no tiene mucho tiempo para pensar porque nadie puede sobrevivir a semejante vértigo morfológico que en menos de lo que canta un gallo lo hace ser huevo, mórula, blástula, gástrula y embrión. La biología, cuando sucede así de repentina, no deja demasiado espacio para la reflexión. Aquellas dos mitades, que fueron en un comienzo quienes le dieron sus respectivos cincuenta por ciento de materia, andan a la sazón muy orondas e inconcientes de que el huevito la pasa mal: nada nuevo para ellos y el cigota debería saber ya, a tan tempranísima edad, que siempre será así de ahora en más. Así que bien haría en desentenderse del ex portador del espermatozoide, llamado de ahora en más, papá –aunque él no lo sepa ni por casualidad- y de la ex portadora del ovocito y actual del cigota, mamá –que ya empieza a sentir que algo raro le está pasando porque tiene ganas de vomitar.

Intermezzo lorquiano

Que se conocieran en un teatro. Que fueran actores. Que fuera en una farsa en dos actos. Que ella hiciera de niño. Que él de don Mirlo. Que todo fuera tan a la medida. Que se vieran en una sala de ensayos antes de empezar a actuar. Que fueran personajes de una misma representación. Que ella fuera el niño. Que la zapatera fuera otra. Que don Mirlo deseara a la otra. Que no deseara al niño. Que ella fuera el niño. Que él acosara a la otra en la ventana de su propia casa. Que ella fuera la única amistad de la zapatera. Que ella fuera el niño. Que la zapatera tuviera un marido. Que don Mirlo hubiera gozado con anterioridad de unas cuantas esposas. Que ella fuera el niño. Que la infancia fuera un período de latencia donde se toma chocolate y se desean juguetes, pero no a otro hombre o mujer. Que la zapatera fuera bella y joven. Que don Mirlo la deseara. Que ella fuera el niño.

Donde finalmente se arriba a las curiosidades de sumo interés

El cigoto se vio desde el comienzo de la segmentación en serios problemas para enfrentar lo que, en una situación normal, llamaríamos existencia dado que, creemos haberlo dicho con anterioridad, el espermatozoide sólo había aportado el material genético y era al óvulo a quien le correspondía proveer al citoplasma del huevito de la cantidad alimenticia necesaria para sobrevivir y crecer. Y bien… sonamos, se dijo el cigoto, porque mamá arrastraba su historia que los restos perdurables, a esta altura, del ovocito (recordemos que estamos en plena mitosis vertiginosa y ya nada se sabe bien qué es) alcanzaron a balbucear.

Habla el ex - ovocito antes de desaparecer.

Aunque hubo dos hermanos después que yo, soy la menor de una serie de siete. Mamita era, hasta donde la recuerdo, una mujer delgada que siempre estuvo enferma. Cuando nací, la última de siete hijos (cinco mujeres y dos varones), prometió que si sobrevivía al parto se cortaría el pelo e iría en procesión a visitar el Santuario de la Virgen al sur de la ciudad. Así que yo nací, se rapó y empezó a caminar a Luján. Parece ser que se agotó pronto y cambió la promesa original por otra manda y yo fui bautizada cinco meses después con el nombre de María Luján, Lujancita de aquí en más. La virgen debe haberse sentido defraudada cuando vio que, en lugar de ampollas en los pies, mi madre le ofrecía un bebé esmirriado y famélico y le mandó un cáncer de útero que la mató dolorosamente cuando yo apenas tenía siete años. Papito se vistió de negro y la lloró como corresponde. Pobrecito, decían las tías y vecinas, se queda con siete chicos para criar; diga que las mayores ya lo van a ayudar porque Lujancita es tan chiquita. Pero Papito tenía otros planes. A los cuatro meses del fatal suceso, los citó a los siete en el comedor de la casa familiar y les comunicó que se había vuelto a enamorar y que se casaría a la brevedad. La elegida de su corazón era nuestra prima hermana, es decir, la hija mayor de la hermana de Mamita, que, al momento de la comunicación, tenía los años de mi hermano mayor, veinte. Y Papito nomás se casó en el mes quinto de su viudez y tuvo dos hijos más de lo que resultó que yo fui la menor, pero después hubo dos más. Y después de que volvió de su luna de miel, armó sus valijas y se fue a su nueva casa por eso de que el casado, casa quiere. Y me dejó al cuidado de los mayores que ya trabajaban y podían mantenerme. Ninguno de los siete volvimos a ver a Papito ni a la otra que había sido nuestra compañera de juegos infantiles. Y mis hermanas, desesperadas, vieron cómo yo me negaba, por primera vez, a comer.

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