martes, 21 de agosto de 2007

El huevo cigota. Entrega 6

Donde se relata cómo el huevo anidó y el nido amenazó con transformarse en un erizo feroz

El útero era, a esta altura, un nido bastante confortable. Era hora, dijo el huevo, de hallar un sitio donde afincarse para echar raíces, progresar, y bla bla bla. Y ése era el lugar: puro endometrio gordo, mullido y sabrosón. Grueso lo vio el huevo al entrar hecho mórula y, cansado de tanta mitosis sin intermitencia, se dijo que merecía descansar. Buscó un rincón acogedor donde anidar. Nido, por si no lo recuerdan, algo así como poner una hebra de mimbre tiernito, otra de pastito suave, un velloncito de algodón, una lanita y el nido es un hueco cálido y protector. Así que, hecho el nido, el huevo se dispuso para pasar la mejor etapa de su vida. Ya se veía venir la placenta, madre nutricia que lo haría crecer y crecer más allá del escaso milímetro que ahora despuntaba.
Y sí, flor de imbécil nuestro huevo: no hay bien que dure cien años y todo paraíso se torna en súbito infierno en menos que canta un gallo. El día veintitrés, mamá vomitó el café con leche. Tuc tuc tuc empezó a latir el huevo en un intento por detener los espasmos que lo sacudían al borde del lavabo. Pero mamá no lo registraba iniciando la saga familiar denominada: “Madre no se entera de que tiene un hijo ahí” –aclaramos que el “ahí” podrá ser aplicado a cuanta situación se encuentre disponible-. Pero la vida siguió mientras en un intento desesperado por no naufragar, el cordón empezaba a anudarse asemejando más a un ancla que a cualquier otro órgano vital.
Y un buen día, dos meses después, la muerte tocó a la puerta del huevo:
-Toc, toc, toc.
-¿Quién es? –preguntó el huevo con las pequeñas ranuras de sus labios.
-Soy la muerte- le respondieron. Y era una mujer alta, morena y bien torneada que le sonrió a papá. Él la miró, miró a mamá que vomitaba sujeta al lavabo, sacó la maleta de debajo de la cama, la armó y se marchó.
El huevo sacudió al útero.
-Mamá, mamá –llamó, pero nadie le respondió.
-Mamá, papá se va.
Y la puerta se cerró con ruido a madera seca.
Mamá oyó la madera y dejó de vomitar.
-Mamá- llamó el huevo.
Mamá miraba la puerta cerrada y se dejaba resbalar contra el piso de mosaicos hasta quedar tendida de lado.
-Mamá, tengo frío…-lloró el huevo después de estar ocho horas contra las baldosas congeladas.
Pero a la mamá nada le importó y se volvió boca abajo mientras el huevo sentía cómo su piel traslúcida se volvía azul.
Entonces cayó al piso una gota de sangre y luego otra y otra y otra y ya era un torrente, un alud de barro rojo que amenazaba con borrar de un gotazo la efímera vida que había empezado a ser.
La muerte era una mujer alta, morena y torneada que tenía un vestido de organza celeste y que llevaba a papá hacia el sur de la ciudad. Papá corría de su mano mientras sonreía con sus ojos azules y el viento le despeinaba sus cabellos rubios.
-Mamá- lloraba el huevo, pero la muerte tapaba los oídos y los progenitores no quería oír. Olía a menta la muerte con sus tacones de raso y papá no quería ver porque ella lo abrazaba y papá no quería ver mientras la sangre goteaba por la rejilla y corría por las venas de la ciudad.

1 comentario:

Maria Alejandra dijo...

Me sale un Ahhhhh, muy profundo...

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