miércoles, 22 de agosto de 2007

El huevo cigota. Entrega 7

Donde se cuenta la historia de las cuatro Gracias


Eran las hermanas de mi madre y se llamaban, por orden de aparición: Perla Precisosa Manuela, Lisbeth Ángeles, Zelfa Margarita y Felisa María. Especie de coro trágico o comparsa funambulesca fueron las tías que la vida me dio cuando decidió dejarme sin madre aunque ya saben que ella nunca se fue. Al principio yo no las podía identificar: eran un enorme cuerpo cálido y mullido, dotado de cuatro cabezas parlantes que aturdían con su conversación. Me gustaba verlas reunidas alrededor del lecho de mi madre, cada una contando una historia paralela y superpuesta, mientras tejían, bordaban o tomaban el té. Perla era mi preferida, la más linda, la más fina, la que tenía un tapado de piel que olía a perfume y una medalla con la virgen de Lourdes que tenía los brazos abiertos para amparar.
-Margarita- gritó la mamá. Y en Sarandí, Margarita se tocó la panza mientras hervía la leche para su hijo mayor.
-Beta –gritó la mama. Y en Olivos, Beta se tocó la panza mientras esperaba en su cocina larga que sus tres hijas volvieran de la escuela.
-Perla- gritó la mamá. Y en La Lucila, perla se tocó la panza mientras aguardaba que su hija terminara su clase de ballet.
-Felisa –gritó la mamá. Y en Flores, Felisa se tocó su panza mientras atendía el solitario mostrador de su juguetería.
Y las cuatro estiraron el brazo para parar el ómnibus que iba a Ituzaingó y llegar a tiempo para ver a la mamá acostada en el baño con la panza ahogada en un charco de sangre. La levantaron, la limpiaron, la subieron a un taxi, la llevaron a La Lucila, la extendieron en la cama de sábanas blancas y llamaron al doctor.

Intermezzo del doctor alemán

Se llamaba Alfredo Bauer. Era alto y blanco, de cabellos canos y ojos azules y helados; pero cuando se reía se le formaban arrugas simpáticas en la cara. Tenía una esposa gorda y bajita que usaba blusas con volados y se llamaba Kitty. El doctor y su esposa habían nacido en Berlín y hablaban entre ellos en alemán y a los demás en un extraño español. Acudió al llamado de las tías a bordo de un auto negro con Kitty al volante. Miró a mamá, la palpó, la inyectó y dijo:
-El bebé está bien y lo vamos a tener.
El huevo suspiró y se rió.
La mamá resopló y lo escupió. A Bauer, se entiende.
-¡Lujancita! –reconvinieron a coro las Gracias.
-Lujancita una mierda. Saquen a éste y sáquenme el bebé. No lo quiero tener.-El bebé está bien y lo vamos a tener-repitió el doctor secándose la escupida- Reposo absoluto y buena alimentación.
-Yo ni pienso comer.
El doctor escribió en su recetario con Kitty y su blusa de volados tras él.
-Y estas vitaminas.
Después saludó y se fue. El doctor Bauer era un alemán alto y canoso y su esposa Kitty conducía el automóvil que lo llevaba a la ciudad.

Donde se retoma la historia de la cuatro Gracias

Las cuatro Gracias se reunieron en torno de la cama en penumbras. Perla dijo:
-Yo, viernes y sábado.
-Yo, lunes y martes.-agregó Beta.
-Yo miércoles y jueves.-dijo Margarita.
-Yo, domingo.-cerró Felisa.
-En mi casa.-indicó Perla.
-O en la mía.-ofreció Margarita.
-¿Quién llama a Jorge?
-Yo. –dijo Felisa.
-Hay que avisarle.
-Que se muera.- murmuró la mamá desde su lecho –Se fue con ésa.
-¿Con ésa?
-Sí, con ésa. Y me dejó. Que se muera.
-Vos tenés que cuidarte.
-Que se muera.
-Tenés que ponerte bien.
-Que se muera.
-Por el bebé.
-Que se muera.
-¿El bebé?
-Sí, el bebé también.
-Calláte, Lujancita, que los bebés escuchan desde la panza.
-¿De verdad?
-Sí, lo dijo el doctor.
-Entonces que me escuche bien- y gritó: que te mueras, que te mueras, que te mueras.
Y el huevo cigota se llevó las manitos a las orejas y las tapó.
-Luján –la retó Perla- ahora dormí.
Y la mamá se durmió.

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