miércoles, 15 de agosto de 2007

Las letras negras de algún texto



El aula está azul y calurosa. Afuera llueve, pero sin lluvia. Pesa el aire cargado de una humedad inconcebible. Los chicos escuchan mi voz como una lejana letanía que los envuelve y adormece. Me oígo a mí misma hablar de signos cuasirreflejos y de construcciones endocéntricas. Ellos tienen su corazón a resguardo en medio de ensoñaciones que nada tienen que ver con lo que yo digo. Mi corazón también navega por ríos que no son gramaticales. Les enseño lo que sé sin tocar jamás sus dolores, sus tristezas, sus alegrías adolescentes y repentinas. A veces un muro de palabras nos separa. La literatura y el lenguaje se transforman en una materia verbal analizable y dejan de ser el destello emotivo que yo podría inaugurarles. Entender, clasificar, definir, describir... y los corazones -el de ellos y el mío- se alejan cuando hubieran podido tener un lugar para encontrarse (a sí mismos y recíprocamente, diría Ofelia Kovacci). Ellos se ríen, se distraen, no trabajan, responden mal y a desgano y a mí me corresponde llamarles la atención. Tenemos roles previamente asignados y ellos son los adolescentes que yo debo educar aún cuando nadie sabe bien qué siginifica eso. Lejos del aula azul, todos -ellos y yo- tenemos una vida donde suceden las emociones, las experiencias, las sensaciones. Yo querría que alguna vez nos encontráramos entre las letras negras de algún texto.
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