sábado, 4 de agosto de 2007

Los sapos de la infancia


Hay tantas, tantísimas cosas que desearía ser y otras tantas que desearía haber sido. Cuando pienso que lo que constituye una esperanza tiene la misma entidad que lo que es mi desasosiego, me miro y veo los límites exiguos del deseo. Y lo que se ambiciona son como puntos ciegos donde todo cesa. No se puede, decimos; no se quiere, corregimos y entronizamos el desear como una fuerza arrasadora que acaba hasta con la realidad. No es cierto que puedo todo lo que quiero. No puedo porque, a veces, el afuera ofrece vallas, cercos, montañas imposibles, de bordear, remontar o traspasar. No puedo porque, otras, el adentro, lo que soy aquí y ahora, se acongoja, se anula y desenrosca su propio monstruo interior. Y el deseo, sin tierra ni alma fértiles, se nubla y muere. A veces soy una oscuridad extendida como melaza en el tiempo. Pablo se pregunta por qué elige las palabras, no como un niño maravillado sino como un adulto atormentado... ¿Por qué habré puesto melaza? ¿Qué es la melaza? ¿Por qué yo, que siempre aborrecí el café con leche, me he vuelto, en este último mes, una bebedora compulsiva de capuccino instantáneo y no me atrevo a pedirlo en un bar por temor a que sepa más a leche que a chocolate? ¿Por qué creo en la disciplina y el ejercicio de la voluntad contra todo impulso hedonista y no me digo, de una buena vez, que el orden y el esfuerzo son los frenos de mi desbordado corazón? Mientras todos gritan y lloran, yo me quedo callada y miro asustada dónde está la puerta para huir. Y resulta que mi madre le había puesto candado y tengo que escapar por una ventana entreabierta que siempre da a una cornisa. Después pierdo el rumbo y me quedo chiquita con una muñeca de trapo a la que todas las veces le falta una pierna y con otra pelirroja, regalo venido de otras manos y que se llama Dorotea porque los dioses nunca vivieron junto a mí. No termino de ponerle palabras a mi infancia y relleno el sitio con edredones de plumas para que no me chupe y me haga desaparecer en otro pozo, definitivo, y yo no esté más. Tengo memoria del silencio y la soledad y una torta con dos velitas de espaldas a un rancho en San Juan sin mi mamá. Allí debí haber empezado a inventar. Después mi propia boca se tragó ese y miles de sapos más. Pero los primeros han crecido tanto que tapan el croar de las lagunas donde las últimas penas no tienen ni lugar para llorar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gordita creo que es el momento de escribir una autobiografia... Para cuando ?

Une beso
Tu hermano El enano

Anónimo dijo...

Deberías comenzarla con ese texto, es maravilloso.
moni

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