viernes, 3 de agosto de 2007

Mi dragón



Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos aseguren
que los dragones existen, sino porque nos juran que los
dragones pueden ser vencidos

G. K. Chesterton


Rojo,
de escamas que viran levamente al violeta o al naranja según sea el momento del día,
con unas fauces grandes de bordes ensombrecidos hasta el púrpura violento,
en los flancos unas alas que desplegadas podrían oscurecer el sol y trastocar la noche,
unos ojos incandescentes como un lago de brasas profusas y ardorosas.
Es mi dragón,
el propio,
el que duerme a mi lado y me resopla en el oído con su respiración huracanada,
el que se sienta en mi garganta y la oprime casi hasta el ahogo,
el que aúlla en la soledad de mi cuarto,
el que me empuja casi hasta el borde de infinitos abismos,
el que me pisa con su garra de hielo.
Es mío,
nació conmigo,
estuvo en mi cuna de sábanas rosadas,
bebió la leche que me dieron,
fue a la escuela y se sentó en mi banco,
me susurró desastres y tormentas en cada minuto de mi vida,
me arrojó en brazos de hombres impensables,
me propinó más de un par de soberbias palizas,
me exprimió el alma hasta verla vacía y sangrante,
me sorbió el cuerpo hasta dejarlo huesos...
Y ahora,
mientras escribo las líneas que lo conmemoran,
duerme a mis pies porque está viejo.
Me toca a mí,
que fui siempre su víctima,
cuidar que esté abrigado
-a su edad una mísera gripe podría fulminarlo y no quiero-.
Me toca a mí prepararle una taza de té
y contarle historias para que no se aburra.
Sus escamas están pálidas a la luz de la estufa
y teme al caballero que nació para defenderme,
a cuyos brazos -si hubiera sido joven- no me habría dejado acercarme.
No he podido vencerlo, es cierto,
pero ya hemos intimado y sabemos las mañas que pueden endulzarnos.
Él ya no grita tanto
y se lo nota inquieto,
como si deseara que la hora le llegue y lo angustiara semejante demora.
Yo intento que no sufra:
le debo la fortaleza que crié para resistirlo.
Somos viejos amigos,
de ésos que continúan juntos hasta el final.
Él no pudo conmigo porque se acostumbró a mis guisos.
Como a todos,
lo perdieron el estómago y ese don que poseo para andar entre ollas.
Lo que él no sabe -jamás se lo diría-
es que, a escondidas, me recibí de bruja.

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