jueves, 27 de septiembre de 2007

Andalucía

Para Olga Becerra Vila

Nací en Jerez o tal vez en San Lúcar o ¡quién sabe...! Hasta pude haber nacido en Sevilla; pero, en verdad, yo he nacido acá, más acá del oeste que nunca y mi pueblo no es pueblo porque se ha extendido como una enorme mancha hacia arriba. No tiene casas bajas ni techos de tejas coloradas; pero tiene una plaza repleta de mujeres. Como siempre. Yo he nacido acá y vivo en un barrio de calles tranquilas que tiene Santa Ritas y jazmines en los patios. Tan lejos. Tan solitaria. He preguntado por todas las veredas con todas las preguntas que conozco y recalé en una cuadra y en la cuadra, una casa y en el fondo, una cocina. Blanca y grande y una mujer inclinada en el fuego. Hay un infierno ardiendo entre la leña y ella revuelve una olla de hierro. Perfume a albahaca, a ajo y a clavo aprisionado en la cebolla.
-Abuela...
-¿Qué quieres?
-¿Qué es esto?
-Clavo de olor.
-No me gusta.
-Limpia tu sangre. Cómelo.
-Si yo la tengo limpia: me lavé antes de sentarme a la mesa.
La abuela sonríe. Sobre la mesa ha quedado una fuente de manzanas cortadas en rodajas y el jugo de naranjas en que nadan perfumado por partículas de canela.
La abuela sirve la leche con chocolate en unas tazas blancas con grandes flores rojas, azules, amarillas. Dobla un manojo de ropa blanca. Canta entre dientes palabras que recuerdo. Canta.
Yo he nacido en Jerez. Tal vez en Cádiz, de boca al mar que grita; pero tal vez nací acá, tan al oeste que todo desconozco. He preguntado por todas las señales que comprendo y nunca pude hallar las respuestas: siempre promesas vagas acerca de un incierto origen de princesa.
-Yo era de Jerez -dice la abuela- Jerez de la Frontera era un pueblo de caballos y mujeres morenas. Tenía cuatro hermanos: dos y dos. Era una casa grande con laureles y un patio repleto de geranios. Mi madre nos peinaba para ir a Sevilla en un coche pintado y les ataba a los potros cintas con cascabeles y nosotros, los cinco, reíamos con el trote cantarín y metálico. Y mi padre era alto, tan alto que su cabeza hería la sábana azul del cielo, allá lejos. Yo lo miraba montar como montan los reyes: la capa negra, el sombrero derecho y, al besar a mi madre, esconder una rosa olorosa en su pelo. Ella se avergonzaba y ocultaba la cara entre las manos. Ya no sé qué recuerdo... ¿Haría frío la tarde que imagino calurosa? ¿Sería el tiovivo celeste o albo? ¿Tendrían todos ese color moreno? ¿Juntaríamos azahares para alegrar la ropa después que la plegábamos? ¿Serían las torres amarillas? ¿Habré visto tal vez la ciudad de Granada? ¿Habré mojado mi piel en el agua escarchada del río? ¿Junté olivas? ¿Habré bordado una casaquilla con luces y alamares? ¡Qué hondos los recuerdos se amontonan en el fondo sin fin de mi vasija y no puedo reconocer sus olores que resultan extraños! Yo venía del este. Allí nacen los soles. tan lejos eran que ya no sé si eran. Sólo queda el dolor, el fragmento, el retazo que no alcanza a completar el cuadro. ¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
Vuelvo a mi casa. Yo, que he nacido acá, tan acá del oeste que no veo los mares que sólo huelen en las tardes de enero, aguardo la respuesta que calme las preguntas que jamás he hecho. Yo, que he nacido acá, debería saberlo y la abuela cose, exprime naranjas y canta con soles como fuego. Yo debería aprender el color de sus recuerdos: cruzar el río, luego el mar y volver, siempre volver, estar volviendo y repetir los ritos para iniciar cada vez otra ciclo. los retoños del olivo crecen en mis terrazas. Nacen almendros, chopos y en la cocina mi abuela dice:
-¿Cómo era, Dios mío, cómo era?

1 comentario:

olga dijo...

"Además de pena sufrí una gran envidia, aquellos barcos tenían pianola y camarotes para dormir y muchas parejas de recién casados ricas que lo utilizaban como crucero para pasar su luna de miel, y apenas si lograba divisar ya como navegaba contra corriente. Éste, no pude ver el nombre en la lejanía, era nuevo, y tenía dos chimeneas en vez de una con la bandera pintada como un brazal, y la popa le daba un ímpetu de barco de mar. En la baranda superior, junto al camarote del capitán, debían ir mis hermanos, mi madre y mi padre con su americana blanca y un séquito de españoles. Así me parecio imaginar. -Está haciendo un tiempo de Navidad- dijo mi tía. Lo que pasó, según ella, fue que el silbato del buque soltó un chorro de vapor a presión al pasar frente al puerto, y dejó parados a los caballos de la calesa que nos transportaba y a los que estaban más cerca de la orilla. Fue una ilusión fugaz: como el aire frente a la muchedumbre del muelle que aún despedía a los viajeros con sus manos y pañuelos, y después siguió haciéndolo como de memoria de los ausentes pues el buque ya apenas se divisaba."

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