jueves, 6 de septiembre de 2007

Bariloche bajo la nieve III

Cena de ayer. Alejandro se sienta al lado mío y dice que él no es malo. No entiendo por qué me cuenta esto a mí. Agrega que sólo una vez hizo algo muy detestable y fue en mi clase. Me relata una historia vieja que recuerdo vagamente, pero que él tiene presente. Tanto que necesita cenar conmigo para refrescármela y excusarse en el relato que vuelve a actualizar su falta. En sus palabras, yo reconozco algo que -tengo la sensación- pasó hace más de dos años y que tan grave no debe haber sido si la he borrado así. Lo escucho a medias entre Belén que me grita desde otra mesa, los aullidos de todos los que se arrojan sobre Bilos cuando Lanús le hace un gol a Estudiantes de la Plata y Santi que quiere que le saque una foto con un plato de huevos rellenos. Pero Alejandro continúa, implacable, con su relato de "la" falta que necesita expiar. Cuando termina, le sonrío. La anécdota que me contó es para mí intrascendente; pero para él significa el límite que marca su ingreso en el territorio de la redención. No soy malo, repite una y otra vez. Me conmueve su soledad de diecisiete años. Me conmueve hasta las lágrimas porque sé muy bien de qué se trata el desamparo y porque creo, con fervor, que nadie es malo, o bueno, o inocente, o culpable. Alejandro es quien puede ser y está solo y me dan ganas de abrazarlo y decirle que todo va a estar bien, que la maldad o la bondad son categorías relativas que pocas veces calzan en el corazón de manera completa y absoluta. Está contento ahora y me dice que se está llevando bien. ¿Con quién?, le pregunto. Con todos, me dice. Y siento la dimensión terrible de su desamparo. La adolescencia es un instante de enormes dimensiones y encontrados sentimientos la arrasan de cabo a rabo. A veces una palabra puede abrir oscuridades insospechadas y un abrazo inaugura una luminosidad intermitente. Cuántas veces no llego a distinguir lo que hay detrás de esos pares de ojos que me observan y hablo de textos, de palabras, de vidas, sin poder distinguir que a ellos sólo les están dados sus alegrías y sus sufrimientos. Pese a mis denodados esfuerzos, hay muros que no logro franquear y no percibo lo que mis gestos y mis palabras pueden hacer a sus frágiles corazones. No, Alejandro, no sos malo. No sé lo que hiciste, no importa tampoco. Debería tener la humildad de ver tu soledad y ayudarte a convivir con lo que te toca vivir, pero es que a veces yo ni siquiera logro poblar mis anchos espacios vacíos. Siempre da vértigo el dolor de los demás y más aún si tienen diecisiete años. Las anécdotas son sólo eso: anécdotas y se pierden en el devenir de los días. Pero anoche, entre huevos rellenos y papas fritas, yo toqué la espesura de tu soledad y también tu alegría. Y eso no se disolverá jamás con el correr de los días. Al menos para mí.

2 comentarios:

Maria Alejandra dijo...

Profundas palabras que llegan hondo a quien conoce lo que decís...
Lo importante es percibir estas dimensiones de poder y siempre tratar de no lastimar, al menos, concientemente...

Agust dijo...

Cuándo estaba en 1er año era bastante distinta a los demás...y no importaba con quién me obligaras a sentarme, no congeniabamos. Se reían bastante de mí, y yo la pasaba horrible. Pero vos me dijiste -"No les debes nada, no tenés por qué ser la persona que ellos quieren"- y yo me quedé tranquila.

Gracias, que debí haber dicho antes.

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