viernes, 14 de septiembre de 2007

Cuentos para Maïa 4. Guisantito

Esta es una historia vieja que me contaba mi mamá. A ella se la contaba su mamá, a ella mi bisabuela y así hasta perderse en las bocas de la familia. Ahora yo, como no tuve una hija sino un hijo, te la cuento a vos para que algún día se la cuentes a tus hijas.Había una vez un reino muy lejano en el que vivía un príncipe que tenía que casarse con una buena y bella princesa. Por la sala del palacio pasaron miles de candidatas llegadas de muy lejanas comarcas, pero a la reina no le gustaba ninguna: ésta le parecía muy flaca; aquella, muy alta; la otra, muy gorda y todas, todas le parecían falsas. Para la reina ninguna era una princesa verdadera, digna de casarse con la preciosura de su hijo. Así que el pobre muchacho languidecía de tristeza a la espera de una princesa de pura cepa que resultara agradable a los ojos avinagrados de la reina.Una noche de tormenta, mientras el rey, la reina y el príncipe casadero estaban sentados a la enorme mesa del comedor tomando un tazón de sopa, unos golpes hicieron temblar la puerta del palacio.
-Tum, tum, tum- resonaba el picaporte entre las ráfagas de viento.
Fastidiada, la reina abandona su cuchara y abrió el pesado portón. Frente a ella, una jovencita esmirriada y empapada desde los pies hasta la punta chorreante de sus trenzas tiritaba de frío. La reina la miró de arriba abajo y tosió.
-¿Sí? –preguntó- ¿Qué necesita?
-Soy la princesa del lejano reino de Urlandia. La comitiva que me acompañaba fue dispersada por la tormenta y me extravié en el bosque. Solicito su permiso para entrar en el palacio y pasar la noche hasta que amaine la lluvia.
La reina sonrió desconfiada y pensó:
-“¿Urlandia? ¿Princesa? ¡Con que esas tenemos!”- y dijo sin franquearle el paso:
-Por supuesto, princesa de Urlandia. ¿Y de dónde venía, su serenísima?
A la joven le castañeteaban los dientes y la piel empezaba a ponérsele azul de frío.
-De la lejana ciudad de Gottinga donde mi padre el rey me envió para estudiar…
-¿Estudiar? –exclamó la reina- ¿Y dónde se ha visto una princesa que estudie? Las princesas sólo deben saber cantar con el laúd, bordar en un bastidor de marfil y recitar en francés.
-Eso dijo mi madre –susurró ella con carámbanos de hielo colgándole de las pestañas.- Pero mi padre le explicó que los tiempos cambian y que hasta las princesas deben prepararse para enfrentar los avatares de la suerte.
En ese momento, el rey y su hijo se asomaron detrás de la reina.
-¿Qué sucede? –preguntó el padre- ¿Quién es esta jovencita?
El príncipe no dijo nada porque no podía hacer otra cosa que mirar el rostro helado de la muchacha, su piel erizada, sus cabellos chorreantes y sus labios morados.
-Dice que es la hija del rey de Urlandia y que su comitiva se perdió en la tormenta…
-¿Urlandia? –meditó el rey- ¡Primera vez que lo oigo! Pero, mujer, hazla pasar. Es una princesa. Seamos hospitalarios.
Hizo pasar a la joven y ordenó a los criados que le trajeran ropa seca y que pusieran un plato para ella en la mesa frente al príncipe.
La reina, llena de odio, le sonrió a la princesa y la hizo pasar mientras pensaba de qué manera iba a ponerla en evidencia. Y tanto lo pensó que se le ocurrió una idea brillante. Ordenó a sus criadas que acondicionaran un cuarto para la invitada. Sobre el colchón hizo colocar un diminuto guisante verde y lo mandó cubrir con tres docenas de mantas y colchones. Y allá arriba, casi junto al techo, tendió la cama con las sábanas más finas que tenía.
Terminada la cena, condujo a la supuesta princesa al cuarto, le prestó una escalera, la vio desaparecer sobre la pila de colchones y salió del cuarto riéndose:
-Sólo una verdadera princesa podría sentir el guisante. Caíste en mi trampa, princesa de Urlandia. – cerró la puerta y se dirigió a su habitación.
A la mañana siguiente, la reina, el rey y su hijo casadero desayunaban en el comedor del palacio cuando se abrió la puerta y entró la muchacha. Ojerosa, demacrada y con cara de no haber pegado un ojo en toda la noche.
-Buenos días, majestades- susurró y se sentó lánguida y entristecida en la silla.
-¡Qué mala cara! –exclamó con sorna la reina- ¿Cómo has pasado la noche?
-Pésima. En mi vida había sufrido tanto como anoche.
-Pero si yo te mandé preparar una cama con los más mullidos colchones y las mejores sábanas del palacio.
-Eso no estuvo mal –dijo ella- Pero una de vuestras criadas debe haber dejado algo entre los colchones que me ha lastimado durante toda la noche . –y le dejó ver su espalda toda cubierta de cardenales. Ha sido fatal.
A la reina se le cayó la mandíbula del asombro. Así que la pequeña esmirriada e insignificante que su hijo miraba con ojos embobados era una princesa. Sólo una verdadera podía sentir un diminuto guisante debajo de tres docenas de colchones y mantas. Y con la mandíbula caída no tuvo más remedio que asentir al casamiento de su hijo con la muchacha.
La fiesta en el palacio de Urlandia duró quince días y todos comieron perdices. Todos menos la reina que no pudo cerrar su mandíbula y todavía debe estar intentándolo.

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