viernes, 14 de septiembre de 2007

Cuentos para Maïa 5. Escarabajo


Hace muchísimos años vivía en Rusia un hombre muy pobre al que todos llamaban Escarabajo. Por aquellos años, el zar Alejandro gobernaba con puño de hierro y, además del frío glaciar, los rusos sufrían hambre y miseria. Escarabajo hacía días que no comía y el agujero que sentía en su vientre estaba a punto de enloquecerlo. Algo tenía que hacer. De pronto se le ocurrió una idea brillante: se haría adivino.
En este punto, es necesario aclarar que Escarabajo no tenía dotes adivinatorias ni mucho menos; así que observó cómo su vecina tendía la ropa en su jardín y, sin que nadie lo viera, descolgó una sábana, la hizo un bollo, la escondió en una parva de heno y se sentó a esperar. Cuando dieron las doce, la mujer salió a descolgar su tendido y, al no ver la sábana, comenzó a gritar. Pronto, toda la aldea estuvo reunida. Entonces, Escarabajo salió de su escondite y dijo:
-Buena mujer, ¿qué te ha sucedido?
-Me han robado mi mejor sábana de hilo. ¿Has visto quién pudo ser?
-No, pero tengo el don de la adivinación...
-Por favor... ¿el don de la adivinación? ¿Tú?- exclamó riendo la mujer.
-Yo... y si me pagas con una bolsa de harina y una taza de aceite, adivinaré dónde está.
-Anda, -rió ella- dime dónde está y te daré lo que pides.
Escarabajo frunció el ceño, como si esforzara el cerebro, y, luego de un rato, musitó:
-La veo... la veo. Tu sábana está... está...allí, en aquella parva de heno –gritó señalándola.
Incrédula, la mujer caminó hasta la parva, revolvió y, obviamente, halló la sábana. Sorprendida, pagó a Escarabajo lo convenido.
El hombre amasó unos panes y tuvo qué comer durante unos días. Pero la comida pronto se acabó y Escarabajo decidió probar otra vez suerte. Esta vez, el comerciante más rico de la aldea se había comprado un valioso caballo árabe. Así que Escarabajo lo robó. Cuando su dueño gritaba, Escarabajo repitió su hazaña y, prontamente, su fama se extendió por todo el imperio.
Tanto que allá, en San Petesburgo, el zar se revolvió en el trono. Y no era para menos: había perdido su anillo, el que había heredado de su padre y que él mismo daría a su hijo cuando el pequeño se hiciera cargo del gobierno de todas las Rusias. Si alguien notaba la falta, estaba perdido: así que ordenó que trajeran a nuestro adivino.
Y estaba Escarabajo disfrutando de las monedas obtenidas con el caballo, cuando una carroza de oro se detuvo en su puerta y, antes de que pudiera darse cuenta, dos hombres lo cargaron y, atravesando la estepa helada, lo llevaron ante el monarca.
-Dicen que eres adivino.
-Quizás...eso...e...eso di...dicen- tartamudeó aterrorizado Escarabajo.
-Pues debes adivinar algo para mí
-¿Pa...pa...pa...para t...ti? –tembló Escarabajo.
-Si aciertas te daré tanto oro como tu propio peso; pero si fallas tu cabeza colgará en la plaza. Tienes hasta mañana para decirme dónde está el anillo que he perdido.
Escarabajo gemía por lo bajo. Ahora sí estaba perdido.
Los dos guardias lo llevaron a una lujosa habitación y le sirvieron miles de manjares que no pudo ni probar aterrorizado como estaba. Paseaba de una a otra punta de cuarto pensando cómo huir.
-¡Ya sé! -exclamó y abrió la puerta para revisar si lo vigilaban. Como no había nadie, agregó: -Esta madrugada, cuando el gallo cante tres veces, huiré por este pasillo.

Mientras tanto, en otro cuarto del palacio, tres funcionarios también estaban preocupados.
-Se dará cuenta de que hemos sido nosotros –temblaba el Secretario de Asuntos Económicos.
-Debemos conocer qué sabe ese adivino sobre nuestro robo –trató de calmarlo el Consejero de Asuntos Políticos.
-¡Bah, debe ser un charlatán de feria...! –exclamó tranquilo el Gran Ministro y señaló al Secretario- Así que tú...Ve a escuchar detrás de la puerta qué es lo que sabe.
El secretario se dirigió al cuarto de Escarabajo y llegó justo cuando cantaba el primer gallo. Con el oído pegado a la puerta oyó cómo Escarabajo exclamaba:
-¡Perfecto, el primero ya está aquí!
Al oír esto, el secretario corrió al cuarto de los ladrones y gimió:
-Ya lo sabe, ya lo sabe- y les relató a sus cómplices lo sucedido.
-Bah, seguro has oído mal por el miedo. ¡Ve tú!- ordenó el Gran Ministro al Consejero
Y allí se dirigió el Consejero para llegar con el segundo canto y oír a Escarabajo decir:
-¡Maravilloso, ahora ha llegado el segundo!
El Consejero repitió el relato y el Ministro empezó a preocuparse; así que decidió ir en persona al cuarto de Escarabajo y entonces oyó con sus propios oídos:
-¡Espléndido; el último que faltaba!
Cuando Escarabajo abrió la puerta, halló a los tres hombres llorando e implorando clemencia con el anillo en la mano. Al principio, el adivino no comprendió qué sucedía; pero, cuando pudo entender, tomó el anillo y les prometió su silencio. Los tres funcionarios le agradecieron y, cuando se marcharon, Escarabajo escondió el anillo en una grieta del piso y comió y durmió a pata ancha.
Cuando se hizo la mañana, los guardias lo llevaron en presencia del zar.
-¿Y? –preguntó éste.
-Mi señor, no he podido pegar un ojo en toda la noche... ¿Y sabes por qué? Porque el anillo está en una grieta debajo de mi cama.
El zar dio una orden y los guardias regresaron al rato con el anillo en la mano. El monarca no salía de su asombro y le pagó al hombre lo establecido. Escarabajo decidió partir en ese mismo instante, ya que sabía que no debía tentar a la fortuna. Mientras preparaba sus cosas, el zar, maravillado con los poderes del adivino, se paseaba por los jardines. De repente lo vio cruzar la puerta arrastrando su saco de oro.
-Buen hombre- lo llamó mientras tomaba un cascarudo del suelo y lo escondía en su palma..
-¿A...a.. m...mí? –dijo Escarabajo mientras un sudor frío corría por su frente.
-A ti, sí, a ti. ¡Ven! ¡Ven! - exclamó contento mientras Escarabajo se acercaba. –Si adivinas qué tengo en la mano te ganas otra bolsa... pero si fallas...
-Ay, Escarabajo –gimió el adivino- ahora sí te tiene en su mano.

El zar lo miró asombrado mientras extendía la palma y dejaba ver al pequeño insecto que escapó presuroso como el mismo adivino.

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