viernes, 7 de septiembre de 2007

El huevo cigota. Entrega 11

Donde se leen curiosas reflexiones de un 22 de julio a la mañana

Sucede. Siempre sucede más allá de la poca o mucha voluntad que se ponga. Queda estrecho y aprieta por todas las costuras o entra una malsana curiosidad por ver de qué se trata y, bien dicho está, la curiosidad mata al hombre. Ni qué hablar del que todavía no ha empezado y está a punto. Me estiro a duras penas y pienso. Sí, pienso; no mucho, dos o tres ideas básicas. la primera y principal: pese a todo, en contra de todos, voy a vivir. Al fin y al cabo, si estoy acá, en la desembocadura del Aqueronte y a punto de sobornar a Caronte, no ha de ser tan difícil. Sólo se trata de desarrollar un par de estrategias que te sirven durante los primeros tiempos y después te joden de por vida, pero entretienen: uno se demora siglos en comprender por qué es así. Todo se reduce a nada: llegar, abrir los ojos, llorar un poco, sentirse solo o acompañado... Ah, y darle a eso un sentido, hallar una verdad: en mi caso, ¿qué llevó a estos dos individuos autodenominados, sin concurso de autoridad competente, mis padres a concebirme, a convocarme a la vida, a darme un cuerpo cero kilómetro y apto para todo riesgo comenzando por ellos dos, obviamente: un padre adolescente que se niega a asumir sus responsabilidades pese a portar ya treinta y cinco años en su haber y una madre de veintinueve que jamás progresó más allá de los siete en los que fue despojada de madre y bendecida con su propio cilicio mental con el que sufre ella y todos los que entramos en contacto con su comezón cerebral? Pero ahora sucederá. Tarde para lágrimas y es su ley, doctor: que la vida se imponga y, en este caso, la vida vengo a ser yo.
Y sucede. Siempre sucede más allá de la poca o mucha voluntad que se ponga. Me corroe una angustia negra como un pozo. Una terrible tromba hacia arriba de este engendro salvaje que come mi vientre para ocupar su lugar. Maldigo esta masa amorfa que deberé expulsar. Lo únioc que deseaba yo era ser monja, una monjita de velos blancos y larga toga gris. Y ahora me veo lanzada a este aquelarre de sangre y alaridos que me premiará con una trozo de carne en los brazos al que, dicen, hay que amar, cuidar y proteger; y al que yo sólo logro culpar de todas mis desgracias. Hijo lastre, eso es. Yo sólo anhelo una celda negra y húmeda en un convento donde me dedique a pensar en Dios y en mis esfuerzos por alcanzar una ya imposible redención porque llegó el demonio a tentarme con el hombre. Y era una bella y perfecta tentación que no supe resistir. Y me dejó en prenda detestable se sumen como una mácula en mis entrañas que no estaban hechas para concebir. Y después se fue. Y yo acá no puedo irme por su injusta ley natural, doctor. Pero usted es hombre también y nunca comprenderá.
Y sucede. Siempre sucede más allá de la poca o mucha voluntad que se ponga. Algún día deberé volver y fabricar un mundo en el que nadie sufra más. Nadie, excepto yo que pagaré esta culpa sacrificándome para que todo parezca normal. Eso es ser hombre, ¿o no? Ofrecer una vida sin grietas, sin dobleces, pura luz. Mi corazón en un cajón porque debe atravesarme la responsabilidad. Soy un caballero a punto de desembarcar en el Santo Sepulcro para liberar Jerusalem de los infieles. La locura de ella me protege como un estandarte de mis propias alimañas dormidas e ingreso en el territorio de su demencia a golpes de espada para desbrozar, ordenar cada cosa en el sitio que sólo yo sé que debe estar. No habrá jamás fragmentos dispersos porque los uniré en un todo de absoluta perfección. Eso es ser hombre, ¿o no? Eso es ser padre y tener una familia, sentarme a la cabecera de una mesa larga los domingos con la pasta humeante, ¿o no? Siempre juntos. Todos juntos: en el progreso y la felicidad. Y sucede. Siempre sucede más allá de la poca o mucha voluntad que se ponga.

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