martes, 11 de septiembre de 2007

El huevo cigota. Entrega 12

Donde se narra lo que finalmente sucedió a las diez horas del 23 de julio

-Perla, despertáte –aulló la mamá desde una punta del caserón de La Lucila.
Perla dormía en su ancha cama matrimonial.
-Beta, despertáte –lloró la mamá desde una punta del caserón de La Lucila.
Beta dormía en su ancha cama matrimonial.
-Margarita, despertáte –gritó la mamá desde una punta del caserón de La Lucila.
Margarita dormía en su ancha cama matrimonial.
-Felisa, despertáte –se desesperó la mamá desde una punta del caserón de La Lucila.
Felisa dormía en su angosta cama de soltera.
-Papá, despertáte –rogó el huevo al ver la apertura de su estrecho nido.
-Doctor, despertáte-urgió el huevo en su diminuta cáscara a punto de estallar.
La noche era oscura y fría desde La Lucila hasta Córdoba y Pueyrredón.
La mamá gritaba, las cuatro Gracias rezaban, el huevo lloraba.
-No puede doler tanto- susurró Perla en el oído de Beta.
-¡Qué sabrás vos! –la oyó la mamá- A mí me duele más que a todas. A mí más.
-No le puede doler así –cuchicheó Beta en el oído de Margarita.
-¡Qué sabrás vos! –la oyó la mamá- A mí me duele. A nadie le duele y a mí sí.
-No le puede doler con tanta intensidad –pegó sus labios Margarita a la oreja de Felisa.
-¡Qué sabrás vos! –la oyó la mamá- Me duele como no le dolió, duele o dolerá a ninguna otra mujer. Yo estoy sola. Yo no quiero ser madre. Es un dolor inútil. A mí me duele todo.
Felisa se calló, pero pensó que ella no iba a tener hijos si dolía así.
La mamá gritó en el auto, aulló en la camilla, pataleó en la sala de partos mientras Kitty con guardapolvo con volados la preparaba con sus diligentes dedos de partera.
-Ya va a pasar- decía en su español berlinés y cantarín- Ya va a pasar.
-Nada va a pasar. Denme algo para que nazca y cállense todos.
-Felisa, llamá.
-¿Yo? ¿Otra vez?
-Sí. -ordenó Perla- Nosotras sabemos de estas cosas. Mejor nos quedamos acá.
-¿Y qué le digo?
-Que va a nacer hoy.
-No va nacer –rugió la mamá con el rostro enrojecido por la rabia.
-Es ley natural que la vida se imponga –dijo el doctor mesurado y sereno mientras manipulaba entre las piernas abiertas de la mamá.
-Sí, escarbe, saque la basura. Toda. Déjeme limpia y nueva de nuevo. Hágalo.
-Puje, señora, puje.
-No.
El doctor se incorporó y le puso la cara embarbijada a cinco centímetros de distancia. Sus ojos eran blancos y helados.
-¿Qué dijo? –preguntó.
-Dije que no.
-¿Qué dijo? –repitió acercando todavía más su rostro.
-¿Usted es sordo? Dije que no. Que no voy a pujar.
-Usted va a pujar o eso que usted llama la mierdita se le va a pudrir adentro del vientre y la va a matar. Ahora, querida señora, no tiene otra posibilidad –si desea vivir- que pujar.
-¡Mierda! –bramó la mamá.
-Exactamente la va a hacer mierda –exclamó el doctor con alemana precisión- Así que dígame qué piensa hacer así me quedo y la ayudo o me voy y pido que le habiliten una heladera en la morgue. Aunque si no recuerdo mal usted no quería que el bebé naciera. Bueno, ya tiene la solución… -y agregó- Vamos, Kitty, la señora parece que consiguió lo que quería.
Se hizo un silencio nunca tan sepulcral.
-Está bien- suspiró la mamá.
-Está bien, ¿qué? –inquirió el doctor.
-Voy a pujar.
-Así me gusta.
-Me ganó.
-Yo no, señora. Su hijo le ganó. ¡Esa mierdita! Mire, usted…
A las diez y cuarto, el huevo cigota fue despedido al mundo y lloró.
-¿Qué es? –preguntó el papá.
-Una nena –se emocionó Felisa.
-Allá voy –y colgó.

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