martes, 18 de septiembre de 2007

El huevo cigota. Entrega 13

Donde el huevo, de ahora en más la niña, aprende de qué se trata la vida

Nacer. Salir al mundo hostil de un sitio acogedor donde todo estuvo y nada se necesita, si entendemos por necesitar el deseo prerentorio de suplir una carencia que, en caso de perdurar, atentaría contra nuestra propia existencia. ¿Y cómo se llamará, entonces, salir al mundo hostil de un sitio donde acecha un mosntruo llamado madre cuyo aliento se denomina peligro y hiela la sangre?
Pues así fue, de lo que fácil se deduce que el huevo rápidamente comprendió que nacer era lo mejor que podía pasarle. Y entonces, una vez resuelta la cuestión del pujo, asomó su cabecita rubia y se deslizó hacia las manos de una partera con volados que le sonrió y pensó:
-Así que esto es afuera. Está bueno.
Kitty la frotó para limpiarla mientras decía:
-Es una niña.
-Soy una niña.- se congratuló el huevo dejándose estar entre esas manos que masajeándola le restituía la conciencia de su cuerpo, del límite dérmico que marcaba lo que ella era y lo que no era ella, es decir, su ser y su no-ser.
-Y está sana -agregó Kitty depositándola sobre el pecho de la mamá y exclamando: -Señora, acá está su hija.
-Hola, mamá -dijo la niña reptando por la superficie tibia en busca de un pezón de donde asirse para no caer.
-Tómela con los brazos para que no se resbale.- indicó el doctor Bauer mientras la sostenía en la peligrosa pendiente por la cual la niña caía.
Pero ninguna otra mano la asió.
-Señora -sususrró Kitty- Tome a la niña.
Pero nadie la asía, nadie la tomaba, nadie la abrazaba, nadie la mecía, nadie la estrujaba. Sólo las manos profesionales del doctor alemán y su esposa de volados.
-Señora -llamó el doctor y a la niña la voz le pereció lejana, inmersa como estaba en un páramo de expectativas. Entonces quiso hablar, abrió su boca desdentada, sacó la lengua rosada, la volvió a guardar, juntó los labios y su cara se frunció. Quería decir "mamá", pero sólo lloró. Lloró mucho, casi hasta ponerse roja y entonces unas manos frías y pequeñas la tomaron y la colocaron junto a un botón marrón que se introdujo en su boca y del que manó un amarillento líquido dulce que penetró en su cuerpo entibiándolo.
-Bien, señora. -oyó la niña decir al doctor- Si usted no la pone al pecho, puede producírsele una mastitis y ni le quiero decir lo dolorosa que es.
-Ah -se dijo la niña mientras chupaba- Así que esto es así. Yo grito, ella me alimenta y nada más. la niña llora para producir en la fuente de alimento una reacción que conduce a su inmediata satisfacción. Si no lloro, no hay placer. Siempre se trata de llorar.
Y mientras pensaba, el líquido amarillento iba colmando su estómago y su cerebro con un dulce y confortable sopor.
-Así que eso es vivir -pensó con el último atisbo de conciencia -Llorar y gozar, gozar y llorar- y se durmió.

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