jueves, 27 de septiembre de 2007

El huevo cigota. Entrega 14

Donde el doctor Pszemiarower no logra que Dominga lo entienda, pero la mamá consigue lo que desea del papá

La nena mamaba cada tres horas. Tres horas medidas estrictamente con un reloj despertador. Tres horas porque así lo había dicho el médico pediatra, un judío de cabello corto y cuerpo voluminoso que había tenido polio de pequeñito y rengueaba al caminar. Tres horas: ni un minuto antes ni un minuto después. Luego, una señora de manos gruesas le cambiaba los pañales y la depositaba en la cuna otra vez.
-La nena llora, señora.-avisaba Dominga.
-¿Ya sonó el reloj?
-No, señora.
-Entonces déjela que llore… El doctor dijo cada tres horas.
-¿La hago upa?
-No, Dominga, el doctor dijo que no. Que se malcría.
-¿Tendrá gases?
-El doctor dijo que la deje llorar. ¿Me oyó?
-Sí, señora, la oí. El doctor dijo que…
-No repita, Dominga, ya lo dije yo. ¿Entiende?
-¿Qué cosa, señora?
-Lo que dijo el doctor: que la deje llorar así no se malcría, ¿entiende?
-No, señora.
-¿Cómo?
-Que no entiendo cómo ese doctor puede decir que se deje llorar a una beba tan chiquita, señora.
-Ay, Dominga, ¿qué sabrá usted?
-Crié seis hijos propios, señora.
-Mire, no la malcríe, por favor. Cuando suene el reloj, la levanta y me la trae.
Y la nena en la cuna lloraba hasta ponerse colorada y después se callaba porque no hay nadie que pueda llorar por toda la eternidad. Para el llanto no existe el para siempre porque cansa sobre todo si recién se nació. Y la nena supo pronto que debía lloriquear cada tres horas y prenderse a la teta con fiereza, con voracidad, como si en ello se le fuera la vida por sólo tres horas, ciento ochenta minutos entre pulsión y pulsión y nada más, El vacío y el deseo de atragantarse para no sentir el hueco volcado en lágrimas, otra vez.
Señora mamá, mi mamá, la sólo mía madre: Su teta tiene ocho vidas diarias para mí. Y después aparece Dominga, mi muy mía mamá, y me baña, me cambia, me acuna a escondidas, cuando usted no ve y me pasa la mano caliente por la panza cuando se me retuerce como un gusano. Dominga me saca a pasear.
-Una hora, Dominga. El doctor Pzsemiarower dijo una hora todos los días.
-Señora, ¡hace frío! Ayer llovió.
-Dijo el doctor una hora todos los días en la plaza.
-¿No le pongo medias? Señora, hace frío.
-No, Dominga. Dijo el doctor que ella sólo va a crear sus defensas si la exponemos al frío.
-Señora, se le ponen azules los piecitos desnudos en la plaza.
-Dominga, usted no entiende.
-No, señora, no entiendo a su doctor.
Mamá: Dominga me alza y me calienta los pies debajo de su sobaco tibiecito donde hay perfume a campos de maíz. Y me cuenta de su casa de adobe en San Juan donde atrás crece una montaña alta hasta el cielo. Yo no le creo, mi muy sola mamá, pero su voz es un arrullo de jabón blanco y sol que penetra en mi oído y me hace dormir. Siempre me hace dormir. Y en brazos cuando usted no la ve.
-¿No le va a poner aritos, señora?
-No, Dominga, no le voy a poner.
-Pero es una nena, señora…
-Sí, es una nena. ¿Y?
-Que a las niñas bonitas se les ponen aritos en las orejas.
-Dice el doctor que puede aparecer una infección. Además si le pongo aros en las orejas, también le paso un hueso por la nariz.
-¿Qué dice, señora?
-Que el aro es una salvajada. Lo dijo el doctor y yo no voy a hacerla sufrir perforándole la oreja.
No, claro que no, mi muy sola mamá. ¿Para qué? Si para eso ya están el reloj despertador, el pañal empapado, los gases como huracanes taladrando el ombligo y la soledad con ruidos de la cuna y la noche. ¿Para qué el aro, mi muy sola mamá? Sería una crueldad innecesaria, un plus que no reportaría beneficios y sólo serviría de adorno. Nadie quiere una niña frívola y superficial. ¿Para qué sufrir de más? Ya bastante con llorar hasta que llega el papá y se acuesta en la cama y me pone a su lado.
-¿Qué hacés otra vez con la nena en la cama?
-Juego y ella juega conmigo. ¿No ves?
-Dejá a esa beba en la cuna. El doctor dijo que…
-Me tiene harto ese doctor Pszemiarower.
-Ah, ahora sabés más que el pediatra.
-Él ess el doctor. Yo soy el padre. Dejáte de embromar.
-Poné a esa beba en la cuna que la vas a malcriar.
-Vos, tu doctor y esas reglas la vana matar.
No, señora mía mi mamá, no me va a matar porque el papá huele a colonia Old Spice y tiene unas manos de dedos suavecitos que juegan con mis orejas y con mi pelo.
Pero el papá oye a la mamá llorar. Sentada en el borde de la cama, con las rodillas juntito al pecho y la cabeza escondida. ¿Por qué llora la mamá?
-¿Y ahora qué?
-…-se calla la mamá.
-¿No me vas a hablar?
-…-se mete en la cama la mamá y se tapa la cabeza con la manta.
-Por favor, Marilú.
-…
-No podés hacer otra vez esto. Ahora tenés una hija. La tenés que cuidar.
-…
-¿Qué querés que yo haga? Está bien, no la levanto. Mirá la puse en su cuna de nuevo.
-Vámonos a Uruguay –dice la mamá desde debajo de la manta.
-¿A Uruguay? ¿Y la beba?
-Que se quede con Perla.
-Tiene apenas un mes.
-…
-¿Me oíste?
-…
-No podemos dejar a una beba tan sola sin sus papás, sin su mamá.
-…
-Está bien.- resopla el papá- Llamála a Perla y nos vamos a Uruguay.

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