sábado, 29 de septiembre de 2007

Nosotros poblamos el mundo


a mi abuelita Miciano Becerra que alguna vez cruzó el océano
a mi familia Becerra Vila de Jérez de la Frontera, España
a mi hermano Mariano de Canelones, Uruguay
a mi hermano Pablo, de Marsella, Francia
a mí misma de Buenos Aires, Argentina


Hemos poblado el mundo. Digo, los míos. En barcos, aviones, míseros trenes que atravesaron extensas llanuras argentinas, autos, camiones, a pie, lomo de burro, hemos poblado el mundo. En todas partes intentamos poner una semilla, arraigarnos, ver manar nuestra sangre en carnes repetidas y distintas. Y ahora estamos con las manos llenas de fragmentos y los ojos bordeados por las lágrimas. Todos los días se enciende el mapa y eso que es tan extraño y llamamos familia, que duele tanto, que explica demasiado lo que somos, que nos asombra con sus pretéritos latines y sus griegos (Oh, Dios, mirá dónde estaba mi amor por la lengua de Virgilio y de Horacio), eso que tantas veces maldijimos y otras tantas deseamos, eso que no teníamos y ahora se derrama a manos llenas, esa familia tiene sus pies en todas partes del planeta: en la fértil y verde Andalucía, en las arenas blancas del otro lado de este río del color del desierto y no de plata, en las costas que baña ese mar de la historia que siempre fue tan mío. Y hablamos varias lenguas: un español que cada día se sabe más francés, un porteño que se empecina en parecer perfecto, otro porteño teñido de matices orientales y un español plagado de zetas y purezas. Como metáfora infinita lo comprendo: nadie nunca está solo aunque en esencia digamos que lo estamos: en mi olivo florece el Mediterráneo que formó a mi familia: mis abuelos de Italia, mis primos y mis tíos en España, mi hermano en Francia; y en este río de aguas oscuras que separa mi casa de la de mi otro hermano quedamos todos signados por las aguas. Nada es casual. Nunca. Lo vamos haciendo con paciencia, rastreándonos, buscándonos sin cansancio, sabiendo siempre que en la historia -la grande y la pequeña- nunca hay olvido. Y la memoria es un cuenco que, tarde o temprano, se llena y se completa. Cuando paseaba yo por esas calles de Sevilla y repetía los cuentos y los cantos de mi abuela, los estaba buscando; cuando leía a Góngora hasta el hartazgo y contra de tanto quevedista que subsiste, los estaba buscando; cuando copiaba adolescente a Lorca, a Hernández y Machado en miles de papeles repetidos, los estaba buscando; cuando me afanaba sobre las coloridas declinaciones del latín y del griego, los estaba buscando; cuando fui Melibea, cuando lloré infinitas veces la muerte del Quijote, cuando me enamoré con Bécquer y crecí con Aleixandre, los estaba buscando. Sólo porque la sangre es una corriente tan fuerte que no puede negarse y somos lo que somos en la sangre. Es ancho el mundo, pero jamás ajeno.

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