sábado, 29 de septiembre de 2007

Sábado a la mañana

Después de ocuparse de las plantas hay que salir de compras. Es el rito sabatino. Es un día primaveral de fines de setiembre: cielo azul y una temperatura de 23°. Esta noche prepararé unas postas de salmón blanco en crôute de pan de especias con una emulsión de berros y chauchas. Pienso que podríamos comenzar con unos mejillones y algo de pulpo a la provenzal. La calle huele a nuevo. Camino por avenida de los Incas, según se va al río. La gente parece de buen humor. Yo también: me imagino una tarde de terraza, sol y lecturas varias. Antes de cruzar avenida Triunvirato me asalta la realidad. En un mes elegimos un nuevo presidente. Se comenta que será una mujer. Amontonados en la misma esquina -hay cuatro, muchachos para elegir- unos reparten folletos amarillos de Mauricio Macri, ése que tiene un papá que vivió los noventa esquilmando al Estado con sus contratos, tuvo causas impositivas, nunca salió de Barrio Parque y ahora proclama las ventajas del Estado eficiente; ése cuya única experiencia pública fue ser presidente del club de fútbol Boca Juniors y que cuando le tocó ser diputado fue pocas y contadas veces a ocupar su banca. Tres metros exactos más a la izquierda, obviamente, la mesita del Partido Obrero y sus militantes que todavía creen en la dictadura del proletariado y son honestos porque son laburantes y , para ellos, el mundo siendo una simple dicotomía que los sostiene, ésos que cuando llegan al gobierno, como Tabaré, naufragan porque nunca se prepararon para gobernar esta posmodernidad compleja y trastabillante. Y en el medio, parada como todos los sábados, una mujer de saco color crema y pollera negra abajo de la rodilla, con una Biblia en la mano pregona la palabra de Dios en un mundo que se hartó de trascendencias, tengan éstas el color que tengan. Cruzo y los dejo atrás. En la siguiente esquina, hay volantes de Lilita Carrio cuya "república de iguales" viró extrañamente hacia una mística y delirante "república de iguales a mí". Después entro en la pescadería de Joaquín y un adolescente compra un mero enorme para hacer un trabajo de biología. Me reprimo el pensamiento imbécil que cruza mi cabeza: "Con tanto hambre en la calle, este pibe va a hervir ese pescado sólo para sacerle las espinas y tener el diez que necesita para no ir a examen en diciembre". Salgo a la vereda y recuerdo a la niña de Pessoa que comía chocolates en la chocolatería. Pido que me traigan helado de mascarpone porque con algo debo acallar a mi cerebro que ya está haciendo extrañas asociaciones sin sentido. Es una buena y saludable señal.

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