domingo, 7 de octubre de 2007

Cuentos para Maïa 6. Un viaje de primavera


Mariela una y otra vez movió sus ojos. Desde la hoja blanca de su cuaderno hacia las grandes letras del pizarrón: COMPOSICIÓN. Tema: “La primavera.
-¡La primavera! –pensó Mariela- ¡Pero qué aburrido! Siempre la misma tontería: que las flores, que las mariposas, que los pajaritos y el sol. Y a mí, no se me ocurre nada, pero nada, nada.
El pizarrón de tan negro parecía un cielo estrellado donde la luna con letras de luces blancas hubiese escrito: la primavera.
Los ojos de Mariela se perdieron en la inmensidad de la noche y una por una fueron encendiéndose todas las estrellas. La tinta de su lapicera se escapó hacia un inmenso manchón azul lavable que inundó el espacio de un tibio olor a sal marina. Y el cuaderno plegó una por una sus cien hojas formando un velero. Comenzó a soplar el viento nocturno, mientras el cielo encerado y negro iba abriendo más y más puntos luminosos. Y allá, en lo alto, sonriente y cálida, una suave luna de tiza cosquilleaba en el filo de la sombra. Mariela sonrió satisfecha. Ahora sí estaba tranquila. El viento del mar movía las velas de seda celeste de su velero y se respiraba el mes de setiembre contra el aroma espumoso y blanco de las olas. Mariela observó la silueta dorada de una sirena hundirse en las aguas y el chorro cristalino de una ballena asomar sobre la superficie.
De repente, el cuaderno volvió a plegarse en dos, tres, cuatro y mil y se transformó en una nave supersónica. Lejos quedó el mar azul con sus olas, su sirena y su velero. El cielo se hizo profundo y un chorro rojo cruzó de lado a lado la superficie de la noche. Mariela se agarró fuerte. Un cometa casi la roza con su cola de luces y un meteorito verde le arañó la punta de la trenza. Uno por uno a su lado iban pasando todos los planetas: marrones, dorados, naranjas y amarillos. Le hacían tres guiños luminosos antes de continuar con sus veloces vueltas. Mariela sintió el silencio del espacio. En la negra profundidad no se escuchaba ni un ruido, y su nave se movía con lentitud como suspendida en el aire por hilos de lluvia.
De repente, la nave volvió a plegarse en dos, tres, cuatro y mil, y se convirtió en un unicornio blanco de largas crines y cola encrespada. El cielo volvió a llenarse de diminutas estrellas y el pasto se agitó verdemente con la brisa nocturna. Mariela acarició el cuello del animal y apenas si tuvo tiempo de tomarse con fuerza de él, cuando el unicornio comenzó a galopar y galopar devorando a su paso ligero bosques azules, praderas de lino celeste, campos de espigas doradas. Los cascos parecían retumbar en el aire, inundando todo como un trueno plateado. A su paso, titilaban luciérnagas asustadas, ocultándose entre el follaje de unos manzanos cercanos.
Y de repente, dos, tres, cuatro y mil pliegues y el cuaderno se convirtió en una inmensa flor que sacudió el rocío perfumado de la noche. Mariela apretó su nariz entre los pétalos gigantescos y sintió la emoción de una mariposa al posarse en una amapola amarilla. Desde allí, observó los tallos peludos y suaves de las demás flores, el fresco olor mojado de la tierra, la misteriosa profundidad de las raíces oscuras.
Y de repente, dos, tres, cuatro y mil pliegues y la voz de la maestra diciendo:
-Vayan entregando sus composiciones.
Mariela suspiró satisfecha y, alisando la hoja blanca, se dirigió hacia el frente.
La maestra tomó la hoja sonriendo y la alegría se transformó en asombro en dos, tres, cuatro segundos.
-Pe... pero, esta hoja está en blanco. No escribiste nada, Mariela. No hiciste la tarea.
Mariela volvió a tomar la hoja y la miró. Después levantó los ojos y miró a la maestra. Con voz alta, tranquila y segura dijo:
-No. No está en blanco.
-Sí. Está en blanco –dijo la maestra arrancándole la hoja de la mano.
-No, que no está.
-Sí, que está.
-Que no.
-Que sí.
-Que yo digo que no.
-Que yo digo que sí.
-No.
-Y bueno. A ver, ¿qué dice?
Mariela sonrió abriendo la boca de lado a lado.
-Aquí habla de un velero en una noche marina de primavera; aquí, de un viaje en una nave espacial por el espacio cósmico. Más acá, de un caballo y una pradera; y por allá, de una gran flor perfumada. –explicó Mariela mientras iba señalando en su hoja blanca.
-Estás loca. Completamente loca –dijo la maestra.
Mariela la miró desde su corta altura de sabia y exclamó:
-No. Lo que pasa es que usted, señorita, todavía no aprendió a leer los sueños.
Y con su hoja blanca volvió a sentarse en su pupitre, mientras la maestra en el frente no hacía otra cosa que rascarse la cabeza con preocupación.

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