miércoles, 17 de octubre de 2007

Desde Cádiz


a Teodoro Miciano Becerra
a Olga Becerra Vila

Ya era la hora pero nadie venía a buscarlo. ¿ Y sus padres? ¿Y sus hermanos? El barco estaría zarpando desde Cádiz, abriendo el agua en dos con su quilla de acero rojo y llevándose lo que a los diez años es un mundo: un padre, una madre y cuatro hermanos. Qué larga es la noche de Jerez cuando el mundo queda en otro sitio donde moraron tiempo atrás los fenicios, ese reino de comerciantes que mil cien años antes del nacimiento fundaron el recinto amurallado donde ahora el buque rompe el agua y las olas se estrellan en el pecho angustiado del pequeño. Pasaremos la noche en Jerez y mañana, había dicho el padrino, irás a Cádiz, subirás a ese barco y partirás con los tuyos cruzando la masa verde del océano. ¿Y quiénes son los tuyos? Teodoro pensó en su nombre. Eso era él para Manuela: un pequeño regalo de los dioses que dormía esa noche en el aire conmovido de jazmines de una España que, más allá de los mitos de pureza y de sangre, era una mezcla de estratos y palabras. Allá, en Cádiz, la madre Carmen tenía nombre de canto grecorromano y clásico y la hermana mayor soñaba con los hijos que tendría diez años más tarde de ese día de 1913. El carro tambaleaba sus ruedas en el camino de tierra mientras Andalucía se devoraba a sí misma con sus voces sefardíes y moras que los reyes habían querido limpiar cuando les cayó como del cielo el continente cristobalino. Corre, Teodoro, que te llaman los gritos de los tuyos por la borda. Los padrinos se demoran peinándolo y llenándole de dulces los bolsillos. Cádiz es una taza fenicia de plata, como fue griega Alicante y tartesio el Guadalquivir. Y Teodoro corre extenuado para poder llegar al barco y abrazar a los suyos sobre la borda. Pero las horas pasan y el corazón se atasca en medio del sendero. Son pequeños los pies a los diez años para correr devorando distancias. Y nunca crecen. Siempre de diez, ve el niño al tocar el malecón que el barco se despega del muelle y él se queda abajo entre sus dos padrinos que agitan pañuelos blancos. Llora su madre, su padre aprieta sus ojos relucientes como dos aceitunas y la hermana le muestra cinco pequeños que ya lleva en sus brazos. Teodoro es un paquete con un moño de lágrimas. A los diez años, los suyos lo abandonan en el muelle y se van entre los gritos y la algarabía de los que son felices como él ya no podrá serlo. No hay dimensión en las penas que suceden en la infancia. ¿Cómo será el mundo ahora que el barco se pierde como una vela humeante en el horizonte de América? ¿Quién lo vestirá por las mañanas y le hablará de otros lugares donde crecen palmeras y hay llanuras tan anchas como el mar que se tragó a los suyos? Entonces el padrino extrae de su bolsa dos pinceles y una caja de colores: miles de colores que son regalos para Teodoro, miles de colores para que pinte el cielo, los recuerdos, el rostro transido de dolor de su madre en la barandilla, los ojos verdinegros de su padre, los hijos de su hermana y una pequeña de cabello castaño que sonríe con un lápiz en la mano y escribe un relato para que sus palabras tiendan un puente que atraviese el océano verde y el pequeño Teodoro desde Cádiz pueda bajar en Buenos Aires y besar a su madre y abrazar a su padre y jugar con su hermana de trece años que ya tiene cinco hijos y una niña que escribe regalos con las palabras que le dictan los dioses que le dieron los suyos.

2 comentarios:

jaicarlove dijo...

impresionante relato de dolor para un niño de diez años

jaicarlove dijo...

impresionante relato de dolor para un niño de diez años

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