viernes, 12 de octubre de 2007

El huevo cigota. Entrega 15

Donde la nena cuenta su primera vacación sin papá y mamá

La mamá y el papá se fueron. La tía Perla los despidió y el avión remontó el cielo y los depositó en el Hotel Casino de Carrasco, en su escalinata curva de mármol y sus puertas vidriadas. Chau chau, decía la tía perla con su saco de piel y su collar de cuentas pequeñitas y blancas. Chau chau y cuando el avió no se vio me envolvió en su abrigo tan peludito mientras el viento húmedo de septiembre soplaba fresco en el aeropuerto. Chau chau y sus brazos eran una cuna calentita en el taxi que nos dejó en Echeverría y Libertador con dos bolsos: uno de ropa y pañales y otro con los frascos de leche. Chau chau y el ascensor trepaba hasta el piso dieciséis y se abría la puerta de un departamento desde el que podía verse el río y, si estaba claro, hasta se divisaba el Uruguay donde el papá y la mamá viajaban en su avión bicolor.
-¡Qué chiquita!- decía la tía Perla mientras trajinaba con almohadones y almohadas para que no me cayera de la cama matrimonial. En la cocina el agua a borbotones escupía su calor por el pico de la pava.

Intermezzo para explicar una cuestión de género autobiográfico y otras menudencias ad hoc.

Señores lectores: Es bien sabido que la autobiografía es un género bastante inverosímil de por sí, dado que pretende otorgar a posteriori sentido a algo que no lo tuvo durante su devenir. Ese algo se denomina vida, curso vital o tan siquiera génesis y escribir sobre ello es pensar que la experiencia tiene una misión trascendente, que, seamos honestos y descarnados, no posee nunca jamás. El que autobiografía, en este caso el huevo cigota devenido en niña, cree estar interpretando la vida que le tocó vivir y dándole una coherencia y una cohesión que nunca tuvo antes del hecho de transformarla en narración. Y vean, ustedes, narratarios de este yo narrador que caracteriza a cualquier autobiografía, que hemos dicho “le tocó vivir” como si hubiera algo más allá de los días que designa a cada abstracta experiencia un actor, a cada ser un destino, es decir, una misión, trascendencia o significación. Menuda traición que el autobiografiante se inflinge a sí mismo al tratar de contar y en la que reside todo lo inverosímil del intento de relatar. Explicado esto, verán ustedes a continuación que la niña de tan sólo un mes y medio de edad posee conceptos y categorías impensables para entender el mundo en una infante de tal edad. Ya saben, no molesten y lean esto como un relato maravilloso que eso, Tzvetán dixit, es.

Dos mamaderas hizo la tía y las enfrió. Era raro el sabor. Menos dulce, menos suave y menos tibio el plástico que bordeaba el pezón que sabía a goma; pero salía fácil, sin esfuerzo, casi sin querer así que comí hasta hartarme y después me dormí. Cuando me desperté ya era casi de noche, de la cocina provenía un olor que no era mío y unas voces que conversaban bajo una luz que supuse amarilla. Todavía no había sonado el reloj y faltaba para que su sonido trajera otra vez a la tía y su leche fácil. Me moví apenas y se me escapó un gemido. Alguien prendió una tenue luz a mi costado.
-Ay, qué linda la nena. Ya se despertó- era la tía y su pullover celeste y su collar de cuentas pequeñitas y blancas.
Apartó la almohada y con una fuerza suave me alzó y me llevó hasta su pecho que latía.
-¿Tiene hambre? –preguntó la tía.
No, pensé, cómo voy a tener hambre. Todavía no sonó el reloj. No puedo tener hambre hasta que suene el reloj.
-¿No le hace glu glu la pancita? –y me apretó el vientre con delicadeza.
No sonó el reloj. Que alguien le explique que la panza espera que suene el reloj para hacer glu glu.
-Ahora la tía le va a dar una rica mamadera calentita.
Pero si no sonó el reloj. Es así, tía: trin trin glu glu y entonces la teta. Ercucto pañal cuna. Tres horas. Trin trin glu glu teta eructo pañal cuna. Trin trin y siempre igual y cuando se hace de noche después de la teta el baño. La tía no sabe. Hay que avisarle y me largué a llorar.
-Ay, cómo llora la nena. Ya va, ya va –y me zampó la mamadera en la boca y mamé, mamé hasta casi adormecerme. Entre sueños sentí a la tía cambiarme, mecerme contra su pullover calentito y después me dormí.
Me desperté sobresaltada no sé cuánto tiempo después. Entraba la luz de la mañana por el ventanal. ¿Y el reloj? ¿Por qué no sonaba el reloj? Y la panza, ¿por qué hacía glu glu? De la cocina llegaba el ruido de un lavarropas. Gemí. La tía entró y me levantó. ¿Por qué me levanta tanto la tía? ¿No le dijo la mamá lo que había indicado el doctor? Me sonrió y yo le sonreí. Era linda la bata de algodón de la tía. Olía a jabón y café.
-Dormilona –me retó riendo- Toda la noche se durmió usted después de la última mema. Vagoneta.
¿Y el reloj?
-Ahora la tía le va a dar de comer, la vamos a bañar y después nos vamos a pasear.
¿A esta hora? Si no es de noche todavía, ¿por qué me va a bañar? ¿Y el trin trin?
Mamé con los ojos y las orejas abiertas. Seguro sonaba en cualquier momento el reloj. La tía me estaba haciendo una broma. Ya iba a sonar y todo volvería a ser como era en la casa de la mamá. Pero no hubo trin. Ningún trin.
La tía me desnudó y me sumergió en el agua tibiecita. Era lindo bañarse acá. El baño de la tía tenía miles de frasquitos que brillaban con la luz. Me reí cuando los vi. Me reí cuando me enjabonó. Me reí cuando me secó con un toallón de felpa suavecita. Me reí cuando me olvidé del trin trin. Me reí.
La tía me puso una camiseta de algodón. Me puso un pañal limpio, Me puso las medias de lana. Me puso un saquito, me puso un osito en las piernas. Me puso un abrigo de paño. Me puso un gorro. Me envolvió en una manta y me sacó. Estaba calentito adentro de ese revoltijo de ropa. ¿No sabía la tía lo que había dicho el doctor? El aire sólo era frío en la cara y el resto del cuerpo tenía calor. Lindo calor. Mucho calor. Dimos tantas vueltas que me dormí. Cuando volvimos y la tía me fue destapando yo hervía.
-Tiene fiebre- gritó.
¿Dónde está mi trin trin? ¿Qué hago con el glu glu? ¿Cuándo tengo que tener hambre? ¿Y dormir? El trin trin golpea la puerta del cuarto donde la tía me pone un paño frío en la frente.
-Hola, señora- dice con su cara redonda de reloj blanco- Vengo a buscar a la nena.
-¿A la nena?
-Sí. Usted no le dio la leche cuando sonaba el reloj.
-¿Qué reloj?
-Señora, usted ya tuvo una hija…¿cómo hizo para criarla? Dígame.
-¿Cómo hice? No sé… la crié. ¡Qué sé yo!
-Ah, es usted el típico caso de la madre intuitiva –tan perjudicial-, guiada sólo por su instinto, que deja la educación de la criatura librada al azar, al vaivén de los acontecimientos y / o despóticos deseos del lactante. ¿No?
-Y…sí…-musitó la tía.
Ay, señora, así salen los niños que son educados, qué digo, maleducados sin la guía certera de la ciencia.
-¿De la ciencia? ¿Hace falta ciencia para criar un bebé?
-¡Ignorante! –bramó el trin trin- Es la ciencia médica dedicada a la crianza de niños pequeños, llamada puericultura, palabra que deriva del latín “puer” que significa, precisamente, “niño”. Con el auxilio de esta valiosa ciencia, los niños crecerán sanos y derechos y la salud física y moral, inevitablemente, conduce a la felicidad, señora.
-Ah…¿sí?
-Señora, sólo la puericultura y el cumplimiento riguroso de sus reglas puede garantizar la felicidad futura de sus hijos. A ver, señora mía, ¿cada cuánto alimenta usted a su beba?
-Es mi sobrina –corrigió la tía.
-Mero detalle, señora, eso no importa. ¿Desde cuándo el tipo de vínculo es definitorio en la crianza? La eficiencia de la prestación, señora, eso es lo fundamental. Entonces, ¿cada cuánto la alimenta?
-Y, no sé.
-¡Cómo que no sabe! ¿Y el tiempo,. Señora? Hay que educar al niño y sólo el método…
-Bueno –interrumpió la tía- en realidad la alimento cuando pide. Dos, tres y hasta cuatro horas.
-¡Horror! ¡Espanto! Los niños deben comer cada tres horas. Exactas. Ni un minuto más ni uno menos.
-¿Y si no tiene hambre?
-La despierta para que coma, obviamente. Eso, mi estimada mamá…
-Tía.
-¿Qué?
-Mi estimada tía. Soy la tía.
-Lo mismo da. No fastidie más. La función es ubicua e independiente de quién sea el que la ejerza. Entonces…, señora tía, ¿qué estábamos diciendo? Ah, sí… eso de despertarla no hace otra cosa que crear un hábito que es tan positivo para la salud.
-¿Y si llora?
Pues la deja llorar. Nadie se muere por llorar un rato. ¿Qué haría usted si tuviera dos o tres bebés llorando al mismo tiempo? ¿Podría atenderlos a los tres? No, entonces…
-Pero, es tan chiquita.
-Si no aborda la solución del problema ahora, pronto será grande y la cuestión la dominará a usted. Jamás debe reaccionar instintiva o emocionalmente. Para criar seres humanos íntegros y felices, los hombres de ciencia han inventado la puericultura. Ya se lo dije, la ciencia médica al servicio de la crianza de su bebé.
El señor trin trin está enojado. Vaya si lo está. Entonces suena el teléfono. Hace frío, mucho frío entre las mantas de lana blanca.
-Hola. ¿Sí? –dice la tía- ¿Qué tal? ¿Cómo la están pasando?
Mal, pienso yo, no sonó ni una vez. Ya no sé si comí, si debo comer, si quiero comer. Tengo frío. Mucho frío.
-Bien- dice la tía- Todo está muy bien. ¿Y ustedes?
Eso, ustedes, che, vuelvan y traigan el trin trin que la mamá se lo llevó y yo quiero querer dormir, comer y bañarme.
-¿Problemas? No…-dice la tía- ¿Qué problema va a haber? Ninguno.
No, claro, ninguno, pienso yo, excepto que el señor puericultura está que trina y a punto de pisar a la tía con su patota de reloj y que yo tengo frío pese a las dos mantas…¿Qué problema va a haber?
-¿Y cuándo vuelven?
Eso, sí, cuándo traen el trin trin así sé cuándo tengo hambre, cuándo debo comer. A ver si se comportan como gente grande.
-Bueno, sí, cualquier cosa los llamo… Chau.

La tía cuelga el tubo negro y respira agitada. Saca de un armario blanco una pastillita rosada que parte en cuatro y la disuelve para hacérmela tomar. Después empiezo a sentir calor y la piel se me llena de agua. Debe ser la hora de dormir. Trin trin, señor puericultura, y se acabó la vacación.

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