miércoles, 17 de octubre de 2007

La memoria donde ardía (fragmento)


Este domingo las abuelas de Plaza de Mayo cumplen 30 años de búsqueda de sus nietos. Treinta años es una vida. Esos nietos ya son hombres y mujeres y tal vez tienen sus propios hijos. Cualquier sociedad que se jacte de ser civilizada debe garantizar la identidad de sus miembros. Hace unos años escribí una novela y éstas son sus páginas finales.

Que los nietos aparezcan y las abuelas puedan disfrutar de ser abuelas pronto, muy pronto.


La oficina del juez es grande y tiene una alfombra roja gastada. Una secretaria de trajecito color café te hace pasar. A tu papá le dicen que espere y a Iris también. Adentro está también la doctora con la que estuviste hablando mucho en estos días. Ella te contó que Federico era tu papá, porque lo había dicho un análisis de sangre que, te explicó, comparaba tu sangre con la de él. Pero, además de eso, ella nunca había sido tu mamá. Que tu mamá era la hija de Iris, Alma. Por eso también le sacaron sangre a Iris para comparar. O sea, te dijo la doctora que tus papás son Alma y Federico. Y que vos naciste en una especie de cárcel que había antes en un gobierno que había robado muchos otros bebés como vos. Te contó que tu mamá estaba desaparecida y que ahora, si vos querías podías ir a vivir con tu papá y tu abuela, porque Iris es ahora tu abuela. ¿Y ella?, le preguntás. Ella se escapó. ¿Y adónde? No sabemos, dice el juez. Y cuando la encuentren ¿qué le va a pasar?, preguntás. La vamos a juzgar. Yo no quiero que le hagan mal, decís. Nadie le va a hacer mal, dice la doctora, pero hay que ser justos. Cuando uno hace algo que es incorrecto, debe responder por lo que hace, aclara el juez, Así funciona la justicia. La secretaria hace pasar a tu papá y a tu abuela. Se sientan los dos enfrente del juez que les hace firmar unos papeles y te da un documento donde figura tu nombre, el verdadero. Al final tenía razón Domingo, decís. El oso sabía que ella no era mi mamá y que yo no me llamaba Lourdes. En el documento está tu foto y arriba se lee Ana y el apellido de tu papá seguido por el de tu mamá, Zweig. El juez se levanta y les da la mano a tu papá y a la abuela Iris. Afuera, cuando salen se van los tres con Aniko y Maritza a festejar. Vos le preguntás a tu papá, ¿A ella puedo seguir diciéndole tía? Claro que sí, asiente tu papá. La tía Aniko se irá esa misma tarde a Mercedes y Maritza se irá con ella, ya no tiene nada para hacer acá. Le prometés a la tía que la vas a ir a visitar. ¿No es cierto, papá, que vamos a ir? Por supuesto, dice él, en cuanto empiecen mis vacaciones en la Facultad nos vamos un fin de semana para allá. Cuando la tía y Maritza se van, tu papá llama a un taxi y los tres se suben para ir a la casa donde, de ahora en más, vas a vivir.

El departamento de Federico no es muy grande, pero tiene dos cuartos y una sala muy luminosa. Hace unos días Federico me pidió que lo ayudara a arreglar una de las piezas para Ana. Compramos una cama, un ropero, un escritorio y una silla. Federico estuvo mirando muchas casas de decoración y después volvió y pintó los muebles de blanco y los decoró con una guarda de florcitas diminutas y rosadas. Con Aniko se ocupó de trasladar la ropa de mi nieta y todas sus cosas. Inclusive el oso que siempre la acompañó al que tuve que coserle un ojo que tenía colgando. En la puerta del ropero por el lado de adentro le colgó un espejo muy viejo que consiguió en una casa de remates porque dice que Ana pronto se hará mujer y querrá mirarse todo el tiempo en un espejo. Yo me reí. ¡Qué sabrá Federico de mujeres si sólo le tocaron en suerte dos Zweig: Alma y Ana! También me hizo traer todo lo que era de Alma: sus cuadernos, las fotos de toda su vida, algo de ropa, la vajilla que pude rescatar de la casa de Florida, las macetas con los gajos que conservé de aquellas plantas, la ropa que cosía para su bebé.
Cuando Ana entra en la casa, nosotros nos quedamos parados en la sala dejándola que ella recorra ese nuevo universo que le toca habitar. Se va derecho a una foto muy grande de mi hija embarazada que está en la enorme biblioteca que cubre toda la pared. La toma entre sus manos y se sienta en el sillón que Federico prefiere para leer. Sus deditos recorren la cara de Alma, su cabello, y la línea curva del vientre.
-Acá estaba yo- nos dice levantando los ojos.
-Ajá- contestamos los dos como podemos.
-Yo me acuerdo. Era en una casa que estaba enfrente de una quinta que tenía unos árboles azules y amarillos.
Federico me aprieta la mano, pero yo no puedo parar de llorar.
-¿Quién te contó eso? –le pregunta.
-Nadie. Yo lo sé. Siempre lo supe. Una quinta con flores amarillas y azules. Yo lo sé.
Esa noche los tres comemos lo que Federico cocinó. No es un buen cocinero y le digo que va a tener que aprender. Ana dice que ella tampoco sabe cocinar, salvo empanadas. Les prometo que les voy a enseñar a los dos.
Después de cenar Ana se baña y se acuesta en el sillón donde su padre y yo tomamos café. Con la cabeza apoyada sobre mi falda se queda dormida. De su pelo emana el olor de mi hija y la tibieza de su cabeza tantas veces adormecida antes en mi falda. Federico la mira como si todo el tiempo del mundo no le alcanzara para observar.
-Mire, Iris, resopla igual que Alma. Y frunce igual la nariz.
-¿Y viste como se muerde el labio? Igualito a Alma.
Federico la alza en brazos y la lleva a la cama blanca que pintó para ella. Yo me despido. Ya es tarde y al día siguiente es jueves y a las tres y media quiero estar descansada para ir a la Plaza. Además, en casa, me esperan Helga y Carmen para que les cuente cómo salió todo. Federico se queda con su hija y cuando cierra la puerta respiro el aire tranquilo del verano. Alma, querida hija, ahora debo reconstruirte, recordarte más aún para que tu memoria sea una llama ardida en los ojos de Ana que deberá aprender a vivir otra vez.

Yo, ahora, de pie junto a este río tan inmenso que parece un mar marrón, arrojo una flor, mientras mi papá y mi abuela esperan unos pasos más atrás. Y le digo a mi mamá, que soy yo, Ana; que he vuelto; que ya estoy aquí. Mamá, mamá , digo, y mi propia voz se pierde en el calor de la tarde y va subiendo fuerte y segura, Mi papá avanza y me toma de los hombros con suavidad. Es él quien está enseñándome a descubrir quién soy. Mi abuela llora sin animarse a romper la intimidad de nuestro abrazo. Por sobre los hombros de mi papá la llamo y se acerca. Ahora toco sus manos y veo que sus dedos, más viejitos, son iguales a los míos; que mi nariz es igual a la de mi papá y que a los dos se nos hacen hoyitos al sonreír. También sé que tengo los mismos ojos que tenía mi mamá, así de azules y que como ella me muerdo la boca cuando me pongo nerviosa y frunzo la nariz. Tengo un montón de fotos en las que la veo con una panza en la que estaba yo y también unos cuadernos en los que copiaba poesías cuando tenía más o menos mi edad. Ayer acompañé a mi abuela a la Plaza de Mayo y todas las otras madres me abrazaban y lloraban. Mi papá me cambió de escuela para el año próximo y yo pedí ir a la misma que había ido mi mamá.. Quiero estar en el mismo patio y en las mismas aulas donde ella estuvo a mi edad. Mi abuela a veces me mira y dice que me parezco mucho a mi mamá. Me gusta llamarme Ana. Es un nombre simple y sencillo y además es mío. Ahora sé que nací el 28 de junio y no el 24 de agosto, así que el año próximo festejaré antes mi cumpleaños número catorce. A esa edad mi mamá conoció a mi papá. También sé que soy judía, que mi abuela lo es y que mi mamá también lo fue. Mi abuela me regaló la estrellita que mi mamá solía llevar colgada al cuello. Yo no creo mucho en Dios, pero es una forma de tener a mamá cerca del pecho. Quiero empezar a acordarme todos los días de cómo era ella, de cómo sentía, de qué cosas pensaba, de cómo se emocionaba o de las veces en que se enfurecía. Quiero saber quién fue porque sé que cuanto más los conozca a ella y a mi papá, más voy a ir conociéndome a mí. Con mi papá recorremos los lugares por los que mi mamá andaba. Fuimos a la casa donde vivieron y vi la calle cubierta por las flores amarillas y celestes de los aromos y los jacarandás que yo sabía que existían. Ahora vive ahí otra familia; pero, cuando mi papá les contó, nos dejaron entrar y él me mostró la terraza desde la que mi mamá miraba la quinta Trabuco y soñaba o el sitio donde todavía crece una enorme Santa Rita. Después caminamos por las calles de Florida y me llevó a un barcito donde él le había dicho que estaba enamorado de ella. Todos los días mi papá se acuerda de algo nuevo y me lo dice. También me dio las cartas que me fue escribiendo cuando estaba en París. Y yo le cuento todas las cosas que tuve que vivir cuando no era yo. Me prometió que, en cuanto le den vacaciones largas en la Facultad, nos vamos de ir de vacaciones a Los Molles así él conoce a Graciela y a sus papás. Mi papá no conoce Mendoza y yo le dije que era el lugar más lindo del mundo. Él se rió y me dijo si yo conocía otros lugares. Le dije que no, pero que seguramente en ningún otro lugar podía haber montañas tan bellas como las de ese sitio. Le prometí llevarlo a andar a caballo y a tomar agua de los ríos. Mi papá a veces también me mira y se le llenan los ojos de lágrimas. Yo sé que se está acordando de mi mamá y entonces lo abrazo muy fuerte para que no se sienta solo porque ahora estoy yo que soy su hija y que siempre lo voy a cuidar. Es tan lindo que sea mi papá. Y que mi abuela sea mi abuela. Y que mi mamá sea mi mamá. El resto, lo que a los cuatro nos pasó, serán semillas sembradas en la tierra que algún día florecerán. No hay más mentiras, sólo la verdad. Mi mamá tenía diecisiete años el veinticuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis. Nadie que no sea argentino puede comprender la tragedia que encierran estas catorce palabras. Yo lentamente la he comenzado a conocer.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Juliet! Sos lo más!!! Seguro que ni te acordás de mi, pero no importa. El blog que tenés con tus alumnos es mortal, las anécdotas, las notas, todo el material bibliográfico: impresionante. Soy alumna del Ceferino, promoción 2002. La verdad es que fuiste la mejor profesora que tuve. Esos cuadernillos que te mandabas hechos a mano, cómo relacionabas los procesos históricos con las corrientes artísticas, sos lo más lejos. Aunque no puedo dejar de reprocharte que me hayas obligado a leer el Cantar de mío Cid y todas esas horas tratando de analizar sintácticamente las oraciones. Amaba tu humor ácido/irónico, siempre me pareciste una mujer increíblemente culta, y por lo tanto un ejemplo a seguir. Espero que te acuerdes de mi, ya que me entregaste el diploma en 9no y en 5to. En estos días te mando un mail así te saco la duda sobre mi identidad. Te mando un beesssooo.

Julieta Pinasco dijo...

Anónimo: Con los datos que me das poías ser muchas personas. Tu promoción la recuerdo porque fueron los primeros alumnos que tuve en el Cefe en 7º. Mandáme tu mail así ajusto un poico mi memoria, bastante desvencijada ya de por sí.

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