miércoles, 10 de octubre de 2007

Maïa o el amor

Es raro el amor. Miro la foto de una niña a la que no conozco, pero extraño. Puedo esbozar millones de argumentos: que la quiero porque amo a su padre que es mi hermano con quien he transitado caminos de ida y vuelta al paraíso y al infierno, que los niños son siempre bellos -sobre todo si a una no le cabe la responsabilidad de criarlos-, que he pasado ya por la maternidad y llevo en mi acerbo una experiencia de errores que no volvería a repetir, que tengo nostalgias de una familia que siempre me fue escasa y esquiva. Pero nada sirve para explicar cómo me imagino su perfume y su tibieza, su vocecita francesa que garrapatea en el español que soy yo, que siento sus besos, sus abrazos, el pseo que se desmaya cuando un niño se va durmiendo sobre nuestro cuerpo. Y mis hermanos están lejos y me han privado de la dicha de la tía cotidiana que sería, de los miles de pesos que gastaría en libros, en globos, en muñecas, en chocolates, en vestidos celestes y rosados con florcitas bordadas y cuellos de puntilla, en zapatos de charol, en entradas de teatro y en gigantescas hamburguesas. Es raro el amor, es cierto, pero es. Y está impreso en mi sangre y en esos ojos que, desde la foto, miran allá, más allá, desde donde ella sabe que yo la miro también.

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