domingo, 28 de octubre de 2007

Memorias de mi padre


Mi padre es una imagen borrosa que la locura de mi madre procuró opacar. Todo el espacio familiar lo invadieron sus ataques dementes en medio de los cuales mi infancia procuró ser mediana y normal. Fue mi padre quien con su empecinamiento daba a los días cierta cuota de cotidianeidad a veces obtusa y obsesiva, pero un ancla adonde aferrarse en medio de semejante vendaval. De él recibí algunas cosas: el anillo de compromiso de su madre, una caja de pinturas Carandache, un libro de cuentos de los hermanos Grimm, una serie de novelas de Julio Verne y la Literatura latina de Jean Bayet. Mi padre era parco en sus demostraciones emotivas, pero volvió a la casa familiar en cuanto supo que yo había nacido y nunca jamás me dejó de amar. Pagó la culpa del abandono y el amor filial con el furor de erinia psicótica de mi madre y se mantuvo siempre atrás, sin contradecirla, sin ser él. Decía "en una familia alguien debe sacrificarse para que los demás sean felices" y un buen día su corazón no pudo más. Era bello como lo son los reyes y en el velorio su cuerpo tenía una digna majestuosidad que jamás podré olvidar. De él aprendí el tesón, el método, la constancia, la entrega y la fuerza de voluntad. Este año se cumplen quince desde que él no está y la vida me regala la posibilidad de que yo deambule por la senda de sus recuerdos. Casi azarosamente, como suceden las cosas que son de verdad, la familia de mi padre empieza a encarnarse en ese hueco vacío de mi corazón, en ese sitio que mi padre alimentó con sus abrazos, con las pocas palabras que me dijo, con las escasas memorias que me legó. Un universo de tías y de primas vienen desde su sangre a nombrarlo, a rescatarlo para que yo lo celebre y le devuelva ese sitio que él se hizo cuando aquella temprana mañana de julio regresó para no irse de mi lado nunca más.

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