miércoles, 10 de octubre de 2007

Oportunidades

La dejo en la puerta, detrás de un vidrio al que me acompañó para despedirse, abrazada a dos enfermeras que la consuelan. Llora. Al borde de la emoción se le arrasan los ojos de lágrimas. Camino bajo la lluvia cinco cuadras por Olazábal hasta Triunvirato sin poder contener yo, ahora, las mías. Es injusta la vida. Siento su desamparo: tan frágil, tan tenue, tan etéreo el hilo que la sostiene. Le brindo lo que tengo para ella: dos visitas semanales que duran aproximadamente dos horas cada una, mi charla sobre tiempos pasados, besos ruidosos, canciones, abrazos, caricias, una taza que repongo cada vez que se quiebra cuidando buscar cada vez una que sea más bella, de mejores colores, más fina; diarios, libros, revistas, fotografías, flores, dulces, frutas rojas que busco denodadamente por los mercados de la zona. Y todo, todo es insuficiente; porque cuando me voy se abraza a las enfermeras y llora. Y yo camino por Olazábal, también, en lágrimas y nada puedo hacer para que todo recomience diferente otra vez. No hay segundas oportunidades. Y cuando nos damos cuenta de ello es demasiado tarde. Y no podemos hacer otra cosa que llorar.

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