domingo, 7 de octubre de 2007

Postales escolares IV: Península de Valdés

Está siempre desgreñada y chancletea con sus zapatillas a media asta hasta el fondo del aula, desganada y abúlica, para echarse en el banco del rincón. Su único interés es un celular con MP3 que satura su cerebro toda la clase y del que emerge de vez en cuando para blandir un libro y fingir para mí que está haciendo algo. A veces ni siquiera eso: apoya la cabeza entre sus brazos y duerme plácidamente toda la hora. En una oportunidad, el piso alrededor de su banco quedó tapizado de papeles de bombones de chocolate que fue comiendo a lo largo de la clase de una caja que deslizaba cada vez que acababa el que se derretía en su boca. Tiene un novio en la otra punta del salón y se arroja sobre él en una especie primavera patagónica y peninsular, con unos resoplidos de gozo y satisfacción. Después se abrazan, se pegan, se empujan, se besan en un regocijo aburrido y costumbrero. Va y viene por las filas hasta que oye mi grito que la llama una y otra vez a guardar su lugar. Y vuelve cansina a su redil, no sin antes intentar empezar una protesta que la cansa a la mitad de su propia enunciación

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