domingo, 18 de noviembre de 2007

Casa tomada

En el brote del domingo, cuando el día despunta y saca su yema tácita, las horas son espacios luminosos que irán adquiriendo un color y una pálida transparencia. La casa está silenciosa, dormida en su calor dominical, llena de voces que ayer fueron ocupando su sitio para decir lo que fue dicho y tal vez debería haber sido guardado en cofres de cristal opaco bajo siete llaves. Si asciendo con mis pies desnudos la escalera coronada de plantas, desde la terraza no alcanzo a ver el mar, pero lo huelo con su añil salado y sus gaviotas y la nostalgia de lo que no será. Es el domingo y la semana agazapada en su doblez, estirando sus manos detrás para alcanzarme. Si subo veré más cerca el cielo y podré conversar con las raíces que guardan entre sus brazos la humedad de la tierra. Ahora se perfuman las moléculas de aire con aroma a café y pan tostado y el agua helada cae por mi garganta. Silencio de palabras, de sonidos, de pájaros. Nadie debe decir nada para que no se rompa el sortilegio, pero los que decimos recibimos el castigo de los perfectos y temerosos que juzgan desde sus atalayas de mármoles oscuros y se abroquelan en toda su imposibilidad de ser libres y buenos. Se trata simplemente de una apuesta donde no hay cartas marcadas ni resultados impropios. Como siempre nunca es importante el punto de llegada sino, tan sólo, el vector que nos va trasladando hacia allá. Voy a llenar la pequeña maleta de cartón con estampillas y partiré. Siempre estoy partiendo los domingos. Desde la terraza veo el cielo y huelo el mar. Ambos son azules y hondos y me aguardan con su carpeta de mapas vírgenes de rutas. Es sencillo: nadie escribe sobre la carne porque es una efímera superficie. Se escribe con la sangre sobre el cielo y a través del mar. Y dura en el pliegue de los ojos cansados que atesoran todos los recuerdos: lo que fue, lo que pudo ser, lo que hubiera merecido acontecer. Yo no puedo regresar: la semana pasada, el día de ayer ya fueron doblados y colocados en la maleta de cartón con estampillas. Mis palabras ya son pájaros que cruzan el cielo hacia el mar que se huele y no se ve. Hay que tirar la llave a la alcantarilla después de cerrar no vaya a ser que algún pobre diablo quiera entrar con la casa tomada y a esta hora.

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