lunes, 6 de agosto de 2007

Cuentos para Maïa 8. El hombre de las noticias



Radamés Raúl Ramírez era un hombre muy informado. Nadie como él sabía con tanta exactitud lo que sucedía en el mundo. Como entraba a trabajar a las ocho de la mañana, se levantaba a las cinco. Era de noche mientras se duchaba, lo seguía siendo mientras calentaba el agua para hacerse un café y tomaba un jugo de naranja de pie junto a la heladera. Cuando tostaba el pan continuaban viéndose las estrellas brillantes en el cielo y allí estaban cuando lo untaba con manteca y dulce. A las cinco y media el diariero le tiraba todos los periódicos debajo de la puerta de su departamento. Necesario es decir que Radamés Raúl Ramírez le había hablado claramente: ni un segundo antes porque la sola visión de las noticias con olor a tinta fresca le impediría higienizarse y alimentarse y ni un minuto después porque la ansiedad lo haría salir en pantuflas de la casa para buscar las publicaciones. Así que el vendedor, cronómetro en mano, tiraba uno por uno los periódicos mientras Radamés Raúl Ramírez esperaba como una fiera enjaulada delante de la puerta.
Entonces los levantaba, encendía la luz del comedor y lapicera en mano iba leyendo sección por sección. Primero, las noticias nacionales en uno y otro diario. “Mirá vos”, se decía, “éstos no han puesto tal noticia.” O “Aquí falta esta otra” o “¡Qué comentario tan interesante agregan en esta! ”. Luego pasaba a las internacionales y allí el festín era mayor porque, generalmente, salvo catástrofe o desbande cada diario resaltaba lo que le venía en ganas. Las noticias de economía le consumían un poco más de tiempo; porque, para esas cosas, Radamés Raúl Ramírez se consideraba un poco lento. Consultaba las informaciones de las Bolsas y los pronósticos y las divergencias en las opiniones lo dejaban pensando por un rato. Cuando lograba reponerse, leía las notas de espectáculos que lo divertían e imaginaba actividades para proponerle a Roxana Rosa Rodríguez, su novia, cuando la llamara, como todos los días, a las dieciséis horas. “Ella sí que tiene suerte.”, pensaba, “Tener un novio tan bien informado”.
Las policiales lo entusiasmaban y seguía con atención todos los casos cuyos datos anotaba prolijamente en un cuadro. Se daba cuenta de que los periodistas se confundían y pasaban detalles no triviales por alto, lo cual lo llenaba de un furor ciego. Después leía los deportes, la cultura, las notas de opinión y las cartas de lectores. En estas últimas se detenía un buen rato ansioso siempre por encontrar una de las mil cartas que enviaba diariamente por correo electrónico. Pero jamás se las publicaban. Finalmente leía el pronóstico meteorológico y los horóscopos y el dilema se desataba: ¿Qué hacer? ¿Salir con paraguas o con bronceador? ¿Ponerse un abrigo o una camisa de algodón liviana? ¿Cuidarse de las caídas o de las traiciones? ¿Bendecir al amor entrante o proteger al que ya se tenía? ¿Jugarle al veintiocho o al treinta y cinco? Resolver estas cuestiones le llevaba más de treinta minutos y generalmente salía preparado para todo.
Cuando se subía al auto encendía la radio, no fuera a ser que sucediera algo de camino a la oficina y él no lo supiera. Giraba el sintonizador para no perderse ninguna estación. A veces las novedades se le mezclaban un poco porque las compulsivas vueltas del dial lo llevaban a componer una noticia con la mitad de la otra. Esto hizo que un día entrara en la oficina y dijera que el Presidente de la Nación había inundado los barrios bajos con vientos de hasta 120 km/ph. Ya en la oficina prendía la computadora y se conectaba con todas las ediciones digitales para ir conociendo las novedades minuto a minuto. A la hora del almuerzo concurría a la cantina de la empresa. Siempre se sentaba cerca del televisor que estaba sintonizado–por pedido suyo- en un canal de noticias.
A las cuatro se encontraba en la confitería con Roxana Rosa. Para ello había preparado unas preguntas y con un grabador en mano entrevistaba a su novia. Que cómo estaba, que qué tal había sido su día de trabajo, que cómo andaba la familia y la salud de la madre y otras por el estilo. A veces iban al cine, durante la filmación él le susurraba todas las críticas leídas. Después del primer tercio de la proyección, la muchacha sentía unos irrefrenables deseos de ir al baño y no regresaba hasta que finalizaba el film. “Debería hacerse ver con un nefrólogo por esa manía de orinar tanto tiempo”, pensaba Radamés. Si cenaban, él repetía las evaluaciones de todos los restaurantes de la ciudad que salían en las revistas; si iban a ver un juego, él conocía la perfomance de los equipos participantes y los pronósticos de resultado.
Radamés Raúl Ramírez estaba contento. No había nada más bueno que ser una persona informada. Todos lo miraban con admiración. Roxana Rosa Rodríguez estaba orgullosa de él. Por eso no quería que sus amigas lo conocieran. Tenía miedo de que se lo quitaran. Tampoco quería que lo conocieran sus padres. Era justo, su nivel de información apabullaba a cualquiera.
Y esa mañana fue igual a todas. La ducha, el desayuno y la lectura de los periódicos. Ni siquiera se sorprendió cuando las cartas de lectores de todos los diarios aparecieron firmadas por una tal RRR que decía que estar informado en exceso era tan nocivo como vivir en una burbuja. “Una ignorante”, suspiró Radamés Raúl Ramírez, “Y a esta gente le dan espacio, mientras yo espero que me publiquen una miserable palabrita...”
A las cuatro de la tarde esperó a su novia. Recién cuando la noche lo alcanzó solo en la confitería, Radamés Raúl Ramírez comprendió que Roxana Rosa nunca más llegaría. Así que pasó por el kiosco y se compró todas las revistas de la semana que, por suerte, habían adelantado un día su aparición y fue a encontrase con la felicidad

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